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Reseña de “Qué difícil ser un dios”: el fracaso de corregir al mundo

Roberto A. Buenfil · 2026-06-19 18:42 · 0 claps · 5.0 min read
#strugatsky #dios #hegel #isaac-asimov #scifi
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Reseña de “Qué difícil ser un dios”: el fracaso de corregir al mundo

¿Qué ocurre cuando alguien que cree que puede sostener el peso del mundo descubre que no puede? Ahora me interesan más los personajes que descubren los límites de esa comprensión.

De niño leí mucha ciencia ficción. De la buena: primero a Asimov, desde aquél cuento que le preguntaba a Multivac por la entropía (nombre que le digo de cariño a mi Chat Ge Pe Te), hasta las miles de páginas de geopolítica espacial y control religioso de la trilogía Fundación. También leí cientos de textos que ganaban premios en páginas .net con fandoms locales. Quizá mi cuento favorito a la fecha siga siendo El Errante, que va de un ser que erraba el cosmos vacío que creaba muy a pesar de que una especie, la humanidad, destruía el universo una y otra vez que los volvía a crear. El cuento de Héctor lo guardado en mi computadora porque seguramente ya no está por ahí.

Fue la ciencia ficción lo que me acercó a mi vocación definitiva: la filosofía. Y luego, otra cosa, leí a los hermanos Strugatsky. No me apena confesar que no leí otros libros de su Universo del Mediodía y leerlos para escribir esto tampoco me aparece como algo necesario, reseñas “narrativas” hay muchas y muy anteriores a mi natalicio siquiera.

Eso y lo otro, yo viví en Rusia por allá del 2014. Qué difícil ser un Dios o Qué difícil ser Dios— cualquiera de sus dos traducciones al español, cuyo artículo de diferencia es indicador absoluto del acetismo de algunos de sus traductores— fue una novela que por casualidad leí de una editorial hecha para nosotros los inostranietz (extranjeros) que aprendíamos la preciosa lengua en la que Dostoievski calló literalmente a Cristo. Comenzaba a leer la cortísima novela y subrayaba las palabras rusas, meditaba su contexto, buscaba en mi slovari su significado. Así una semana hasta que lo entendí todo. Cada palabra de esa edición. No me fijé mucho más en la novela excepto un diálogo que me atrapaba gramaticalmente cuando Kira —esa profunda hereje medieval— le decía a Rumata que cuando estaba con él, no necesitaba a Dios.

Atrapado por la belleza prosáíca de un ruso al que no le haría justicia intentando elucidar cuando Kafka le escribe a Milena Jesenka en una carta “El amor es para mí un cuchillo con el que escarbo en mi interior.”, releí Trudna buit Bogom una y otra vez como si no le hubiera entendido.

La tesis argumental es simple: terrícolas avanzados y ya pacifistas, descubren Arcanar, un planeta humano aún atrapado en nuestra Alta Edad Media; un grupo de científicos viaja a ese planeta, dispuestos mezclarse para observar el curso de la historia. Antón, el protagonista, se convierte en Rumata, un aristócrata que los locales esotéricos pensaban como una suerte de hechicero (o un dios). Reba, el gobernante de allá, comienza una cacería tan brutral que haría parecer piadosa a la mismísima Inquisición. Rumata vive en el dilema de que si bien conoce el futuro y tiene tecnología para derrocar al tirano y terminar la masacre fácilmente, tiene que limitarse a observar la atrocidad frente a él, pero se vuelve tan extrema la cacería que el planeta no sigue el curso natural de la historia, sino que se aleja cada vez más del Renacimiento, reprimiendo en su totalidad a científicos y pensadores. Incluso entonces Rumata observa, hasta que afecta a la mujer que ama. Y entonces Dios es obligado a dejar de ser neutral…

Como en Orwell, esta ficción feudal tiene matices críticos al totalitarismo soviético, pero no iremos hacia allá. Las novelas clásicas tienen una cartacterística común, uno debe releerlas a través de los años para aprender algo nuevo de su presente. De niño me fascinaban quienes entendían el funcionamiento del universo: Hari Seldon prediciendo la historia, Multivac resolviendo el destino de la entropía: civilizaciones enteras reducidas a ecuaciones. Ahora me interesan más los personajes que descubren los límites de esa comprensión. Hace 12 años leí esta novela como una fantasía de poder donde Rumata me parecía un héroe. Ahora la leo como una advertencia de mi propia historia, cuando ya no sueñas con ser el más lúcido de la habitación y empiezas a preguntarte qué pasará el día que toda esa lucidez no alcance para impedir una tragedia. Y entonces Rumata se aparece como parte de esa estirpe menos triunfal: la de quienes conocen demasiado y aun así no saben qué hacer con ese conocimiento.

Si bien la filosofía de Hegel apunta que el avance de la razón y las ideas civilizadoras — por englobarlo de algún modo — puede hacer parecer justificables incluso genocidios o guerras porque ningún costo es demasiado alto para “comprenderlo todo, podemos citarlo por algo mucha más simple. Rumata posee una conciencia superior a la de quienes lo rodean. Ve más lejos, comprende más cosas y anticipa consecuencias que los habitantes de Arcanar no pueden imaginar. En la película de Constantine (2005) aparece una alegoría parecida: el protagonista es un medium poderoso que, ya condenado, conoce cómo funcionan el Cielo y el Infierno y la apuesta de Dios y el Diablo por las almas de la humanidad. Dios observa a la humanidad como un niño observa una colonia de hormigas. Puede delimitar el tablero, incluso alterar algunas condiciones, pero no tiene sentido mover a cada hormiga individualmente. La tragedia comienza cuando un dios descubre que comprender el mundo no le da derecho a corregirlo.

Rumata descubre esto, que amar a una civilización no implica dirigir su destino. Compasivo y sensible como es, por eso sufre el contraste de ser un lacónico rodeado de estupidez y violencia. Había llegado con la esperanza de presenciar el progreso de la razón pero… romperá con ese paradigma hegeliano porque el costo del curso de la historia es imposible de digerir porque no lucha contra las fuerzas del mal de una tiranía y su violencia sino que está luchando contra la realidad misma. La cadencia de la narración nos recuerda que efectivamente esta realidad nunca coincide con la imagen que habíamos construido. Si bien cree que si salva a los hombres de ciencia, salvará a la sociedad, esto ulteriormente no palia la brutalidad. Un intelectual arrojado a un mundo bárbaro, padece la impotencia de quien ve correr a un niño hacia una caída inevitable y no puede detenerlo.

En el colofón del análisis está Kira, el elemento del desbalance, cuyo amor con Rumata es más bien la metáfora de los pasajes mesiánicos del Nuevo Testamento, donde Dios al encarnar a su hijo, no planeaba sentir en carne propia ni involucrarse con los humanos sino predicar e iluminar, pero un momento antes de morir se da cuenta que no entiende la vulnerabilidad humana hasta que niega a Dios: cuando grita Padre, ¿por qué me has abandonado? Cuando Dios niega a Dios, comprende el otro extremo de lo que nos hace sentir vivos, la desesperanza. Conocer no es comprender. Ni siquiera un dios puede aprender ciertas cosas sin atravesarlas. Por eso es que una inteligencia omnisciente (la tan buscada IA general) tampoco podría salvar a la humanidad de sí misma.

Cuando Kira sufre un destino violento, Rumata es también un dios caído y, traumatizado, saca su espada y acomete una masacre. Resucita, por decirlo de alguna manera, tiempo después, de vuelta en su planeta pero ya no es el mismo dios que fue a Arcanar, sino es un dios roto que finalmente entiende el precio que tiene ser humano y amar algo que no puede salvarse por completo.


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