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La sociedad contraproductiva

La crisis actual como espejo de la modernidad

Juan Egea · 2020-04-05 07:30 · 0 claps · 7.7 min read
#crisis #filosofia #cultura #transporte
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Wiki topics: 🔒 · Cybersecurity

La sociedad contraproductiva

La crisis actual como espejo de la modernidad

El espacio está desapareciendo. Para un porcentaje cada vez mayor de habitantes del planeta las distancias no existen. Pero ese dominio de la distancia por medio de la velocidad provocado por la obsesión de ganar tiempo (algo imposible), ha provocado también un efecto colateral no deseado: a partir de ahora sabemos que cualquier epidemia se puede convertir rápidamente en pandemia.

El precio que pagamos por el progreso se pasa al cobro tanto individual como colectivamente; a la pérdida de autonomía y libertad, sumamos el deterioro del medio y las relaciones. Estamos dispuestos a pagar el precio con tal de conseguir el bien más anhelado: el tiempo. La obsesión por la velocidad esconde el deseo de ganar tiempo, y con ello dinero. De modo que si el saldo resulta positivo para nuestra lógica contable seguiremos pagando el precio del progreso. Pero los nuevos acontecimientos han introducido en el balance anotaciones que debemos tener en cuenta si no queremos ir a la bancarrota.

En las últimas décadas no han faltado voces que han reclamado una revisión del saldo que arroja el pago por el progreso. Una de ellas fue la de Ivan Illich (1926 – 2002), figura polémica en su tiempo, teólogo de vastísima formación que pudo hacer carrera en Roma, pero que terminó, por discrepancias, abandonando sus funciones eclesiásticas y «enfrentándose al statu quo», según reza su obituario en el New York Times. Casi olvidado hoy, Illich desarrolló una labor crítica que, sin duda, nos puede servir, sino para explicar, sí, al menos, para reflexionar sobre la crisis permanente en la que vivimos, y de la que la pandemia actual es solo un capítulo más.

Recogida en numerosos trabajos, entre los años 60 y 70 Illich destacó por una intensa actividad de reflexión y debate público que cristalizó en una profunda crítica de los valores de la modernidad. A este respecto Humberto Beck publicó en 2016 un ensayo titulado «Otra modernidad es posible» que constituye, según el propio autor «un ensayo de lectura que propone esclarecer los posibles términos en los que la obra de Illich es considerada como una crítica a la modernidad».

Para no caer en tópicos dualistas, conviene destacar que, a nuestro entender, las ideas de Illich trascienden la dialéctica izquierda – derecha, estado – mercado, comunismo – capitalismo; van a la raíz de un problema que podríamos denominar el problema de las herramientas y sus efectos en la persona y en la sociedad, que también puede expresarse como el conflicto entre la autonomía y la instrumentalidad, según señala el propio Beck. Esta tensión parte de la autoafirmación del sujeto y del rechazo de cualquier exterioridad, sea Dios o la tradición, y termina con lo que Beck señala como punto de partida de todo planteamiento crítico sobre lo moderno: la conversión de las herramientas de simple medio a fin en sí mismas.

Así, el proyecto moderno, que originariamente pasa por la reivindicación del sujeto, se ve alterado por la conversión de los medios en fines, dando lugar a que el sujeto quede supeditado a la herramienta, esto es, lo contrario de lo que se pretendía inicialmente.

De manera muy resumida, podríamos decir que el pensamiento de Illich se articula en torno a dos elementos esenciales. Por un lado la idea de que, a partir de cierto umbral, las herramientas producen efectos colaterales no deseados o contrarios a los esperados; y, por otro, la idea de que el mundo actual, basado en un conglomerado industrial, burocrático (y tecnológico añadiríamos), comandado por un cuerpo de especialistas que distribuyen o prescriben soluciones para necesidades creadas por el propio sistema, despoja a la persona de su autonomía y deja todas las facetas de su vida, hasta las más básicas o elementales, y que en otros tiempos no requerían de un tercero, en manos de este engranaje.

En torno a estas ideas Illich articula y desarrolla su crítica de las herramientas modernas, entendiendo por tales cualquier objeto que se convierte en un medio para obtener un fin. Así, serían herramientas desde la escuela a los medios de transporte moderno, como el coche o el avión, pasando por el propio sistema sanitario o cualquier industria. A partir de las herramientas, y de su uso, Illich define un modelo de sociedad, denominado «convivencial», en el que la herramienta está «al servicio de la persona integrada en la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas». A partir de los años 80 Illich sustituirá el concepto de herramienta por el de sistema, en línea con la cibernética, de la que hablamos recientemente.

En este artículo pretendemos reflexionar sobre el origen y las consecuencias de una crisis, en este caso la pandemia del coronavirus (que podría haber sido otra), en el contexto de una sociedad, la actual, en la que las herramientas han superado todos los umbrales y en la que todas las necesidades humanas, bien sea el desplazarse, curarse o aprender, han sido entregadas o bien al mercado o bien al estado, en ambos casos gobernados por un cuerpo de especialistas y tecnócratas, que tutelan y controlan todos los aspectos de nuestra vida.

La crisis del coronavirus ha alterado una serie de herramientas o instituciones que, significativamente, coinciden con las que Illich puso en cuestión en su crítica de la modernidad. Estas herramientas son el transporte, el sistema sanitario y la escuela. Todas ellas, a partir de cierto umbral, determinado por la escala humana, dejan de cumplir la función para la que fueron creadas y producen el efecto contrario. La situación actual es que hemos superado todos los umbrales, y las consecuencias son cada vez más evidentes.

Las herramientas de la modernidad invierten su función convirtiéndose en necesidades, que, como tales, terminan inhabilitando al usuario para hacer algo que antes no requería del concurso de un tercero. De hecho, si lo observamos con detenimiento, todas las creaciones humanas no dejan de ser proyecciones de funciones que la persona como tal ya desarrollaba por sí misma con anterioridad. El ser humano ha aprendido, se ha desplazado y ha tenido cuidado de sí y de los demás de forma constitutiva, siguiendo los tres ejemplos aludidos. Pero además, poder hacer algo por uno mismo implica que, en una situación de crisis como la actual, no dependes de que el estado o el mercado te presten un servicio o te ofrezcan un producto para resolver una necesidad; e implica también que tienes desarrolladas las habilidades necesarias para poder buscar soluciones a los problemas. Cuando los vehículos autónomos sean algo común, dejaremos de tener la habilidad necesaria para conducir en situaciones de riesgo. Y en eso estamos ahora, en una situación de riesgo.

El transporte se ha visto, como hemos dicho, completamente alterado por esta crisis. El ser humano, por medio de sus funciones metabólicas es capaz de generar energía suficiente para llevar a cabo desplazamientos de manera autónoma. Pero en el momento en que empieza a depender de fuentes de energía externa para desplazarse de forma más rápida de la que determina su escala, comienza el proceso de inversión que le lleva a alcanzar un umbral, a partir del cual consigue lo contrario de lo que pretendía. En el caso del transporte hay un primer umbral obvio, que es el deterioro de la salud derivado del sedentarismo. El segundo umbral deriva de los efectos de la contaminación, que deteriora la salud y la calidad de los espacios de convivencia. Estos efectos contraproductivos son bien conocidos, suponen un precio que estamos dispuestos a pagar por desplazarnos de forma más rápida y cumplir nuestra obsesión de ganar tiempo. Ahora bien ¿En realidad conseguimos nuestro propósito? ¿Nos movemos a mayor velocidad? La respuesta es que, aun viajando en coche, no nos desplazamos, de media, mucho más rápido que si fuéramos en bicicleta. Sin tener en cuenta los atascos, a la hora de calcular el tiempo necesario para un determinado desplazamiento en coche, no solo debemos contabilizar como invertido el tiempo que pasamos sentados frente al volante, sino también el tiempo proporcional que dedicamos a trabajar para pagar el coche, la gasolina, el seguro, los impuestos, el mantenimiento, etc. La suma de todo ese tiempo, más el que pasamos al volante es en realidad lo que tardamos en un determinado desplazamiento. (Se pueden encontrar más detalles y referencias al respecto tanto en la obra Energía y equidad, de Ivan Illich, como en Angeles o robots, de Jordi Pigem, a quien debemos nuestro interés por Illich y de cuyo trabajo hablamos aquí en un artículo.)

A todo lo anterior hemos sumar la consecuencia bien conocida de los accidentes de tráfico. En los últimos años en España se ha reducido a unos 1000 muertos al año, pero en la última década la cifra supera los 35.000, sin contar los casos de secuelas graves y todo tipo de tragedias que encierran los siniestros. Pero lo que importa no es el dato, lo cuantitativo, sino lo cualitativo. El accidente es la inversión total del propósito, pues impide que cumplamos nuestro objetivo inicial. Como bien ha expuesto Paul Virilio en El accidente original, la velocidad como característica distintiva de la civilización contemporánea determina una segunda característica: «el accidente, generalización progresiva de acontecimientos catastróficos que no solo afectan a la realidad actual, sino que también son causa de miedo y ansiedad para las generaciones venideras».

La pandemia del coronavirus puede considerarse así un accidente provocado por la velocidad, destapando un nuevo umbral de ruptura para el transporte, no conocido hasta ahora, y que podemos sumar a los ya mencionados. Los más de 120 mil vuelos diarios que conectan el planeta, no solo producen toneladas de gases contaminantes, sino que, con la anulación de las distancias, provocan que cualquier epidemia se convierta rápidamente en pandemia. Por eso la cancelación de vuelos ha sido una de las primeras consecuencias de la pandemia.

En la carrera por la velocidad, que no distingue ni ideologías ni sistemas políticos, no en vano señala Illich que «en el país capitalista el viaje largo es cuestión de dinero; en el socialista es cuestión de poder», hemos llegado, pues, a la inversión máxima que supone la parálisis, haciendo buena otra expresión de Illich que dice: «la velocidad es una forma de desorden mental».

En un artículo posterior expondré los efectos contraproductivos de la sanidad y de la educación, las otras dos herramientas seriamente afectadas por la crisis y que fueron igualmente objeto de la crítica de Illich. Veremos cómo el sistema sanitario, tal y como se presenta hoy, merma nuestra capacidad de enfrentarnos a la enfermedad e incluso de sanarnos, toda vez que, nuevamente, delegamos nuestra autonomía en el mercado o en el estado.

La pérdida de esta capacidad de cuidarnos a nosotros y a los demás también se verá reflejada en la principal tragedia de la crisis: las muertes en las residencias de ancianos. Nos pondremos frente al espejo de una consecuencia inesperada tras poner en manos del mercado una función ejercida tradicionalmente de manera autónoma.

Por último, analizaremos también la educación y su materialización moderna en la escuela, supuesta tabla de salvación pero que en el fondo no hace más acentuar los efectos contraproductivos, toda vez que fabrica consumidores, especialistas y burócratas que perseveran en el mismo modelo, en lugar de los espíritus libres y críticos que esperábamos. Y lo mismo servirá para la investigación, conectada con la escuela, y que mueve cifras billonarias en el mundo que le sirven, no solo para la búsqueda de la vacuna y otros remedios sanitarios, sino para contribuir denodadamente al aumento de la velocidad como metáfora de nuestra dependencia de las herramientas.

Ivan Illich, Obras Reunidas I. Alternativas. La sociedad desescolarizada. Energía y equidad. La convivencialidad. Desempleo creador. Némesis médica. Fondo de Cultura Económica. 2006.

David Cayley. Conversaciones con Ivan Illich. Enclave de libros. 2013.

Humberto Beck. Otra modernidad es posible. El pensamiento de Ivan Illich. Malpaso Editores. 2016.

Jordi Pigem. Ángeles o robots. Fragmenta Editorial. 2018.

Paul Virilio. El accidente original. Amorrortu Editores. 2010.


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