Agua y nada más
Decidió irse a la playa.
Agua y nada más

Una mujer acurrucada en una isla diminuta ve hacia la izquierda en dirección al horizonte; hay un barco de papel en primer plano, y una tormenta se vislumbra al fondo de la imagen. El dibujo tiene trazos sueltos e infantiles.
Decidió irse a la playa.
El término del contrato tenía múltiples aristas: satisfacción y al mismo tiempo angustia, acompañadas de ira e indignación por las condiciones laborales imperantes; nostalgia por dejar a sus compañeros, pero alivio por no tener que ver más a su jefe cara de sapo ni aguantar más sus comentarios obscenos; también tenía un deseo intenso de gritar hasta rasgarse la garganta, aunque no sabía por qué. Y terminar un contrato también significaba vacaciones, así que, a pesar de que la incertidumbre se aproximaba como nubarrones anunciando tormenta, decidió irse a la playa.
Cualquier vuelo estuvo bien, cualquier hostal fue suficiente. Luego tomó un bus intermunicipal hacia el destino más próximo y cuando vio que la ciudad quedaba detrás y que la playa era limpia y tranquila, pidió una parada. Bajó del bus y saltó el vallado que bordeaba la carretera. El crujir de la arena bajo sus sandalias fue como una voz rogando pósate sobre mí y deja las horas pasar. Se acercó, pues, al mar, sonriente, con la certeza de que cada paso la alejaba más y más del bullicio y los afanes y la monotonía, y la ponía más cerca de la vida real… sí, la vida real, esa que se le había extraviado enredada en una repetición inútil de verbos vulgares: archivar, consignar, radicar, tabular… Y mientras tanto se burlaba en voz baja, casi sin pronunciar, de los pobres diablos que no estaban viajando como ella, que no estaban, como ella, a once pasos del mar, a diez, a nueve…
Se acostó sobre una toalla que extendió en la arena tras aplicarse bloqueador solar, pero se levantó enseguida para buscar algo que sirviera de almohada. Juntando arena con las manos formó una montaña diminuta que se pulverizó en cuanto apoyó la cabeza. Buscó un tronco, pero alrededor solo vio agua y arena. Sacrificó la toalla. La dobló por la mitad, por la mitad otra vez y una vez más, y la colocó en el lugar que antes había ocupado una diminuta montaña de arena. Respiró el aire caliente y salado del mar, y entonces todo fue perfecto. La tarde agonizaba. Los últimos rayos del sol eran como un sollozo tierno y los sonidos de la brisa y el mar se acompasaban. Ella rumiaba con deleite la cadena de decisiones que la habían llevado hasta allí y calculaba cómo quedarse en aquel momento para siempre, en ese instante de desparpajo y libertad. Se fue yendo lentamente a otro lugar abducida por la nada. Sintió abandonar su cuerpo, alejarse del espacio que ocupaba y adentrarse en una masa suave como gelatina donde dejaba de ser cuerpo y fluía convertida en líquido.
Una gota de lluvia la despertó. Vio la hora. No había dormido nada. Se tocó el entrecejo, pero estaba seco. Todo era perfecto. Cerró los ojos de nuevo. Sintió caer otra gota, pero sin abrir los ojos se aseguró de que seguía seca y enseguida muchos pensamientos se sucedieron de manera fugaz hasta que el mundo desapareció.
La lluvia siguió cayendo muy lenta, convirtiéndose en mar. Agua al agua, agua a la arena. Barro hecho de agua, arena y mugre. El cielo se encapotó. Caían sin cesar cada vez más gotas de agua, y eso era la lluvia. Después una nube se quebró en un trueno distante y lo siguiente fue un quebrarse de todos los cielos que dio paso a una tormenta de nunca acabar. Ella seguía recostada, ida de sí. De pronto sintió como un tentáculo adherirse a su pierna derecha y sacudírsela con suavidad, y la sensación fue incómoda, mas no lo suficiente para despertar. Otro tentáculo la tomó por la pierna, esta vez con violencia, succionándole los poros, y la masa gelatinosa se hizo materia y se mezcló con la lluvia, se convirtió en una grasa espesa que la sepultó mientras un sinfín de extremidades amorfas la tomaban por brazos y piernas y la separaban de su tronco, pero nadie escuchó sus gritos porque su voz era de aceite, y entonces todo fue un cúmulo viscoso plagado de rayos sin sonido, lluvia incesante, y una única sensación de vacío y humedad que permeaba cada milímetro de su cuerpo llenándole los pulmones de éter voluminoso imposible de respirar.
Un golpe de aire entró al fin por boca y nariz. Despertó. Tranquilizada por la visión de un día que recién comenzaba, se dejó caer sobre la arena. Respiró hondo. Todo fue una pesadilla, se dijo. Todo fue una pesadilla.
Aguzó los sentidos e intentó sin éxito discernir qué hora era. Se desperezó y rodó un poco hacia los lados, y se dio cuenta de que la toalla había desaparecido, al igual que sus demás pertenencias. Enseguida se sintió maltrecha. Luego un silencio denso, apenas adornado por el susurro de las olas. Revisó en derredor y se puso en pie justo antes de percatarse, con los ojos desorbitados, que se hallaba en una isla diminuta, cuya orilla, del otro lado, alcanzaba a divisar apenas unos metros más allá. Se derrumbó y escarbó la arena. Juntó un poco entre sus manos cerrando los puños y algunos granos se le enterraron bajo las uñas. La dejó resbalar entre sus dedos. La reanimó la certeza de que todavía estaba soñando, así que se pellizcó la panza para despertar. Dolor. Dolor real. Se cacheteó las mejillas, primero suave y luego más fuerte. Nada. Se paró de espaldas al mar, con el agua lamiéndole los talones. Abrió los brazos como un Cristo y se dejó caer hacia atrás, pero el único resultado fue un ardor rojizo en su espalda. Como último recurso se zambulló en el mar, abrió los ojos y la boca, e inhaló decidida, pero se ahogó, tuvo que sacar la cabeza del agua tosiendo y escupiendo agua salada con los ojos llorosos y ardiéndole. Entonces lloró. Lloró en el cayo desierto y minúsculo que la había tomado para sí, primero hecha bolita, y después con premura al correr por la playa profiriendo insultos y quejas a la brisa que silbaba apacible. El cansancio la obligó a detenerse. Respiró hondo.
El cayo se acababa diez pasos más allá y no había en él nada más que un tronquito medio enterrado, dos palmeras y un desnivel cuya altitud apenas permitía alzarse un metro sobre el nivel del mar. Desde allí intentó observar todo cuanto pudiera sobre la línea del horizonte. Agua. Miles de miles de litros de agua, millones, millardos, toneladas de agua salina que lo impedían todo. Agua y nada más. Volvió a llorar, gritando y lastimándose a sí misma con puños y arañazos. Irrumpió en su mente la pregunta que se había hecho sobre cómo quedarse allí para siempre y recordó aquellas fábulas en donde un personaje avaro no sabía advertir el peligro de conseguir lo que deseaba. Pensó en la indolencia de las palabras.
Pasaron un par de horas durante las cuales tampoco despertó, lo cual le dio tiempo de recuperar la calma y buscar una solución. Tumbar una de las palmeras e internarse en el mar apoyada en ella como si fuera un salvavidas, o quemarla y enviar señales de humo, o lanzarse al agua y nadar sin descanso hasta hallar tierra, otra isla, cualquier otro lugar… O darse cuenta de que las palmeras no flotan, ser incapaz de encender una hoguera y ser devorada por tiburones en mitad del océano.
El rugir de su estómago la había acompañado toda la mañana. Su humor y su concentración empeoraban con el hambre y esta empezaba a convertirse en retorcijones dolorosos. Había caído en cuenta demasiado tarde de la necesidad de protegerse del sol, cuando sus hombros y muslos ya estaban colorados, y le ardía la piel del rostro cuando, desesperada, se la estiraba compulsivamente. Se dio cuenta además de que había estado mordiéndose los labios y los tenía tibios y quebrados.
Tras pasar casi todo el día pensando en soluciones que, en el mejor de los casos, la llevarían a perder el conocimiento en medio de la nada, concluyó recostada en una de las palmeras y aturdida por el hambre que lo más sensato era replicar el procedimiento que la había arrastrado allí. Si el mar la había puesto en aquella islita, era el mar quien debía regresarla. Era lógico, obvio, sensato. Tan solo debía acostarse a dormir sobre la arena lo suficientemente cerca del agua como para que esta pudiera tomarla de nuevo y llevarla de vuelta.
Desenterró el tronquito para apoyar en él la cabeza, un pedacito de madera que no habría servido para nada más, y se alistó para dormir con toda la concentración de que era capaz. Creyó calcular que la hora era la misma que la hora en que había empezado la tragedia, veinticuatro horas antes. Sonrió satisfecha por primera vez en el día y le permitió al cansancio apoderarse por completo.
Esta vez tuvo un sueño pacífico, de imágenes inofensivas y memorias tergiversadas por el anhelo de encontrarse en otro lugar. Soñó con jirafas gigantes que surcaban los mares nadando y que podían montarse por la cabeza agarrándose de los cuernos, soñó que cambiaban de tamaño si su jinete así lo deseaba y que la llevaban a ella al baño de su casa para tomar una ducha de agua tibia. Soñó que al salir de allí se encontraba con sus compañeros de trabajo, cada uno con su jirafa del tamaño de una botella, atentos a sus órdenes, porque ella era una reina y todos debían seguir sus instrucciones. Contemplándolos desde un podio, dictó lo que debían hacer:
— Construyan un barco de papel de proporciones monumentales. Constrúyanlo y búsquenme en mi isla.
Cuando despertó, estaba acostada en el remedo de colina sobre la cual se había detenido el día anterior para divisar las inmediaciones y elaborar un plan de escape. Quizá, después de todo, habría de quedarse en aquel momento para siempre. Luego gritó hasta rasgarse la garganta.
메타데이터
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