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La Casa Blanca

Justo al lado de la de mis padres

José G Rojas · 2026-07-23 15:26 · 0 claps · 2.4 min read
#relatos-cortos #cuentos-cortos #realismo-mágico #viajes-en-el-tiempo #fantasia
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La Casa Blanca

Justo al lado de la de mis padres

Había vuelto al barrio de mi infancia, pero cargando el peso de mis años actuales. En mi sueño estaba consciente de que soñaba; a veces poseo esta virtud, la de percatarme del sueño sin ser expulsado de él.

En ese plano onírico yo era exactamente quien soy hoy, con mis rutinas, mis certezas y mi edad, caminando por calles que sin embargo pertenecían a un tiempo pretérito; todo lucía como en los días de mi niñez. Estaba con mi esposa. Mis hijos, en cambio, no aparecían por ninguna parte. Su ausencia en el sueño era una certeza silenciosa, como si se hubieran quedado del otro lado, custodiando la orilla firme de la vigilia, pues sabía con absoluta claridad que ellos simplemente no habitaban ese espacio.

Necesitábamos un lugar donde vivir. No de manera definitiva, sino por un tiempo suspendido, una tregua en medio de este paréntesis. Y la solución estaba ahí mismo, al lado de la casa de mis padres —donde ellos aún vivían, vivos y enteros, desafiando las leyes de la muerte—.

Pegada a la de ellos se alzaba la casa icónica de la infancia, una mole de una sola planta a la que todos llamábamos simplemente «la casa blanca». Estaba desocupada y mostraba las huellas de un abandono prolongado. Con mi esposa recorrimos las estancias. Las habitaciones se mantenían firmes pero descuidadas, cubiertas por el fino polvo del desuso. Al pasar las manos por los muros y examinar las columnas maestras, un escalofrío me recorrió, por alguna extraña razón, vino a mi mente la memoria indeleble del doble sismo, como si las paredes guardaran la advertencia geológica de que toda estructura humana está condenada al temblor, y por eso examinaba cada rincón con minucia.

A pesar de todo, decidimos que esa era nuestra opción mientras durara el sueño —o, quizás, ese universo alterno—. Vivir allí significaba estar a pocos pasos de la casa materna, poder visitarlos en cualquier momento, algo que la vigilia me negaba.

Pero la casa blanca no estaba vacía de pretensiones ajenas. Había tres familias más, también, disputándose el espacio, compitiendo por habitar sus amplios dominios. Que esas personas fueran a convivir con nosotros no me extrañó; de algún modo, asumí en silencio que ellas también viajaban como yo a ese mundo, una aceptación tácita de la extrañeza.

Para evitar el bullicio y ganar algo de paz, elegimos la habitación más retirada, la que se encontraba al fondo de todo, la más alejada del ruido del mundo.

Sin embargo, no podíamos instalarnos de inmediato. Había que esperar. Esperar a que se hicieran los arreglos necesarios, a que los dueños invisibles dieran la orden y se pudiera habitar.

Y es ahí, en ese compás de espera, donde la mente empieza a preguntar. ¿De verdad estábamos buscando un techo transitorio, o esta casa era el pliegue de un mapa alterno? Pienso en los universos paralelos, en esos atajos que el tiempo toma cuando nos descuidamos, cuando dormimos. Tal vez los sueños no son más que fugas, o quizás es el pasado el que nos abre una rendija para recordarnos que las personas nunca se van del todo y que las casas de la infancia nunca se desocupan realmente; simplemente esperan que volvamos a visitar a las personas y a habitar las casas de la infancia, aunque sea por una noche, al otro lado de la vigilia.

JGR

2026

Relato corto inspirado en un sueño


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