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Los ojos de un desaparecido

Marino de infinito corazón | La historia de Luis Palza, el dolor de buscar e identificar un cuerpo después de un desastre natural

Valeria · 2023-11-10 19:02 · 0 claps · 7.9 min read
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Los ojos de un desaparecido

Marino de infinito corazón | La historia de Luis Palza, el dolor de buscar e identificar un cuerpo después de un desastre natural

Fuente: Diario Gestión

Fuente: Diario Gestión

Los ojos de María aún desbordan de amor cuando habla del hombre que le robó el corazón a los trece años. Casi cuarenta años han pasado ya desde que Luis Palza, a quien sus seres queridos llamaban ‘El Cholo’, falleció en acción llevando todas las almas que cabían en su bote. Las cifras oficiales cuentan el número de ultimados a causa del Fenómeno del Niño del 82–83 mas no el número de corazones rotos de los amigos y familiares de las víctimas. La muerte del marino de guerra de esta historia dejó cientos de corazones chalacos rotos; pero en especial el de su esposa, que lleva grabada la historia del desastre natural que le arrebató un pedacito de vida.

Ella recuerda a detalle qué fue lo que la cautivó del chico de la esquina de su barrio. “Sus ojos, eran lindos sus ojos.” Aquel par de diamantes café fue la razón por la que la adolescente lo observó durante un año desde la puerta del pasaje de su casa. La simple memoria de ellos combinados con su sonrisa hace suspirar a la mujer de 65 años cual quinceañera.

— No me hagas recordar — dice entre risas.

Los presentaron tiempo después, el Cholo conoció a una María Minchola “ minifaldera, entaconada y pintarrajeada”. Una belleza. Él iba a visitarla después del trabajo y antes de la escuela nocturna, vestido con un overol ennegrecido por la labor que realizaba con carbón en una fundición.

— Era un ‘conchudo’. Todo cochino venía a verme; y yo, feliz.

La inteligente joven lo ayudaba con los quehaceres del colegio. Fue así, entre tareas y risas que nació la conexión entre estos escolares, en un pasaje de Bellavista.

A falta de medios económicos para seguir una carrera, Luis, a sus veinte años, y con permiso de sus padres (porque la mayoría de edad se cumplía a los veintiuno), empezó el voluntariado en la Marina de Guerra del Perú, institución en la que terminó siendo aceptado. Como para no perder viejas costumbres, su novia, ahora secretaria, le escribía balotarios para que apruebe sus exámenes en la Escuela Naval. Todo con tal de verlo feliz.

Luis tenía una cualidad que irónicamente lo condujo a la muerte. Siempre estaba dispuesto a ayudar. Su mejor amigo, quien trabajaba en un taller de bicicletas, recuerda que cuando el marino llegaba a visitarlo vestido en un blanco impecable, se despojaba de polaca y corbata para ayudarlo a engrasar cadenas e inflar llantas. Fueron estos los detalles con los que se ganó el corazón de los vecinos del Callao.

El amor del Cholo por su mujer era tan grande que no le bastaba llevarlo dentro. Así, apareció un día con el rostro de María tatuado en el pecho, a la altura del corazón. El dibujo la retrataba vistiendo el quepi de la marina. Su vocación de servicio también estaba inmortalizada en su piel.

Poco antes de que Luis se graduara como Oficial de Mar, llegó un bebé; tres años después, el matrimonio civil. Sin embargo, llegaron también los problemas entre las familias Minchola y Palza, que inevitablemente se proyectaban sobre el joven matrimonio. Es por esto que el Cholo le propuso a su mujer marcharse de Lima. Solo los tres. Sin pensarlo mucho la secretaria aceptó, dejó su trabajo y se dedicó a su hijo. Al marino lo destacaron a Tumbes y fue quizás ese el inicio de una serie de eventos desafortunados que dieron pie al fatídico desenlace.

En diciembre de 1982, el Niño llegó al norte peruano con sed de inocentes. Actualmente aparece en las páginas del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (Senamhi) como el “Meganiño” o “La madre de todos los niños”. Según Indeci, murieron 512 personas, 587 120 quedaron sin hogar y alrededor de un millón doscientas personas fueron afectadas directa o indirectamente por las lluvias. En plena crisis económica por la deuda externa, el segundo gobierno del arquitecto Belaúnde Terry hacía lo que podía. Y como para coronar la mala suerte que acecha desde tiempos inmemorables a este país, llegó el peor Fenómeno del Niño de la historia republicana del Perú hasta entonces.

El Cholo había regresado a Lima en diciembre. Su esposa e hijo lo acompañaron a tomar la ruta por la que jamás regresaría. Como no podía ser de otra forma, el chiquito se le prendió entre lágrimas al hombre con el destino ya escrito.

— ¡Papá no te vayas, no te vayas!

El instante en el que cuenta esto la voz de María pende de un hilo y se muestra más viuda que nunca.

— Y ahí lo dejamos — sentencia — . Se fue. Se fue y ya no lo vi.

Solo se mandaban cartas y telegramas. El plan que quedó inconcluso para siempre involucraba que madre e hijo viajaran a Tumbes en enero. No obstante, debido a las lluvias, decidieron aplazarlo por la falta de agua y comida en la región.

Benito González, oficial de la marina también destacado en Tumbes, estuvo con el Cholo la nefasta tarde del 5 de febrero de 1983.

¿Quién no se va a acordar del sargento Palza? Un hombre grande, gordo, bondadoso y valiente.

El puente ‘ El Piojo’ estaba ubicado a las afueras de la ciudad de Corrales y cruzarlo era la única manera de llegar a la capital de la región. Este había quedado destrozado por la fuerza del río, marciales y civiles precisaban llegar al otro lado. Los marinos llevaban en su camión táctico el zodiac, embarcación a motor que les permitía cruzar a pesar del alto cauce. En el primer viaje en bote fueron solo militares, entre ellos, Benito. Al ver los civiles que el Zodiac era lo suficientemente resistente para cruzar el río, sobrecargaron la embarcación en el viaje que le tocaba realizar a Palza. A las 5 de la tarde, el motor cedió ante el peso y se detuvo a mitad de camino. Unos gritaban “¡tírense!” y otros “¡no se tiren!”. Los civiles sucumbieron ante los nervios y saltaron al río jalando a los oficiales con ellos. Unos gritaban “¡naden contra la corriente!” y otros “¡déjense llevar!”. Palza desapareció en la penumbra de la noche, que solo dejaba ver cabezas flotando.

Esa madrugada, en Lima, María sintió entre sueños cómo se hundía la cama a su lado por el peso de su esposo, quien le hizo suaves cosquillas. A lo que ella respondió semi sonámbula que la deje dormir. Obediente su marido, se echó a su lado.

La mañana siguiente llamaron a la puerta, y no había esposo en la cama. La joven madre abrió la puerta al único familiar de su marido que tenía teléfono en el barrio. Las palabras llegaron como en cámara lenta.

— Se ha perdido el cholo, no lo encuentran.

Ella se desplomó en el acto.

Hizo maletas y partió con su cuñado y suegro a Tumbes. Al llegar, la esposa del desaparecido vio con sus propios ojos el diluvio. Los rayos azotaban la noche como látigos y no dejaban dormir ni a los ahogados. La preocupación y la comida enlatada quitaban el hambre a las familias de los no habidos.

Al recorrer la ciudad, los recién llegados se pararon al borde del infierno de agua, que al arrasar no discriminó entre viviendas, carreteras, colegios, centros de salud ni la economía nacional. El infierno pasaba rápido, y en vez de incendiar, inundaba.

En un archivo de América Televisión del año 1983, la entonces primera dama Violeta Correa habla de lo que está haciendo el gobierno para ayudar a las regiones de Piura y Tumbes. Una voz en off explica que durante el desastre natural, las tuberías se rompieron y las calles se inundaron en desagüe, se dañaron veintiséis mil kilómetros de carretera y se inundaron hectáreas de cosechas. Todo esto en temporada de verano, en las que las regiones norteñas experimentaron temperaturas desde los 25 hasta los 31 grados centígrados. Además se muestran interminables colas de gente esperando por comida al lado de los camiones y el desborde de un río Marrón que llevó cuanto encontró. Desde troncos que parecían tiburones hasta piedras que darían la estocada final a los desafortunados.

Fuente: IDESEP

En el río se formaron islotes que albergaban entre otras cosas, esperanza. Cabía la posibilidad de que Luis, junto a los dos grumetes que se encontraban en el bote con él, estuviesen aferrándose a la vida en medio de la tempestad.

Al día siguiente hallaron hechos cadáveres a los grumetes. González fue en la comisión de la marina designada a reconocer los cuerpos a la morgue. Cosidos como costales de papas, yacían los dos mancebos en un ambiente con olor a formol. Benito lo cuenta casi sin mostrar sentimiento, como es propio de los militares.

Al cabo de dos días ya habían encontrado a todos los civiles y militares caídos en el río, excepto al sargento Palza. Buscar al desaparecido fue una tétrica peripecia que padecieron todos los involucrados, pero en especial el padre de Luis, quien estuvo en la base de Infantería de la Marina en Tumbes todos los días esperando por noticias.

Pasaron diez días y las lluvias cedieron, el río disminuyó su cauce y esclareció el cielo. Alumbró radiante el sol la fúnebre travesura del Niño. Brilló sarcásticamente, dejando al descubierto las víctimas que habían padecido luchando.

El sargento Dioses, Benito, y otros oficiales salieron una vez más en su búsqueda. Fue Dioses quien divisó a lo lejos unos buitres. Llegaron en el zodiac hasta donde se podía, de ahí comenzaron a caminar e identificaron el short rojo con el que Palza había estado vestido el día de la tragedia. Estaba boca abajo. Inmediatamente volvieron a la base militar para llamar al padre y a un fiscal. El padre fue el responsable de identificar el cuerpo.

— Encontraron al cholo — , le dijo a María horas después. Y la mujer creyó por un efímero momento que lo habían encontrado con vida. A salvo en algún islote. Creyó que volvería a tocar su cabello rizado y castaño, al igual que su piel morena.

Pero El Niño no tuvo piedad con él. No le bastó solo con dormirlo para siempre, también le partió el cráneo con las piedras que corrían por su cauce. Su rostro era irreconocible. Todo lo que recordaba María de su aspecto físico se lo había llevado el agua. Según su suegro, solo una parte quedó intacta. La locura de amor del Cholo lo salvó de tener la etiqueta NN en la morgue del hospital central de Tumbes. El tatuaje de su esposa con la boina de la marina estaba intacto.

Fue eso lo que le concedió semanas después un funeral concurrido. La viuda tiene borroso el recuerdo después de tomar el avión a Lima, pero sabe que al velorio asistieron más de cien personas, y que ella lloró ríos más fuertes que los que le habían arrebatado la vida a su esposo. Sabe que la carroza para llevar el cajón del velorio al entierro estaba de adorno. Que sus amigos cargaron en hombros el ataúd de metal 30 cuadras hasta el cementerio Baquíjano del Callao. Sabe que sobre el ataúd estaba la bandera de la patria que su esposo amó, y que su hijo encabezaba la procesión con la boina de su padre en la cabeza. Sabe que ella quería conservar la boina pero no se lo permitieron, tenía que quedarse con él. Y sobre todo sabe qué fue lo primero que preguntó cuando le dijeron que su esposo estaba muerto.

— Y sus ojos, ¿cómo están?

Los diamantes marrones de los que se había enamorado por primera vez, a los trece años no estaban en el cadáver de su esposo. Ni siquiera eso le dejó la desgracia.


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