El presidente y Devo
It’s a wonderful time to be here It’s nice to be alive Wonderful people everywhere The way they comb their hair Makes me want to say
El presidente y Devo
It’s a wonderful time to be here It’s nice to be alive Wonderful people everywhere The way they comb their hair Makes me want to say
It’s a wonderful place It’s a wonderful place It’s a wonderful place
For you For you For you
“It´s a beautifull world” Devo (1981)
El miércoles por la noche estuve en el Centro Asturiano de Madrid. Se presentaban las memorias de Pedro de Silva: Lo que queda a la espalda, un diálogo con César Iglesias (TREA, 2025). Empiezo así de simple por diferenciarme de la prosa que abruma cuando se refieren al personaje. Busquen reseñas y encontrarán arquitectura barroca: frases largas, elogios y nostalgia.
Rodeaban a Pedro de Silva (Xixón, 1945) amigos con biografía: exministras como María Luisa Carcedo y Matilde Fernández, el ex secretario general de la OTAN Javier Solana, y un centenar largo de asistentes dispuestos a escuchar la historia de un libro de casi mil páginas y cuatro libras de peso. Tres años de conversación guiada por Iglesias, que tiró de documentos y memorias ajenas para reconstruir una trayectoria que es, en parte, la de Asturias.
Acercarse al volumen implica asomarse a una transición doble, política e industrial, contada por alguien que quiso ser arquitecto del acuerdo y no siempre lo consiguió, como casi ninguno conseguimos nada nunca. Con pragmatismo, y también con ambición, De Silva aunó voces alrededor del interés general. Hoy eso suena casi arqueológico. El libro nace, además, de una incomodidad física: la sensación de que internet borra el pasado. “Busquen noticias anteriores a 1994 y verán el vacío”, dijo. No es una metáfora; es un diagnóstico.
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, abogado y presidente, De Silva pertenece a esa estirpe de políticos que entendieron el consenso como herramienta. Gustavo Suárez Pertierra recordó en el acto que aquel consenso “además de constructivo es, en parte, servidumbre”. Basta abrir hoy los periódicos para comprobar que la Constitución del 78 vive interpretaciones que incomodan a quienes la pensaron. El acuerdo, con el tiempo, también pesa.

Gustavo Suárez Pertierra en el acto.
El libro nos muestra a un librepensador que convive/sobrevive con sus contradicciones como un valor clave. Además nos regala algunos consejos prácticos interesantes “no entendí que se pudiera gestionar bien el poder a la vez que controlar el partido. Nunca quise ser Secretario General del PSA, creo que entorpece la visión de quien gobierna” Aviso a navegantes.
Pasan por su relato con elegancia cada uno de los protagonistas con los que coincidió, pero no deja lugar a la tibieza, como cuando se refiere a sus desavenencias con Felipe: “Los pactos deben ser cumplidos. Tenía un pacto autonómico que se formalizó en un Estatuto de Autonomía y dicho pacto no se cumplió por quienes tenían la obligación de cumplirlo. Yo no pude hacerlo con los asturianos”.
El mundo en el que De Silva construyó su visión de Asturias ya empezaba a deshacerse. España, sin embargo, vivía otra cosa: descongelarse tras cuarenta años obliga al optimismo. Mientras aquí estrenábamos democracia, fuera ya estaban cansados de ella. De algún modo, España entró en la modernidad cuando la modernidad dejó de estar de moda. Y la Asturias del 78 se pensó en ese desfase. Llegamos tarde a la fiesta. Y cuando entramos, ya estaban encendiendo las luces.
El propio De Silva lo vio pronto. En esta columna de El País de 1999, analiza el cambio de velocidad de la de-evolución que hoy nos tiene huérfanos de futuros y alternativas: “(…)pues otro rasgo del sistema superproductivista depredador, cuyo formato más acabado es el modo de producción socialdemócrata (tan diestro, además, en suministrar coartadas morales) es que la producción de saberes responde al mismo modelo superproductivista.”
No era una crítica al progreso, sino a su velocidad. El mundo aceleraba. La política seguía administrando inercias.

Pedro De Silva en la presentación de sus memorias en Madrid.
Lejos del Principado, un 4 de mayo de 1970 la Guardia Nacional de Ohio disparó contra estudiantes desarmados en la Kent State University que protestaban por la guerra de Vietnam. Entre ellos estaba Gerald Casale, que vio morir a dos de sus mejores amigos y describió aquel momento como la pérdida instantánea de cualquier inocencia política.
Tras el cierre del campus se refugió en Akron junto a Mark Mothersbaugh y otros estudiantes de arte; empezaron a trabajar con estética dadaísta, propaganda deformada y música electrónica rudimentaria para expresar la sensación de que algo se estaba rompiendo. De ese trauma tomó forma una intuición que Casale ya venía formulando con el poeta Bob Lewis: la “de-evolution”, la idea de que el progreso prometido por la posguerra y la sociedad de consumo no conducía a una sociedad más libre, sino más uniforme, más controlada y más desencantada. De ahí nacería Devo la banda y la teoría cultural surgida del colapso de una expectativa histórica.
[embed]Beautiful World, Devo (1981)
Gerald Casale lo explicaba aún más frío: “De-evolution es real. Está pasando a nuestro alrededor. Todo se vuelve más simple, más tonto, más controlado.” Lo interesante es que hablaba de simplificación como represión. La sociedad no se rompe; se aplana. Se vuelve más manejable. Más estable. Menos peligrosa.
En el libro no hay nostalgia revolucionaria, pero sí conciencia de ruptura. La Asturias industrial se transforma primero para mutar hacia los servicios después -atomización del poder, viene a decir De Silva en su texto- , y con ella desaparece una forma de conflicto que era visible, casi pedagógica. La política ha dejado de ser un pulso entre bloques para ser una técnica de amortiguación. El poder no se exhibe; se distribuye.
Volvía a casa en moto, escuchando la canción de Devo “Beautiful world” dentro del casco, hilándola con algunas de las puntadas dejadas por el autor de las memorias. En Devo hay una frase que funciona casi como método: “We weren’t trying to destroy anything. We were just pointing at what was already happening.” La socialdemocracia que aparece en el período transitivo tiene algo de eso: no promete redención, promete estabilidad. Es útil para las élites porque ordena y evita rupturas. Es aceptable para los de abajo porque garantiza una promesa de satisfacción. No entusiasma, pero funciona.
Tal vez el libro sea eso: una defensa de la complejidad en un tiempo que la sospecha. De Silva escribe para fijar matices antes de que desaparezcan, para dejar constancia de una vida pública hecha de lecturas, dudas, pactos, ambiciones y contradicciones. No hay épica, hay densidad. No hay consigna, hay memoria. Frente a un mundo que se vuelve más simple, más rápido y más predecible, estas páginas hacen lo contrario: ralentizan, complican, recuerdan. Como si escribir fuera todavía una forma de no volverse del todo estúpido.
메타데이터
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