La sombra del verano
El olor de las adelfas flotaba en el aire en un lento baile con el aroma a sal que subía desde la cala. El sol, en un punto agresivo…
La sombra del verano
El olor de las adelfas flotaba en el aire en un lento baile con el aroma a sal que subía desde la cala. El sol, en un punto agresivo, marcaba la posición en el cielo de las horas vespertinas. La calle principal, larga, debido al calor parecía una charca de asfalto.

Por esa calle avanza un hombre. Ignora las chicharras que hablan a lo lejos y avanza calle arriba como en un sueño, ignorando el calor, la brisa, el aroma de las flores. Camina despacio, en su cabeza resuenan lejanos recuerdos estivales. El calor, la sal, las olas lejanas. Al llegar al edificio alto del color de una dentadura amarillenta mira hacia arriba. Sabe dónde está, pero hace 20 años que no está allí. Sabe dónde está, pero no sabe cómo ha llegado. Siente miedo, pero un miedo conocido, recordado. Siente esa hora eterna de siesta donde el verano se para, donde todos duermen y él tenía una hora de soledad buscada. Realiza un movimiento aprendido verano tras verano y cruza el jardín en dirección a la parte opuesta del edificio. El jardín conserva una atmósfera inocente, de vacaciones, de infancia, de soledad. Mira hacia arriba y le parece ver a alguien en la terraza del piso donde veraneaba. Alguien sentado en una silla, o quizás en el suelo de ladrillo rojo de la terraza. Al llegar al portal escucha el lejano ruido de niños jugando en la piscina calle arriba. Está lejos y, sin embargo, sabe en su cabeza, cómo huele allí arriba. A cloro, a helados, al humo del cigarro de los padres que se toman su ‘digestivo’ mientras juegan al dominó. Huele a señoras diciendo qué bien se está aquí, qué bien hemos comido. Huele a crema para el sol. Entra al portal y sube hasta el segundo. En su lento ascenso sus pies recuerdan el tacto de cada peldaño. Eso le hace darse cuenta de que está descalzo. Sus pies absorben el frío que guarda la piedra marrón oscuro de la escalera. Como hacía cuando era niño, el hombre separa la mano y toca, con la punta de sus dedos, la rugosa pared de granito. La mantiene mientras sube para sentir el ligero aleteo de unas cosquillas en las yemas. La puerta está abierta. Al entrar ve todo como siempre ha recordado: los sofás cubiertos por la funda de colores, la mesa marrón, la alacena a la derecha con las puertas saeteadas de tarjetas de restaurantes de la zona. En uno de los estantes del mueble están las llaves del coche de su padre, el cuaderno donde se apuntan los tanteos del continental, los periódicos. El hule de la mesa huele a la bayeta de la cocina que ha dejado su rastro al limpiarlo. Al entrar se ve el ventanal que separa el salón de la terraza. Al otro lado del cristal, a lo lejos, se ve el mar en calma, esperando, como agazapado. La sonrisa blanca de unas olas lejanas parece mellada con el vaivén de dos pesqueros. A la derecha, un pasillo iluminado por la luz que sale de la cocina se pierde en la oscuridad de tres puertas cerradas. El suelo, negro y blanco, huele limpio. No los ve, pero el hombre sabe que en las habitaciones hay gente durmiendo, matando ese tiempo en el que el calor no te deja hacer otra cosa salvo rendirte a la somnolencia posprandial. El hombre, que no sabe cómo llegó allí, que no sabe por qué está todo igual que hace 20 años, se dirige a la terraza. Tampoco sabe por qué, pero cruza el salón. Abre la puerta y ve a un niño pequeño, de unos 8 años, sentado en el suelo de la terraza. Tiene desplegados delante de él una veintena de muñecos y está simulando una especie de combate. El hombre, que no sabe nada, le mira extrañado. El niño le devuelve la mirada, después, como si no acabase de aparecer un desconocido en su terraza, vuelve la vista a sus muñecos y continúa. El hombre intenta hablar, pero no sabe, no recuerda cómo. El corazón le late tan deprisa, el olor a mar, a las adelfas, antes ignorado, rompe por su nariz como una presa de agua recién abierta. Se sienta a su lado, pero no dice nada. — Está durmiendo la siesta — dice el niño — puedes sentarte un rato si quieres. Pero no la despiertes — Ya — murmura el hombre, casi como intentando que el sonido no salga de su garganta — ¿Te apetece jugar conmigo? — pregunta el niño El hombre le mira, sonríe, trata de ignorar ese dolor que empieza a notar en los ojos — Vale, me pido este — dice el hombre — No, Sombra es mi favorito.
El hombre y el niño juegan un rato en silencio, trazando coreografías que parecen aprendidas, haciendo los mismos movimientos cuando luchan, los mismos ruidos cuando caen. Cuando dejan los muñecos los dos, sentados lado a lado, apoyan las manos en el suelo y cargan el peso sobre ellas, como recostándose hacia atrás.
— ¿Sabes quién soy? — Sí — contesta el niño — ¿Y no te parece raro? — Un poco, supongo que estoy soñando El hombre le mira con ternura
— Es raro que duermas a estas horas, recuerdo que nunca dormía la siesta. Había mucho que hacer — ¿Por qué estás aquí? — No lo sé — contesta el hombre mirando de nuevo hacia el mar — creo que porque lo echo de menos. O porque necesitaba hablar contigo — ¿De qué? — No lo sé — suspira el hombre — ¿Qué habéis hecho hoy? — Nada — contesta el niño — hemos ido a la playa un rato, Sergio ha jugado un rato conmigo, pero enseguida se ha cansado — No se lo tengas en cuenta, Javi — susurra el hombre — ahora está en otra edad. Luego volveréis a ser uña y carne
— Mamá me ha echado crema y me ha hecho lo de la pedorreta en la nuca. Nos hemos reído. Hoy estaba contenta.
El niño se queda callado y coge un muñeco. Le retuerce las piernas distraído — ¿Cómo es? — ¿El qué? — Cuando somos viejos El hombre construye una mueca divertida — No soy viejo, soy mayor El niño se rasca debajo de la nariz mientras le mira. Como diciendo ‘Es lo mismo’ — ¿De mayor también tenemos miedo? — Eh — piensa el hombre en alto — el miedo nunca se pierde. Pero nos volvemos más valientes. Conocemos a gente que merece mucho la pena El niño sigue sin hablar — No estamos solos, enano. Todo mejora El niño le mira y sonríe — ¿Has venido en un DeLorean? — pregunta el niño divertido El hombre ríe. Sabe que está allí por algo. La escena, tantas veces evocada por las noches, parece un último premio, una última oportunidad de enmendar cosas importantes. Pasa un dedo por la parte inferior de la barandilla y distraído esparce el polvo que ha arrancado al metal sobre su dedo. Mira al niño. Sabe por qué está ahí, sabe qué quiere decirle. Sabe que una frase, una sola, haría que su vida fuera mucho más fácil. Vuelve a mirar al horizonte y suspira de nuevo — Javi, hay una cosa importante. Algo que me hubiese gustado saber cuanto antes. Algo que nos habría hecho más fuertes, más libres. — ¿Qué es? — pregunta el pequeño El hombre le mira. Prepara la respuesta. Es fácil. Recuerda todas las veces que tuvo esa duda. Todas las veces que se descubrió callándoselo. Todas las amigas que perdió por no ser valiente, por no saber qué le pasaba. Recuerda el día en el que tuvo que aceptar una verdad que rompería su vida en mil pedazos. Recuerda las lágrimas frente al espejo, recuerda el terror a desnudarse. Recuerda el olor de aquellos sitios clandestinos donde la gente se amaba en una tonalidad más cercana a la suya. El hombre piensa todo eso, pero no lo dice. Levanta una mano y acaricia el tupido pelo negro del chico. Con ternura, pasa los dedos por un leve cardenal que está desapareciendo en su pequeño brazo. Una dolorosa imagen del día en que ella se lo hizo, agarrándolo con fuerza, con ese odio que afloraba cuando venían los demonios. Un pequeño moretón, otro más, que le recordó el porqué esa hora de la siesta en soledad sabía a refugio. No hay ira, hay tristeza. Con esa misma tristeza le sonríe y por fin, le contesta — Nada, pequeño. No hay que cambiar nada. Los tiempos malos serán una mierda, pero también vienen cosas geniales. Y cuando te toque darte cuenta, sabrás que no ha sido tarde, aunque lo sientas así — El hombre se levanta — Me tengo que ir Cuando se dirige al interior se para, aspira una última vez y se gira. — Bueno, una cosa sí, aunque no sea tan importante. Cuando vayas en autobús a Gijón a ver a los primos, haz el favor de no dejarte a Sombra en el asiento. Te culparás por perderlo toda la vida
El hombre sale de la terraza y el chico, pensativo, coge por inercia protectora su muñeco favorito como obligándose a recordar que no se lo tiene que dejar en aquel viaje para no perderlo sin saber que igualmente se lo dejará y no volverá a verlo.
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- 2026-07-14 08:03:07