Haz lo tuyo
I
Haz lo tuyo

I
Releo por encima las palabras de Schiaffino en La evolución del gusto artístico en Buenos Aires (1910) y pienso en la charla que tuvimos en la clase de escritura de artes, en la idea del limbo y en cómo propuso ordenar ese limbo con un Sistema del Arte, que importó de Europa. Eso me genera contradicción, porque de alguna manera, como soy participante de ese sistema, hoy me interesan mucho las instituciones que él creó: me gusta que existan museos, poder apreciar obras de arte, conocer nuevos artistas, sus historias y aprender cosas.
Es uno de los temas que más me convocan, no puedo explicar por qué, sólo me pasa. Pero también me pregunto cómo hubiera sido nuestra vida si no hubiéramos importado ese sistema y, de repente, hubiéramos creado uno propio. Es imposible saberlo, pero pienso en que la humanidad de alguna manera siempre encontró alguna forma de organizarse.
Estamos ahora frente a una polémica de estos días, acerca de si una obra es un homenaje, es un plagio o es una reapropiación de una imagen. Si debería o no estar exhibida, si debería o no estar citado el artista original y de qué manera. Ese debate comenzó por parte de un hombre blanco de más de 60 años, un artista más ligado a la ilustración editorial y une artiste, joven, no binarie, ligade al sistema formal del arte contemporáneo: galerías y museos.
Además, incluye en paralelo otro tema en el que no quiero ahondar, pero sí mencionar, que tiene que ver con cómo la mayoría de las veces estas discusiones siempre sirven como excusa o son el puntapié inicial de ataques direccionados a mujeres y diversidades y no contienen ningún pensamiento o reflexión artística detrás. Y esto, si bien no quiero ampliarlo, tampoco puedo dejar de mencionarlo porque es real y me interpela, como mujer, como artista y como humana que pertenece a este mundo, a este país y a esta época.
Por momentos siento, supongo, que ese deseo de reconocimiento parte de una concepción muy capitalista del mundo, el derecho a la propiedad y con ello derecho al usufructo. ¿Legitima al arte contemporáneo producir objetos de deseo de consumo?
A ese debate que no iba a mencionar, se sumó, por ejemplo, a defender al artista original un artista más joven, también varón, asumo heterosexual y blanco, que logró la validación de sus obras a través del mundo editorial y publicó dos libros con compilados de dibujos de memes que comenzó subiendo a Instagram.
Los memes, al momento, son de dominio público, un nuevo lenguaje de esta época, que nadie sabe quién inventó y nos pertenece a todos, es una forma de expresión que todavía no sabemos si se va a organizar bajo un sistema o no. Estos libros compuestos de reinterpretaciones, pudieron editarse sin que nadie presente ninguna demanda, ni legal ni simbólica, gracias a esa ventaja. ¿Es el varón de los memes también un artista contemporáneo? ¿Está él también cometiendo plagio? ¿Por qué aceptamos con naturalidad los covers de los músicos y nos cuesta tanto con las artes visuales? ¿Será porque no tenemos un SADAIC? ¿Lo deseamos?
En la música, quizás por sus condiciones de producción y distribución, se creó una entidad que representa a los autores y compositores. Para hacer un cover, reversión, reinterpretación o cómo se lo quiera llamar, no es necesario pedirle permiso a nadie, sólo pagar y mencionar a los autores originales en los créditos. Esta mención, tanto en la era analógica como en la actual, siempre fue en letra chica. Está, pero no todos la ven, no es necesario ponerla en la tapa del disco, o visible en la contratapa, cómo se le estaría exigiendo a le artiste visual y la institución que expone la obra. Poca gente sabe que “I Will Always Love You “es” de Dolly Parton y no de Whitney Houston y no parece ser un problema para nadie.
Entonces, me pregunto: ¿Cuál es el de verdad el conflicto alrededor del supuesto plagio? ¿Es por ego, por reconocimiento, legitimación dentro del sistema? ¿Es por plata? Si los derechos de autor responden a una cuestión más económica que artística: ¿Se puede pensar o imaginar otro sistema en el que los artistas podamos subsistir de una manera menos burocrática y más amable?
Esta pregunta, por otra parte, me la hago hacia el sistema y las formas de subsistir en general, de todas las personas.
II
El 13 de enero de 2006, un grupo de cinco hombres encabezado por Fernando Araujo, cometió en San Isidro lo que se conoció como “el robo del siglo”. El documental que relata el caso por sus protagonistas, comienza con él diciendo: “La moral son las conductas que juzga la sociedad, la ética son las conductas que juzga tu consciencia, dónde cada uno, depende dónde y cuándo nace, pone una línea y dice ‘de acá para acá está bien y de acá para acá está mal”.
Araujo menciona que su principal motivación para robar un banco fue la trascendencia de la muerte, que puede venir de dos formas, con los hijos o con el arte y que lo llevó a hacer eso la finitud de la vida. Cuenta que en 2003 encontró su vocación: investigar artes. Se dio cuenta de que necesitaba un atelier para poder exacerbar sus sentidos, menciona las artes plásticas, las artes marciales y también al cannabis como forma de expresión. Se encerró un año en un espacio de 50 metros, y mientras pintaba, fumaba, escribía y era feliz con haber encontrado lo suyo, tuvo una revelación: decidió robar un banco y que eso tenía que tener algo de arte, A partir de entonces dejó de pintar y se dedicó 24–7 a pensar en cómo ejecutar su idea.
Con el tiempo, fue juntando a un grupo de personas de su confianza y desarrollaron una paciente y exhaustiva logística, un plan que derivó en que un año antes del golpe, alquilaran un local cercano al banco y construyeran un túnel que diera directo a la bóveda. Tomando las medidas de las cuadras y ayudándose con las alcantarillas, picaron, de manera artesanal, paredes y tierra hasta lograrlo.
El día del golpe, entraron al banco y algunos tomaron a los presentes de rehenes, mientras otros vaciaban la bóveda. Lograron abrir 143 cajas de seguridad y se escaparon por el túnel, en cuya superficie los esperaba una furgoneta lista para escaparse. Entraron pasado el mediodía y se fueron a las 17. La policía recién ingresó a las 19, luego de que los rehenes dijeran que ya hacía rato que no se escuchaban ruidos. Para ganar un poco más de tiempo, en el ingreso del banco al túnel pusieron una bomba caza bobos que jamás detonó. Y vieron por la tele como el Grupo Halcón entraba al establecimiento y se encontraba con un cartel que dejaron, que decía:
“EN BARRIO DE RICACHONES
SIN ARMAS NI RENCORES
ES SÓLO PLATA Y NO
AMORES”
No hubo heridos de gravedad, ni muertos, ni se pudo recuperar el botín. Y si bien eventualmente los capturaron a todos, hoy están en libertad.
¿Fue este robo, entonces, un hecho de arte contemporáneo? La investigación, el trabajo artesanal y la declaración del cartel me hacen pensar que sí, pero dudo que las instituciones del arte algún día los legitimen. No se presentaron a un salón nacional, ni a una galería, ni produjeron una obra material, pero sí una performance. Un tipo de expresión artística que comenzó en los 60s y fue por demás discutida hasta que de manera lenta pero constante logró su prestigio y reconocimiento por parte del sistema.
Comparto con Araujo, que me parece más romántico y revolucionario robarle a un rico que venderle una pintura a un coleccionista. Y pienso en mi economía y en que cualquiera de las dos opciones me vendría bien.
III
Si ya resulta complicado definir cuáles son los límites del arte contemporáneo, imaginen lo difícil que puede llegar a ser producirlo para algunas personas, como yo, que nos dejamos seducir por el encanto de sobre pensar en lugar de simplemente poner un pincel en una paleta, agarrar una hoja y ver qué pasa.
Por mis intereses ideológicos, mi impronta artística y mis condiciones técnicas; estoy más cerca de ser tildada de ladrona, de que me digan que no sé dibujar o comenten cosas como “esto lo hace mi hijo en sala de 4”; que de la admiración del público.
No tengo el deseo ni la inteligencia social suficiente para caerle bien a millonarios, no vengo de una familia de artistas ni poseo ningún aval. Mucho menos la capacidad de idear un robo. Sí, para no sonar tan derrotada, debo decir que le generé algún que otro interés menor a colegas y pares, como artista en desarrollo.
Mientras escribo esto, de madrugada, escucho música y me encargo de algunas tareas pendientes de una muestra colectiva que haremos pronto con mis compañeros de la Licenciatura en Artes Visuales. El aleatorio elige poner “Do your thing” una canción de Moondog de 1978, de mis preferidas para el desvelo. La letra invita a ser auténtico, no rendirse, aprender a esperar y dejar atrás los miedos. Me aterra “exponer”, el término habla por sí mismo. Pero me convencí, o me convencieron, de que, bueno, hay que hacerlo igual.
El arte contemporáneo incluye a artistas de renombre, con 20, 30 o 40 años de trayectoria, a artistas jóvenes reconocidos por instituciones y programas, con excelentes cualidades técnicas o interesantes investigaciones acerca de nuevas materialidades. También a personas que pegan una banana con una cinta y se animan a ver qué pasa, a gente que sale a la calle y deja cosas en las paredes, que hacen graffitis, que priorizan el espacio público ante el sistema y a veces son reconocidos y otras, no. Que quizás trabajan en un kiosco, una oficina o una farmacia pero también son artistas.
Pienso en apagar la computadora e irme a dormir y en que mañana se me ocurrirá cómo terminar este texto. Antes, veo que recibí el último envío del newsletter de Rebecca Solnit, una escritora y ensayista a quien admiro. Habla más que nada del avance de la derecha y de Trump, pero ante todo habla del pesimismo, de no rendirse bajo ninguna circunstancia y menos antes de tiempo. Que pensar que uno va a perder, es hacerse pasar por alguien que ya sabe lo que va a ocurrir y que eso es una excusa para no participar en determinar lo que sí puede ocurrir. Quizás es porque ya son las 4 de la mañana, pero relaciono de alguna manera mística la canción y el texto, como si alguien me los hubiera enviado, para que mi ánimo no decaiga.
La semana pasada, salí con una amiga a hacer unas pegatinas por la calle. Una de las mías es una impresión de un autorretrato de la foto escolar que me sacaron en sala de 3 y pinté con acuarelas, con una frase del segundo testamento, sacada de contexto, que dice “levántate y mantente de pie” en letra cursiva, mi letra.

Esto no lo podría haber hecho si León Ferrari no hubiera hecho lo mismo, con una de sus obras escritas, que dice “Malditos al fuego eterno”, de la que poseo una copia en serigrafía que realizó la Fundación Ferrari y es lo más cercano que tengo a una “obra original” en mi casa y a ser yo misma coleccionista.
Entonces pienso, aunque no estoy segura, que esas reglas que determinen qué es y qué no arte contemporáneo, arte, buen arte, copia, plagio, reinterpretación, quizás serán delimitadas más tarde, como dijo Araujo con una línea que diga “de acá para acá está bien y de acá para acá está mal”.
메타데이터
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