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Desde las ruinas del presente: una carta para lxs insurrectxs

Ayer, 25 de noviembre de 2025, recibí mi título de antropólogo. La fecha se inscribe como herida en el calendario: cinco años después del…

milo angel · 2025-11-26 20:39 · 1 claps · 4.5 min read
#aeu #usac #feminismo #disidencia-sexual #generacional
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Wiki topics: SOC · Sociology & Politics ✊ · Equality & Identity

Desde las ruinas del presente: una carta para lxs insurrectxs

Ayer, 25 de noviembre de 2025, recibí mi título de antropólogo. La fecha se inscribe como herida en el calendario: cinco años después del paroxismo pandémico que desnudó la fragilidad de nuestros pactos sociales, en medio de la maquinaria genocida que opera sin pausa en Gaza, Sudán, Congo; mientras el tecnofeudalismo esa mutación salvaje del capitalismo tardío, devora los últimos resquicios de lo común y convierte nuestros deseos en algoritmos, nuestras resistencias en datos extractivos. Y más: mi título porta la firma del innombrable, W. Mazariegos, esa rúbrica que condensa décadas de violencia institucional, de pedagogías del terror disfrazadas de tradición académica.

Tengo tanto que decir, tantas palabras que bullen como lava en la garganta, pero la energía para combatir ciertos espacios se ha agotado. Ahora comprendo con la lucidez melancólica que otorga la distancia que esos lugares serán ocupados por otres estudiantes. Llegarán a la sede de AEU con la misma perplejidad que yo experimenté años atrás, intentando descifrar las fronteras porosas, contradictorias, a veces hostiles de la organización estudiantil. Cartografiarán territorios que creíamos conocer, y sus mapas serán radicalmente distintos a los nuestros.

Hoy, frente a la manta conmemorativa de los 105 años de AEU, reconozco una verdad incómoda: no existe siglo que no geste, que no pare de parir nuevas formas de organización política. Y sin embargo, esta evidencia histórica se estrella una y otra vez contra el muro del conservadurismo militante, ese reflejo pavloviano que interpreta cada innovación como amenaza existencial, cada desplazamiento epistemológico como traición a un pasado glorioso que convenientemente nada tiene que ver con las “verdaderas luchas”.

Como si las luchas tuvieran una esencia inmutable. Como si no fueran precisamente procesos de transformación, metamorfosis constantes que responden a las mutaciones del poder. La añoranza reaccionaria por una militancia pura, despojada de las contaminaciones del presente, funciona como dispositivo de control: inmoviliza, petrifica, convierte la historia en museo y la política en liturgia.

Conservo en mi memoria, como quien guarda cicatrices, los comentarios en Facebook e Instagram cuando mi secretariado se atrevió a pronunciar ciertas palabras: feminismos, género, violencia sexual, disidencias sexuales, justicia, pueblos originarios. Cada término funcionaba como detonante, desencadenando avalanchas de violencia digital. En su mayoría, machitos y machitas, porque el patriarcado también se reproduce en cuerpos leídos como femeninos, nos recordaban desde la agresión lingüística que “nos debíamos al pueblo”, que la bandera de colores o el pañuelo verde eran parte de una “agenda progresista” extranjera, importada, ajena a las luchas “verdaderas”.

Pobrecitos, patéticos varoncitos atrapados en su fantasía viril de la revolución. Si supieran que sus exigencias ya no son lo que eran, que se han compostado en el sentido más literal y político del término. Las luchas, junto con la sangre derramada de tantas personas, estudiantes asesinades, activistas desaparecides, cuerpos precarizados hasta la muerte, tocaron la tierra. Y de esa mezcla química, de ese proceso de descomposición y recomposición, emergieron nuevas rabias, nuevas ideas, nuevos sentires. El abono de nuestrxs muertxs fertiliza insurrecciones que ustedes no pueden ni imaginar.

Les invito, y este es un desafío a que conozcan la sede de AEU. Les convoco a ejercer la valentía de la observación etnográfica: miren quiénes sostienen materialmente, corporalmente, afectivamente ese espacio. Descubrirán que somos las disidencias sexuales y las feministas quienes mantenemos vivo ese territorio de posibilidad. Precisamente nosotres, quienes llevamos el punto rojo del láser en nuestras frentes, marcades como blancos por los francotiradores de la ortodoxia.

Esta imagen no es casual ni retórica: es una descripción precisa de nuestra condición. Somos simultáneamente indispensables e ilegítimes, necesaries e indeseables, el sostén invisible que mantiene la estructura mientras se nos niega reconocimiento. Me pregunto, y esta pregunta atraviesa el tiempo en qué se parece nuestra condición a las condiciones de otres estudiantes en el pasado. Quizás en esto: cada generación porta consigo la incomprensión radical de los nuevos mundos que va construyendo. Cada época es opaca para quienes la habitan, y solo retrospectivamente se revela su sentido político.

Frente a los poderes que neoliberalizan la educación pública convirtiéndola en mercancía, en inversión individual, en dispositivo de endeudamiento perpetuo, frente a la ladinidad que se santifica mediante el costumbrismo “sancarlista”, ese habitus masculinista del siglo XX que fetichiza la cantina, la violencia homosocial, el desprecio por lo feminizado, hoy ustedes atestiguan su agonía.

Observan cómo mueren, cómo se compostan sus fantasías necropolíticas: ese deseo reprimido pero persistente de vernos tirades en el suelo, desaparecides, acribillades, acorralades. Querían para nosotres el destino que históricamente se ha reservado a los cuerpos disidentes: la desaparición física o simbólica, el silenciamiento, la muerte social. Pero nosotres nos negamos categóricamente a que ese fuera nuestro destino. Interrumpimos la cadena sacrificial. Rompimos el guion.

Algunes de nosotres fuimos sancionades, expulsades, encarcalades, “judicializades” (ese eufemismo burocrático para nombrar la persecución política) y algunes exiliades, forzades a abandonar el territorio para preservar la vida o la cordura. Mi solidaridad no solo va con ustedes, compañeres de trinchera, sino también con aquellas mujeres que abandonaron la universidad bajo el peso asfixiante del género y la costumbre.

Pienso en ellas: quienes dejaron sus carreras porque la maternidad impuesta, el mandato de ser “esposa”, “hija”, “mujer”, “nieta”, resulta insuficiente y simultáneamente demasiado cuando se trata de sostener una trayectoria académica. El sistema opera mediante una ecuación imposible: exige disponibilidad total mientras te asigna roles que consumen toda tu energía vital. Las expulsa mediante el agotamiento, mediante la culpa, mediante la incompatibilidad estructural entre cuidar y estudiar.

Me solidarizo profundamente con las disidencias sexuales que, ante el escrutinio permanente hacia nuestras existencias (ese ojo panóptico que nos vigila, nos patologiza, nos denuncia), simplemente deciden no continuar. No por cobardía, sino por autopreservación. Porque a veces la interrupción es la única forma de resistencia disponible.

Estudiar antropología y militar en el activismo estudiantil fue lo más hermoso que viví durante mis veintes. Conocí tantas personas que permanecen fijas en la memoria como constelaciones políticas, como cartografías afectivas. Aprendí tanto que ese conocimiento se volvió cicatriz: marca indeleble en el cuerpo, memoria somática de las batallas, evidencia de que sobreviví pero no salí intacte.

Las cicatrices no son metáforas: son epistemología. Conocimiento que se graba en la carne, que transforma la percepción, que te hace ver el mundo desde la herida. Y desde ese lugar lacerado, me entusiasma sobremanera intuir que algo se está pariendo. Nuevas formas emergerán del desgarro del presente, nuevas resistencias junto con sus conocimientos darán pie y energía al cuerpo colectivo que enfrentará las tormentas inéditas del colonialismo contemporáneo.

Porque el colonialismo no es pasado: es estructura que muta, que se adapta, que inventa nuevas tecnologías de dominación. Y nosotres, les herederes de tantas luchas inacabadas, estamos aquí para interrumpirlo, para hacerlo tartamudear, para fracturar su pretensión de inevitabilidad.

Hasta siempre, que no significa adiós, sino promesa de continuidad en otras formas, otros cuerpos, otras luchas.


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