El Secreto. Parte 7.
Juan la ve alejarse, pero se queda invadido, por una gran curiosidad. Nunca había experimentado la presencia de una persona, tan delicada…
El Secreto. Parte 7.
Juan la ve alejarse, pero se queda invadido, por una gran curiosidad. Nunca había experimentado la presencia de una persona, tan delicada, y que no le tuviera miedo al trabajo duro. Y, sobre todo, que no le interesara tener, algo de él.
Por su parte, Angélica, concentrada en su objetivo, regresa al casillero para volver a retomar su uniforme, y en aras de ganar tiempo, habla con Fernanda.
— No te vayas. Apenas veas salir a Juan, avísame — Angélica susurra, previendo que aún pueda quedar alguien por irse; aunque lo duda — Vamos a practicar aquí. Yo vi toda la clase, y me la sé de memoria. No es lo mismo aquí, que en tu casa. Aquí es, donde te van a evaluar.
— Angélica, no te lo puedo creer — Fernanda sonríe, pero nerviosa — En realidad, sentimos un movimiento de cortinas, y algún que otro ruido, durante las clases. Yo siempre supuse, que podrías ser tú.
— Sí, era yo — Angélica se ríe a carcajadas, pero sin perder el tiempo — Pero, pasé tremendo susto; por poco me sorprenden.
— Angélica, eso te puede costar el trabajo — ahora Fernanda le habla, muy en serio — Igual si nos descubren, practicando de noche.
— Fernanda ¿Quieres dominar el paso, si o no? — enérgicamente, Angélica la hace reaccionar — El miedo nos mutila y, además, de alguna manera, estamos autorizadas.
— Claro que quiero dominarlo, pero eso no quita, todo lo demás — Fernanda le responde.
— Pues, no hay otra forma, que no lleve riesgo. Al final, no le hacemos daño a nadie — y muy dispuesta, sale directo para el plató.
Y desde que Juan se marcha, y con el convencimiento de Sergio, después que Angélica se lo explica todo, Fernanda entra nuevamente, al teatro.
— Ustedes son tremendas. Pobre de mí, si esto se descubre — Sergio respira profundamente, con algo de temor, aunque ya se había involucrado.
— Nadie lo sabrá, Sergio. Además, es por una buena causa — le enfatiza Angélica, que, sonriendo, se aleja, hacia el escenario.
Sin perder ni un segundo más, ambas chicas suben al plató. Pero Fernanda, se queda totalmente impresionada, sin poder creer lo que ve. Angélica domina a la perfección, todos los pasos, y solo vio y escuchó la clase, una vez, y a escondidas.
— Angélica, te lo juro — Fernanda la abraza, con mucha emoción — Dame la aspiradora a mí, que este es tu lugar.
— Déjate de hablar boberías y pon atención, Fernanda, que se nos va el tiempo — Angélica la presiona, pero con visible alegría.
— Si el profesor Juan, nos sorprende, en esto, nos bota de aquí, sin tan siquiera dejar, que nos defendamos — Fernanda suspira, algo contrariada.
— No creo, que sea tan malo, como lo pintan — pero Angélica se desespera, por su falta de atención — Fernanda, concentrémonos, se nos va el tiempo, en chácharas sin sentido.
Sergio las observa y cada vez se queda más asombrado, de lo que es capaz de hacer Angélica. Mueve la cabeza de un lado a otro, sin entender, qué hace una chica tan talentosa, limpiando este inmenso teatro. Y aunque no le corresponde, emitir opinión, siente, que ella merece una oportunidad, porque es muy grande, lo que lleva por dentro.
A las 10 en punto, ambas chicas, ayudan a Sergio a cerrar el teatro, y juntas y repletas de felicidad, salen hacia el estacionamiento, donde Fernanda tiene el coche.
— Angélica, eres genial — muy emocionada y agradecida, Fernanda la abraza.
— ¿Yo? — y sonríe feliz — La genial eres tú. Mañana vas a brillar tanto, que el profesor Juan, se va a quedar loco, cuando te vea.
— Tienes cada cosa — y sonríe — El profesor Juan, nos va a poner de patitas en la calle, si se entera lo que hemos hecho. Tiene fama de rectitud.
— No le tengas miedo, Fernanda. Será muy famoso, pero tampoco se come a nadie — y Angélica se ríe, de sus propias ocurrencias.
— Bueno, lo cierto es, que tengo dominado, su famoso paso. Y todo, te lo debo a ti — y la mirada de Fernanda es, de total agradecimiento — Sube al coche, pasamos por lo de José y después te llevo a casa.
— Hoy no, Fernanda. Te lo agradezco mucho, pero me voy en el tren — Angélica se ve realmente cansada — Quiero llegar, cuanto antes, y descansar. El teatro es inmenso y me cansa. Disfruta un poco con tu novio, que, desde anoche, no se ven.
— Como quieras, pero desde ya ve pensando, que el fin de semana, no te me escapas — y la abraza, a modo de despedida.
— De acuerdo, acepto. Pasaremos juntos, el fin de semana — y de inmediato, Fernanda sube a su coche y Angélica baja a la estación, para tomar su primer tren.
Desde que Angélica sube al tren, lo primero que hace es, llamar a su familia. La abuela, ya está dormida, porque si no, tendría el rol principal, en la video llamada.
— Me siento muy feliz — Angélica sonríe y repleta sus pulmones de aire — Lo capté todo, rapidísimo. El día que me hagan una prueba, la superaré fácilmente.
— ¡Ay hija, qué sacrificio para ti! — le dice su madre, visiblemente angustiada.
— Estoy aprendiendo, y ayudando a una gran amiga. Soy feliz, mamá — ella le responde, totalmente agradecida, por la oportunidad.
— Y ese bailarín tan famoso, ¿no te intimida? ¿Has tenido que hablar con él? — muy ansioso, por saber más, le pregunta su padre.
— Si supieras, papá, él es muy asequible. Tiene sus mañas, pero yo se las respeto todas, para que no se queje — Angélica recuerda a Juan y sin proponérselo, se le escapa un suspiro — En su escritorio, todo tiene que quedar milimétricamente, como lo tiene dispuesto. Así que, cuando lo limpio, no puedo olvidar ese detalle. Las camisas son tan blancas, que dan miedo hasta tocarlas. Se las tengo que colgar con una distancia exacta, para que no se rocen. En su papelera, no puede haber ni un papel, así que a cada rato las reviso. Si está hablando con alguien, no se puede interrumpir, ni, aunque el teatro, se esté cayendo. No tolera las indisciplinas, ni las llegadas tardes. Ni admite… — su padre, totalmente sorprendido, la interrumpe.
— Angélica, para, por favor — y trata de disimular, su angustiante preocupación — No lo conviertas en una obsesión. No hay nada, que no sepas de ese hombre.
El llamado de atención de su padre, le hace recobrar la cordura. «Dios mío, me lo sé todo de Juan, me lo sé, de memoria» Y se asusta, porque no había interiorizado nada, de lo que ahora la absorbe.
— No hay nada de qué preocuparse, se los juro — y respira, más calmada — Solo intentaba describir los comportamientos extraños, de algunos famosos.
— De acuerdo, Angélica, pero con calma. Porque nada puede ser una obsesión, ni tan siquiera el trabajo, que, según tú, te hace tan feliz — le reitera su padre.
— Sí, papá. No se preocupen. Y ahora los dejo, porque debo cambiar de tren — y muy apurada, se despide de ellos.
Los padres de Angélica, trataron de no decir más nada, pero ninguno lograba conciliar el sueño. Su hija pertenecía a otro mundo, muy diferente, al que peligrosamente había decidido entrar. Y estaban seguros, que su jefe, no era tan asequible como ella obsesivamente, lo describía. Según la prensa es un trota mundos, bohemio y mundano joven, al que la vida le había sonreído, por su enorme talento. Pero que su fama como bailarín, era tan grande, como lo era, su fama de mujeriego.
— No sé por qué creo, que Angélica se ha metido, en la boca del lobo — dice al fin, su padre, mientras se lleva las manos al pecho.
— Por favor, Bosco — y se gira, para mirarle a la cara — Angélica sabe defenderse. La preparamos bien para la vida. Lograr los sueños, lleva sus riegos — y sin poder evitarlo, empieza a llorar — No hay nada peor, que renunciar a tus sueños, en esta vida.
— Tranquila, Susana — y la abraza, muy fuerte — Son preocupaciones lógicas. Sé, que ella es muy habilidosa, y no se dejará engañar. Vamos a intentar descansar, que mañana, hay una finca, que nos espera. No era tu sueño, pero creo, que te he hecho muy feliz.
En la ciudad de Madrid, pero bastante en la periferia, Angélica entra a su apartamento, y lejos de sentirse feliz, se siente muy agobiada, al tener que darle la razón a su padre. Realmente está obsesionada con Juan. De hecho, ahora se da cuenta, que piensa en él, más de lo normal.
Suspirando, pero esta vez, con bastante agonía, toma una ducha, come algo y va derecho hacia la cama. Y aunque trata de descansar, su mente vuela, al mismo lugar.
— Es que tiene una estatura, un cuerpo, una destreza, una mirada — y abstraída en sus pensamientos, se gira de lado — Pero ¿quién soy yo, al lado de él? Una pulga, ¡qué digo, una pulga! menos que eso — y hablando sola, y cosas hasta sin sentido, cae rendida, en los brazos de Morfeo.
En el centro de Madrid, Fernanda pasea junto a José, de camino al estacionamiento. Él va feliz, con su novia, en una mano, y en la otra, su guitarra.
— Te lo juro, José. No puedo ser más feliz — y se le acerca, con cariño.
— ¿Qué te diré yo? Que me parece, que aún sueño — y con mucha delicadeza, la besa, rozándole los labios — Nunca pensé, que existiera alguien como tú, para mí.
— Sube, yo te llevaré — le dice Fernanda, mientras con el control remoto, abre las puertas del coche.
— No, Fernanda. Yo no puedo ser, una obligación diaria, para ti. Tomaré el metro, esta vez — y con mucha ternura, la vuelve a besar — No puedo recargar más tu día, mira la hora que es. Esperaste a que yo terminara, y mañana es un día decisivo para ti.
— José, por favor. No me voy a ir, hasta que no subas a mi coche — y con fuerza, lo hala — No me cuesta nada, desviarme unos minutos.
José, ante la imposibilidad de resistirse, sube al coche. Pero no habían transcurrido ni diez minutos, cuando suena el móvil de Fernanda y ella, aunque ve muy bien, quién es, no responde.
— Es tu madre, ¿No le contestas? — José se sorprende, al no entender su comportamiento.
— Lo haré, pero cuando lleguemos — y mantiene fija la mirada, sobre el volante — Mientras tú cantabas, yo hablé con ella.
— Fernanda, no me engañes. Tus padres están en contra de lo nuestro, ¿verdad? — y suspira fuertemente, ante una preocupación, que aumenta.
— Tengo que ir despacio, José. Solo eso — y sin querer herirlo, se refugia en un enorme suspiro.
— No quiero buscarte problemas, Fernanda — la voz de José, se torna muy melancólica y hasta nerviosa — Es lo que menos quiero en la vida. Te amo, pero si por mi culpa vas a sufrir, lo podemos dejar de inmediato.
Fernanda no le responde, y trata de no exteriorizar su angustia. Al tiempo, que aparca el coche, frente a la casa de José.
— José. Lo nuestro no es un capricho, como dicen mis padres — y mirándolo directo a los ojos, suspira intensamente — Yo te amo, y voy a luchar por ti, hasta el final. Tú eres real, eres noble, sencillo y de buen corazón. Luchas por lo que quieres, sacas a tu familia a flote, sacrificando horas de sueño, para poder obtener tu título universitario. Lo que cualquier padre, quisiera para su hija. Lo que pasa es, que ellos no te conocen, y están llenos de prejuicios.
— Yo también te amo, Fernanda, pero no quiero forzar las cosas — José la besa, con el presentimiento, de que podría ser, el último beso que le dé — Me quedaré con el sabor de tus labios, que, para mí, es más, de lo que había soñado.
— Yo quiero todo de ti, José — y ahora es Fernanda, la que lo besa, totalmente desesperada — Quiero sentirte dentro de mí, y si no es hoy, será mañana, pero va a suceder.
— Fernanda — José siente, que el pecho le va a estallar, de un momento a otro — Ten cordura al hablar, porque mi resistencia tiene un límite. Te lo juro, que me olvido de todo, y llego hasta el final.
— Por favor, José — y lo tienta, en lo más profundo — Llega hasta el final. No me hagas irme a casa, con estas ganas.
Y ciego, ante tanta pasión, José la complace. Pase lo que pase, juntos, lo tendrán que enfrentar.
Para Juan, la noche está resultando extraña. Tiene a Pablo esperándolo, en la salida de su casa, pero por primera vez, en mucho tiempo, no tiene ganas de salir a divertirse. Desplomado sobre el sofá, con un sentimiento raro e indescriptible, toma el móvil en su mano, para hacer una llamada.
— Dígame, señor — Pablo, sobresaltado por no verlo salir, le responde.
— ¿Puedes entrar a la casa, por favor? — y se recuesta aún más, sobre el sofá.
Cuando Pablo entra y lo ve en ese estado, de desplome total, se asusta demasiado.
— Señor, ¿Se siente mal, tiene fiebre? — muy rápidamente, se le acerca.
— No, Pablo. No hay que exagerar — y trata de incorporarse — No sé qué tengo. Es un desánimo, algo que me aprieta el pecho. No lo puedo explicar.
— ¿Quiere que les avise a sus padres? — Pablo se ve algo asustado, porque Juan, jamás se enferma, ni pierde las ganas de divertirse, y sobre todo de bailar.
— De ninguna manera. Mis padres llevan años adaptados, a que yo resuelva mi vida, a mi manera — y se queda mirándolo — Además, a estas horas se van a alarmar, sobre todo mis abuelos. Tranquilo, estoy bien.
— Bueno, al menos tome un poco de agua — y sin esperar su opinión, se aleja para buscársela.
A los pocos segundos y mientras Juan bebe el agua, le hace una extraña pregunta, tanto o más, que su extraño comportamiento.
— ¿Crees que exista la posibilidad, de haber conocido a alguien, en algún momento, y no logres recordar de dónde?
Pablo se queda en silencio y lo encuentra todo, tan raro, que ciertamente, no sabe qué decir.
— Normalmente, no pasa. Pero en su caso… — y se toma unos segundos, para elaborar bien la frase — En su caso, que está asediado constantemente, podría suceder.
Juan logra ponerse de pie, y camina por la gran sala, aún con el vaso en la mano.
— Dudo mucho, que la persona a la que me refiero, me haya asediado alguna vez. Es muy joven, desinteresada, y… — se queda pensativo — Sencilla, algo inocente.
— Pues si es así, debe haberlo imaginado — Pablo no puede estar más sorprendido de su actitud, pero lo sigue — O le recuerde a otra persona, que se le parezca en algo.
— Es que sus ojos… — y la mirada azul de Angélica, le traspasa el alma — Me recuerdan a alguien. Es eso, ella me recuerda a otra persona, que ahora no puedo precisar — y terminando de beber el agua hasta el final, agrega — Puedes irte. Hoy me quedo en casa — y se dirige a su habitación, sin decir una palabra más.
Photo by Juan Goyache on Unsplash
Pablo, se sobresalta y pensando, que no está haciendo bien su trabajo, no solo se preocupa, se recrimina. Es imposible, siendo responsable de la vida de Juan y de todo, lo que pase a su alrededor, que no tenga ideas, de lo que le habla.
Pasada la medianoche, Fernanda llega a su casa, y contrario a lo que suponía, sus padres la están esperando, sentados en la sala.
— Buenos noches, señorita — su padre, visiblemente molesto, mira la hora — Más bien, buenos días.
Fernanda se asusta, pero no responde y trata de serenarse, en aras de no provocar una discusión a esa hora.
— Fernanda, hija — su madre usa, otro tono — ¿Tú crees, que, llegando todos los días a esta hora, podrás al otro día, rendir en tus clases?
— Todo es culpa de ese chiquillo, que, hasta tarde, canta en las calles — su padre, de mal carácter la mira, esperando explicaciones.
Pero la actitud de Fernanda, es muy pausada e inteligente. Con visible ternura, se les acerca y los toma, de las manos.
— Mami, papi — y sonríe, a pesar de todo — Siéntense, que, sin importar la hora, vamos a conversar.
Su padre, aunque la adora, no quiere acceder. Pero ante la mirada insistente de su esposa, no tiene más remedio, y lo hace.
— Fernanda, hija querida — la angustia se refleja enormemente, en el rostro de su madre, cuando le habla — Nosotros, solo queremos, el bien para ti.
Fernanda, acopiando toda la serenidad del mundo, toma asiento frente a ellos, y les explica.
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- 2026-07-24 01:10:10