¿En qué lugar?
Si bien entendemos aquello utópico como aquello platónicamente deseado; lo anhelado que, por fuerzas mayores o por contradicciones…
¿En qué lugar?
Si bien entendemos aquello utópico como aquello platónicamente deseado; lo anhelado que, por fuerzas mayores o por contradicciones radicales, no puede llegar a ser más allá de su proyección inicial, comprendemos que su génesis es potenciada por la insatisfacción a un estado de las cosas realmente existente. Por ello, comprendemos -o, por lo menos, podemos llegar a comprender- que la mera existencia del atributo que resulta el ser utópico comporta consigo un valor colindante entre lo negativo y lo positivo pues, debido a su primera faceta -la del carácter destructivo¹-, lo presentado como ideal pretende hacer «tabula rasa» de lo que no le place para así, en su pretencioso afán por ser y existir, poder imponerse sobre el vacío del estado que lo precedió.
Introducidas estas ideas, entiendo, entonces, que la utopía es el discurso del vacío. «Discurso» en tanto que actúa como argumentario de lo alternativo con un fin reestructurador que, como es obvio, pretende convencer y llenar el vacío del que hablamos en la introducción, y «del vacío» en tanto que esta alternativa carece de una ejecución real, de una ejecución materialista. En otras palabras, la utopía, a fin de cuentas, no es más que la fuerza sinérgica de un movimiento eternamente prorrogado. Es, por tanto, el vivir para el futuro. El vivir sin vivir el presente.
Ahora bien, ¿que [x] movimiento o idea sea utópico lo exime de poder fáctico? Esta cuestión no es ninguna nadería puesto que, pese a no ser tangible o sólido [el movimiento utópico] por sí mismo, lo utópico actúa como ‘fuerza negativa’ de lo ejecutado de facto.
Lo utópico es, entonces, lo que realmente orbita a las ideas que se ponen en uso: los actores de dichas ideas creen superar este aura utópica pero es precisamente ésta la que somete a las ideas a una suerte de ‘dialéctica de la genealogía’ que las hace enfrentarse con su naturaleza hileomórfica, esto es, con su utopismo en potencia.
Finalmente -y siendo contrario a mis principios de estructuración de un texto²-, concluiré esta reflexión intentando justificar el locativo que, sin surgir de manera orgánica, se hace con todo el protagonismo del título. He enfatizado el «en» porque quiero destacar la incoherencia que supone creer en la estaticidad de la voluntad de un movimiento; destaco el «en», por lo tanto, porque quiero reconsiderar la utopía no como movimiento posible sino como fuerza posibilitadora. El «en» del título, en definitiva, no denota una meta precisa y presente sino que, el «en» del título, expresa la omnipresencia del fracaso, la amenaza del poder-resultar-en-nada.
NOTAS
¹ Véase la conferencia impartida por Walter Benjamin registrada en El Carácter destructivo en Discursos Interrumpidos I, Taurus. Madrid, 1973.
² Porque normalmente justifico el título en la parte introductoria.
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