Mi hijo y su pregunta sobre la guerra
Hoy, mi hijo Isac, de 7 años, me preguntó: — Papá, ¿en el pasado existieron guerras?
Mi hijo y su pregunta sobre la guerra
Hoy, mi hijo Isac, de 7 años, me preguntó: — Papá, ¿en el pasado existieron guerras?
Sus ojos, su voz y sus facciones me indicaron que su pregunta traía una alta dosis de curiosidad y también de temor.
En segundos, mi mente mapeó diversas respuestas, diversos enfoques. ¿Cómo explicarle a la inocencia de un niño, criado en la montaña, en un ambiente de paz, respeto y amor, que sí, que los humanos han decidido matarse entre sí desde el origen de sus tiempos? ¿Cómo explicarle que los países del mundo se están armando como nunca antes, con armas nucleares de destrucción masiva capaces de eliminar comunidades enteras en segundos? ¿Cómo explicarle que estamos abierta y descaradamente en una era del “más fuerte”, que solo conllevará a la barbarie? ¿Cómo decirle, mirándolo a los ojos, que a pocas horas de aquí niños y niñas escuchan en sus casas la furia ciega de las ametralladoras? O, peor aún, ¿cómo explicarle a la inocencia y a la esperanza que estamos en peligro por una latente y cercana tercera guerra mundial?
Hablamos. Porque creo profundamente que la conversación cercana, honesta y reflexiva es uno de los espacios más potentes entre padre e hijo. Sin embargo, la inquietud quedó rondando en mí. Y cuando las preguntas no se disuelven, escribo. Escribo para pensar, para ordenar, para cuestionar, para no resignarme.
La guerra no es un accidente reciente. Todas las especies del género Homo han combatido por alimento, territorio, recursos, supervivencia y reproducción. La violencia organizada nos acompaña desde tiempos remotos. La piedra, mucho antes de ser símbolo de estabilidad o construcción, fue arma: fue moldeada para cortar, atacar, defender y matar.
La arqueología lo confirma. En el yacimiento mesolítico de Jebel Sahaba, en el valle del Nilo, se han encontrado restos humanos de más de 13.000 años con puntas de flecha incrustadas. La historia escrita también lo registra: una de las primeras guerras documentadas ocurrió alrededor del 2500 a. C., entre las ciudades-estado de Lagash y Umma, en Sumeria, por el control del agua y de tierras agrícolas. Desde entonces, el patrón se repite.
Si observamos la historia humana a través del desarrollo de las armas, el relato es inquietante. De los garrotes y lanzas de piedra pasamos al bronce y al hierro; flechas, espadas, catapultas. Luego a la pólvora, los cañones y los fusiles; más tarde, a las ametralladoras, los tanques, los misiles y finalmente a las armas nucleares. La capacidad de matar ha crecido en paralelo con nuestro avance tecnológico.
No existe país cuya historia no contenga páginas de guerra o colonización, que no son más que dominaciones forzadas de una cultura sobre otra para alterar sus políticas, creencias, religiones y acceso a los recursos. Es una forma de violencia que aún observamos en nuestros tiempos.
Siempre hemos estado bajo la ley del más fuerte. Sin embargo, parece que en estos tiempos — y en especial en este año 2026 — esta ley del más fuerte se está manifestando como una práctica de dominación abierta, aceptada, descarada, cruel y violenta.
Miles de días en la historia humana han sido días de guerra, la mayoría fundados en la codicia, el poder, el deseo de poseer sin límites, el afán de controlar al otro, de imponer una cultura y unas creencias por encima de otras, por miedo, por insensatez y por mentiras.
Entonces, ¿cómo criar a nuestros hijos hoy? ¿Qué valores, como padres, debemos inculcar en su crecimiento, en el colegio, en la universidad, en la vida? ¿Qué hacer cuando las normas y los acuerdos no funcionan y el más fuerte hace lo que quiere? ¿Debemos entonces empezar a criar para la guerra? ¿A ser dominantes, a imponer, a robar, a buscar el beneficio personal sin importar las consecuencias?
Este es un mensaje que, de manera abierta y a través de acciones, aranceles, micrófonos y redes, gobiernos como Estados Unidos están dando al mundo y a sus sociedades. El daño puede ser irreversible y podría desencadenar una tercera guerra mundial o, en el peor de los casos, la barbarie y la anarquía colectiva
Vendrán, desde mi punto de vista, tiempos difíciles, donde la esperanza se apaga, pero permanece. Ojalá las personas del mundo hagamos algo para que la inteligencia humana prevalezca y encuentre caminos de paz duradera entre los pueblos del mundo. Como sea que se manifieste, allí estaré.
Ojalá Dios se cambie de nombre. Ojalá la tierra se sacuda. Ojalá bastara con vivir dignamente. Ojalá un día nos sintamos realmente amenazados por una civilización externa, para que así los ejércitos del mundo tengan que defender un bien común: la vida humana en el planeta Tierra.
Gabriel Martínez
Enero 21 de 2026
메타데이터
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