La Cruz del Turco
En verano en Pringles anochece a eso de las 9. Media hora antes el sol ya no está pero todavía no hay oscuridad total. Esa hora la conocen…
La Cruz del Turco

Ilustración Paula Saffores
En verano en Pringles anochece a eso de las 9. Media hora antes el sol ya no está pero todavía no hay oscuridad total. Esa hora la conocen muy bien los chicos, que siempre están afuera, alargando un poco más el día hasta que los llaman.
Con Clara Amalia, ese verano del 2003, pasábamos casi todas las tardes en el bosquecito que está enfrente de la cabaña donde termina el parque de la casa. Éramos las últimas dueñas de una ciudad construida entre los árboles, donde todos nuestros primos habían jugado y ya solo nos divertía a nosotras.
A lo lejos escuchamos la campana. Quería decir: chicas adentro, a bañarse, a comer.
Volvíamos por el parque, con los sonidos de la noche en el campo, las ranas, los bichos y veíamos la casa iluminada. Adentro estaba toda nuestra familia.
Los veranos en el campo de Beto siempre dormí con Clara Amalia, mi prima, en el cuarto verde.Compartíamos una mesa de luz llena de historietas del Pato Donald, Condorito y compilados de Readers Digest en tapa dura.
No nos animábamos a decirle a nadie que todavía nos daba un poco de miedo la oscuridad. La casa tenía energía eléctrica gracias a un motor diesel, que se prendía cuando ya no había luz natural y se apagaba cuando nos íbamos a dormir.
Temíamos, por que todo era en plural, para las nietas más chicas. Cuando se apagaba el motor eléctrico nos tranquilizaba saber que teníamos la linterna reflector naranja apoyada sobre la mesa.
Todos los años compartíamos esos días entre Navidad y Año Nuevo en el campo. Ninguna tiene hermanas y nos divertía esa complicidad femenina. Ese verano teníamos un negocio ( vendíamos pulseras y aros a nuestros cansados familiares), dibujábamos la agenda y en invierno tejiamos cuadraditos para la acción social del colegio.
Por eso, porque entendíamos esos miedos sin hablar de ellos, nos conversábamos un rato más todas las noches en la oscuridad.
-Como a las 6 de la mañana llegan los caballos de Cañuelas.
Después de vender el campo de Cañuelas los caballos habían estado un año en un campo en Monte. Esa madrugada de enero del 2003 llegaban al campo de mi abuelo Beto en Pringles.
-¿Pero mañana vamos a la Cruz del Turco?
-Si,Clari
Los potreros de Cañuelas tenían números. Los de Pringles siempre tuvieron nombres. La tierra cambia en la provincia de Buenos Aires, en la zona serrana es más seca y en la pampa tan horizontal es húmeda y negra. No podés galopar tanto en la tosca. Este campo está en el sistema montañoso de Ventania, y tiene lomadas pronunciadas que dan perspectiva pero son duras.
Con Clari habíamos empezado a andar a caballo solas ese año. Ya no teníamos que avisar a dónde íbamos. La infancia es un letargo entre los más chicos de una familia, nadie quiere que crezcas por que se acaban algunos roles, rutinas y rituales.
La Cruz del Turco siempre nos había dado miedo. Habíamos ido con primos, tíos y hasta una vez en un sulky con Beto pero nunca solas. Estaba en el final de un potrero, cerca de la entrada del campo. Ahí cuenta la leyenda está enterrado un viajante turco, asesinado por su ayudante a principio del siglo 20.
Había algo muy valiente, en agarrar un caballo, ensillarlo, subirse y galopar a la tumba de un hombre asesinado.
Esa mañana agarramos a Tioco y a Pimpollo. Los dos bien mansitos, y nos fuimos al paso por el camino. Montábamos en cuerito, y nos subíamos como escalando las tranqueras si había que abrir alguna. Yo era experta en poner el caballo de lado y no bajarme, una técnica que había perfeccionado en Cañuelas y funcionaba solo con los petisos o con los caballos mansos.
Así llegamos campo travieso, mitad trotando mitad al paso a la Cruz. Es de hierro y está oxidada.
No conocíamos a nadie que haya muerto, mucho menos asesinado. Pensamos que algo había que hacer.
- ¿Rezamos?
-Recemos
Estuvimos 10 minutos, y emprendimos la retirada.Ya era casi la hora de almorzar, pero los caballos cuando van de vuelta al palenque siempre aceleran.
Justo antes de la curva que da a los silos los vi. Los caballos de Cañuelas: Morita, El Tordillo, Cafecito, Noble y Lucero estaban sobre la lomada galopando en fila, reconociendo un nuevo hogar de pastos más secos, tierra más dura, y mucho más viento.
Había una reivindicación en ellos, después de tantas horas en un camión jaula corrían. Pensé que ellos como nosotros ya no tenían que avisar a dónde iban.
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- 2026-07-29 04:21:30