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Era feliz hasta que descubrí a Boquita

El principado de Neptuno manda embajadores para establecer contacto con la Argentina. Buscan aprovecharse del precio de la mano de obra…

La Perla de Labuan · 2025-07-08 18:24 · 3 claps · 3.3 min read
#futbol #interplanetary #ficción #cuento
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Era feliz hasta que descubrí a Boquita

El principado de Neptuno manda embajadores para establecer contacto con la Argentina. Buscan aprovecharse del precio de la mano de obra esclava y mandan misivas a los sindicatos para iniciar tratativas y estipular convenios de trabajo. Aterrizan en Cardales. De una cápsulita, tipo Dragon Ball, sacan un Corsa rojo gastado con 300 mil kilómetros de trote.

Agarran la autopista y, para pasar desapercibidos, ponen a Nathy Peluso. Escuchan y primero se preguntan si la autora sufre algún tipo de trastorno oligofrénico. Un ratito después, para su sorpresa, se descubren cabeceando para arriba y para abajo en sincronía perfecta. Uno se prende un cigarro y mira por la ventana.

— ¿Y si dejo todo y me pongo algo acá? — pregunta en voz alta.

Casi de inmediato, un auto ploteado de azul y amarillo los pasa a toda velocidad. Más que el motor, escuchan trompetas y a los acompañantes, colgados de la ventana, gritando en un idioma ininteligible. Se sienten increpados por la euforia de los cánticos y la violencia de la manifestación.

— ¿Qué están diciendo? — pregunta confundido el fumador.

— “La Copa Libertadores es mi obsesión” — contesta el jefe de la misión, y le encañona con una mirada que sugiere que no haga más preguntas.

Le da una seca larga al pucho y después desiste. Llegando a la 202, se encuentran con el rulo del Buen Ayre.

Magna obra de infraestructura, piensan. Quedan asombrados. Intentan abordarlo para entender su disposición. El puente se va deformando en infinitos senderos y los tripulantes se preocupan. Los caminos ahora se entreveran en volutas interpuestas y la situación, que parecía estar bajo control, se torna un rompecabezas.

— Ahí está la autopista, no nos podemos perder — dice el jefe con seguridad.

Pero el rulo del Buen Ayre es otra cosa. Es un laberinto sin paredes, una trampa hecha de concreto.

— ¿No pasamos ya por acá? — pregunta el fumador, cada vez más nervioso.

El GPS suelta indicaciones sin sentido. “Gire a la izquierda en 500 metros”. Pero no hay izquierda. Solo un carril que se retuerce sobre sí mismo como una serpiente. Espantados apagan la radio pero Nathy Peluso sigue sonando, como si también estuviera atrapada en ese enredo infinito de concreto.

En ese momento, un auto viejo con la calcomanía “La 12” los adelanta por la banquina. Los ocupantes cantan desaforados, también o de vuelta, en lo que parece ser una lengua perdida. Trompetas. Redoblantes. El mismo sonido de antes, pero ahora parece venir de todos lados.

— Jefe… ¿estamos seguros de que esta es la autopista?

Nadie contesta. Solo miradas perdidas y cigarrillos que se consumen más rápido de lo normal.

— Acelerá.

— ¿A dónde?

— Acelerá igual.

Y lo hacen. Pero en vez de salir, desaparecen. Sin choque. Sin explosión. Simplemente… se esfuman.

Cuando abren los ojos, están de vuelta en Neptuno. Y entienden que Argentina no es un país. Es una maldición. Un agujero negro. Una trampa de la que, si no sos cuidadoso, nunca volvés.

La misión queda cancelada. El territorio es impredecible y la mala gestión puede producir muchas pérdidas. El integrante fumador, desmotivado por el resultado del viaje, emprende la vuelta a su barrio. El sábado tiene que llevar al pibe a la clase de flauta bariónica y, a la tarde, también le tiene que hacer el service al C-3PO. Mira para abajo. La boca se le hace chiquita. Se prende otro pucho esperando que pase el teleport que lo deja en su casa.

De pronto, se descubre una lágrima.

El hisopado, piensa.

Intenta convencerse de que no pasa nada. Tira el cigarro y sonríe. Está contento. Más tiempo en casa, con la familia.

Llega el transporte, pero no se mueve. Algo lo reclama. Un conjuro refractando en su cabeza lo deja paralizado. Busca restarle importancia e intenta abordar el vehículo. No puede.

Las trompetas cada vez suenan más fuerte.

En crescendo, un pequeño cántico va apoderándose de él.

Ya no resiste y se abandona por completo a la melodía que lo interpela.

Jamás lo volvieron a ver. Su familia lo dio por muerto y el gobierno empleó, sin éxito, todos sus recursos para encontrarlo. El caso trascendió y fue tema de conversación en toda la Vía Láctea. Se hicieron rastrillajes en Júpiter, allanamientos en Plutón y hasta hubo enfrentamientos con milicias marcianas. Ya después de un tiempo, se desistió de la investigación.

Nunca se les ocurrió buscar en Almirante Brown donde, según dicen, un extranjero medio extraño regentea un bar temático de Boca Juniors sobre la calle Wenceslao Villafañe. Las noches de copa, cuentan los feligreses, celebra con oficio devoto un atávico ritual. Justo antes de que comience el partido, desaparece por breves instantes y, segundos más tarde, sorprende a los comensales con empanadas y cerveza.

Ya asentado en la barra, besa un portarretrato, se prende un pucho y, entre improperios, carcajadas y culpa, se pone a la espera.

Espera el estruendo.

Espera las trompetas y los redoblantes.

Espera que una manga de jugadores sin sangre le vuelvan a dar un sinsabor.

Espera que la gente a su lado grite, sufra, ría y odie.

Espera esa melodía argéntea que lo volvió feliz e infeliz al mismo tiempo y lo obligó a dejar todo.


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