← Back to list

Tus padres, lejos, preparando un cóctel

24/02/2022–05 A.M

Clara Nuño · 2022-03-24 00:43 · 5 claps · 4.8 min read
#ucrania #rusia #guerra #civile #pandemia
Open on Medium ↗

Tus padres, lejos, preparando un cóctel

Varsovia, 2021.

Varsovia, 2021.

24/02/2022–05 A.M

La guerra comenzó en la madrugada del día de tu cumpleaños. No lo sueles celebrar, no lo haces nunca, y yo siempre estoy intentando hacerte un regalo que te guste. Es muy difícil, casi nunca acierto. Este año has cumplido 22 y es a ti, que estás a mi lado, a quien le escribo esta carta. Aunque en realidad es para ella.

Nosotros no conocemos el horror, aunque lo veamos constante -a ratos- por la televisión. La que nos tocó más cerca, en nuestro continente, comenzó en 1991. Yo no existía, tú tampoco. Yo podría haber sido una de esas niñas pequeñas con mofletes que, en mitad del conflicto, con su peluche y su abrigo rosa huye en brazos de su madre. Las dos solas, porque los hombres, ahora lo sabemos, siempre son secuestrados para luchar por su país. O para convertirse en carne picada. O ambas cosas.

Yo podría haber sido una de esas niñas con mofletes, cualquiera podría haberlo sido. Tú, de haber sido nosotros otros, podrías no haber nacido. Pero lo hiciste. Naciste un año antes de que acabase todo. Y lo hemos conocido en libros, películas, reportajes y algún juicio tardío retransmitido en magacines y telediarios. Todo lo que no hemos vivido es historia, un cuento de cosas increíbles que parece que no pasaron, convertidas ya en literatura. Aunque la ficción, a veces, habla más sobre la realidad que las noticias. Hoy, sin embargo, todo son noticias.

Te he hablado muchas veces de A., la última vez que nos vimos fue en verano. Agosto. Yo estaba de vacaciones, de visita, recorriendo los lugares donde nos conocimos hace casi seis años. Ella una inmigrante, yo una estudiante de Erasmus. Una española de 20 años, una ucraniana de 19. Nos lo contábamos todo entonces. Nos hemos contado muchas cosas hasta hoy.

Me dijiste, A., que te fuiste de casa con 17. Yo también, a cien kilómetros de la mía, a la universidad, a una ciudad grande, con ilusión. Tú a otro país, con otro idioma, sin billete vuelta. Ambas para estudiar.

El idioma no fue difícil. Era parecido, tenía las mismas raíces y tú eras bilingüe de nacimiento porque allí la mayoría también habla ruso. Esta sería una tercera lengua y, con el inglés, llegaste a las cuatro. Lo difícil, decías, fue la adaptación. No conocer a nadie, saber que era una marcha forzosa, que tus padres y tu hermano pequeño se quedaban allí.

Me hablaste de tu pueblo, cerca de la capital, y de los problemas de la frontera. Entonces los informativos habían puesto el foco en la disputa por el oleoducto y tú contabas cómo los jóvenes os ibais en masa. Me contaste que habías conocido ya la muerte. Yo también, la de mi abuela paterna. Tú la de un amigo un par de años antes, joven y en el frente. “Mueren diez personas al día luchando en la frontera”, dijiste. Tenías el semblante grave de los que se han hecho adultos de golpe. Un gesto que a mí -la mayor de las dos- me llegaría mucho tiempo después, más suave.

Aquel año lo pasamos muy bien, apenas abandonada la adolescencia y con la voracidad por experiencias nuevas y gente nueva metida en el cuerpo. Luego se acabó y yo me tuve que ir. La mayoría de tus amigos de aquel año, el tercero que pasabas fuera de casa, regresó a sus países. Tú te quedaste allí.

Al siguiente viniste a Madrid a pasar unos días, salimos de fiesta, quemamos la ciudad. También fue divertido. Cuando te marchaste te tocó afrontar nuevos problemas. Los de los inmigrantes, los de los papeles. Para quedarte en Polonia necesitabas tener un visado y actualizarlo con estudios o trabajo, al menos uno de las dos, y estabas terminando ya la carrera. Necesitabas algo a lo que agarrarte.

No recuerdo muy bien lo que pasó entonces. Muchas veces reconstruimos la memoria en torno las historias que (nos) vamos contando. El caso es que te pasó algo. Una traba burocrática, un documento que se retrasa, una carta que no llega a tiempo. Y te quedaste atrapada. No te echaban de Polonia, pero no podrías salir hasta que se solucionase o no te dejarían entrar de nuevo. La situación duró un año entero. Doce meses sin poder volver a casa. Aunque para entonces el concepto de hogar había comenzado a diluirse para ti. “No sé si quiero volver”, contabas con el desarraigo de los que están entre dos tierras. Echabas mucho de menos a tus padres, a tu hermano, pero ya habías comenzado a construir en otro sitio.

Nosotros, la gente corriente, nos podemos pasar largas temporadas sin salir del país. Yendo de vacaciones al mismo pueblo costero o haciendo turismo barato de interior en verano. Es normal y casi no te das cuenta de cuánto llevas sin salir. Tú, quizá, ni siquiera habrías querido marcharte durante el tiempo que no pudiste. Pero el no poder hacerlo siempre lo cambia todo.

Pienso en la última vez que nos vimos. Fue en verano, agosto. Ambas nos habíamos cortado el pelo a ras de mandíbula, nos reímos de la coincidencia. Rebanar la melena para desprenderte de los restos; la melaza pegajosa del rastro de las mascarillas, la visión de las manos cuarteadas por el desinfectante y la angustia por lo que se cercenó a medias. Todo lo que podría haber sido diferente si las cosas no hubieran ocurrido así.

Salimos, bailamos, vistamos a viejos amigos, hicimos nuevos. Nos olvidamos un poco de la pandemia con la irreverencia que da el hastío. Bebimos bimber. Me llevaste a tus nuevos lugares de siempre. Me dijiste, “el año que viene vamos a casa, tienes que conocer Kiev”.

Lo que pasó después todo el mundo lo sabe. Las cosas se pusieron serias a medida que el año llegaba a su fin. Los tanques se acercaban a la frontera, las televisiones especulaban, los periódicos especulaban, nosotras especulábamos. En enero me dijiste que tu madre había ido a hacer unas pruebas para apuntarse a la milicia voluntaria. “Por si acaso”. Acababan de modificar las leyes de la armada que, hasta entonces, restringían la actividad militar a los hombres. “Lo que más me asusta”, decías, “es que mis padres me han dicho que, si pasa algo, ellos van a quedarse a luchar”.

Era una pesadilla, una gran provocación, nada más.

Aquella mañana no supe cómo dirigirme a ti. Desde hace un mes ya no sé cómo hablar contigo. Ese día te escribí un mensaje, el único que fui capaz de articular. “Lo siento, lo siento muchísimo”. No me contestaste. Era el cumpleaños de mi hermano pequeño, en casa comimos tarta.

Lo hiciste días después: “Mis padres están preparando cócteles molotov”. También habían buscado un refugio al que ir en caso de bombardeo. Habían comenzado a vivir en un sótano. Y tu hermano, un crío, estaba con ellos. ¿Qué le respondes a alguien que te dice algo así?

Yo escribo “te quiero” de manera compulsiva en la pantalla del móvil mientras espero que no me llegue un mensaje que diga “hoy me he quedado huérfana”.

Las guerras, todas, son de los civiles.

(Este artículo ha sido escrito con el consentimiento de A., una de las personas más brillantes que conozco. También una de los millones de personas cuyas vidas han sido agujereadas por el conflicto bélico)


메타데이터
post_id
a9d7e5d3d2a5
slug
tus-padres-lejos-preparando-un-cóctel-a9d7e5d3d2a5
url
https://medium.com/@claranunogomez/tus-padres-lejos-preparando-un-c%C3%B3ctel-a9d7e5d3d2a5
canonical_url
https://medium.com/@claranunogomez/tus-padres-lejos-preparando-un-c%C3%B3ctel-a9d7e5d3d2a5
author_url
https://medium.com/@claranunogomez
status
ok
fetched_at
2026-07-27 08:50:10