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Capítulo I: El día que nació Muñe Muñe

Era el 29 de julio de 1958.

Harold Cateriano · 2025-10-29 00:56 · 0 claps · 4.1 min read
#amor-incondicional #recuerdos #luz #despedida #espiritualidad
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Capítulo I: El día que nació Muñe Muñe

Era el 29 de julio de 1958.

El mundo giraba con una música nueva, con motores encendidos y banderas ondeando. Ese día, los diarios comentaban los retos del segundo mandato de Manuel Prado. En Cuba, la revolución avanzaba en silencio entre las sombras del monte. En Francia, Charles de Gaulle acababa de regresar al poder y trabajaba en una nueva Constitución que transformaría la República. Y en Estados Unidos, nacía la NASA: ese mismo día, con la firma de una ley que apuntaba directo a las estrellas.

En las radios del mundo, tres canciones parecían marcar el ritmo de la jornada. Volare, de Domenico Modugno, flotaba en el aire como una promesa azul. Hard Headed Woman, de Elvis Presley, rugía con juventud y rebeldía. Y en algún rincón del Perú, Chabuca Granda componía versos con olor a madera y río, dándole voz al alma criolla con palabras que parecían brotar del corazón de una plaza antigua.

Ese mismo día, en una casa tranquila del sur andino, entre el canto de los gallos y el vapor del desayuno, nacía una niña llamada Carmen Rosa.

Fue la tercera hija de Antonio Paredes y Francisca Gordon. Aunque vino al mundo en Andahuaylas, su verdadera historia comenzó poco después, cuando la familia se instaló en Cusco. Fue el inicio de una vida entre montañas milenarias, templos de piedra y cielos infinitos. En esa ciudad antigua y viva, donde el tiempo se mezcla con la fe, el polvo y la memoria, Carmen Rosa creció. Y con ella, su historia.

Cusco fue su infancia.

Y su infancia fue luminosa.

Los días comenzaban con el canto de los gallos y terminaban con el último suspiro del sol sobre los tejados rojizos. Corría entre los campos, se trepaba a los árboles como si los conociera desde antes de nacer, se daba volantines y volvía a casa con los cabellos despeinados de tanto reír. No se despegaba de su madre: la seguía, se colgaba de su ropa, se aferraba a su falda con esos pasitos cortos que solo dan los primeros años.

Su padre, Antonio, solía contar una historia que parecía sacada de una película. Años atrás, viajando por el río Ucayali rumbo a Requena — en medio de la selva espesa y el canto de los pájaros — tuvo un sueño. Navegaba por la corriente lenta, echado sobre una hamaca, cuando se durmió y la vio: una mujer de rostro sereno y ojos profundos. No sabía su nombre, pero su imagen quedó grabada como una visión.

Tiempo después, al llegar a Requena, la reconoció de inmediato entre la multitud del puerto. Era Francisca, la mujer del sueño. Tenía la elegancia natural de quienes no necesitan adornos, y una belleza suave, limpia, como traída por el viento del Amazonas. Su cabello oscuro, su porte firme y su sonrisa discreta bastaron para que Antonio comprendiera que el destino no siempre habla con palabras: a veces llega en silencio, como un susurro entre sueños y aguas cálidas.

Días más tarde, ya en tierra firme, entró a una tienda cualquiera… y allí estaba. Francisca. Preguntó por ella y le dijeron que venía de una buena familia, que regresaba de un viaje a Brasil. Antonio tenía otros planes — iba a ser cura — , pero los planes, cuando el destino habla, se vuelven pequeños.

La familia fue creciendo. Fueron ocho hermanos al final, y Carmen Rosa, en medio de todos, fue siempre la más traviesa, la más graciosa, la que hacía reír incluso cuando se portaba mal. Sus juegos eran una mezcla de picardía e imaginación. Compartía aventuras en el campo, peleas pequeñas y reconciliaciones instantáneas, panes calientes a la hora del té, cuentos bajo la frazada y carreras para ver quién llegaba primero al río. La casa era modesta, pero estaba llena de risas.

Terminó el colegio con ese espíritu libre que nunca se le fue. Más adelante, la familia se trasladaría a Arequipa. Y allí, en esa ciudad blanca de cielo despejado y volcanes vigilantes, nacerían sus grandes amores: sus hijos, luego sus nietos… y, por supuesto, el rocoto relleno.

(Pero no nos adelantemos. Esa historia — la de su hogar, su familia, sus días más hondos — merece ser contada con calma. Y lo haremos más adelante.)

Por ahora, basta con saber que todo comenzó aquel día:

el 29 de julio de 1958.

Mientras Modugno cantaba al cielo, Elvis agitaba el suelo y Chabuca componía al Perú, Carmen Rosa — la Muñe Muñe — abría los ojos por primera vez.

Y con ese gesto callado, el mundo — al menos nuestro mundo — se volvió un lugar más cálido, más humano, más lleno de luz.

Porque con ella, empezó todo.

Y aunque no lo supiera aún, estaba destinada a ser inolvidable.

Una mujer que cruzaría inviernos y primaveras, que dejaría su voz en las risas, su amor en los abrazos y una estela de luz en todos los que la conocieron.

Fue madre, hermana, amiga, refugio.

Esa presencia capaz de cambiar la temperatura de una habitación con solo entrar.

Y sin quererlo, sin buscarlo, impactó muchas vidas para siempre.

Como un fuego suave que nunca se apaga.

Como una canción que, aunque no suene, sigue vibrando adentro.

Pero esa parte, también, la contaremos más adelante.

Con la misma calma con la que uno recuerda lo que más ha amado.

Hoy es 29 de julio otra vez, y por primera vez, la celebramos sin ella. No hay abrazos ni llamadas, no hay flores que ella pueda oler ni canciones que podamos cantarle al oído. Solo queda el eco de su risa, que aún resuena en cada rincón donde fue feliz. Este primer cumpleaños sin su presencia duele con una ternura inexplicable, como duele el silencio después de una canción que amábamos demasiado. Pero también es un día de gratitud: porque la tuvimos, porque nos dejó tanto amor que sigue floreciendo, porque su forma de querer — tan suya, tan completa — aún nos abraza desde algún lugar donde el tiempo ya no duele. Hoy, el mundo vuelve a girar… pero lo hace más lento, más suave, como si también la recordara. Feliz cumpleaños, Muñe Muñe. Hoy, más que nunca, te sentimos cerca


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