La Convención
El joven Julio deambulaba perdido sin saber qué dirección tomar. Hacía dos días que le llegó la invitación a su buzón electrónico. No sabía…
La Convención
El joven Julio deambulaba perdido sin saber qué dirección tomar. Hacía dos días que le llegó la invitación a su buzón electrónico. No sabía si tal cosa existía o se trataba de una broma. Quedó totalmente sorprendido al ver la cantidad de gente en el lugar. Había de todo tipo y colores, vestidos y formas: discretas, extravagantes y uno que otro loco en paños menores.
Se encontraba dentro de unas grandes y altas galeras, con columnas de acero y vallas publicitarias que colgaban como mantas en un templo, de un extremo a otro, donde claramente se leía “Bienvenidos a la LVI convención de Sociedades Secretas: Por un mundo sostenible”. La luz de la tarde se filtraba por las rendijas donde las hojas del techo metálico se traslapan una con otra. El bullicio de las personas resonaba junto al tintineo de cubiertos y copas. Olía a tabaco y a cerveza, con un toque a queso fundido, o quizá simplemente era pizza. Y al fondo, en una tarima, un grupo de músicos tocaba con violines algunas melodías de Boccherini.
Caminó hacia una de las barras que se encontraban en los costados donde servían bebidas y boquitas. Hizo la cola, pasó recogiendo lo que más se le antojaba en un platillo plástico que tomó de una mesa. Cuando salió al otro extremo de la fila, vio a una jovencita delgadita, chiquitita, de pelo lacio oscuro. Tallaba un vestido celeste de una sola pieza que moldeaba su figura llamativamente. Y en su suave rostro, de nariz respingada y quijada fina, portaba unos anteojos de aros gruesos negros. Junto a ella, se encontraba un tipo delgado alto de melenas castañas y granos en el rostro. Vestía una toga negra donde ocultaba sus manos. Julio juraría que se trataba de un adolescente si no fuera por sus grandes ojeras que le delataban su edad de chavorruco.
El tipo le observó con mirada inquisidora. Julio se detuvo cerca de ellos, luego de engullir una de sus boquitas de nachos con camarón y guacamole, rompió el hielo.
—¡Hola! Me llamo Julio.
Le tendió la mano a la chica y luego al personaje sombrío.
—Lucía. —Juan.
Ellos, se quedaron viendo el uno al otro e intercambiarón saludos.
—Pensé que venían juntos. —No — contestaron al unísono.
Viéndose las caras los tres, incómodos, Julio decidió proceder con Juan.
—¿Y a qué sociedad perteneces? —Soy Mago de las Artes Oscuras de la Orden de Worus.
Julio le echó un vistazo a sus manos escondidas y pudo notar que en efecto tenía un vara.
—¿Y tú? — preguntó Juan inmediatamente. —Me acabo de iniciar en La Gran Logia del Central. —¿Y ya te lo presentaron? —¿A quien? —Pues a quien más ¡Al cachudo! —Pues no es así la cosa. Nosotros nos inspiramos en la divinidad y misterio del universo, básicamente hay un gran arqui… —Mi tío pasó al grado treinta tres, y se lo han presentado. Nos contó que fue una experiencia única. Cayó al suelo, temblaba, farfullaba y torcía los ojos y…
Ambos voltearon a ver a Lucía que no podía evitar reír presenciando dicha conversación.
—¿Y tú? ¿A cuál perteneces? — le preguntó Julio. —A la de Intérpretes de Entretenimiento para Adultos.
A Juan se le abrieron los ojos como platos.
—¡No! ¿Eres actriz porno?
Julio se atraganto con el sorbo de la bebida que tocaba sus labios. Al ver que a Lucía le cambiaban las mejillas a varios colores, decidió intervenir.
—¿Y para qué cargas esa vara? ¿Acaso tiras rayitos o algo? —¡Por supuesto!
Juan sacó su varita. La alzó alto con su mano izquierda e iba a pronunciar unas palabras cuando alguien le distrajo.
—¡Juan! ¿Ya vienes?
Otro mago, aparentemente amigo suyo, le llamaba desde el otro lado del corredor.
—Si me disculpan.
Juan se apartó dejándolos solos. Intercambiando miradas tímidas. De nuevo fue Julio el de la iniciativa. Le confesó que después de ser budista, luego pentecostés, leyó un poco sobre el Corán y después del Torá, ahora probaba suerte en su nueva aventura espiritual esperando encontrar La Verdad. De cómo, trabajando en un bufete de abogados conoció a su mentor, y ahora maestro, el licenciado Godinez.
Después de tres años laborando en ese despacho y haciéndose de los clientes más exigentes, percibía una barrera, un límite que no le permitía saber realmente lo que ocurría. Fue cuando su mentor, poco a poco le fue introduciendo ideas que no se le hubiese ocurrido jamás. Le ordenaba leer libros de filósofos decimonónicos. También sobre las últimas revoluciones y guerras.
Hasta que un día, impaciente, confrontó a su mentor. ¿Qué sucede aquí realmente licenciado? ¿En qué andan metidos nuestros clientes? Si me contara, quizá les podría ser de mucha ayuda. Godinez, aceptando que era hora, le pregunto: ¿En qué crees Julio? ¿Debes creer en algo no? En algo más grande que tú y que todos nosotros. Así fue como, esa misma noche le llevó a una pequeña logia aparentemente abandonada sobre la avenida de los mártires donde ocurrió su iniciación.
Mientras contaba, Julio se dio cuenta que aquella vez, por fin se sintió parte de algo importante pero que al mismo tiempo había comprometido una parte de sí. Al tener a Lucía enfrente, se preguntó ¿Qué era la verdad? ¿Que verdad buscaba? Para un individuo tan joven como él, notó que su búsqueda terminaba ahí donde se encontraba. La única verdad que él quería aceptar en ese momento era el de enamorarse de aquella hermosa mujer independientemente de quien fuera.
—¿Y le has visto? —¿A quién? —A tu maestro. —Ah, no, quizá no lo vea por acá.
Los minutos transcurrían, y Lucía no decía mucho, solamente escuchaba.
—¿Y qué hay de ti? No me has contado nada. —Bueno, pues, yo inicie conociendo algunos amigos y pues, me convencieron…
Lucía observaba hacia al otro extremo y su tez cambió a un tono pálido.
—¿Pasa algo? —Julio ¿Si te llamas Julio no? Te ves un buen chico. Tengo que confesarte algo — jugando con sus manos sudorosas por los nervios, continuo — . No soy actriz ni nada de eso. Soy reportera y lo del porno me lo inventé para poder ingresar encubierta. —Y ¿para quien trabajas o que investigas? —¿Ves el tipo viejo canoso que está allá? Bueno, es pastor de la congregación más grande del país. Es patrocinador de nuestra editorial. Me ha reconocido y… —¿Es el de la tele no? —Si, el — exhalando profundo y con voz baja — , acaba de cometer el mayor desfalco junto a unos funcionarios públicos — trago saliva — . Seguramente ahora sospecha que lo investigo.
Dos hombres de seguridad se aproximaron rápidamente a donde estaba la joven pareja.
—Señorita Carmen Aguirre — habló el moreno fortachón de la izquierda mientras que su compañero aguardaba junto a él — . ¿Tendría la amabilidad de acompañarnos? —Yo, yo, yo solo necesito ir al cuarto de damas primero. —Insistimos.
Cada hombre tomó de un brazo a la jovencita. Respiraba profundamente con temor pero no armó ningún escándalo. Puso su mirada en los ojos de Julio en busca de ayuda pero este, no entendiendo lo que ocurría, únicamente balbuceo.
—Oigan ¿adónde la llevan?
Los dos tipos lo ignoraron mientras partían. Julio observó que el viejo, desde la mesa alta donde se encontraba atendiendo a unos invitados, mantenía contacto visual con los guardias. Inclinó su cabeza hacia la salida de emergencia indicando a donde llevar a la rehén.
Julio inmediatamente se fue por Juan. Lo encontró con el grupo de magos con los cuales mantenía una conversación amena.
—¡Julio! ¿Te llamas Juio no? —Se han llevado a Carmen, digo a Lucía. No es una actriz, es una reportera encubierta y la han atrapado — le contó exasperado. —¡Con razón no la encontré en las redes! —Necesito tu ayuda, está en peligro y debemos ir por ella. —¿Yo? Pero si no la conozco… y bueno, mis amigos aquí, nos estamos divirtiendo. —Como quieras, si te enteras de dos cuerpos en un barranco ya sabes lo que sucedió.
Salió corriendo en dirección a la salida. Cuando paso las puertas de emergencia, bajo las escaleras que daban al parqueo subterráneo. Abajo todo era oscuridad y silencio. Una hilera de luces blancas iluminaban un trayecto largo atravesando muchos aparcamientos vacíos hasta terminar en una puerta blanca de doble hoja. Al llegar, jadeando, suavemente trato de girar las manijas pero estaba con llave. Pensando, caminando de un lado a otro, tratando de convencerse que no cometía una locura, logró escuchar voces provenientes del interior. Tiene que ser aquí, la tienen encerrada ahí adentro.
Se apartó tratando de buscar otra entrada. Divisó una ventanilla en alto a varios metros a la derecha. El joven se distanció de la claridad y llegó hasta ella. Brinco y se sujetó con ambas manos. Con fuerzas sacadas de donde ni él sabía, logró subir hasta introducirse cayendo cabeza abajo del otro lado. Era un sanitario. Pidiendo al cielo que nadie lo escuchaba, se levantó con dolor de brazos y piernas. Al salir, a un lobby con alfombra de color vino tinto y con un alumbrado tan pobre proveniente de una lámpara que fingía estar ardiendo. Lo cruzó y llegó a la otra puerta al otro costado cual abrió delicadamente hasta lograr ver que sucedía adentro.
Dentro de la estancia, apenas si percibía lo que ocurría. Cuando sus ojos se adaptaron a la lobreguez, reconoció unos candelabros postrados en unas columnas cerca de las paredes. Tenían a Carmen acostada en un altar cuya cara tenía tallada una estrella flamígera y en la otra el compás con su escuadra. Varias personas en círculo velaban alrededor de ella. Murmuraban, pronunciaba algún tipo de conjuro. Eran siete y sus rostros estaban cubiertos por una capa que no permitía verles sus rostros. Un octavo, sentado en un trono en cuya cresta se podía ver un ojo encima de una pirámide, se levantó y acercándose rompió el círculo y pasó junto a Carmen que se encontraba en trance. Acarició el rostro de la dama, sacó una daga con un mango de plata, rubíes incrustados y con filos de oro. Lo acercó al cuello de la muchacha cuando Julio decidió irrumpir.
—¡Alto!
Las voces callaron y una luz cegadora alumbró justo encima de Julio impidiéndole ver con claridad.
—¡He llamado a la policía! ¡Déjenla ir!
Otra luz se encendió sobre el sujeto con la daga cual pasó a descubrirse el rostro quitándose el velo.
—¡Maestro Godinez! —Hola Julio. Es una decepción que nos veas así. Aún no es tu tiempo, no comprenderás lo que estamos logrando aquí. —¿Qué es esto? ¿Matan gente ahora? —Para unirte al Señor de Luz debes pagar un precio muy alto. —¡Es una locura! —Yo estoy trascendiendo aquí Julio. —¡No dejaré que le haga daño!
Julio corrió hacia él sin pensar en las consecuencias. El maestro dio órdenes de que lo atraparan. De los que estaban en el círculo lo sujetaron de los brazos inmovilizandolo por completo. Julio, se esforzaba pero solo sentía dolor en tratar de librarse.
—No es costumbre eliminar a uno de los nuestros pero al parecer hoy habrá doble ofrenda.
El maestro Godinez no terminaba de decir la frase cuando las puertas del lugar se abrieron de par en par. Una banda de chicos entró gritando. Eran Juan y sus compañeros los magos de la orden. Eran quince y siendo mayoría, se fueron encima de los otros. Ambos bandos se daban de puñetazos. Alguno que otro mago utilizaba gas pimienta y Juan daba toques eléctricos con una pistola que sacó de su capa.
Julio aprovechó la distracción para acercarse a Carmen y sacarla de ahí. Juan le ayudó a cargarla y dando gritos de retirada salieron por la puerta que daba hacia el parqueo subterráneo pero se divisaba un grupo de seguridad que venían por ellos.
—¡Por el otro lado!
Juan los guió hacia otras escaleras al lado contrario del lobby. Al subir encontraron unas puertas. Forcejeando todos juntos lograron romper el seguro y dieron con el parqueo al aire libre donde estaba la salida del centro de convenciones. Todos los magos se dispersaron entre los automóviles. Julio y Juan, arrastrando a la chica, se detuvieron al darse cuenta que les pedía que se detuvieran para dar un respiro.
—¿Qué ha pasado? — pregunto mareada tomándose la cara con ambas manos cegada por la luz del sol. —Te tenían, te iban a asesinar pero te hemos logrado librar. —Debemos irnos, no es seguro estar aquí ¿alguien trae auto? — preguntó Juan mientras vigilaba que nadie les sorprendiera. —Yo traigo el mío — contestó Carmen — está justo al otro lado de aquellos postes.
Corrieron tan deprisa como Carmen les permitía. Al llegar, les entregó las llaves de un viejo sedan modelo noventa y cuatro. Julio quitó el seguro con el control de alarma y los tres se montaron de prisa. Arrancó y en carrera salieron como una bala hacia la carretera. Al ver que nadie les seguía, de a poco, Julio fue quitando su pie del acelerador. Juan iba de copiloto y Carmen se había vuelto a dormir en el asiento trasero.
—Oye ¿y de donde sacaste la pistola eléctrica? —Bueno, a mi edad y con mi apariencia, soy blanco fácil de bromas pesadas, sabes. Las cosas se salen de control a veces. —¿Y tu varita? —Si, la varita, pues, tenemos prohibido usarla frente a los mortales. Te pueden expulsar de la sociedad si desobedeces. —Ya.
Anduvieron hasta el atardecer. Juan se había bajado en una parada de bus donde tomaría uno en dirección a su hogar. Carmen iba al volante después de intercambiar asientos con Julio.
—Párate aquí. Hemos llegado.
Julio le señaló su casa donde vivía con su madre. Carmen se orilló. Ambos quedaron en silencio pensando en la locura que acaban de vivir.
—Por undécima vez, muchas gracias por salvarme Julio. —No fue nada, Juan igualmente nos salvó a ambos. —¿Apuntaste bien mi numero? —Por supuesto, te he dejado una llamada perdida ¿lo olvidas? —Si, cierto, te debo mucho, estaremos en contacto, te lo pagaré como pueda. —Solo concédeme una cita y estamos a mano.
Ambos rieron con timidez. Carmen se acercó y le dio un beso en la mejilla. Julio, sonrojado y transpirando, bajó del auto. Vio a la bella reportera partir rumbo a quien sabe donde.
Fragmento de un ejercicio de escritura. Agradezco comentarios y lecturas.
메타데이터
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- 2026-06-09 15:37:30