Desnudando la Lógica Kurgan en nuestra mesa: Geopolítica del trauma y la insurgencia del cuidado.
Hace poco, en la quietud gélida de Davos, se pronunciaron palabras que resuenan como el crujido de un glaciar rompiéndose. Mark Carney…
Desnudando la Lógica Kurgan en nuestra mesa: Geopolítica del trauma y la insurgencia del cuidado.

Hace poco, en la quietud gélida de Davos, se pronunciaron palabras que resuenan como el crujido de un glaciar rompiéndose. Mark Carney habló de una ruptura, no de una transición. Nos recordó la imagen del tendero de Václav Havel: ese hombre que coloca en su escaparate un cartel con una consigna en la que no cree, solo para evitar problemas, para señalar sumisión, para “pasar desapercibido”.
Ese cartel es la metáfora de nuestro tiempo. Durante décadas, nos contamos la historia de un orden internacional basado en reglas que, en el fondo, sabíamos que eran asimétricas. Participamos en rituales que sabíamos vacíos, y a la vez, nos beneficiamos de la previsibilidad de esa ficción. Hoy la realidad nos obliga a mirar el escaparate desnudo. El cartel se ha caído y lo que queda detrás es un mundo que ha convertido la integración en un arma.
La herida heredada: La Lógica Kurgan
Para entender por qué nos cuesta tanto imaginar otros mundos, es necesario nombrar lo que nos habita. Desde la práctica narrativa, sabemos que los problemas suelen alimentarse de historias dominantes que se presentan como “la única verdad”. Una de esas historias es la Lógica Kurgan.
Este patrón, que se remonta a miles de años, no es una etiqueta moral sobre las personas, sino una estructura de relación que hemos heredado. Se manifiesta a través de cinco ejes principales que hoy vemos replicados desde las grandes potencias hasta, a veces, nuestras propias organizaciones:
Centralización del poder: La creencia de que la seguridad solo emana de un centro de control vertical, eliminando la agencia de las periferias.
Domesticación como dominio: No se busca el cuidado del otro, sino la expropiación de su autonomía para el beneficio del dominador.
El saqueo como motor económico: Una mentalidad extractiva donde la riqueza se mide por lo que se puede tomar del territorio o del cuerpo ajeno, en lugar de lo que se puede crear en reciprocidad.
Verticalización jerárquica: La institucionalización de la desigualdad como un orden natural e inevitable
Ritualización de la propiedad absoluta: La idea de que todo, incluso la vida y la historia de los demás, es una posesión desechable bajo la lógica del interés estratégico.
Esta lógica genera lo que el pensamiento posmoderno llama “afectos tristes”: miedo, desconfianza e hipervigilancia. Cuando el sistema nos obliga a vivir en alerta constante, nuestra capacidad de actuar — nuestra potencia, se agota simplemente intentando no ser devorados.
La encrucijada: ¿Muros o Vínculos?
Ante el colapso de la mentira, Carney propone un “realismo basado en valores”: construir fuerza interna y autonomía estratégica. Es una respuesta pragmática ante un mundo que se ha vuelto una fortaleza. Y al mismo tiempo, surge una pregunta que la práctica narrativa y autores como Maturana nos invitan a hacernos: ¿podemos protegernos sin convertirnos en aquello que nos amenaza?
Aquí es donde la figura de liderazgos como el de Jacinda Ardern cobra un sentido distinto. No se trata de un multilateralismo ingenuo, sino de una biología del amor aplicada a lo público. Si la lógica Kurgan es una neurosis sistémica que nos mantiene en estado de lucha o huida, la alternativa es construir seguridad neuroceptiva.
Hacer frente a este sistema no implica solo armar mejores ejércitos o firmar tratados comerciales más astutos. Implica la capacidad de crear espacios donde el otro sea validado como un “legítimo otro”. La verdadera soberanía de una potencia media, o de una comunidad pequeña, reside en su capacidad de no dejarse colonizar emocionalmente por el miedo.
Los hilos que nos tejen: Del trauma ancestral a la posibilidad del encuentro
Para comprender la magnitud de lo que Carney llama “ruptura”, no basta con mirar los indicadores económicos; necesitamos descender a las raíces de nuestra narrativa civilizatoria. Aquí es donde las voces de Marija Gimbutas, Rita Segato y Humberto Maturana actúan como una brújula para navegar el mapa de nodos de nuestra historia.
La herida original: Marija Gimbutas y el fin de la armonía Marija Gimbutas nos legó una visión revolucionaria: antes de la expansión de los pueblos de los kurganes, existió una “Vieja Europa” de carácter matrifocal, pacífica y profundamente vinculada a los ciclos de la tierra. Su trabajo documentó cómo la incursión de las culturas esteparias — los portadores de la lógica kurgan — no fue solo una conquista militar, sino una fractura ontológica.
Aquel fue el momento en que la cooperación fue desplazada por la jerarquía y la reverencia a la vida se transformó en la glorificación del guerrero. Gimbutas nos recuerda que la dominación no es la esencia de lo humano, sino una historia de interrupción; y al mismo tiempo, nos devuelve la memoria de que otra forma de habitar el mundo es, en efecto, posible.
La pedagogía de la crueldad: Rita Segato y el dominio como mensaje Si Gimbutas nos habla del origen, Rita Segato nos explica la persistencia. Para Segato, el patriarcado y el poder que emana de la lógica kurgan no buscan simplemente “vencer”, sino comunicar un mensaje de dominio absoluto. Ella define la violencia no como un hecho aislado, sino como un lenguaje expresivo: un ritual destinado a convertir a las personas y a los territorios en objetos, en cosas desechables.
Esta “pedagogía de la crueldad” es la que alimenta lo que hoy vemos en los conflictos geopolíticos y en la frialdad de los sistemas dominantes. Segato nos advierte que el sistema intenta deshumanizarnos para que dejemos de sentir el dolor del otro. Sin dejar de reconocer la dureza de este diagnóstico, su pensamiento nos urge a desarmar esos mandatos de masculinidad guerrera que nos impiden la conexión.
La biología del amor: Humberto Maturana y el retorno a lo humano Frente a la deshumanización que Segato denuncia y la fractura que Gimbutas describe, Humberto Maturana nos ofrece una salida desde la raíz misma de nuestra existencia. Para Maturana, el amor no es una emoción romántica o una etiqueta moral, sino el fundamento biológico de lo social.
La “biología del amor” es la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia. Sin esta aceptación básica, no hay sociedad, solo una suma de individuos en estado de defensa. Maturana nos enseña que el lenguaje y la cooperación humana solo pudieron surgir desde un espacio de cuidado y no-agresión. Recuperar esta biología es, quizás, el acto de rebeldía más profundo frente a la lógica kurgan. Al reconocer al otro, desactivamos la neurosis del sistema y recuperamos nuestra capacidad de coordinar acciones desde la ternura y la necesidad compartida.
Prácticas para un futuro post-Kurgan
¿Cómo le hacemos frente a un sistema que lleva 6,000 años perfeccionando el dominio? Quizás la respuesta no sea un contra-ataque, sino una desobediencia narrativa.
- Externalizar el problema: La dominación no es la esencia humana, es una historia que nos han contado. Al nombrarla como “Lógica Kurgan”, podemos empezar a verla como algo que nos afecta, pero que no nos define.
- Vivir en la verdad: Como sugería Havel, el poder de los sin poder comienza con la honestidad. Dejar de usar el lenguaje de la simulación. Nombrar la realidad tal como es, con su complejidad y su ambigüedad, sin caer en etiquetas reduccionistas.
- Cultivar la interdependencia cuidada: En lugar de la autonomía que se aísla, buscar la resiliencia que se comparte. En el mapa de nodos de nuestra existencia, las conexiones más fuertes no son las que dominan, sino las que permiten que la energía fluya en ambas direcciones.
“El viejo orden no va a volver”. afortunadamente La nostalgia (de los privilegiados), como bien dice el texto de Carney, no es una estrategia. Pero en la fractura de lo viejo, hay una oportunidad para que emerja una política de los afectos alegres.
Al final del día, el truco no es apagar la alarma del mundo, sino aprender a diferenciar el incendio real del humo de los traumas que heredamos.
Quitar el cartel es el primer paso para volver a mirarnos a los ojos y, desde ahí, empezar a construir algo que no se base en la domesticación, sino en el asombro de estar vivos juntos.
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