La Silla 11A y el Murmullo del Azar: Meditación sobre el Sentido, la Suerte y la Sed de Patrones
Hace unos días, en algún rincón del mundo donde el cielo se volvió herida, cayó un avión. Solo uno sobrevivió. Iba sentado en la silla 11A…
La Silla 11A y el Murmullo del Azar: Meditación sobre el Sentido, la Suerte y la Sed de Patrones
Hace unos días, en algún rincón del mundo donde el cielo se volvió herida, cayó un avión. Solo uno sobrevivió. Iba sentado en la silla 11A. Veintisiete años antes, en otro desastre, en otro país, también sobrevivió alguien… en esa misma silla. La noticia giró como un susurro entre las ramas digitales, alimentando foros, titulares, exclamaciones. No tardamos en buscar allí un signo, un código secreto, una cifra con mensaje oculto. En algún lugar, alguien debió sentir un escalofrío. ¿Coincidencia o señal?
Y me detengo. Porque no es la silla, no es el accidente, ni siquiera la supervivencia lo que me inquieta. Es esa prisa por encontrar sentido. Esa sed antigua, tan humana, de que el universo nos esté hablando en claves. ¿Por qué buscamos patrones incluso donde no hay hilos visibles que los sostengan? ¿Por qué el alma — si es que aún la permitimos respirar entre ecuaciones y algoritmos — tiembla de esperanza ante un número que se repite?
He pensado mucho en eso últimamente. No como quien quiere resolver un problema, sino como quien se sienta junto a un fuego y deja que la leña arda con sus propias formas. A veces me pregunto si el pensamiento no es, en el fondo, una superstición refinada: ese deseo de que, al nombrar algo, lo comprendemos. Como si decir esto es fuera suficiente para tocarlo, vivirlo, disolverlo.
Recuerdo a Skinner y sus palomas, girando sobre sí mismas creyendo haber invocado al grano de maíz. Y pienso: ¿en qué nos diferenciamos? ¿Cuántas veces repetimos rutinas, frases, gestos, no porque funcionen, sino porque alguna vez coincidieron con un resultado favorable? Nos enamoramos y usamos la misma camisa del primer encuentro. Evitamos ciertos caminos tras una pérdida. Confiamos en objetos que nos “protegen”. Eludimos el piso 13 en los hoteles, aunque el vértigo esté en otro lugar.
Pero… ¿acaso es eso un error?
Tal vez no. Tal vez haya algo profundamente lícito — e incluso poético — en ese baile con el azar. No porque el azar obedezca, sino porque el alma necesita un lenguaje para nombrar lo innombrable. Cuando la lógica no alcanza, cuando la estadística no consuela, encendemos pequeñas velas en forma de ritual. Y nos arrodillamos, no ante dioses, sino ante la posibilidad de que todo esto no sea completamente indiferente.
Sin embargo, una brisa más sutil me roza la nuca. Hay una superstición más honda, más insidiosa: la que nos hace creer que la realidad debe tener sentido. Que hay un diseño. Un propósito. Una línea recta. Y me rebelo, en silencio, contra esa exigencia. ¿Por qué habría la existencia de justificarse? ¿Por qué no permitirle ser tan libre como el viento entre los árboles, que no pide permiso ni perdón?
A veces sospecho que lo más íntimo de nosotros — eso que no tiene nombre ni rostro — no busca la verdad como un destino, sino como un espejo donde reconocerse fugazmente. Buscamos patrones no por lógica, sino por hambre de pertenencia. Como si entender el orden oculto del mundo nos diera, por fin, una morada. ¿Pero qué pasa si ese hogar no existe? ¿Y si, en lugar de respuestas, solo hay espacio? ¿Y si el sentido no está dado, sino que se da, como una flor silvestre que nadie plantó?
El gato que se lame la pata en el umbral. La paloma que gira en su caja. El pasajero en la 11A. El niño que no pisa las grietas de la acera. El anciano que toca madera antes de abrir una carta. Yo mismo, sobando con disimulo la pared del avión antes de despegar, como si el roce de mi mano pudiera sostenerlo en el aire. Todos participamos, sin saberlo, de la misma coreografía: la de querer ser parte de algo más grande que nosotros mismos. Un movimiento antiguo, hecho de miedos, de intuiciones, de deseo de permanencia. Pero también, a veces, de libertad.
Porque si algo en mí se resiste a las supersticiones no es por su irracionalidad, sino por su necesidad de control. Por ese intento — tan humano — de domesticar el misterio. Yo, en cambio, quiero aprender a no saber. A vivir sin asegurarme. A mirar al abismo como a un lago sereno, no para entenderlo, sino para sentir su reflejo en mis ojos. Ser como el agua, que no necesita mapas para fluir.
Y así, vuelvo al comienzo.
A esa silla, ese número, esa coincidencia que se volvió leyenda breve. No niego su belleza. Me inclino ante el temblor que provoca. Pero no le rezo. No le suplico. Solo la miro, como se mira una nube con forma de rostro amado. Sé que se deshará. Sé que no era. Pero por un instante — por ese instante — algo dentro de mí se sintió acompañado.
Nadie pensó en los otros cientos de accidentes donde la silla 11A fue también una fatalidad. Donde no hubo milagro ni excepción, solo silencio. Pero basta con dos coincidencias — o tal vez una tercera, apenas visible en el horizonte — para que el número empiece a brillar con esa luz extraña que solo el azar, cuando se disfraza de símbolo, puede encender. Entonces, la mente proyecta. Sueña. Encadena. Tal vez mañana alguien subaste la “silla de la suerte”, como quien vende una reliquia. De la misma forma en que desapareció el piso 13 de tantos hoteles en Estados Unidos: no por lógica, sino por temor a que la lógica no lo explique todo. Así nace el mito: no del número, sino del hueco que deja lo incomprensible cuando pasa demasiado cerca.
Tal vez eso sea todo lo que necesitamos: no explicaciones, sino compañía en el misterio. Un silencio compartido. Una pregunta que no clausura, sino que abre. Como esta: si el universo no habla, ¿por qué escuchamos?
Y mientras me hago esa pregunta, otra me nace detrás, como un eco tímido:
¿Y si escuchar ya fuera una forma de crear sentido?
Tal vez la superstición no sea una trampa, sino un arte primitivo de los sentidos para seguir caminando cuando el suelo tiembla. Tal vez no se trate de creer o no creer, sino de aprender a mirar con ternura incluso lo que no comprendemos. Como si cada gesto supersticioso — como cada pensamiento — fuera una luciérnaga: breve, temblorosa, pero capaz de encender una noche entera con su mínima luz.
Y entonces, todo vuelve a comenzar. Porque, si algo he aprendido, es esto: que el pensamiento, cuando es verdadero, no concluye. Se curva. Se repliega. Se encuentra con su origen. Como la espiral de un caracol. Como una respiración profunda. Como el azar, que no sabe que existe, pero nos mira.
메타데이터
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