← Back to list

Subterraneo

Julieta se despertó de repente. El golpe del tren frenando en el andén le sacudió el cuello como si alguien la hubiese golpeado…

Guido Celie · 2024-12-27 22:49 · 0 claps · 7.0 min read
#buenos-aires #argentina #subte #charlie
Open on Medium ↗
Wiki topics: 📊 · Economic Policy

Subterraneo

Julieta se despertó de repente. El golpe del tren frenando en el andén le sacudió el cuello como si alguien la hubiese golpeado lo suficientemente fuerte para asustarla. Se bajó tranquila y, entre el mar de gente de la estación de Retiro, pudo sentir cómo los pensamientos mermaban dentro de su pecho. Saltó el molinete justo frente al guardia que no había creído sus razones, ciertas o falsas, de porqué no tenía su tarjeta sube.

El olor de la calle le recordó por vez primera lo lejos que estaba de su casa, del mar y de su amor. Pensó de nuevo, igual que lo había hecho en el tren, que esa iba a ser la última vez que se tomaba el tren azul para volver de zona sur, aunque no sabía bien el porqué. Todo parecía estar bien cuando se despedía de su novio del que, por el sol penetrante de un domingo en la ciudad y el ruido hidráulico de los colectivos, ya casi no podía recordar su cara.

Estaba intentando dejar de fumar, así que camino hasta la boca del subte. Al final de la escalera, apenas se abrió ante sus ojos la estación fluorescentemente iluminada, vio llegar dos unidades y corrió despacio hasta el molinete, a pesar de que sabía que no iba a perder ninguna de las dos. No saltó el molinete.

Los guardias trajeados del subterráneo la miraron como si fuese una estatua que había cobrado vida. Julieta todavía no se acostumbraba a nada de su aspecto, ni a usar maquillaje ni a tener el pelo así de corto. A su novio sí le gustaba y se lo hacía saber. Una vez por mes la esperaba asomándose por la ventana de su casa hasta que la veía doblar la esquina, y antes de que ella llegara a la puerta, él ya estaba detrás de la misma, mirándola por entre las rejas de la ventana que adornaba la entrada.

Julieta recordaba bien esa situación mientras subía al primer vagón del subte y, a pesar de tener todos los asientos disponibles, comenzaba a caminar por el pasillo formado por asientos hasta el último vagón, esquivando las piernas y los bolsos de la gente, pensando en verse distraída aunque sabiendo bien por dentro que pensaba en todas las personas que la estaban mirando.

Sentada con su mochila en las piernas y tambaleándose por el movimiento del subte, volvía a pensar en su novio, en su cara apenas recordable y en sus dientes. Él tenía las paletas separadas y muy distintas entre sí, las odiaba pero a Julieta les encantaban, o eso decía al menos. La verdad es que muy por dentro le daba igual si su novio tenía dientes, o pelo, o si siquiera fuese realmente un hombre. La verdadera preocupación de Julieta era entender porque cada vez que volvía de su casa, al menos en los últimos 5 meses, presentía de nuevo que era la última vez que iba a ir hacia allá. A veces fantaseaba con su muerte, no la de ella si no la de su novio, e intentaba imaginar que tanto sufriría y si de verdad le importaría tanto que él no se despertara al otro día. El sentimiento de contradicción le inundaba el alma cada vez que pensaba en que hacía 45 minutos le decía, mirándole a los ojos, que era el amor de su vida, y que era verdad.

Llegó a la estación, combinación con la línea H del subte, y recorrió los pasillos como impulsada por el viento que dejaban las unidades al retomar su recorrido, y que levantaban los diarios arrugados, los papeles de caramelos y las colillas de puchos. Se sentó en el mismo lugar que el mes pasado, y hasta sintió que era el mismo vagón y la misma gente que la acompañó en su anterior viaje. Sacó un cassette de su mochila y lo miró de cerca. Los círculos de cinta magnética eran exactamente del mismo tamaño. Sacó una lapicera azul y la introdujo en el agujero izquierdo del casete. La giró, pero nada dentro del mecanismo se movió. Saco otra lapicera; esta vez era marrón, del mismo tipo, pero estaba decorada con gruesas capas de porcelana fría. La introdujo en uno de los agujeros del casete, la levantó al lado de su cabeza y empezó a hacer rotar el objeto rápidamente ante la mirada de los pasajeros, nostálgica de algunos y absurda de otros. Continuó durante unos 2 minutos y cuando miró el casete apenas se notaba diferencia entre ambos círculos de cinta. Pensó en por qué su madre le enseñó a rebobinar los casetes de esta manera si era una forma absolutamente histriónica y poco conveniente. Giro con sus dedos la lapicera hasta que vio toda la cinta acumularse en un solo lado del mecanismo. Lo puso dentro del walkman y apretó el botón de reproducir. Un relator de fútbol explotó en sus oídos como si fuese el disparo de un arma. Ella no reaccionó y recordó que su novio, que nunca antes había visto un walkman y lo trató como si fuese un juguete, había dejado el volumen al máximo y la radio FM sintonizada. Deslizó el interruptor a la opción de Tape y comenzó a sonar “Yo no quiero volverme tan loco”. Había rebobinado el lado B del casete.

El subte terminó su recorrido en la Facultad de Derecho y toda la gente se bajó. Julieta, sintiendo sus huesos hundiéndose en el asiento de plástico y tela, miraba fijo el cartel que indicaba el recorrido y todas las estaciones. Por el precio del boleto no le molestaba recorrer de principio a fin todas las vías que conforman la línea, así que se quedó en su lugar. La gente inundó apenas el subte y a ella le pareció que eran exactamente las mismas personas que se habían bajado. Un chico que parecía de apenas 8 años le dejó en la pierna una estampita de la virgen con la leyenda “10$” pegada en una esquina. Cuando el chico volvió, lo miró a los ojos mientras se la devolvía. Él levantó la cabeza hacia adelante, pero parecía mirar a través de la chica. Julieta siempre intentaba mirar a los ojos a las personas que vendían cosas en la calle o pedían plata; tenía la preocupación moral de hacer sentir a esas personas como si no existieran. Aunque esta vez ella fue la que se sintió invisible.

A pesar de su firme voluntad de mirarlos a los ojos, ella nunca compraba o le daba plata a nadie. No es porque no tuviera o no le importara; tampoco estaba muy segura de por qué nunca lo hacía. La única vez que lo hizo, o al menos que lo recordara, fue a un chico sobre calle Corrientes. El chico vino y le preguntó si no le sobraba cambio para tomarse el tren y le contó todo su día. Era de zona oeste y había venido a tirar currículums a Capital, pero entre el boleto del tren e imprimir los curriculum se había quedado sin plata y no tenía cómo volver. Julieta le creyó a medias, abrió la billetera y le dio 100 pesos. Al otro día, Julieta le contó la anécdota a una chica con la que salió a tomar algo, pero terminó sintiendo que la contaba intentando hacerse ver buena persona y ahora recordarlo le traía un gusto amargo. La cita fue corta y rara. Estuvieron 50 minutos intentando decidir dónde sentarse. La chica era rubia teñida, con la piel palida y las cejas finas. Ninguno de los rasgos de su cara eran suficientemente memorables como para hacer una descripcion rapida. Al final, Julieta se tomó una cerveza y la chica un jugo de naranja, porque eran las 4 de la tarde. Charlaron mucho y eventualmente se dieron un beso, enfrentadas en un banco con las piernas de cada lado del mismo. Apenas despues del beso, la chica se rio y le reprocho que estaba sentada muy lejos. Habían pasado ya 5 años y Julieta se seguía acordando solo de dos cosas: el olor a avellana que tenía el pelo de esa chica y la duda que le sembró el último beso que le dio antes de tomarse el colectivo y de no volver a verla nunca más.

Julieta se perdió tanto en sus pensamientos que no se dio cuenta de que el subte había parado dos veces más en la Facultad de Derecho, y boton de reproducir del walkman hacia rato que habia saltado. Cuando recobró el sentido de la realidad, el subte estaba frenado en la estación de su casa, así que se bajó, abandonando el aire helado del subte, para hundirse en la calle. Eran las siete y cuarenta de la tarde de un día raro de un diciembre raro. Hacía 23 grados y Julieta caminaba debajo de los árboles entre las baldosas rotas. Todavía era de día, así que no le preocupaba tener que caminar varias cuadras largas hasta su casa. Le gustaba decir “casa” a pesar de que vivía en un departamento sin balcón.

Ya habían pasado 3 horas desde que había salido de la casa de su novio y parecía que su mente ya estaba un poco más clara. Ahora se daba cuenta de que el pasado noviembre también había caminado por la misma calle, combinado el mismo subte, sentido el mismo sol y saltado el mismo molinete. Empezaba a acordarse, cansada, de la cara de su novio, de sus cejas despeinadas y de las pecas que tenía en un solo lado de los pómulos. Empezaba a acordarse de su cita con esa chica, de cómo se vieron en Plaza Francia, o Plaza Holanda, no se acordaba muy bien, y cuando le preguntó si había tenido herpes alguna vez. Cada vez menos adormecida pero más preocupada, abrió la puerta de su edificio, subió los 7 pisos en ascensor y abrió la puerta ya sabiendo todo lo que se iba a encontrar. La invadió el olor a pis de gato propio de una casa con tres animales, olor al que uno se acostumbra a los 15 minutos de estar en el ambiente y que los invitados tienen vergüenza de hacerlo notar.

Julieta se miró en el reflejo del microondas, se tocó la cara y se apretujó la piel, haciendo volar partículas de maquillaje. Llamó a su novio a su celular y la atendió rápido. Le dijo que en enero no iba a ir a su casa, ni nunca más. Con pocas explicaciones le cortó el teléfono y buscó entre sus contactos a la chica con la que había salido hace 5 años. La llamó 3 veces y nunca la atendió. A la cuarta vez, escuchó un teléfono descolgándose y la voz entrecortada de un chico joven preguntando quién es. Julieta se preguntó quién tenía teléfono fijo hoy en día y cómo ella no se había dado cuenta de que no estaba llamando a un celular. Le cortó la llamada apenas pudo. Julieta, otra vez, recordaba cómo hace 3 horas y 45 minutos le decía a su novio, ahora ex, mirándolo a los ojos, que era el amor de su vida.


메타데이터
post_id
a9997dbe715a
slug
subterraneo-a9997dbe715a
url
https://medium.com/@gcelie707/subterraneo-a9997dbe715a
canonical_url
https://medium.com/@gcelie707/subterraneo-a9997dbe715a
author_url
https://medium.com/@gcelie707
status
ok
fetched_at
2026-07-21 12:47:27