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‘Berghain’, de Rosalía: La liturgia del renacimiento

Por Sharely Cuellar

Ediciones Petit (a) · 2025-10-30 00:45 · 2 claps · 4.7 min read
#rosalía #berghain #music #religion #heartbreak
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‘Berghain’, de Rosalía: La liturgia del renacimiento

Por Sharely Cuellar

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Rosalía entra a un departamento con el peso del agotamiento emocional en su rostro. La cámara la recibe en un espacio íntimo y oscuro en su entrada, donde los objetos parecen contener pistas de quién es y su pasado: una cruz de Cristo colgando de un llavero, una correa de perro que delata la ausencia de una vida anterior, y aún así: esa sensación de vacío. La primera imagen en Berghain (2025) nos muestra su reflejo distorsionado; advierte que estamos por observar a través de ella misma algo que no es la realidad en su literalidad, sino la percepción fragmentada de su ser y que intenta recomponerse. Viste de negro representando el luto; está en duelo.

Al despojarse del saco, un abrigo blanco asoma en el perchero como el vestigio de una pureza o de una fe que se ha apagado. El videoclip es dirigido por Nicolás Mendez, uno de los fundadores de la productora Canada. Nicolás anteriormente ya había plasmado en el audiovisual otras ideas musicales de Rosalía, como fue el caso de Pienso en tu mirá, el capítulo dedicado a los celos en El Mal Querer (2018), y TKN — una colaboración con Travis Scott del 2020 — . Su estilo tiene una fuerte influencia visual de Yorgos Lanthimos o Ari Aster, pero en esta primera pieza asociada con Lux, próximo álbum de Rosalía, también encontramos algo del caos de Lars von Trier en Anticristo (2009).

En Berghain, Santa Rosalía de Palermo observa la siguiente escena desde un mueble. Sobre la mesa, una manzana mordida — como en el cuento de Blancanieves — anuncia el veneno que la artista carga dentro: la conciencia del desencanto. Un engaño que hoy la tiene presa del dolor. Al abrir las cortinas, la luz penetra el espacio como una presencia redentora; lo doméstico se vuelve templo, y lo diegético se confunde con lo interior. La orquesta que suena junto a ella existe solo en su mente, como una pulsación constante entre la razón y la emoción.

Berghain

Berghain

Sus zapatos, con motivos religiosos, pisan una goma de mascar — una ironía que evoca el trend de Bizcochito — . La era Motomami ha quedado atrás, pero persiste lo esencial: el corazón, aunque herido. En un gesto mínimo, Rosalía toma un terrón de azúcar y lo empapa de café. Lo prueba. Las plumas en sus párpados anuncian la metamorfosis: la del cisne negro, la del ser que arde y renace, la de alguien que no volverá a ser igual que antes. La mutación avanza en la búsqueda de la pureza mientras, vestida de blanco, plancha una capa roja — otro elemento de Blancanieves — y canta en alemán:

Die Flamme dringt in mein Gehirn ein Wie ein Blei-Teddybär Ich bewahre viele Dinge in meinem Herzen auf Deshalb ist mein Herz so schwer

La llama penetra en mi cerebro Como un osito de plomo Guardo muchas cosas en mi corazón Por eso mi corazón es tan pesado

En las labores domésticas, en esas tareas asignadas al rol femenino, Rosalía busca reivindicar su propia pureza a través de lo que la rodea, pero también la de su alma al encontrarse arrodillada frente al ventanal, que forma una cruz con sus divisiones, como si hiciera una plegaria. Tiende su cama mientras el coro orquestal responde a su canto; en la cabecera, el Sagrado Corazón de Jesús enmarca la fe y el sacrificio. La orquesta la acompaña, sus pensamientos incesantes marchan con ella.

Yo sé muy bien lo que soy

Ternura pa’l café

Sólo soy un terrón de azúcar

Sé que me funde el calor

El terrón de azúcar remite a la transformación que ya habitaba en trabajos anteriores como Saoko: el cambio como fuerza vital, como lo que se disuelve y renace, igual que el azúcar en el calor del café. En escena, ella se somete a un electrocardiograma y a la evaluación de la joya dorada con forma de corazón; busca sanar, encontrar valor en lo que queda. En el examen médico, sus manos evocan a una virgen orante; frente al joyero, la vemos abatida, postrada. Su mente no cesa — la orquesta sigue sonando como sus pensamientos — . Detrás del joyero vemos a La dama del armiño.

Leonardo da Vinci pintó esa obra hacia 1490, retratando a Cecilia Gallerani, amante del duque Ludovico Sforza. Ella sostiene un armiño blanco, emblema de pureza y, al mismo tiempo, del poder masculino que la reclama como suya. El retrato — político, amoroso — es una declaración de pertenencia, pero también de resistencia: bajo la mirada del artista, Cecilia adquiere pensamiento y un semblante de serenidad. Su gesto contenido le concede una interioridad inédita para su tiempo.

Rosalía se inscribe en ese linaje. También es observada, tasada, medida. Su corazón es examinado por el ojo ajeno. Pero, como Cecilia, sostiene una voluntad silenciosa. En Berghain, su figura se debate entre lo sagrado y lo profano, entre ser mirada y recuperar la mirada. Ambas — La dama del armiño y Rosalía — encarnan a la mujer que se reconoce dentro del marco que la contiene y, en ese acto de conciencia, comienza a fracturarlo.

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Luego, la orquesta aparece en el transporte público: lo divino invade lo cotidiano. La cultura urbana y la alta cultura se funden en la misma figura que las habita. En paralelo, el joyero rechaza su corazón. Rosalía regresa sola a casa, con ese vacío, no hay más orquesta a su alrededor. Al cruzar el umbral, su reflejo es el de Blancanieves con el listón rojo: la inocencia perdida. El hogar se vuelve bosque — el lugar donde la princesa del popular cuento infantil huye para proteger su corazón y su vida de la reina malvada — , territorio hostil donde lo salvaje y lo espiritual se encuentran. Animales silvestres emergen de las sombras; la acompañan en su vulnerabilidad.

Björk, transformada en un petirrojo, canta una súplica hacia aquello que la podría llenar: “La única manera de salvarnos es con intervención divina”. Un ciervo llora lágrimas negras: la pasión se impone sobre la razón. Yves Tumor repite y fragmenta la frase “I’ll fuck you till you love me”. Rosalía yace bajo el Sagrado Corazón, entre medicamentos y visiones. El ser — como ese conjunto de su mente y cuerpo — es campo de batalla, en el vacío interior se disputan elementos de la orquesta (el pensamiento) y las criaturas del bosque (el instinto). Una paloma blanca y negra emerge entre las sábanas: el balance entre lo terrenal y lo divino; un nuevo ser, que a su vez es la suma de sus pasados con ese toque divino.

Berghain se revela entonces como una liturgia contemporánea, un descenso a lo profundo que culmina en el renacimiento. De lo humano a lo místico, del sacrificio a la libertad, su cuerpo deviene símbolo y su canto — plegaria, herida, renacer — resuena como el eco de una mujer que vuelve, finalmente, a habitar su propio ser.

Sharely Cuellar. Periodista especializada en cine con más de siete años de experiencia en comunicación, crítica, gestión cultural y programación.


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