Estaba en una ciudad parecida a Mónaco, con mis compañeros del colegio, y buscaba algún lugar que…
Encontraba una tienda que parecía más bien un puesto de feria, muy pequeño y abarrotado. Estaba lleno de tarjetas de cartulina, de esas que…

Estaba en una ciudad parecida a Mónaco, con mis compañeros del colegio, y buscaba algún lugar que vendiese tarjetas SIM con internet para el teléfono.
Encontraba una tienda que parecía más bien un puesto de feria, muy pequeño y abarrotado. Estaba lleno de tarjetas de cartulina, de esas que se abren como un libro de una sola página, como una tarjeta de cumpleaños o de felicitación. Había miles, perfectamente ordenadas una al lado de la otra, algunas apoyadas y otras colgando del techo. De alguna manera, esas tarjetas eran las tarjetas SIM que vendían para tener internet en el celular.
Compraba una y, cuando quería reencontrarme con el grupo del colegio, no los encontraba.
En su lugar caía en una especie de sala oscura, donde había un montón de jóvenes de mi edad. En el sueño tendría 16, 17 años. Todos parecían estar petrificados.
Entonces aparecía otro personaje, aunque no se dejaba ver demasiado. Era más bien una presencia demoníaca. Los jóvenes empezaban a morir. Esta presencia los iba asesinando uno por uno.
De alguna manera entendía que todos los que estaban sobre el piso negro podían ser detectados por la presencia y asesinados. Yo, en cambio, estaba más o menos protegido porque estaba bajo una sombra. Aunque esto tampoco me dejaba mucho más tranquilo.
Quería defenderme. Intentaba pensar algún ataque contra esa presencia, alguna forma de vencerla, pero no podía.
Hasta que todos los otros jóvenes estaban muertos.
Era el único que quedaba con vida en la sala.
En un momento hacía algo que conseguía petrificar a la presencia. Caía con fuerza contra el piso y pensaba que finalmente iba a poder escapar.
Pero no.
Lo último que entendía, lo último de lo que tenía conciencia, era que esa misma presencia nos hacía creer que teníamos autonomía y esperanza hasta el último minuto. Pero cuando llegaba nuestra hora de morir nos dábamos cuenta de que nunca había habido ninguna esperanza. Que había sido una ilusión.
Y no solo eso. También descubríamos que habíamos estado petrificados toda la vida, aunque creyéramos estar en movimiento. Creíamos que teníamos voluntad propia, que elegíamos, que tomábamos decisiones. Pero era todo una ilusión.
En realidad habíamos estado siempre petrificados, sin posibilidad de elegir nuestros movimientos, de escapar, de vencer a esa presencia. Sin verdadera autonomía, sin siquiera poder tomar las decisiones que quisiéramos.
(Los últimos tres sueños que tuve están relacionados, de una manera u otra, con la quietud o la petrificación. Me despierto pensando en la frase o el verso de Cesare Pavese, destacado suicida, “Me hallará la muerte”.)
메타데이터
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