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¡Ama y no juzgues!

🎙️P. Guillermo G.

GodCast - Un ratito con Jesús · 2023-08-03 06:11 · 0 claps · 3.5 min read
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¡Ama y no juzgues!

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🎙️P. Guillermo G.

En el Evangelio leémos que el reino de los cielos se parece a una red barredera que un pescador lanza en el mar, y que al recogerla trae consigo toda clase de cosas, peces y otras cosas. Y después el pescador se sienta pacientemente, para poner en una cesta los peces buenos y tirar los malos. (Cfr. Mt 13, 44–52).

Frecuentemente pensamos: “y entonces, ¿por qué Dios permite que en la Iglesia Santa haya gente buena y gente mala? ¿Por qué en el mundo existe gente tan mala y Dios permite que sigan existiendo, que sigan viviendo?”

Pero, como nos ha dicho el evangelio, el reino de los cielos, la Iglesia, que es una realización del reino de los cielos; es así, en ella cabe todo mundo. No sólo están los santos, sino también formamos parte de la comunidad eclesial personas que nos estamos purificando e incluso hay gente que no es tan buena.

Y es que Dios nuestro Señor es paciente y a todos nos llama a la santidad, y a todos nos invita a la salvación. Después cada uno de nosotros tiene una respuesta que dar. La Iglesia Santa -lo sabemos bien-, es una comunidad perfecta, es una comunidad en donde se encuentran todos los medios para la salvación; pero alberga en su seno a gente pecadora.

Santa Mediatrix” decía uno de los Padres de la Iglesia. La Iglesia siempre es santa, siempre inmaculada; es la esposa de Cristo (cf. Efesios 5, 22; Ap 19, 7–9; 21, 1–2; Mt 25, 1–13). Pero en su parte histórica también forman parte personas que no son ni reflejan esa santidad de la Iglesia. Podríamos decir que tienen elementos de no Iglesia, porque la verdadera Iglesia es la esposa Inmaculada de Cristo.

Por eso es que tenemos que ser pacientes, porque el juicio le toca a Dios, no a nosotros. La Iglesia existe para salvar a las almas, no para juzgarlas.

Tú y yo siempre debemos dar testimonio, responder al Señor, ser cada vez más Iglesia; en el sentido de que nos purificamos y reflejamos la santidad de Dios y la santidad de la Iglesia, haciéndonos cada vez más Iglesia, y quitando de nuestra vida esos elementos de no Iglesia.

A la iglesia, tenemos que ayudarla a purificar; pero se purifica en la medida en que todos nosotros, los bautizados, vivimos esa santidad originaria del bautismo en todas las dimensiones de nuestra vida.

Y, sin embargo, tenemos que tener paciencia con esos elementos y aspectos que no nos gustan, inclusive con personas de quienes pudiéramos pensar: “¿cómo es que éste es eclesiástico, si se nota su falta de fe, su falta de piedad? ¿Cómo es que éste es un bautizado que va a la iglesia, si al final se comporta peor que los que no van a la iglesia y hace tanto daño con sus chismes o con sus malas conductas? Deberían arrojarlo, sacarlo”.

Sin embargo, la Madre Iglesia -al igual que Jesús-, suele ser paciente, muy paciente. El juicio le corresponde a Dios. Santa Teresa de Ávila decía que si nosotros juzgábamos a las personas, entonces no tendríamos tiempo para amarlas.

Y de lo que se trata es de amarlas, de amar a las personas y siempre dar testimonio de esa santidad; viviendo cada uno, no para ‘hacer la pantomima o hacer teatro o la comedia’, sino porque realmente, sinceramente nos esforzamos por corresponder al amor de Dios. Por reflejar la luz que Dios nos da en la oración en nuestra vida; aún sin proponérnoslo, pero tratando de ser coherentes, de vivir la unidad de vida y de ser cristianos de ‘carta cabal’.

Entonces, así sucederá lo que le pasó en una ocasión a santa madre Teresa de Calcuta, que recibió una carta de un hombre que había decidido suicidarse. Y sin embargo, en la tarde anterior a actuar su plan; aburrido como estaba, cayó en sus manos un libro o un panfleto con una breve narración de la vida de santa Teresa. Y este hombre se puso a leerla y dice que cada vez que iba leyendo se le fue abriendo un panorama nuevo a partir de la lectura de lo que la madre Teresa de Calcuta había hecho. Por eso le escribió años después; para agradecerle que gracias a su vida este hombre no se había suicidado.

Qué estupendo si en nuestra vida, quien se empeña realmente por seguir a Jesús, por vivir las virtudes cristianas; al final logra que haya personas que encuentren la luz y que también se empeñen lealmente a seguir al Señor.

Vamos a pedirle a Santa María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de ser siempre luz en nuestro ambiente, de no juzgar, de ser pacientes, de querer a las personas, todas; independientemente de cuál sea su circunstancia; para ayudarles de esa manera a descubrir la luz de Dios, a transformarse y a dejar esa vida -que a lo mejor es una vida de pecado-, y convertirse de verdad, al Señor, que los ama y que les tiene paciencia.

Y nosotros, también, vamos a considerar que, antes o después, existirá un juicio. Un juicio en el que se verán la verdad de las cosas. Por lo que debemos convencernos de una vez por todas de que no se trata de parecer buenos, ni de engañarnos a nosotros o engañar a los demás; sino de serlo, de ser buenos, de ser honestos, de ser transparentes, de ser rectos. Lo cual no quiere decir que seamos impecables, o que tampoco haya en nosotros elementos de no Iglesia, o elementos de no santidad.

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