El celular que no me robé 29.01.2022
Hoy me encontré un celular en la Plaza de Armas. Estaba abandonado en una banca. Lo vi, me acerqué, le entró una llamada y lo dejé que…
El celular que no me robé 29.01.2022
Hoy me encontré un celular en la Plaza de Armas. Estaba abandonado en una banca. Lo vi, me acerqué, le entró una llamada y lo dejé que sonara. No lo tomé. Lo dejé ahí, donde estaba, ni lo moví siquiera, pero me quedé parado a un lado de la banca.
El celular que tengo ya está en las últimas. Lo único que sigue funcionando, y eso, más o menos, es la cámara. La pantalla se me estrelló y el touch falla en la parte superior, lo que en muchas ocasiones no me deja responder llamadas; la cámara frontal no sirve desde hace año y medio; pero el gran problema que lo aqueja es la memoria insuficiente. Constantemente tengo que borrar datos de aplicaciones o fotos para liberar espacio. Es el castigo de un sísifo moderno.
Desde hace varios meses he buscado cambiar de celular. Temo que de un día para otro deje de funcionar, y para mi trabajo diario el teléfono es indispensable. Me las he arreglado como puedo, porque comprar un celular con lo mínimo que requiero para trabajar sin problemas, es decir, redactar correos, administrar algunas páginas, tomar fotos, escribir y de repente usar aplicaciones para videollamadas, sin que este se trabe tanto y tome fotos de mediana calidad para arriba, rebasa mi presupuesto.
Estoy negado a sacar un crédito porque mis gastos están contenidos, y tengo la promesa de que me van a pasar un celular de segunda mano con las características que necesito, por lo que ver un teléfono abandonado en una banca fue algo que me hizo muchas ilusiones.
No tomé el teléfono, pero decidí esperar por lo menos 10 minutos para hacerlo si es que nadie llegaba por él. Repito, me quedé parado a un lado de la banca, por lo que supongo que la demás gente que pasó asumía que el teléfono era mío y por eso no se acercaban a tomarlo. Desconozco cuánto tiempo tenía ahí el aparato.
Las personas se limitaban a voltear a ver el teléfono en la banca y luego a mí. Yo estaba cada vez más tentado a agarrarlo e irme a la chingada. Pero me detuve. Me acordé del par de ocasiones que Elena perdió sus teléfonos, una ocasión fue un robo, la otra un descuido y lo perdió. En ambas veces, los días siguientes fueron un caos (para ella).
Me acordé de las veces que a mí se me han chingado celulares y los apuros en los que me metí. Me acordé también de la vez que me bolsearon en el Metro y me sacaron el teléfono. O la vez que me asaltaron y me quitaron un Motorola bien chidote. Perder una herramienta que a la vez sirve como centro de trabajo, de entretenimiento y hasta de desahogo, es algo que trastorna por unos días la vida cotidiana (de quien depende laboral o emocionalmente de esos rectángulos negros).
Ahora bien, lo que implica perder un celular, no se limita a perder sólo una herramienta, sino que hay gente que tiene la mala costumbre de no respaldar sus archivos y, sobre todo, la manía de no recordar sus putas contraseñas. No es mi caso, me sé todas mis contraseñas de memoria y respaldo regularmente mis documentos. Lo aprendí a la mala. Perder el celular es subirle una rayita al estrés diario y a la cuota de miserabilidad. De hecho, perder cualquier cosa es estresante.
Pensaba esas cosas sobre los celulares y ya habían pasado más de cinco minutos. Nadie había regresado por el teléfono. Ingenuamente pensé en que me iba a quedar con él. Pensé en agarrarlo, apagarlo e irme. Pero me arrepentí, así que pensé en agarrarlo e irme, pero contestar la siguiente llamada que entrara. No lo hice. Me limité a quedarme a un lado de la banca.
Llegaron dos chavillos, con veintipocos, directo a la banca. “No maaames, aquí está, aaaaaah, no maaaames!!!”, dijo el dueño, “no maaaames, estás bien pendejo, no maaaaaames!!!”, contestó su compa. Lo tomaron y se fueron. Sería poco decir que el dueño del celular se fue tan aliviado que parecía contento.
Esos morros nunca van a saber que fungí como una especie de guardián para su descuido, tampoco me interesa que lo lleguen a saber*. Lo que sí creo, es que en esta noche, el dueño de ese celular, podrá guatsapear con su noviecilla/o, podrá darle likes a memes olvidables y si acaso ver un video de La Cotorrisa en Youtube. Ya mañana se le olvidará que hoy estuvo a punto de perder su celular y que dejaría de ver porno a gusto durante unos días.
La foto de hoy:

Sí me lo hubiera llevado. Chingao.
Les quiero. Viendo porno en su celular.
*Si en algún momento esta especie de botella al mar que es este post en internet, morro que dejó su celular en una banca de la Plaza de Armas de Torreón, Coahuila, lo llegas a leer, espero que sepas que como dijo tu amigo, sí, estás bien pendejo.**
**Más pendejo yo, que no me lo llevé.
메타데이터
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