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LA FARSA ELECTORAL Y LAS TAREAS DE LOS COMUNISTAS EN MÉXICO

La farsa electoral y las tareas de los comunistas en México

Union De Lucha Proletaria · 2024-11-10 00:24 · 0 claps · 15.4 min read
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LA FARSA ELECTORAL Y LAS TAREAS DE LOS COMUNISTAS EN MÉXICO

La farsa electoral y las tareas de los comunistas en México

por Unión de Lucha Proletaria | 1 junio 2024

***Disponible en pdf aquí***

«El flamante derecho al voto de la democracia representativa, tan cacareado y celebrado por unos y otros, no hace sino demostrarnos la auténtica naturaleza del imperialismo y de quienes formulan su política en torno a aquel: su creciente incapacidad para ofrecer más democracia que el desesperado, inútil y estrecho gesto de introducir un papel mojado en una simple urna. Esa es la cruda realidad de la dictadura del capital que padecemos, el mecanismo donde se cimienta, entre aquellos que representan la reiterada farsa a través del Estado, y las masas reducidas a la más palmaria expresión de su lugar en el mundo burgués, como votantes, cariacontecidos y apáticos, instrumentos para renovar, cuantas veces sea menester, la farándula parlamentaria».

Comité por la Reconstitución

L a opción electoral no es una opción real de poder para el proletariado ni para las masas populares. Sin embargo, se ha convertido en lugar común que múltiples organizaciones del movimiento espontáneo de masas mexicano que se proclaman independientes o revolucionarias –incluso las más radicalizadas– encarrilen su protesta hacia la vía institucional, especialmente en las justas electorales. Incluso muchas organizaciones comunistas son seducidas por la denominada “fiesta democrática” y terminan participando en ésta de manera directa o indirecta demostrando su incomprensión total sobre el papel de las elecciones en el Estado de la dictadura burguesa y, sobre todo, su total infidelidad a la Dictadura del Proletariado.

Esta actitud pusilánime de los comunistas mexicanos ante las elecciones y su incomprensión sobre la Dictadura del Proletariado ha sido una constante histórica: desde el viejo Partido Comunista Mexicano –fundado en 1919– se muestra una absoluta falta de criterio en torno a los principios de la ideología proletaria en el tema de las elecciones y del voto proletario. Jamás tuvieron en cuenta objetivamente el estado de su lucha como clase ni de su desarrollo revolucionario; por ello terminaron respaldando, en 1927, la reelección de Álvaro Obregón pocos años después de que ofrecieran su apoyo a éste y a Plutarco E. Calles contra la rebelión delahuertista. O su apoyo a la candidatura presidencial de Miguel Alemán en 1946; o su viraje hacia la lucha por la “democracia electoral” y su “auténtico nacionalismo revolucionario”. No olvidando que el Partido Comunista Mexicano también suscribió las tesis del eurocomunismo y respaldó la “reforma política” del genocida Luis Echeverría que sirvió para aniquilar la insurgencia armada de esos años. El resultado de esa decantación por la “lucha electoral” fue elocuente: el Partido Comunista renegó abiertamente del comunismo mucho tiempo antes de la caída del Muro de Berlín y liquidó toda reivindicación comunista al fusionarse con otros partidos socialdemócratas para construir el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), después convertido en Partido Mexicano Socialista (PMS) que finalmente se fusionaría con el ala nacionalista del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI) para dar forma al execrable Partido de la Revolución Democrática (PRD), antecedente directo del partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), actualmente en el gobierno. Es así que estos “comunistas” vieron consolidado su sueño reformista de triunfar en la farsa electoral.

Actualmente, de nueva cuenta, presenciamos la actitud de algunos comunistas o elementos autoafirmados marxistas-leninistas promoviendo la farsa electoral, apelando cínicamente en este contexto a la construcción del poder obrero. Sin embargo, resulta evidente que estos comunistas ignoran –o simulan ignorar de acuerdo con sus intereses concretos– la esencia del poder obrero y lo tergiversan en función de los objetivos contenidos en sus programas políticos que nunca van más allá de salvaguardar las “libertades” y “derechos” que el Estado burgués ha otorgado al pueblo. En realidad presenciamos cómo estos comunistas pasan deliberadamente al campo de la burguesía renunciando abiertamente a desempeñar el papel dirigentes proletarios y rebajando la lucha comunista a una especie de ayudantía de la pequeña burguesía, traicionando abiertamente a la clase obrera desviándola intencionalmente del arduo camino de la Revolución Proletaria; camino que hoy nos exige desnudar ante los obreros más avanzados la naturaleza del Estado burgués y la función que las elecciones cumplen en la consolidación dominadora de la burguesía sobre el proletariado.

En este sentido, las modernas elecciones burguesas se han convertido en uno de los elementos fundamentales de la dominación política de la burguesía sobre el proletariado pues la ideología burguesa las presenta como una “forma de lucha, legal y legítima, que permitirá concretar o mantener las aspiraciones económicas del proletariado”. La fórmula surte su efecto enajenante cuando las organizaciones comunistas le confieren a esta emisión del voto el mismo valor ficticio otorgado por la burguesía; o sea, cuando la definen justamente como tal “forma de lucha”. Es así que el revisionismo y la aristocracia obrera, aprovechando este idea electoral fetichizada, se aprestan a embaucar a la clase obrera con la vacua promesa de que “harán valer” en el Congreso las “conquistas históricas de la clase trabajadora”, dando contenido “revolucionario” a las demandas inmediatas del movimiento espontáneo de las masas. En realidad lo que buscan es asumir labores de Estado con la intención de lograr por todos los medios la “paz social” (que en realidad significa obstaculizar al proletariado la construcción de su referente de vanguardia y su posterior fusión con las masas proletarias para Constituir su Partido Comunista), situación que evidencia sus intereses de clase ligados al Estado imperialista.

Oportunistas y revisionistas se unifican bajo una consigna central: legitimar el sistema burgués de elección de gobernantes; unos apoyando abierta o soterradamente al algún partido político de la oferta electoral, otros abiertamente participando en esta farsa, como el caso del actual Partido Comunista de México (PCM) que realiza una campaña electoral simbólica bajo la “figura legal burguesa” de candidatos no registrados, invocando aquí y allá dicha legalidad y apuntalando una “plataforma electoral” reformista que evidencia su aspiración a ser un gestor más dentro del Estado burgués al que jura despreciar y pretende sustituir con un “poder obrero” reformista. Así queda demostrado que en la disputa electoral actual el PCM cree que elegir un candidato (aunque sea “no registrado”) de la oferta de partidos, implica una opción de poder. Identifican así democracia con votación, tal y como la propia burguesía lo ha sosteniendo desde la generalización del voto, desde que ésta constató que gracias a la manipulación de la opinión pública la gente siempre acabaría votando “lo correcto” de modo que las élites no corren ningún peligro de ser desplazadas por la clase proletaria. Desde esta posición, el PCM nos dice que el sistema electoral es una vía aceptable para cambiar las cosas. En su inserción consciente a la política de dominación burguesa más refinada, el PCM reniega de la lucha de clases al pretender institucionalizar el conflicto, o lo que viene a ser una expresión más de lo mismo, neutralizarlo colocando su práctica dentro de los márgenes de “lo aceptable”. Todos los partidos burgueses actuales parten de la aceptación de las “reglas de juego” y el PCM no se comporta de forma distinta pues, invocando la legalidad burguesa como sustento de su campaña electoral o pidiendo al Instituto Nacional Electoral que valide los sufragios que pretenden obtener, acepta estas reglas que son, precisamente, las que hacen inviable que el sistema representativo en el que participan activamente se transforme en una democracia. El PCM ha jurado durante su campaña ser una opción “anticapitalista”, pero acepta la forma política del capitalismo. Y es que su discurso admite la paradoja: niegan que vivamos en una democracia al tiempo que aceptan los cauces institucionales; admiten contradicciones tales como presentarse a unas elecciones compitiendo por la captación de votos al tiempo que dicen presentarse porque estas elecciones no significan nada. Porque en el fondo, parecen decir, “las masas quieren que se gestione políticamente su protesta”.

Así, el sistema electoral se nos presenta como un instrumento de disciplinamiento social. Los procesos electorales en el capitalismo no significan poner en manos de la gente opciones reales de poder y, sin embargo, se presentan como si lo fueran, el PCM nos lo recuerda en cada una de sus entrevistas de campaña. El hecho de que ellos se autoproclamen “transformadores” (como también lo hace el partido gobernante, Morena) y que, incluso, estuvieran en posición de disputar realmente algún cargo en el escenario político sólo significa que se ajustan al principio de la homogeneidad, es decir, que se sabe a ciencia cierta que no harán nada sustancialmente diferente de lo que hicieron quienes los precedieron.

Encarar una cuestión política, como las elecciones, sin el concurso de un verdadero Partido Comunista revolucionario que despliegue las consignas correctas integradas a una táctica adecuada y que sepa servirse de ella para hacer avanzar la revolución, es puro oportunismo que somete a la clase obrera a los intereses de la burguesía. En México el Partido Comunista no existe, por lo tanto toda forma de participación en la farsa electoral –de manera directa o indirecta– es oportunismo, pues el voto de los obreros debería beneficiar a los intereses revolucionarios del proletariado. En la actualidad, la inexistencia del Partido Comunista hace imposible que se pueda obtener alguna ganancia política para el proletariado revolucionario pues con su sufragio sólo terminará “eligiendo” a quienes buscan que los obreros puedan vender “mejor” su fuerza de trabajo, a quienes desean organizar mejor la explotación del proletariado y legitimarla de mejor forma, el PCM incluido.

La acumulación de fuerzas

Otra de las respuestas predilectas con que el revisionismo busca justificar su oportunismo es la posible acumulación de fuerzas a través de su participación en la farsa electoral. Sostienen los “comunistas electorales” que participar en la campaña electoral les “permitirá aprovechar esta coyuntura con la finalidad de ampliar sus márgenes de influencia y, a propósito de su gira proselitista, dar a conocer al grueso de la clase obrera su programa político y, con ello, ampliar la cooptación para su militancia”. Este razonamiento ha logrado confundir a elementos dispersos de la vanguardia que no ven mal que se aproveche esta coyuntura para difundir un programa comunista. Sin embargo, el programa que los “comunistas electorales” hacen público (tanto del PCM como de otros agrupamientos que comparten el argumento) de ninguna manera puede considerarse revolucionario.

En las maniobras electorales que hacen los agrupamientos del amplio espectro de izquierda, desde los autodenominados marxistas-leninistas hasta los trotskistas, pasando por un amplio cúmulo de organizaciones obreristas, nacionalistas y/o indigenistas, todas ellas tienen en común el impulso de su “programa mínimo”. Es con este programa mínimo con el que se presentan en la coyuntura electoral –ya sea participando abiertamente en ella, aprovechándola para tejer alianzas o, incluso, para rechazarla–y con él buscan “acumular fuerza” en dicho momento de agitación política general. El programa mínimo es la renuncia confesa a luchar por alcanzar la Dictadura del Proletariado; de hecho es la negación de ésta y su sustitución por un listado de reformas que se exigen al Estado burgués para “mejorar las condiciones de vida de los trabajadores” como salarios, reparto de tierra, créditos, etc. En el fondo estos programas mínimos reflejan la aspiración de revisionistas y reformistas a una “etapa de transición”, más democrática, “antimonopolista y antiimperialista”; o sea en ellos se condensan el reformismo y el etapismo más delirantes. Los programas mínimos aspiran a construir ese Estado burgués más democrático y antiimperialista del que es tan devoto la pequeña burguesía mexicana. Bajo esta idea, el revisionismo “argumenta” la necesidad de transitar diversas etapas para llegar al Socialismo; parecen decirnos que la ecuación correcta de la revolución es “democracia + democracia = socialismo”; por lo tanto su programa mínimo es el ejemplo del avance “paso a paso” a esa nueva sociedad: más democracia, mejores salarios, más programas sociales, mejores créditos al campo, más derechos a las mujeres, a los niños, a los ancianos, muchas nacionalizaciones, más estatización, etc. todo esto es igual a avanzar al Socialismo.

Entonces, bajo esta lógica, para los reformistas del programa mínimo la consigna correcta es “el poder de todo el pueblo” –pues todo el pueblo tiene demandas sentidas para la mejora efectiva de su existencia– y deja, para una ocasión posterior indefinida en el tiempo, “el poder de la clase obrera” (que no puede ser otro que la Dictadura del Proletariado, ausente en el discurso y en los programas de los comunistas y socialistas mexicanos actuales). Y entonces los “socialistas” y “comunistas electorales” abandonan la ideología comunista para asumir la oportunista postura populista. Además que con esos programas mínimos buscan colocar al proletariado en la retaguardia de la pequeña y mediana burguesías. Pero, a pesar de estas incoherencias, el revisionismo es perseverante en su programa mínimo e, incluso, lo profundiza hasta llegar al sindicalismo, elevando la defensa económica de la clase a categoría de lucha política pretendiendo con ello suplantarla.

Con la proyección de sus programas mínimos, los “comunistas electorales” exaltan una concepción no revolucionaria de la sociedad al negar el carácter antagónico del capital y el trabajo. El programa mínimo es el punto de contacto entre ambas clases confrontadas donde queda diluida la aspiración a destruir el Estado burgués y, en cambio, se busca reformarlo para dotar a las masas de mejores condiciones económicas para que puedan seguir siendo explotadas de forma “menos opresora”. Ya no se busca la destrucción de la explotación capitalista sino mejores condiciones dentro de esa misma explotación. Ni pensar en destruir al Estado burgués con la violencia revolucionaria de las masas proletarias, pues desde su propia acción política, en el marco del proceso electoral al que falsamente llaman “forma de lucha”, dibujan ilusamente un escenario en el que no hay contradicciones irresolubles sino meras negociaciones de intereses, en el que los políticos elegidos según la fuerza del número de votos obtenidos estarán en mejor o peor condición para negociar los intereses de sus representados. Porque en realidad las votaciones no representan variación alguna en las relaciones de clase y de explotación y cualquier opción será incoherente, en el fondo una trampa en la que, partiendo de los deseos transformadores del proletariado y de la defensa de sus propios intereses, se convertirán en cómplices necesarios de su reproducción.

El voto es el instrumento de la legalidad burguesa con la que logra que el proletariado delegue el que debiera ser su poder; además es un acto individual, resultado de la concepción enajenada de la política como sumatorio de voluntades individuales. Una vez ejercido, el proletariado ha “transferido” la responsabilidad de la toma de decisiones políticas al Estado burgués, o sea ha depositado su voluntad en sus “representantes” para que éstos hagan lo que puedan o lo que quieran desde su cargo gubernamental.

Vistas así las cosas, la acumulación de fuerza a la que apela el revisionismo no sirve de manera alguna para construir movimiento revolucionario, pues su finalidad no es construir Nuevo Poder sino aglutinar masas para la reforma del Estado burgués y para presentarlas ante la burguesía como garantía de su trabajo mediatizador del que esperan privilegios y canonjías.

Esta política revisionista pretende despistar a los elementos de vanguardia con la finalidad de extraviarlos en el desarrollo de sus tareas frente a las masas, logrando con ello el anquilosamiento del movimiento revolucionario, pues tergiversan la relación dialéctica vanguardia-masas. Entonces se refuerza la concepción organicista del Partido Comunista comprendida como partido-sindicato que aspira a ser el reflejo institucional de las demandas parciales de los obreros, y desde esta concepción desfigurada del Partido Comunista se pueden justificar lógicamente todas las premisas en favor de la participación de los comunistas en las elecciones. En suma, en la lógica revisionista, el Partido Comunista se reduce a ser barómetro que identifica y muestra las condiciones económicas del movimiento espontáneo de las masas detrás del cual la vanguardia impele sus consignas para presentarlas y gestionarlas, programa mínimo mediante, ante el Estado burgués.

Bajo esta aberrante concepción anti-dialéctica del Partido Comunista, éste deja de ser una relación objetiva entre la vanguardia y las masas, así como un conjunto de relaciones sociales a través de diferentes organismos generados en torno y desde la conciencia revolucionaria del proletariado, para convertirse en un aparato que cultiva y exalta el espontaneísmo de las masas y las postra ante el Estado burgués y sus instituciones con la finalidad de sobrevivir dentro del marco de esas relaciones sociales burguesas.

Así, resulta evidente que el motor de esta perspectiva de “lucha” electoral no es la conciencia revolucionaria, sino la actividad espontánea de las masas que son vistas como votantes ante la actividad de su vanguardia que ha dejado de lado sus tareas revolucionarias. Bajo esta óptica la única acumulación de fuerzas posible es la de acumular votantes pasivos y no militantes revolucionarios.

Es por todo lo anterior que la única acumulación de fuerzas que debe interesar a la clase obrera en la actualidad es la que tiene por objetivo reunir a los elementos más avanzados del proletariado, a su vanguardia revolucionaria, en ardua brega por alcanzar la reconstitución ideológica del comunismo como elemento fundamental para el establecimiento de las bases de unidad partidaria necesaria para que el marxismo-leninismo pueda ser expuesto de forma totalizadora ante las masas proletarias, combatiendo firmemente esas concepciones que se reducen a presentar un programa mínimo concreto para atender demandas mínimas concretas, oponiéndoles un auténtico Programa revolucionario que sea asimilado por las masas en su propio proceso de autotransformación; masas revolucionarias armadas construyendo y conquistando Poder proletario a través de la Guerra Popular y el Nuevo Poder, verdugos del viejo Estado capitalista, sus instituciones y las relaciones sociales de las que dependen.

El Boicot electoral y las tareas actuales de los comunistas

Hemos visto cómo cada competencia electoral desnuda las concepciones del revisionismo que observa la lucha de clases anclada en el economicismo, lo que les da coartada para justificar tanto su participación en la contienda como su aspiración oportunista de ingresar en el aparato jurídico-administrativo burgués donde pueda desplegar su programa mínimo reformista bajo el embuste de generar “conciencia revolucionaria”, cuando en realidad lo que buscan es mantener intocado lo que debiera ser destruido.

A través de estas actividades revisionistas podemos observar nítidamente el papel del “sistema electoral” como parte fundamental del andamiaje sobre el que se construye la hegemonía burguesa. Pero también se comprende claramente que la Revolución Proletaria sólo se puede construir fuera de las instituciones burguesas y en abierta confrontación irreconciliable con éstas. Pero esa institucionalidad capitalista no se puede anular a sí misma desde la propia política burguesa o desde la reforma del Estado que tanto aprecian nuestros revisionistas mexicanos, sino debe ser arrasada necesariamente por la fuerza política del proletariado revolucionario armado desarrollando Guerra Popular como forma ejecutiva de una auténtica praxis revolucionaria en medio de la lucha directa contra la burguesía, situación que no depende de la coyuntura electoral, o de la crisis general del capitalismo, mucho menos del movimiento espontáneo de la clase obrera, sino es una tarea de profundo carácter histórico, un proyecto de destrucción violenta de las instituciones burguesas y de construcción de las del proletariado revolucionario.

La conquista de ese proyecto histórico, en las actuales circunstancias, exige la construcción de un agrupamiento de elementos de la vanguardia proletaria. Esta conglomeración representa justamente la acumulación de fuerzas de la vanguardia que tendrá que sumergirse en las tareas actuales que se le presentan a todo marxista-leninista consecuente: la reconstitución del sujeto comunista en toda su integralidad, comenzando por la asimilación cabal y completa de la ideología proletaria revolucionaria mediante un arduo proceso de formación teórica y cultural y su forja intelectual en la Lucha de Dos Líneas para reconstituir su concepción clasista e independiente del mundo. Pero esta aprehensión de la ideología comunista no puede realizarse de forma política inmediata sino desde la realización del Balance histórico de lo que ha sido la Revolución Proletaria Mundial, el Balance del Ciclo de Octubre; o sea, desde la mediación de las verdaderas luchas emancipatorias de vanguardia que el proletariado ha protagonizado en su historia. La comprensión y la determinación de estas luchas es una tarea que tiene su base objetiva e histórica en la historia de la praxis revolucionaria del proletariado y es totalmente independiente de la coyuntura política que nos asedia cada momento.

El protagonista de todo este periodo de reconstitución ideológica del comunismo no es el grueso de las masas de la clase, sino sus elementos más avanzados. La vanguardia marxista-leninista es el punto de partida del proceso histórico de Constitución del Partido Comunista en México, núcleo histórico de formación de estrategas revolucionarios del proletariado siempre abierto a su desarrollo cualitativo. Entonces, como hemos dicho, la primera tarea del obrero comunista pasa por su formación teórica mediante el Balance del Ciclo de Octubre y la Lucha de Dos Líneas como fundamento necesario de la acumulación de fuerzas de vanguardia y basamento para ahondar en los requisitos, medios y objetivos del plan de reconstitución.

Ante estas urgentes tareas que se plantean a los comunistas consecuentes, los elementos de vanguardia nada tienen que hacer participando en la farsa electoral burguesa, su energía entera debe estar concentrada en re-situar al marxismo-leninismo como la teoría de vanguardia que es, única ideología capaz de desarrollar la revolución contra la burguesía y Constituir el Partido Comunista en México para culminar su proyecto emancipatorio.

El Movimiento por la Reconstitución, en todos los lugares del mundo en que se desarrolla, defiende la consigna del boicot ante la farsa electoral. Pero nuestra consigna es boicot por la autonomía del comunismo, por su reconstitución. Un boicot que busca deslegitimar al Estado burgués; boicot que emplaza a la vanguardia a desarrollar y profundizar sus planteamientos teóricos e ideológicos, entendiéndolos como paso necesario e ineludible para la realización de su práctica revolucionaria; boicot que llama a la vanguardia a reflexionar hondamente en los instrumentos y condiciones para la destrucción violenta del Estado burgués; boicot que interpela a la vanguardia sobre los planteamientos más profundos de la problemática ideológica y política que en el porvenir, y a través de su Lucha de Dos Líneas, conduzca a la edificación de ese Programa de construcción de Nuevo Poder mediante el cual el proletariado revolucionario armado conquiste el poder completo a través del despliegue de su Guerra Popular y de la construcción de sus Bases de Apoyo, desechando y aplastando el engaño de aquellos revisionistas que ofrecen “conquistar el poder” a través de representantes gubernamentales o parlamentarios, por muy roja que parezca su bandera.

Las fuerzas marxistas-leninistas organizadas en torno a la Línea de Reconstitución tenemos la obligación de constituirnos en magnitud política operativa, en verdadero referente de vanguardia capaz de afrontar con mayor profundidad el balance del Ciclo de Octubre en Lucha de Dos Líneas contra el revisionismo, disputándoles la hegemonía de la vanguardia directamente.

Como podemos observar, las tareas de los comunistas son claras y nada puede aportarles la participación electoral que no sean desviaciones y tergiversaciones, así como mostrar erróneamente a las masas proletarias un intolerable respeto por la legalidad y la institucionalidad burguesas.

Finalmente, hacemos nuestras las palabras de los camaradas del Comité por la Reconstitución:

«Allí donde el Estado burgués sólo se atreve a llamar a la puerta si es con sus hordas represivas por delante; allí donde se hacinan, exentas de cualquier prejuicio democrático y civilizado, las masas más hondas y profundas del proletariado; allí donde la farsa electoral de la burguesía no encuentra cómplices para su victoria. Serán estos sectores de nuestra clase, marginados y repudiados por todos esos supuestos comunistas que hoy intentan engañarles con el voto –¡como si el proletariado no supiese quién está en su trinchera!–, quienes se organicen en torno al Nuevo Poder –y contra el Estado en cualquiera de sus formas–, e implantando la única democracia de masas, la Dictadura del Proletariado, y asiendo sus vidas y su futuro como nunca antes habrán hecho, les dirán a demócratas y fascistas que su imperio de miseria estará tocando a su fin».

¡Abajo la farsa electoral, el revisionismo y el Estado burgués mexicano!

¡Ni un voto obrero en las urnas!

¡Avancemos en la construcción del referente de vanguardia marxista-leninista!

¡Por la Reconstitución ideológica y política del comunismo!

Unión de Lucha Proletaria

Junio de 2024

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