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Solo por unos días

De visita en mi casa estaba un primo mío, se quedaría solo algunos días, venía de muy lejos, de trabajar una larga jornada, y por un largo…

Juan de la Torre · 2026-05-21 01:20 · 0 claps · 5.8 min read
#short-story #psychological-thriller #dark-fiction #literature-spanish #human-nature
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Solo por unos días

De visita en mi casa estaba un primo mío, se quedaría solo algunos días, venía de muy lejos, de trabajar una larga jornada, y por un largo tiempo en las minas del semidesierto. Durmió por horas. Al despertar y saludarnos en el comedor me dijo: eh, en la noche alguien intentó abrir tu cochera. Me pregunté a mí mismo por qué no me dijo en el momento, nomás que, al estar yo todo amodorrado, no carburé.

Me di el tiempo de desayunar todavía, antes de bajar a revisar la cochera, ¿por qué?, porque creí que no había sido nada, que quizá mi primo lo había soñado. Solo que sí, la puerta se notaba doblada, como si la hubieran estado forcejeando, de la parte superior, pero como la chapa estaba aún puesta y cerrada, intuí que solo lo habían intentado, y eso fue lo que escuchó mi primo.

Veo que mi carro, el super tiida rojo, estaba ahí, era lo único de valor, lo demás era basura, basura que dejo ahí para sacarla el día que pasa la basura. Ya, mi corazón descansó, solo la intentaron abrir, la cochera, pero pues al no poder, se fueron. Nomás que, en el interior del coche, estaban varias cosas, ninguna mía, mochilas dos. Abrí la primera, una de color negro, adentro traía muchos cables, y una computadora, una tablet y discos duros, se sentía que en el resto de las bolsas, no solo en la que abrí, traía más cosas, pero ya no investigué. Me fui a la segunda, que era una mochila verde con gris, parecía para hacer senderismo, adentro traía algo de joyas, desconozco si tenían valor o no. Además, estaba toda hecha bola ropa, parecía una sudadera, tampoco investigué más.

Como no sabía quién había intentado abrir la cochera de mi casa, yo ya sentía que las cosas que había adentro del super tiida rojo eran mías, después con más dedicación revisaría qué más había, por ahora me gustaba la idea de tener ya una tablet y discos duros nuevos.

También, al interior del vehículo, había una silla, una silla para bebés, además un mueble como de sala, ya fuera para poner libros o películas, unos tenis y unos tacones. Todo daba la impresión de que solo fue aventado dentro. Fue en ese momento que dije, ¿pero para qué los metieron?, aaahhh, pues sí, me respondí en mi mente, robaron otra casa y querían un vehículo para huir. ¿Pero por qué el mío?, si hay más vehículos disponibles estacionados en la calle, aaahhh pues sí, para no ser vistos, era mejor acarrear las cosas a mi cochera, que estarlas llevando a un carro a la vista de todos.

Mis vecinos son unos metichotes, en todo están, en lo que les afecta como en lo que no, entonces, me extrañó que no se dieran cuenta del suceso, de la invasión a mi propiedad, pero bueno, no había yo perdido nada, en cambio había ganado algunas cosas. Los vecinos a lo mejor alertaron a las autoridades y los ladrones huyeron dejando esas cosas en mi cochera, que hasta se tomaron la molestia de volver a cerrar la puerta.

Pero eso solo significaba que volverían, no creo que fueran a dejar así como así su botín, o a lo mejor sí, pero más valía que estuviera preparado por si regresaban.

Así que por la noche, tenía una varilla, y mi atención, mis oídos estaban alertas a cualquier sonido, mi primo, que todo el día pareció indiferente, también estaba al pendiente. Como a eso de las dos de la madrugada yo ya no aguantaba el sueño, me dormí, mi primo no supe, él estaba en el otro cuarto.

No sé qué hora era, ni cuánto tiempo dormí, pero en eso escucho ruidos, parecía que estaban abriendo de nuevo la puerta de mi cochera. Me asomo a la calle, y sí, vi dos siluetas, una de un hombre, joven, unos veinte años, veinticinco cuando mucho, y una mujer, también de más o menos esa edad, delgados los dos, de ropas eran oscuras, no sé si negras completamente.

Llamo al novecientos once, la primera vez en mi vida que marcaba a ese número, digo lo que pasa, doy con el domicilio y cuelgo. Mientras, porque pues no sé cuánto se irían a tardar los elementos de seguridad, tomo en mis manos la varilla que tenía preparada, y bajo las escaleras lentamente para que no me escuchen, porque pude haber gritado, ¿quién anda ahí?, y con eso fuera suficiente para que dejaran de hacer lo que estaban haciendo y ya, pero como que tenía ganas de darles un chingadazo con mi arma, además que estaría bien que se los llevaran detenidos los policías.

Mi primo sintió que me levanté, cuando acordé estaba atrás de mí y solo con un leve movimiento de cabeza me dio a entender: “vamos”. Al tenerlos a distancia suficiente, suelto el primer chingadazo, se lo doy al hombre en la pura cabeza, en la nuca para ser más exacto. Ni se quejó, solo lo vi desplomarse, la mujer voltea y me ve, en lugar de huir, se me deja ir, mi primo la detiene, no la golpeamos porque a una mujer no le debe golpear, jaja.

La verdad me desquité el coraje que tenía con la vida, porque a pesar de estar sometidos los dos, uno, el hombre, inconsciente, y la mujer peleando por zafarse, le di tremendas trompadas que hasta luego me sentí mal, días después. Los ojos ya ni los podía abrir la pobre, la nariz estaba como un zigzag, era obvio que no podía respirar por ella, en la boca aventaba borbotones de quién sabe qué líquidos con sangre.

En la cajuela del super tiida rojo siempre traigo una bolsa con herramientas, y en esa bolsa, una cinta gris, de esa que le dicen del pato, procedo a encintar al hombre, piernas y brazos, los brazos se los puse detrás, en la espalda, y las piernas se las flexioné para intentarlas unir con sus manos, el pobre no sé si estaba muerto, pero blandito que resultó, no batallé nada para dejarlo inmóvil por si regresaba del más allá.

La mujer suplicaba que ya, que la dejáramos ir, no gritaba, porque yo creo que en el fondo no queria que los vecinos llegaran, y la lincharamos entre todos. Yo ni le contestaba, es más, ni sentía nadita de remordimiento en ese momento. Tampoco es como que estuviera yo apresurado, no, iba lento, con mi tiempo para hacer mis cosas, no voy a mentir, pero intentaba recordar torturas que había visto en películas, porque he visto cientos, y la mayoría de terror. Para fortuna de la mujer, no se me vino ninguna a la mente, así que solo se llevaba patadas y puñetazos al por mayor.

Una vez inmóviles los dos, y la autoridad que no llegaba, empecé a desear que ojalá no atendieran el reporte, así me quedaba más tiempo para que mi mente sacara de por ahí ideas, ideas de qué hacer con esas dos pobres almas.

Mis vecinos, metiches ahora sí, escucharon yo creo el traqueteo, que uno llegó muy silencio, y me preguntó, ¿pos qué pasa?, le expliqué. No sé por qué asumí que iba a estar de mi lado, que maldeciría a los ladrones y diría que qué bueno, pero no. Me veía con unos ojos de sorprendido, que no duró ni cinco minutos, y se fue a su casa, no sé si a hablar con la autoridad, o a qué.

Otra vez, para ser sincero, no me importó lo que fuera a hacer. Total, que llegó un momento que ya ni la mujer se movía, parecía un trapo, por más piquetes con la varilla que le daba, nomás no se retorcía. Eso empezó a perder la diversión. Al fijarme en mi primo, veo que también me veía con desconfianza, como si no me conociera, como si no hubiéramos convivido desde niños, ahora ya rondábamos los cuarenta años.

La llave del agua estaba abierta, y se llevaba la sangre que tenía mi primo en sus manos y brazos, yo lo veía a él, y luego a los criminales. A él lo volteaba a ver porque intentaba descifrar qué pensaba, y a ellos, los rateros, para que me inspiraran torturas, pero nada de las dos cosas pasó.

Llegó el sol, el nuevo día. La autoridad nunca se presentó, mal por ellos, qué tal que yo no los hubiera golpeado a los ladrones, se hubieran salido con la suya. Yo estaba haciéndome un licuado, aún con las manos hinchadas de tanto golpear a la mujer ladrona. En eso veo que mi primo sale de su cuarto con su maleta hecha, y me dice, ya me voy, no le pregunté nada, nomás le asentí con la cabeza.

No fue hasta como mediodía que recordé que mi primo se iba a quedar por días en mi casa. Pero no, se fue.


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