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Explosión

Hay un juego en mi familia que se trata adivinar de dónde son las piedras lajas que revisten las casas. Sabemos que si son de color…

Carolina Martinez · 2024-03-19 15:32 · 0 claps · 3.0 min read
#nonfiction #estepa #ciegos #periodismo-narrativo
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Explosión

Hay un juego en mi familia que se trata adivinar de dónde son las piedras lajas que revisten las casas. Sabemos que si son de color amarillo, vienen de San Juan. Si la piedra es negra y veteada, es de San Luis. Si tiene color rojo, puede ser de La Rioja o de Misiones, depende. Ahora, si la piedra es beige claro y tiene escamas, no hay dudas de que es de Zapala. Aún se la encuentra por todos lados, incluso en los senderos del Planetario de Buenos Aires. Tuvo su boom de ventas en los años ochenta donde se usó para revestir casi la totalidad de los edificios públicos de la provincia de Neuquén, además de casas y veredas de todo el país.

Por esos años, uno de los que vendía la piedra era mi abuelo Alonso, tenía una cortadora y había conseguido un permiso provincial de explotación de una veta de caliza. Toda la familia orbitaba alrededor de esa fábrica que había que hacer crecer. Alonso no descansaba. Escapaba de una infancia chacarera, con ingresos de pobreza, techos que dejaban pasar el frío y hermanos muertos de enfermedades respiratorias. Trabajó desde los ocho años. Era un hombre callado, como un artefacto sin enchufar, una de esas personas que dejan que su obra hable por ellas. Una vez le pregunté por sus amigos de la adolescencia y me respondió que el solo tenía vecinos, proveedores o clientes. Se jactaba de entregarle la vida a la fábrica y la fábrica a la familia.

Un viernes llevó a los peones a la cantera para hacer el barrenado y ubicar los cuatro cartuchos de gelamón, el explosivo de nitroglicerina que le habían vendido en Fabricaciones Militares. Se les hizo de noche perforando la roca y el equipo definió que lo más seguro era hacer la detonación en cadena el lunes siguiente por la mañana. Alonso dejó que hablaran: qué sabrán ellos — pensó — de cheques sin cobertura. Por eso, mientras los empleados que se dedicaban a las voladuras debatían tiempos y modos, él se limitó a hacer crecer la semilla de su idea: no había tiempo para perder, la piedra estaba vendida a Buenos Aires y había que usar el lunes para cargarla al camión.

Ese domingo se despertó temprano y fue a almorzar, como siempre, a la casa de su hijo. Comió rápido, se fue antes del café. Dijo que estaba cansado, que iba a dormir una siesta, pero se puso el mameluco a escondidas antes de arrancar la F 100. La cantera estaba en los Catutos, a unos 16 kilómetros de la localidad de Zapala. Cuando vio la entrada, salió de la ruta y tomó el camino de ripio. Era domingo, día de descanso. En el campo solo se escuchaba el viento y alguna que otra avutarda. Alonso entró apurado: necesitaba sacarse el trabajo de encima.

Nunca lo había hecho, pero lo tenía visto. Era cuestión de prender la mecha y correr a agazaparse lejos, detrás del montículo de laja que los muchachos habían preparado el viernes y al que le llamaban refugio. El hilo de pólvora era largo y le iba a dar tiempo a cubrirse. Una vez que lo prendió, Alonso apuró el paso y llegó cómodo a quedar resguardado.

Primero sintió el temblor de la tierra y luego el sonido de la lluvia vidriosa, la piedra caliza que estalló contra el suelo. No tenía tapones para los oídos, se cubrió las orejas con las manos. Quedó un poco aturdido cuando se activó la voladura en cadena de los cartuchos. El ritmo de las explosiones fue veloz, una percusión corta y brutal, y no alcanzó a distinguir una detonación de otra. Esperó unos minutos, por precaución y para que se asentara el polvo, hasta que se convenció de que el trabajo estaba hecho y salió a comprobarlo.

Se abrió paso entre la nube blanca, iba hacia la veta de la roca cuando una de las dinamitas, que estaba retrasada, le explotó en la cara. La onda expansiva lo hizo volar metros y no llegó a sentir los pedazos de piedra que le atravesaron la grafa del mameluco.

Fue a la hora de la siesta. Si no fuera porque Cirilo Melillán, un vecino del lugar, estaba descansando en un ruco de la cantera, no hubiera sobrevivido. Bañado de sangre, era una presa para los zorros de la estepa, o para cualquier otro bicho. Pero vivió y quedó ciego para siempre.


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