Pasando la página — Cómo me convertí en escritor
Dos strikes en contra, voy por el cuadrangular
Pasando la página — Cómo me convertí en escritor
Dos strikes en contra, voy por el cuadrangular

Imagen generada con IA usando Canva Magic Studio
(You can read the story in English **here**)
Supongo que debería empezar por presentarme. Llámame David. Me encantaría decirte que he sido un ávido lector toda mi vida — que agarré un libro en cuanto aprendí el abecedario, devorando todo desde Cervantes hasta García Márquez, y que escribí mi primer cuento antes de los diez años. Pero no te voy a mentir. No aquí. No ahora. Lo prometo.
Lo que sí te diré es esto: amo las palabras. Siempre lo he hecho. Creo que siempre lo haré. Desde joven supe que tenía en mí lo necesario para ser, al menos, un escritor decente. Me encantan las palabras en todas sus formas y tamaños. Y sé que, a veces, la verdad emerge de historias sobre personas que nunca existieron y cosas que jamás ocurrieron. En otras palabras, las mentiras más grandes a menudo nos ayudan a desenterrar las verdades más profundas.
Así que aquí estoy, con poco más de treinta años, todavía cavando. Tratando de iluminar la verdad con la tenue luz de mi linterna. Excavándola desde los rincones más oscuros, envolviéndola en las mentiras que le dan forma a la ficción, y compartiéndola con el mundo. Justo como lo haría alguien que se dedica a contar historias.
Me gusta definirme como un escritor. A veces, invento cosas y las escribo. El resto del tiempo, olvido cuánto disfruto mentir y finjo ser normal. Supongo que ya me harté de fingir ser normal — si es que alguna vez lo fui. Este es el inicio de mi camino literario, y como prometí, esta vez no te voy a mentir. Esta es mi historia.
Como probablemente ya habrás adivinado, no seguí el camino típico de un escritor. No fui el niño que vivía enterrado entre libros, admirando a Cortázar a los ocho, escribiendo cuentos en una libreta a la sombra de un árbol. No sufrí una tragedia durante mi infancia, aunque debo admitir que siempre fui un poco inadaptado. Todavía lo soy. No estudié literatura, ni periodismo, ni nada remotamente cercano. Mi camino tomó otro rumbo, uno que tenía poco que ver con contar historias.
O eso creía.
Siempre destaqué en el ámbito académico — o al menos así lo recuerdo. Historia, matemáticas, ciencias, idiomas… lo que fuera, yo era bueno para todo. No es por presumir (bueno, quizás un poco), pero la escuela me resultaba fácil. Me encantaba. Hasta el día de hoy, hay una palabra — cinco sílabas — que podría describirme mejor que ninguna otra: inquisitivo. Naturalmente curioso, al borde de lo entrometido, siempre haciendo preguntas “nomás pa’ saber”. Aprendiendo por el simple gusto de aprender, persiguiendo ideas sin mayor razón, sin un objetivo práctico. Eso era lo mío, mi mero mole como decimos en México, y durante un tiempo, me funcionó bien.
En mis primeros años de preparatoria, allá por 2008, mi futura alma máter lanzó la sexta edición de su “Concurso de Cuento Histórico”. Animado por profesores que habían apreciado mi escritura a lo largo de los años, y con ganas de poner a prueba mis habilidades literarias, afilé mi espada figurativa y entré en la batalla. Para mi sorpresa, gané — bueno, casi. Obtuve el segundo lugar, el cual venía con una beca para estudiar historia o filosofía, y un iPod Video (hoy extinto).
Ese triunfo fue monumental — la prueba que necesitaba para confirmar que verdaderamente tenía lo necesario, que sí era real. No era solo una fantasía, un castillo en el aire; era parte de mí, algo vivo que me había elegido como su anfitrión. Pero seguía sintiéndose como un sueño — uno que debía mantener oculto, reprimido, encerrado. En ese momento, ni siquiera podía considerar una carrera como escritor. Sabía que mis padres no lo apoyarían. No los culpo. Simplemente era impensable. Después de todo, hay que ganarse la vida. Hay que encontrar una forma de traer pan a la mesa. Por más maravilloso que fuera, ese sueño era un callejón sin salida; una ilusión que nació muerta, sin siquiera tener la oportunidad de respirar.
Un par de años después el temido momento llamó a mi puerta — la gran decisión, la elección imposible. Ese punto donde desaparecen las rueditas de la bici y se espera que elijas un camino, como si ya tuvieras la vida resuelta. Apenas estás entendiendo qué o quién eres, y de pronto tienes que apostarle al caballo ganador. ¿Cómo se supone que semi-adultos, aún formándose, pueden tomar una decisión siquiera decente? ¿Y esperar que vivan felices con ella el resto de sus vidas, contribuyendo de paso a la sociedad de la que son parte? ¿Cómo es que esto se considera normal? O, si me permites el atrevimiento, ¿cómo puede ser esto siquiera… justo?
Pero me estoy desviando — esa conversación es para otro momento.
Cuando era hora de ir a la universidad, tomé lo que parecía ser la opción lógica. Navegando un mar de consejos y consideraciones— lo que se me daba bien, lo que la economía demandaba, hacia dónde se dirigía el mundo, lo que pintaba como un camino seguro — , elegí ingeniería. Entré al mundo de las tecnologías digitales y comencé lo que terminaría siendo una carrera más bien efímera, aprendiendo el lenguaje de las computadoras.
La programación me fascinó desde un inicio. Me enamoré cuando hallé sin querer la vieja calculadora HP 41CV de mi papá. Tenía 18 años y me bebí el manual de principio a fin. La pequeña enciclopedia era más seca que el Sahara (después de todo, era un manual), pero en mis manos era un best seller del New York Times. Luego vinieron otros lenguajes de programación, cuyos nombres no me voy a tomar la molestia de mencionar. Cuanto más aprendía, más posibilidades aparecían.
Cuatro años después, poco antes de terminar la universidad, conseguí mi primer — y único — empleo como desarrollador de software. De hecho, cumplí 23 años justo el mismo día que me presenté en la oficina por primera vez. Tristemente, ese año, mi regalo fue darme cuenta de que esa no era la vida que quería. Lo que me encantaba de programar fue irónicamente lo que desapareció cuando llegué al mundo real. Ya no se trataba del viaje, sino del destino. Me encontraba en un mundo creado por otros, donde no era más que un albañil que colocaba ladrillos. La libertad y el arte se habían perdido. La creación de algo único, armónico, casi poético, se había ido sin dejar rastro alguno. Me había enamorado de lenguajes que, a pesar de su naturaleza rígida, de color blanco y negro — los unos y ceros— , podían moldearse para crear algo original, algo mío. Pero ahora, todo se había reducido a un tono gris oscuro — casi indistinguible del negro.
Cuatro años tirados a la basura. Un pedazo entero de mi vida, simplemente desperdiciado, perdido como páginas arrancadas de un libro. Era demasiado tarde para corregir el rumbo. ¿Y ahora qué? Tenía que enfocarme: nada de riesgos, no era momento. La ingeniería en computación estaba en alta demanda, y ofrecía algunos de los mejores sueldos del mercado. Se me daba muy bien — los comentarios de colegas, evaluaciones de desempeño y calificaciones me respaldaban. Además, era una industria en auge, con un futuro prometedor. La situación estaba clara: mi título me daba algo por lo cual podían pagarme bien, algo en lo que era bueno, y algo que el mundo necesitaba. Tal vez estaba destinado a hacer algo que no amaba del todo.
En resumen, este mustang — el caballo salvaje norteamericano, no el auto deportivo con franjas que quizá imaginaste — , que aun con tres patas me empeñaba en llamar mi ikigai, todavía podía ganar la carrera de la vida… incluso sin ser un purasangre, incluso faltándole una pata. Tal vez mi suerte ya se había acabado. Después de todo, persigue tus sueños se había convertido en un cliché, un consejo sin valor. Tal vez solo tenía que aceptar la dura verdad: no estaba destinado a tener un póker de ases en este juego. Nadie logra tener las cuatro cartas en la mano, aun cuando durante la última década de mi vida hubiera mantenido un juego perfecto en mi historial académico.
Primer strike.
Ahora venía el momento de dar el gran paso, el gran salto — tiempo de salir del cautiverio y adentrarme en la jungla. Casi todos mis compañeros y amigos tenían ya trabajo o estaban buscando uno activamente. Y, como podrás imaginar, en ingeniería electrónica el atuendo de un estudiante, un becario o un empleado de tiempo completo era tan distinto como la vestimenta de Steve Jobs en las convenciones de Apple. Una pista: Steve usaba jeans y cuello de tortuga negro. Siempre.
Por eso me intrigó tanto ver a un compañero portando el atuendo por excelencia de un adulto de verdad, de los responsables, de los que pagan impuesto sobre la renta. Traje de dos piezas. Camisa blanca, impecable. Zapatos y cinturón de cuero relucientes. Sin corbata — dejando el toque “casual” en business casual. Pero lo que más destacaba era el grillete corporativo, la insignia inconfundible de la tribu Godín: una laptop empresarial. Obviamente, le pregunté el porqué de todo aquello y me contó sobre su nuevo y elegante trabajo corporativo. Escuchaba en su voz cuánto le apasionaba y en ese momento, tres cosas quedaron claras: una, ese trabajo tenía poco o nada que ver con nuestro título universitario; dos, era algo que jamás había escuchado; tres, sonaba como una tierra lejana donde el conocimiento brota a borbotones. Quedé fascinado.
En papel al menos, mi amigo trabajaba para la Empresa A. Pero siempre estaba en movimiento. En realidad, trabajaba para otra compañía— llamémosla Empresa B. Esta situación sin embargo, no duraría para siempre. La Empresa A pagaba su sueldo, pero a cambio de sus servicios, la Empresa B le pagaba a la Empresa A una tarifa acordada en un contrato. Trabajaba con su jefe — también de la Empresa A — , pero esa relación, como su estancia en la Empresa B, eventualmente terminaría. Lo mismo aplicaba para sus compañeros de equipo. El trabajo era vago, incluso etéreo; su día a día, un misterio para mí. Pero tenía una misión clara: resolver el problema por el cual la Empresa B había solicitado la ayuda de la Empresa A — y necesitaban hacerlo rápido. Su equipo era una máquina bien aceitada — eficiente, precisa, como un grupo SWAT en acción. Pareciese como si siempre estuvieran en una batalla cuesta arriba. Ah, y por si no fuera suficiente, ya iban atrasados desde la primera semana. ¿A qué se dedicaba? Mi amigo estaba en el negocio de la consultoría estratégica.
El trabajo pagaba muy bien — incluso desde el primer peldaño — y daba un sello de prestigio que sobresalía en cualquier currículum . También era una puerta de entrada a posiciones ejecutivas de mayor paga y jerarquía. ¿Lo mejor de todo? Ofrecía un MBA totalmente financiado en cualquiera de las mejores universidades del mundo; solo tenías que regresar y trabajar durante dos años como parte del acuerdo. ¿Para qué subir la escalera corporativa a la antigua si podía agarrarme de un cohete con propulsión nuclear? Era una decisión obvia. ¿Qué podría salir mal?
El proceso de reclutamiento fue un calvario. Tras múltiples conversaciones corporativas, exámenes rigurosos y una serie interminable de entrevistas, finalmente recibí mi boleto dorado. Estaba dentro. Consultoría ofrecía algo que siempre había valorado: conocimiento. No solo estaba aprendiendo, sino que — por algún milagro — también estaba aplicando mis habilidades de programación. Al final, mi título no había sido en vano. Me asignaron a proyectos que requerían SQL — un lenguaje para manipular bases de datos — e incluso VBA, usado para ejecutar funciones personalizadas en Excel, por ejemplo. Rápidamente, me di a conocer por mis excel-entes habilidades de Excel — sí, tenía que hacer el chiste, ojalá me perdones. Mi carrera de ingeniería me dio una cierta ventaja para resolver problemas de forma diferente. Pero una mente demasiado analítica era una espada de doble filo. Podría decirse que pecaba de sobre-analizar todo.
En mi mente, era un tanto rebelde, y eso me metía en problemas. A medida que los consultores maduran en su carrera, se espera que se vuelvan despiadados — al borde da la obsesión — al momento de asignar prioridades a cada aspecto de su trabajo. Y como en esta profesión el trabajo prácticamente se vuelve tu vida, se espera que seas ante todo un “priorizador”: pragmático, directo y siempre al grano. Después de todo, el tiempo es dinero. No hay espacio para divagar, para contemplar ideas que no te llevan a ningún lado. Y, como ya te habrás dado cuenta, esa no es precisamente mi naturaleza. Soy alguien que necesita contexto, alguien que disfruta del trayecto; el pensamiento del destino ni siquiera cruza por mi cerebro. Esto, obviamente, me pasó factura. Logré mantenerme a flote a pesar de los tropiezos y las heridas. Después de todo, no fueron letales. Me puse una máscara y actué como el consultor “equilibrado” que querían que fuera.
Después de tres años como consultor junior, en agosto de 2019 inicié la siguiente etapa de mi carrera: una Maestría en Administración de Empresas — el famoso MBA. Los siguientes dos años trajeron experiencias maravillosas, y conocí personas increíbles, algunas de las cuales considero amigos cercanos hasta el día de hoy. El año 2019 también fue el año en que logré viajar más de dos veces alrededor del mundo — 84,004 km para ser exactos (gracias por el dato, Google Maps). En total visité nueve países y 15 ciudades. Trabajé en Kuala Lumpur y Lima, viajé a la India y a otros lugares del sudeste asiático, e incluso visité algunas ciudades de México y Estados Unidos. Ese año tuve una probada — literalmente — del mundo, una rica cucharada de su sabor. Después de todo, ¿consultoría no era tan mala, no?
Luego llegó el Covid. Todos sabemos lo que pasó. Pero, a pesar de la pandemia y de las clases remotas— si es que mirar sermones pregrabados puede considerarse “aprender” — , me fue bastante bien. Volví a mi zona de confort, de regreso a la escuela, de vuelta al viejo yo, tímido y curioso. Divagando en ideas, sin ir a ningún lado — literalmente, esta vez. Los dos años pasaron volando.
A diferencia de la mayoría de mis compañeros, yo ya tenía una oferta de trabajo antes del MBA, y porque más vale malo conocido… no la pensé dos veces. Al fin y al cabo, era una de las joyas más codiciadas entre los estudiantes del MBA— y recuerda, tenía que volver por dos años, había firmado un contrato. En todo caso, mucha gente afirmaba que esto era “el sueño”. Pero, una advertencia en este cuento. A veces, al perseguir un sueño, terminas encontrándote en uno. Y este no era un sueño cualquiera… estaba a punto de convertirse en una pesadilla.
Cuando regresé del MBA, supe que algo había cambiado. Honestamente, no podía señalar qué era exactamente, pero mi cuerpo se encargó de hacerme notar que algo no andaba bien. Quizá era una combinación de varios factores. Para empezar, mis veinte estaban por terminar, y ya no podía pasarme noches en vela sin pagar las consecuencias al día siguiente. También estaba la naturaleza misma de consultoría. La carrera acelerada — sintetizada en la política de “para arriba o para afuera” — avanzaba como tren a toda velocidad. Ser más senior significaba que la carga de trabajo aumentaba tan rápido como el nivel de responsabilidad.
El enfoque del trabajo que realizaba también había cambiado. Los días emocionantes en los que me perdía en Excel fueron reemplazados súbitamente por presentaciones, reuniones y cadenas de correos interminables. Y como si eso no fuera suficiente, la economía tampoco ayudaba. En el mundo post-pandemia, la mayoría de las empresas contrataban consultores para ejecutar planes de reducción de costos — en parte para sobrevivir, en parte para desmarcarse y justificarse ante decisiones polémicas. Era la tormenta perfecta.
Días largos; noches, aún más. Montañas de trabajo acumulándose durante los fines de semana — a veces incluso también en días feriados, reclamando vacaciones sin pedir perdón. Vivir anclado a una silla me provocó un dolor de espalda intenso. Estar pegado a una pantalla Lenovo de 14 pulgadas más de 80 horas a la semana me dejó con ojos permanentemente secos, ardientes. Empecé a necesitar anteojos. Los audífonos estaban prácticamente encarnados en mis oídos. Despertar, trabajar, dormir escasas horas. Y otra vez al día siguiente. Así fue durante meses. En algún punto, simplemente no pude más. Mi salud se deterioró— no solo el cuerpo, también la mente. Estiré demasiado la liga. Se rompió.
Segundo strike.
Estaba asqueado, sobre todo conmigo mismo. No estaba haciendo absolutamente nada para cambiar esta situación. Simplemente permití que continuara indefinidamente. La verdad es que tenía miedo. Miedo de soltar el timón del barco, sin ver que iba directo hacia el iceberg. Miedo de simplemente soltar, de cambiar de rumbo, de encontrar otro camino. Había tantas cosas que podría haber hecho, pero estaba cegado por mi propia historia retorcida, una en la que me había convencido de que el sufrimiento era necesario. Convencido de que mi suerte se había acabado, que nadie consigue una puntuación perfecta en este juego.
Era demasiado orgulloso para aceptar que… había fracasado. No una, sino dos veces. No en el sentido estricto de la palabra, por supuesto. Era un buen ingeniero y también un buen consultor. Mi trabajo habla por sí solo. Pero había fallado en encontrar equilibrio. Cuatro años en la universidad, y ahora cerca de una década en consultoría. Trece años — todos durante mi juventud. Los mejores años, los que te dicen que aproveches al máximo porque nunca regresan. Y después de todo ese tiempo, me di cuenta de que nunca había elegido un camino que me hiciera feliz.
De los dos caminos que se bifurcan en el bosque amarillo del poema de Robert Frost, tomé el que todos dicen que lleva al éxito. Pero nunca me detuve a definir qué significaba el éxito para mí. Me limité a tomar prestada la definición de los demás, portando con orgullo la medalla del autosacrificio.
Y luego, llegó el milagro. Algo tan inesperado, tan ajeno a mi naturaleza, que todavía dudo si realmente ocurrió. Pero no creo que haya sido un sueño. Fue real. Lo puedo sentir.
Aquí es donde probablemente te decepciono. He venido preparándote justo para este momento, construyendo tanta expectativa que, mientras escribo esto, casi me siento mal por lo que viene después. Pero te di mi palabra, y pienso cumplirla — sin mentiras. ¿Entonces qué pasó? Simplemente, me permití… cambiar.
No fue solo como el cambio de las estaciones. Estaba rompiendo las cadenas de la historia, deteniendo el ciclo antes de que pudiera repetirse. Este fue un cambio brusco, del tipo que te sacude hasta los huesos, el que te derrumba, el que te hierve la sangre. Porque la idea de convertirte en alguien que nunca creíste que podrías ser, infecta cada célula de tu cuerpo. Este es el cambio que te destruye, que mata al viejo tú, dejando atrás solo el vago recuerdo de quién fuiste.
El cambio viene desde las rodillas. No llega con suavidad — te arranca la dignidad. Te arrastra al suelo. No en rendición, no con gracia, sino en agonía. Llega cuando ya no hay aliento para sostenerte, cuando no hay pensamiento que no duela al contemplarse. Cuando tu cuerpo se rinde, y ya sin dar pelea, sucumbe, como el colapso silencioso de algo que ya se ha desvanecido al viento. Suplicas que pare, que el sufrimiento se detenga. Imploras que alguna fuerza invisible se lo lleve, que repare lo que está ahora en pedazos, que te deje ser cualquier cosa menos esto.
Pero no hay respuesta. Nada llega. Te das cuenta de que no hay nada más. Nunca lo hubo. Solo hay un vacío, una oscuridad eterna. Y entonces, en el silencio, en esa insoportable ausencia de escapatoria, finalmente entiendes. Nunca hubo una batalla. Nunca hubo algo de qué huir. No había nada en qué convertirte. Solo queda una cosa por hacer: dejar ir.
Y entonces lo haces. Y así lo hice.
También ayuda que me saqué la lotería. En realidad, esta era la tercera vez que me pasaba. Primero, allá por 2013, cuando conocí a una joven hermosa y empezamos a salir. Luego, otra vez en 2021, cuando nos casamos. Y finalmente, cuando en lugar de decirme que estaba loco, ella dijo: “Está bien. Ya lo resolveremos.”
No estoy escribiendo esto justo el día después de renunciar. Me tomé un tiempo. Necesitaba sanar las heridas autoinfligidas, poner las piezas nuevamente en su lugar. Tuve que reunir el valor para mirar al espejo y decir: “Te perdono.” Ahora bien, quizás te estés preguntando: ¿no se suponía que todo esto era para contarnos cómo te convertiste en escritor? Sí, tienes razón.
En este tiempo, me di cuenta de que tengo historias que contar — verdades que desesperadamente quieren ver la luz del día. Supongo que, cuando volví a conectarme conmigo mismo, fue cuando descubrí que desde siempre había sido un escritor. Tal vez sí mentí, después de todo. Esta no fue la historia de cómo me convertí en escritor. Esta es la historia de cómo dejé de ser todo aquello que en realidad no era.
Creo que todos somos narradores, contadores de historias — eso es lo que nos hace profundamente humanos. Todos estamos tratando de darle sentido a un mundo que nadie entiende del todo. Contamos historias para explicar por qué nos pasan las cosas, historias a las que necesitamos aferrarnos en esta vida. Las historias nacen de un anhelo profundo por la verdad, de una búsqueda de entendimiento, de comprensión. Y esa verdad nunca llega de forma absurda, fría o aburrida. La vida no viene con un manual que nos enseñe sus reglas, si es que existen. La vamos entendiendo a golpes, sobre la marcha, usando esos genes narrativos que llevamos tatuados en el alma.
Quizás todo esto sea solo una forma de decir que no soy diferente a ti, lector. No hay una separación real entre nosotros. Todos somos narradores, contando las mismas historias una y otra vez. Solo que yo elegí expresarlas por escrito. Dejar mis pensamientos en blanco y negro y compartirlos con otros me hace feliz. Esa es la verdad, y ya no puedo negarla.
Puede que lleve dos strikes en contra, pero esta vez, voy por el cuadrangular. ¿Cómo puedo estar tan seguro? No lo estoy. Sería una locura afirmarlo — es simplemente imposible. Pero esta vez, hice las paces con lo desconocido. Confío en ello. Estoy cansado de jugar a lo seguro solo para fracasar. Esta vez, no voy montado en un mustang cojo — ni siquiera llevo caballo. Esta vez, me estoy entregando al viento, dejando que el gran Gwaihir me lleve hacia un mañana más brillante. Así es, estoy invocando a las águilas de Tolkien.
Solo queda una cosa antes de despedirnos — al menos por ahora — y es darte las gracias a ti, lector, mi compañero cuenta historias. Como dije antes, la verdad es que me encanta compartir historias, y la mayor recompensa siempre será saber que hay lectores como tú que se toman el tiempo de leerlas, y con algo de suerte, disfrutarlas. “Gracias” no parece suficiente, así que… mil gracias por ser parte de este viaje. Porque, a pesar de que esta es mi historia, tú estás en su corazón. Sin ti, no hay historia, porque las historias solo viven cuando se cuentan, pasando de una persona a otra. Después, solo la tinta permanece. Mi nombre es David — espero que sigamos leyéndonos. Adiós, por ahora.
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- 2026-09-01 09:12:29