Giros, certezas e infortunios para un 24 de febrero
¿De qué modo José Martí y otros líderes independentistas planearon los alzamientos del 24 de febrero de 1895, el inicio de la llamada…
Giros, certezas e infortunios para un 24 de febrero
¿De qué modo José Martí y otros líderes independentistas planearon los alzamientos del 24 de febrero de 1895, el inicio de la llamada Guerra Necesaria? ¿Y cómo sucedió realmente?

Imagen tomada de la ACN
Por Dariel Pradas
El Plan de Fernandina falló, según las memorias del destacado mambí Enrique Loynaz del Castillo, por la «culpable indiscreción» de Fernando López Queralta, un cubano veterano de la «pasada guerra».
Los planes de embarcar tres barcos hacia la Isla, con abundantes armas compradas tras años de recaudaciones de la emigración cubana en Cayo Hueso, se fueron al garete cuando las autoridades de Estados Unidos apresaron estos vapores el 6 de enero de 1895, con la misma jeta de supuesta neutralidad que profesaban sus políticas. En resumen, se perdió parte del armamento y apenas quedaban 600 pesos de fondo en las arcas del Partido Revolucionario Cubano (PRC). Sin embargo, lo peor es que se creyó perdida la guerra incluso antes de que empezara.
La Fernandina respondía a la simultaneidad que exigía el estallido revolucionario esbozado por el general Máximo Gómez. Si bien una embarcación recogería a Antonio Maceo en Costa Rica junto a dos centenas de combatientes, otra pararía en República Dominicana por Gómez más un contingente de entre 200 y 300 expedicionarios, y la última sería el viaje directo de un cayo floridano a Las Villas, todas estas excursiones debían desembarcar en Cuba al mismo tiempo, en la medida de lo posible.
A pesar de su fracaso, para poder ejecutar dicho plan, era necesaria una conspiración profunda que José Martí, en su liderazgo del PRC, había organizado años antes.
«Preparar la guerra, es guerra. Impedir que se nos desordene la guerra, es guerra. Acudir a Cuba a ordenar la guerra es la primera campaña de guerra», escribió Martí en mayo de 1892, mediante una carta dirigida a los presidentes de los clubes revolucionarios de Cayo Hueso.
¿Pero, cómo lograr la coordinación de cada núcleo de conspiraciones dentro del territorio cubano, a pesar de sus discrepancias, egos y caudillismos?
A partir de agosto de 1892, el Delegado del PRC envió comisionados especiales hacia diferentes zonas de Cuba, con el propósito de que trabajasen a favor de dicha coherencia conspirativa: «tender por la isla la red segura para la revolución», refirió Martí en la misma carta.
Los comisionados tenían la tarea de crear un canal de comunicación entre los grupos independentistas y el Partido, además de contactar con otras fuentes de financiamiento en la Isla, y atraer, entre otras funciones, a los desertores de la militancia del Partido Autonomista que, en cambio, prefirieran navegar en corrientes más radicales.
Ya a finales de 1892, la red clandestina se había establecido por toda el país, cuya estructura celular y jerárquica evitaba que los flujos de información comprometieran a todos los miembros de la red en caso de un chivatazo. Había un delegado por municipio que no sabía más allá de su propio territorio y respondía a otro delegado provincial que, a su vez, rendía cuentas al representante personal de Martí para la Isla entera, el periodista Juan Gualberto Gómez.
Sin embargo, a pesar de que Martí tenía a disposición suya una sólida cadena de informantes, no contaba con el apoyo de todos los grandes grupos de conspiradores, como uno en Holguín al frente de los hermanos Manuel y Ricardo Sartorio, conectados con el grupo Luz de Yara en Cayo Hueso, en lugar de con el PRC.
Desde abril de 1893, Martí intensificó los contactos con la Isla y, para septiembre, por las noticias que recibía, pensó que el asado de la guerra estaba en su punto. Su entusiasmo llegó a tanto que, por esas fechas, le escribió a Gómez: «En dos meses podemos hacerlo todo sin escándalo».

Gómez y Martí, en Montecristi. Foto tomada del sitio JoséMartí.cu
En respuesta, recibió un consejo de sosiego por parte de su interlocutor, para que disminuyera su fervor patriótico y mantuviera la cabeza fría; pues, al menos en lo militar, todavía faltaban tareas imprescindibles: establecer contacto directo con todos los futuros líderes militares, de modo que acatasen su autoridad en el momento de la acción, y crear condiciones para la disciplina y la unidad de las tropas.
De cualquier manera, el momento propicio para el estallido lo decidirían los futuros alzados dentro de Cuba, y no el PRC, por concepción práctica del propio Héroe Nacional.
Posteriormente, Gómez visitó Nueva York con el fin de hablar con Martí y pincelar algunos últimos detalles y estrategias del estallido. Para el segundo semestre de 1894, las condiciones sí eran mucho más favorables y cada actor de la conspiración aguardaba el momento de los tiros. Y entonces fue que se organizó el Plan de Fernandina, cuyo desenlace acabó fatal en cuestiones de logística, pero no de moral.
El último giro
«Lejos de desanimarse por la catástrofe de Fernandina, aún más se enardecieron y demandaron de Martí en términos apremiantes la orden de sublevación… En la Isla, antes que decaimiento, produjo fervor revolucionario la evidencia de lo inminente de la guerra y de la magnitud de los recursos de Martí», diría Enrique Loynaz del Castillo, en sus Memorias de la Guerra (1989), publicada un cuarto de siglo después de su muerte, en 1963.
En realidad, este fracaso no fue tan grave como parecía. Incluso se pudo recuperar parte de las armas y, al final, según datos del libro Las luchas por la independencia nacional y las transformaciones estructurales 1868–1898, solo una quinta parte de estas fue privada del gatillo mambí. Además, se inició una nueva colecta.
Por otro lado, en contraposición con el «fervor revolucionario» mencionado por Loynaz, el espionaje español incrementaba su actividad, al punto de que los conspiradores de La Habana y Matanzas, considerando que sus redes corrían peligro debido a los infiltrados del gobierno, apuraban a Martí para que diera el visto bueno de la acción.
La señal llegó a Juan Gualberto Gómez por medio de un documento firmado por Martí, Enrique Collazo, representante de los grupos clandestinos del occidente de Cuba y el general José María Rodríguez, nombrado jefe del Estado Mayor de Máximo Gómez.
En esta se autorizaba el estallido, con la mayor simultaneidad posible, para la segunda quincena de febrero. Y no recomendaban el alzamiento en occidente a la misma vez que en las provincias de Oriente, Las Villas y Camagüey. Además, se aseguraba la ayuda financiera del exterior, «en la certidumbre de que la emigración entusiasta y compacta tiene hoy la buena voluntad y la capacidad de contribuir a que la guerra sea activa y breve».
Cuando Juan Gualberto recibió la misiva, la circuló entre los distintos líderes de Occidente. Y mientras los tres firmantes viajaban a Dominicana a encontrarse en Montecristi con el General en Jefe Máximo Gómez, Juan Gualberto enviaba emisarios a Oriente y Las Villas (no a Camagüey, pues tenía certeza, por informaciones previas, de que esta provincia no estaba dispuesta a fungir entre las iniciadoras de la contienda).
Después recibió la confirmación de los jefes de esas regiones y reunió nuevamente a la Junta de La Habana para fijar una fecha definitiva: 24 de febrero, fue la hoja sobreviviente del calendario.
Ya antes, el representante del PRC en Cuba había telegrafiado a su superior una respuesta afirmativa en clave:
«Giros aceptados».
El fruto de la conspiración
El alzamiento del 24 de febrero ocurrió peor que el Plan de Fernandina.
En la región occidental, los alzados consistieron en apenas dos pequeños grupos: el de Juan Gualberto Gómez y Antonio Gómez Coloma, que en tren habían viajado de La Habana a Matanzas y, con un total de 16 combatientes, en el amanecer del día 24 iniciaron la insurrección armada en una finca de Ibarra; y el del médico Martín Marrero, más al sur, en Jagüey Grande, con 36 hombres.
De los 500 mambises que levantaron sus armas en la manigua matancera, solo 50 lo habían hecho. Julio Sanguily, el jefe militar de la sublevación, fue arrestado en su casa. El responsable del alzamiento, Pedro Betancourt, no hizo el movimiento pactado con Juan Gualberto y luego fue detenido y deportado a España. Otros líderes fueron apresados o asesinados. Básicamente, en todo el Occidente los luchadores se reducían a medio centenar de personas, y pronto sus números disminuirían a cero.
A los cuatro días de proclamar la independencia de Cuba, los 16 de Juan Gualberto se enfrentaron a un escuadrón de caballería más una compañía de infantería. López Coloma cayó prisionero y, tras 20 meses en una celda del Castillo del Morro, terminó fusilado. El periodista, más afortunado, logró eludir la persecución junto a dos compañeros, si bien decidió acogerse después al indulto ofrecido por el gobernador de la colonia. Fue trasladado a La Habana y luego a la prisión de Ceuta. El grupo de Jagüey, por su parte, sufrió una suerte más o menos similar.

Foto: Archivo de Bohemia
Los alzamientos en Las Villas tampoco salieron como se esperaba. Algunos líderes de la zona, tal y como sucedió en Occidente, no pudieron o no quisieron cumplir con su compromiso de guerra. Al general Francisco Carrillo no le dio tiempo a salir de su casa. Para colmo, en la Saba de los Charcones, solo 10 hombres mal armados asistieron a la cita. Diez que se convirtieron en 50 gracias al renombre de José Álvarez Ortega –conocido como Matagás–, y Regino Alfonso, que llegaron después. Pero un choque contra 100 guardias civiles en los Conucos de Santiago causó la desintegración de la semilla insurrecta: Matagás acabó refugiándose en la Ciénaga de Zapata, y Joaquín Pedroso, entregándose a los españoles con el resto de sus tropas.
En Oriente la cosa fue muy distinta: Alzamientos simultáneos en Santiago de Cuba, Guantánamo, Jiguaní-Baire, Manzanillo, Bayamo y Holguín, con la perfección que solo se espera en un croquis de campaña del mayor general. Estas acciones provocaron que la contienda se extendiera de forma rápida por toda la región oriental y se preparan las condiciones militares para recibir los desembarcos de los máximos líderes de la revolución.
Debido al fallo de Las Villas y Matanzas, y la concentración mambisa solo en Oriente, el Diario de la Marina plasmó en su página de apertura que los rebeldes serían aniquilados sin dificultades.
A la vez, el capitán general Emilio Callejas Isasi había decretado el estado de guerra para aquella región, con 20 000 efectivos de tropas regulares españolas y 60 000 voluntarios de la provincia listos para ser movilizados.
La lucha era desigual y, para nada, extendida a lo largo de la Isla. Sin embargo, en aquel 24 de febrero ya se había derramado sangre suficiente como para que no existiera vuelta atrás…
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