Michel Houellebecq: la estética de lo abyecto y pesimismo filosófico en su obra
Introducción
Michel Houellebecq: la estética de lo abyecto y pesimismo filosófico en su obra
Introducción
Contrario a lo que señalan sus detractores, compatriotas suyos, que lo acusan de ser un autor sin estilo, y el cual es relevante solo en la medida en que resulta provocador, Michel Houellebecq a conformado un estilo característico, rastreable incluso en la tradición literaria — lo cual es suficiente para derrumbar la idea de aquel supuesto “anti-estilo” del que se lo acusa. Ha desarrollado una estética de lo abyecto; que triunfa en atraer al lector mientras lo repele. Pero toda estética implica una ética, un marco político, e incluso, un planteamiento filosófico en este caso. En este ensayo intentare analizar el estilo y las temáticas de las novelas de Michel Houellebecq[1]. A su vez, intentare conectar la obra de Houellebecq con las corrientes filosóficas de las que bebe — muchas de ellas resultan explicitas, porque el autor las ha mencionado en entrevistas y correspondencia, o bien les ha dedicado trabajos a dichas influencias; Schopenhauer y Lovecraft.
Formación: una visión del mundo particular
El aspecto que más puede sorprender y dejar descolocado al nuevo lector que se acerque a Houellebecq esperando otro autor francés impregnado de lirismo melancólico, deudor y lector de la amplísima y prestigiosa tradición filosófica francesa, es descubrir que se forma profesionalmente en una carrera técnica; ingeniería agrónoma. Seria muy grosero y poco informado de mi parte afirmar que un individuo con formación en ciencias exactas, matriculado en carreas técnicas, no puede mostrar una afinidad cómplice por las letras, incluso manifestar un interés humanístico; en el caso mexicano me vienen a la mente figuras como la de Gabriel Zaid (1934) el cual se matriculo en el Instituto Tecnológico de Monterrey como Ingeniero mecánico, y que sin embargo, a legado una amplia obra ensayística en torno a la literatura y la política, a la vez que a dedicado esfuerzos a la poesía, dejando un par de poemarios distribuidos por el FCE. Por tanto, remarco esta sorpresa, esta inadecuación aparente, una incoherencia para muchos, no como eso, si no a manera de remarcar una “diferencia” fundamental con el resto del panorama literario francés. Así como la obra de Gabriel Zaid se ve marcada por su formación en ingeniería — una preferencia por el ensayo analítico y, en el caso de la poesía, morfológico — la obra de Houellebecq, y su visión/filosofía impresa en ella, se ven marcadas por esta formación[2].
Lo dicho, ingresa al Instituto Nacional Agronómico de Paris-Grignon en 1975. Se gradúa en 1978 como agrónomo con la especialidad Desarrollo del Entorno Natural y Ecología. Aquí salto parte de su infancia — nace en 1958, en Saint-Pierre — porque me parece ver que la pieza clave del estilo de su obra se encuentra en sus estudios universitarios, que acaso lo ayudaron a canalizar y traducir su vida hasta ese punto. Porque, a pesar de que en algunos fragmentos de Enemigos públicos reniegue de que se le considere uno de esos novelistas “biógrafos”, lo cierto es que su obra esta impregnada de datos biográficos y “proyecciones”.
Estilo: una cuestión de principios
Conectando con lo que digo de su biografía y sus “proyecciones”, Houellebecq crece en un entorno politizado — sus padres formaban parte del partido comunista — pero anodino, donde el mismo acusa el prematuro desinterés de sus criadores hacia su persona. Un entorno de clase media, donde pudo permitirse el acceso a la cultura, pero en su posición de niño abandonado, de “blanco fácil”, fue víctima de acoso y palizas por parte de sus compañeros en el colegio — experiencias que podemos ver narradas y sopesadas en Las partículas elementales. Al crecer en un entorno hostil, aunque acomodado, y acompañado de sus héroes literarios del siglo XIX, un Baudelaire, un Lautreamont, Verlaine etc., Houellebecq conforma un estilo directo, soez, que busca incomodar al lector; un estilo que se adecua a su concepción del mundo. Una concepción del mundo creíble, que se vuelve verosímil a la vez que disloca el sentido. Verosímil porque la literatura de Houellebecq es una científicamente informada, que construye su ficción basándose en datos; y dislocada, o lo que llamaríamos más comúnmente “extrañamiento del lenguaje”, porque esta información vertida en su prosa no convierte a la narrativa de Houellebecq en un retrato uno a uno de la realidad; no es un verismo ni un costumbrismo; es un laboratorio donde vislumbrar futuros posibles si seguimos por esta vía. En pocas palabras, localiza el presente e imagina el futuro.
Y ¿Qué vía es la que seguimos? ¿Cuál es ese futuro a imaginar? Aquí juegan los “principios” de Houellebecq. Sus bases filosóficas y científicas. El siguiente fragmento es revelador:
Ahora bien, si hay una idea, una sola, que atraviesa todas mis novelas, hasta la obsesión quizás, es la de la irreversibilidad absoluta de todo proceso de degradación, una vez iniciado. Da igual que esta degradación afecte a una amistad, una familia, una pareja, un grupo social mas importante, una sociedad entera: en mis novelas no hay perdón, vuelta atrás, segunda oportunidad: todo lo que sea perdido está perdido irremediablemente y para siempre.[3]
Aquí Houellebecq deja plasmada su visión entrópica de la vida. Definiéndola rápidamente, la entropía es la tendencia al desorden y la descomposición manifiesta en sistema ordenados. Un concepto nacido en la termodinámica, aplicado en física y química, y pieza fundamental de la teoría del caos en las investigaciones de Ilya Prigogine (1917–2003) es también la piedra angular de la filosofía de Houellebecq. Las sociedades y el cuerpo, irremediablemente, desaparecerán, y en un orden violento de hechos para mas inri. El proceso de degradación está ahí puesto como congénito a la condición de las cosas vivas y en movimiento.
Houellebecq aquí es un “pesimista metafísico”. A partir de una realidad de orden físico, plantea todo una “mutación metafísica”[4]. De la mano de Schopenhauer, para Houellebecq, la vida es esencialmente sufrimiento. Quizá no identifica este sufrimiento con aquella “voluntad de vivir”, si no como fruto de una degradación de la sociedad contemporánea, de lo que se ha llamado “posmodernidad” — la destrucción de todos los relatos, de lo que llamábamos verdad, la caída de los grandes mitos etc. La libertad, o la liberación, el libertinaje, aparece en la obra de Houellebecq como la mayor amenaza, en tanto fin, y en tanto ese fin justifique cualesquiera medios. La liberación en distintos órdenes, sexual, político, espiritual, genera en la obra de Houellebecq un estado anárquico de las cosas, donde la sociedad se comienza a regir por una economía hostil para aquellos individuos mas desgraciados, que en su ficción aparecerán muchas veces como los “parias”, las “presas” etc. Individuos que carecen de capital económico y erótico, que — como es el caso de sus protagonistas — se ven relegados a poseer un capital social y cultural que les permite vivir una vida holgada pero alejada de aquellas pasiones, frutas prohibidas, anhelos puestos por el mercado, que generan frustración a estos individuos. A su vez, los individuos “liberados” resultan en extremo peligrosos. Esta liberación los ha vuelto deseosos de nuevos horizontes, simas más inalcanzables — vuelve a aparecer Schopenhauer — placeres personalizados donde, el fin justifica los medios. En sus novelas, Houellebecq no escatima en escenas escatológicas, dantescas, lovecraftianas incluso, de tortura física y sexual, donde individuos funcionales terminan cortando cabezas sin siquiera pestañear. Hay un placer sencillo y accesible que se ha perdido en esta hipermodernidad (Gilles Lipovetsky 1983); mejor dicho, el placer sigue ahí, pero ha palidecido frente a las nuevas posibilidades; a la ilusión de esas nuevas posibilidades.
¿Cómo retrata Houellebecq este mundo? ¿Qué estilo es el que cabe? Aquí está el principio: un escritor debe formar un estilo coherente con la obra que se dispone a crear. En una sociedad caníbal, tan al borde del colapso, o manteniéndose en funcionamiento precisamente por haber logrado vivir en ese borde, solo puede retratarse recurriendo al lenguaje exacto, elemental. Que, dicho sea de paso, no es un lenguaje pobre, aunque si alejado de adornos. Solo es el cumplimento de uno de los requisitos, fundamentales si cabe recalcar, de la poética aristotélica: al hombre le resulta natural y agradable contemplar imitaciones. Y dentro de estas imitaciones, los hombres se representarán como mejores o peores. Y la imitación será mas virtuosa en tanto el autor se apegue a ciertas pautas. Y dichas pautas no darán una copia, sino eso, una imitación. Recuerdo e invención. Adecuación y creación. La obra de Houellebecq se adecua a su representación a través del lenguaje, haciéndola verosímil, e inventa futuros posibles, no deseables en todo caso. Houellebecq no es profético, en todo caso es catastrófico.
Conclusión
La obra de Houellebecq está marcada por una desesperanza existencial; una nula fe en el futuro, o, mejor dicho, en el mejoramiento a futuro. Su propuesta final, lo que sugiere como salvavidas, es una especie de recogimiento egoísta, individualista, y la critica constante a todos los idealismos, a la vez que, a esos sincretismos, esos sentimientos religiosos que nacen día a día y que son objeto de entidades abstractas como la nación, el mercado etc., nuevos canalizadores del fervor religioso. No es aceleracionista en todo caso, pero tampoco un asceta; en su obra hay un lenguaje técnico para las relaciones que se propone como manera de habitar el mundo. Ya que las relaciones interpersonales se rigen por una lógica mercantil de riegso, beneficio, inversión etc., cabria mejor identificarse como lo que se es: un usuario. Estas palabras son reveladoras, con respecto al nacionalismo:
Al pensar en ello unos meses más tarde me digo que esa fea palabra, usuario (y sé que esto va a entristecer a Regis Debray), es la que mejor corresponde a la relación que tengo con el gobierno de mi país, de cualquier país. Con relación a Francia (o cualquier otro país en el que podría fijar mi residencia), no me siento (en realidad no me he sentido nunca, y me sentiré cada vez menos) un ciudadano, si no, mas banalmente, un usuario. Ya esta dicho. Es un poco triste; es una pertenencia que se desploma, se envilece. Pero estamos diciendo más o menos la verdad ¿no?[5]
Su estilo es de una elementalidad aplastante. Forma parte de su propuesta. Houellebecq cree entrever en el fondo, una naturaleza humana que responde a patrones muy sencillos, que no distan demasiado de la animalidad, que está latente en cualquier momento, deseando la ausencia de control para manifestarse ferozmente. Quizá entonces otra influencia en Houellebecq podría ser Hobbes, aunque habla mas de Rousseau en su correspondencia[6].
[1] También ha publicado poesía, la cual se encuentra disponible en la editorial Anagrama en el volumen de Poesía (2012) y Configuración de la ultima orilla (2016). Si bien Houellebecq se ha revelado de igual manera como un autor bien dotado para la poesía — contradiciendo una vez más aquello de anti-estilo — el autor de este ensayo solo ha revisado su narrativa y ensayística, las cuales son sus trabajos mas logrados y los que lo colocaron en el ojo del huracán.
[2] Me gustaría aclarar que, la obra de Houellebecq es inmensamente superior a la de Gabriel Zaid. A este último simplemente lo menciono como caso paradigmático, pero desde luego su obra no es de repercusión similar. Confieso que el buen apalancamiento de Gabriel en la industria cultural se debe a su devoción a la tradición, a figuras como Octavio Paz, y a un conservadurismo que es aplaudido en las letras mexicanas. Mismo caso de zona confort veo, aunque con méritos mas encomiables, en otras figuras como Christopher Michel Domínguez, Héctor Aguilar Camín, etc.
[3] Houellebecq “Enemigos públicos” 2010 pág. 113
[4] Las partículas elementales 1998
[5] Houellebecq “Enemigos públicos” 2010 pág. 87
[6] Enemigos públicos (2010)
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