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AEROPUERTO

El globo en el que vivimos parece tan inmenso que hemos tenido que construir enormes naves para recorrerlo y visitar lugares lejanos en…

Alexis Marin Solis · 2026-06-14 14:54 · 0 claps · 2.2 min read
#aeropuerto #humanidad #relato #respeto
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AEROPUERTO

El globo en el que vivimos parece tan inmenso que hemos tenido que construir enormes naves para recorrerlo y visitar lugares lejanos en menos tiempo. Hay algo particularmente emocionante en los aeropuertos: detenerse unos minutos y observar alrededor; es una de las cosas que más disfruto. Tantas culturas, colores de piel, idiomas distintos, músicas que apenas alcanzan a escapar de unos audífonos y todos reunidos en un mismo lugar.

Frente a mí descansaba una familia de cinco personas. Inferí que habían tenido que despertar temprano. Mamá y papá sostenían sobre sus piernas a los dos más pequeños mientras, con un gesto silencioso y familiar, recorrían sus cabellos como si intentaran regalarles unos minutos más de descanso. Sus vestimentas llamaban mi atención; tenían diseños y colores distintos a los que estoy acostumbrado a ver.

A un costado de ellos había dos lugares vacíos, en una fila de siete.

Pensé que pronto alguien los ocuparía.

Pasó una hora. Como suele ocurrir en un aeropuerto internacional, comenzaron a llegar más personas para esperar el abordaje. Mi fila terminó llena. Las bancas cercanas también. Algunas personas permanecían de pie; otras buscaban sentarse en el suelo junto a algún pilar para descansar la espalda.

Sin embargo, aquellos dos lugares seguían vacíos.

Sentí curiosidad. No parecía existir una razón evidente.

Miré el reloj.

Poco después una mujer se acercó a la banca. Revisó varias veces el boleto que sostenía en la mano, confirmó la hora y sonrió con alivio. Observó los asientos disponibles y tomó uno de los lugares vacíos.

Mientras se acomodaba, recorría con la mirada el flujo constante de personas, como buscando a alguien entre la multitud.

Finalmente encontró lo que esperaba.

Levantó la mano.

Minutos después otra mujer llegó hasta ella, se sentó a su lado, le dio un pequeño beso en la boca y recargó la cabeza sobre su hombro.

Fue entonces cuando ocurrió algo que hasta ese momento no había entendido.

La familia despertó a los niños que descansaban, tomó sus cosas y abandonó los lugares. Los seguí con la mirada intentando encontrar una explicación distinta. Caminaron unos metros hasta encontrar un espacio junto a una pared y se sentaron en el piso.

Me quedé observando la escena y pensé en lo extraño que resulta el mundo.

Hemos construido máquinas capaces de acercarnos entre continentes, atravesamos océanos, aprendemos idiomas y convivimos con personas cuya historia jamás conoceremos. El mundo es tan grande que uno pensaría que la distancia nos vuelve diferentes.

Y sin embargo, hay comportamientos que parecen repetirse en cualquier lugar.

A veces no importa el país, la lengua, la ropa o aquello que una persona diga creer; ciertas barreras aparecen exactamente igual, como si hubieran aprendido a viajar antes que nosotros.

Me pregunté cuántas veces hablamos de respeto cuando en realidad lo que esperamos es semejanza. Cuántas veces hablamos de aceptación mientras el otro no desafíe nuestra idea de cómo debería existir.

Y pensé que quizá valorar a una persona no tendría que ser algo tan complejo.

Quizá bastaría con reconocer que alguien existe frente a nosotros, aceptar que nunca entenderemos por completo su historia y aun así permitirle ocupar ese asiento vacío sin exigirle parecerse a nosotros para merecerlo.


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