anotaciones sobre 2666 vol. 1
Primera entrega de una serie de anotaciones sobre 2666, novela póstuma de Roberto Bolaño.
anotaciones sobre 2666 vol. 1

Desde 1993 Roberto Bolaño estuvo enfermo del hígado. Desde 1993 Roberto Bolaño decidió invertir toda su energía en escribir. Desde 1993, aproximadamente, Bolaño dejó todos los trabajos estables y semiestables que tenía y se dedicó a escribir. Por escribir, escribir, nada más que escribir, Bolaño consideró que era mejor no postularse para recibir un trasplante de hígado. En otras palabras, por miedo, desconfianza, a que la operación saliera mal, a que el hígado anónimo no fuera capaz de adoptar su nombre, pasar a llamarse Roberto Bolaño, y que esa negativa le impidiera escribir, le impidiera dejar escrito lo que tenía que dejar escrito para asegurar el futuro económico de sus hijos, Bolaño pospuso su solicitud para recibir un hígado.
El 15 de julio del año 2003 Bolaño murió, ahí sí, aguardando por un hígado. Para ese entonces ya se encontraba en la lista de espera, en el tercer lugar, para ser más exactos. Para ese entonces, de haber llegado un hígado, lo más seguro es que, debido al avance de la enfermedad, debido al ir descomponiéndose de la máquina que era su cuerpo — su cuerpo que vomitaba sangre, su cuerpo que vomitaba sangre desde hacía varios años pero que sobre todo se empecinó en hacerlo desde la madrugada del 1 de julio del año 2003, y que solo se detuvo porque Bolaño entró en un coma inducido — , habría llegado tarde, es decir, habría llegado cuando ya no quedaba casi nadie, cuando la música estaba a punto de desvanecerse, las luces a punto de apagarse, en fin, cuando los pulmones, los riñones, el sistema cardiovascular, el sistema nervioso central, el páncreas, se despedían, se alejaban diciendo «la pasamos de maravilla, gracias por invitarnos, ojalá se repita». Ese hígado, de haber llegado, se habría encontrado con una casa a oscuras, con un cuerpo ya a oscuras, y habría seguido de largo.
¿No es deslumbrante la lucidez de la decisión de Roberto? Pero lucidez no en el sentido de inteligencia, de que se haya tratado de una buena decisión, eso es difícil de juzgar; más bien, lucidez en el sentido literal de brillante, de enceguecedor, de intensidad. La decisión de Bolaño es enceguecedora. Lo es, sobre todo, por mantenerse en ella. Lo que enceguece de su decisión es imaginárselo, durante esos diez años, ante millones de encrucijadas, millones de intersecciones, millones de momentos en los que la vida le preguntaba ¿qué prefieres, por cuál te decantas: salud o escritura, la tranquilidad de la salud o el desasosiego de escribir, la quietud de la salud o el tumulto de la escritura? y él siempre respondía escritura, escritura; momentos sencillos, quizás, en donde había que elegir llenar de gasolina el carro para ir al hospital a un chequeo o comprar más cuadernos, más bolígrafos, más disquetes para guardar lo escrito en el computador; momentos más complejos, momentos más emotivos, momentos más atenazadores, más pinzas que aprietan pero que en vez de cerrar, abren, dejan colar un viento helado, un viento helado que se arremolina en la boca del estómago, sí, en los que la vida lo increpaba, lo sacudía, y le preguntaba ¿qué prefieres: hacerte viejo, arrugarte, quedarte calvo — porque te vas a quedar calvo, mira esas entradas que tienes — , y ya calvo ver a tus hijos de 20, 30 años, ver a tus hijos tener hijos, ver a los hijos de tus hijos, los labios y las lenguas de los hijos de tus hijos, llamarte abuelo, bebo, bebo Roberto, o, por el contrario, escribir una novela, escribir dos libros de cuentos, escribir al menos un párrafo que resista el paso del tiempo?, y Bolaño, con el estómago helado, con el esófago como un témpano, un esófago lleno de várices como estalactitas, y el hígado como un iceberg, respondiendo un par de líneas, al menos un par de líneas que resistan el paso del tiempo. Enceguecedor.
Sí, una decisión enceguecedora. En otras palabras, diez años de vida enceguecedores, particularmente enceguecedores. Una década, la última década de la vida de Roberto, enceguecedora como un relámpago, pero una década que solo es enceguecedora porque Roberto escribió. Mejor dicho: una década que bien pudo pasar desapercibida, que bien pudo caer en el olvido, que bien pudo no significar nada, apilarse en la escombrera, esfumarse en el vertedero donde casi todas las décadas van a parar, mas una década que brilla, enceguece, porque Roberto escribió. Roberto escribió y entonces sus últimos diez años son un relámpago, es decir, un relámpago que se fue gestando durante diez años, un relámpago producto de una serie de novelas y antologías de cuentos que fueron el condensarse de las nubes, el cargarse de las nubes, el inquietarse de las nubes hasta el momento del estallido y el estruendo, un estallido que ocurrió en 1998 con Los detectives salvajes, y un estruendo que fue 2666.
Sobre 2666 se sabe que Roberto ya estaba pensando en ella, ya se estaba informando para escribirla, mientras corregía las galeradas de Los detectives salvajes. Se sabe también que en Amuleto — novela hidra, otra novela hidra, es decir, novela que así como Estrella distante se desprende de La literatura nazi en América ella brota de un capítulo de Los detectives salvajes, patas que le nacen al cojo — hay un guiño, un guiño que tal vez fue una semilla, la punta del ovillo, en el que se lee: «…la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio del año 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato…» (Bolaño, 2009, p. 77). Se sabe también que la novela está compuesta por cinco novelas, cinco novelas que son cinco partes imantadas, atraídas, por un punto de fuga: el asesinato desenfrenado de mujeres en Ciudad Juárez (Santa Teresa en 2666), México, durante los años 90. Se sabe que Roberto se encontraba terminando la quinta parte, la quinta novela, cuando sobrevino la muerte. Se sabe entonces que 2666 es una novela póstuma y que, por lo tanto, la última frase de 2666 no es la última frase de 2666.
Es una reciente relectura de 2666 la responsable de estas rumiaciones acerca de los últimos años de Roberto y su escritura. Producto de esa relectura y del reencuentro con Roberto, viejo amigo, siguen una serie de anotaciones, una serie de comentarios, que se parecen a esos apuntes, esas observaciones, acompañadas de risas o lágrimas, que se dejan caer al pasar la vista por un álbum de fotos, por esos rostros que se recuerdan y aquellos que ya se borraron, esos gestos que se extrañan, ese darse cuenta del paso subrepticio del tiempo. Sin embargo, hay una foto en particular que me interesa, y esa foto es el epígrafe de la novela. Me parece que en esa foto hay un secreto, es decir, una adivinanza, es decir, una llave, es decir, una brújula, como si esa foto-epígrafe fuera un espacio vacío en el álbum y que, de hallarse en alguna página que no corresponde, en medio de una festividad que nada tiene que ver con lo retratado, o tal vez entre los cajones, en un bolsillo, en un sobre junto con una postal, daría respuesta a todas esas preguntas que a veces se agolpan, preguntas del estilo «esto cuándo fue, quién ese ese señor, ah, claro, pero por qué estaba ahí, seguro era el cumpleaños de C., pero a ella no la veo en ninguna foto, hmm, o una navidad tal vez, no sé». Me parece, sí, que hay algo de columna vertebral en esa foto-epígrafe, que esa foto-epígrafe es como una radiografía de la novela. Aquí va, entonces, la primera tanda de anotaciones, centrada sobre todo en La parte de los crímenes.
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El epígrafe de la novela reza así: «Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento». La cita es de Baudelaire.
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Florita Almada es un personaje de la cuarta novela, que es el corazón de la novela. Florita Almada es una vidente, una vidente honesta, humilde, una vidente con un muy prístino sentido de la ética, una vidente capaz de reconocer que su verdadero oficio es el de ser yerbatera, «pues vidente significaba alguien que veía y ella a veces no veía nada, las imágenes eran borrosas, el sonido defectuoso, como si la antena que le había crecido en el cerebro estuviera mal puesta» (Bolaño, 2016, pp. 577–578); es decir, una vidente que en vez de pregonar que era vidente, «dejaba que sus seguidores la reconocieran como tal» (Ibíd., p. 578). Es quizás esa humildad, esa honestidad, esa sobriedad, la que la concede su astucia, su inteligencia, una inteligencia capaz de hacer afirmaciones del estilo: «Cuando uno sabe, sabe, y cuando no sabe lo mejor es aprender» (Ibíd., p. 580); o también: «Cada cien metros el mundo cambia […] Eso de que hay lugares igual a otros es mentira. El mundo es como un temblor» (Ibíd., p. 581). Y además de honesta, y además de sobria, y además de astuta, Florita Almada es valiente. Es ella, Florita Almada, la primera en darse cuenta de la gravedad de lo que sucede, del tamaño del monstruo, del tamaño de la barbarie y el tamaño que la barbarie puede ser capaz de adoptar. Porque es valiente ve, y lo que ve no se lo guarda, sino que busca la manera de compartirlo, y por eso le pide a un amigo suyo, un cliente que se convirtió en amigo, que la deje aparecer en su programa, en su programa famoso, porque tiene un mensaje, porque necesita decir lo que vio. La visión es sencilla, el mensaje es sencillo: «Dijo que había visto mujeres muertas y niñas muertas» (Ibíd., p. 589). Pero es que en realidad Florita sí es una especie de bisagra, sí es una especie de puerta giratoria, y cuando está anunciando lo terrible de su visión entra en trance, es decir, un viento arrebatado la arrebata, un viento arrebatado arrebata las campanas que son su cuerpo, y el simple mensaje se convierte en un estrépito, uno en donde Florita grita «Matan a mis hijas. ¡Mis hijas! ¡Mis hijas!», al tiempo que, transformada, se echa «sobre la cabeza un rebozo imaginario», y arremete de nuevo, con fuerza, y dice que «la policía no hace nada […] los putos policías no hacen nada, solo miran, ¿pero qué miran?, ¿qué miran?» (Ibíd., pp. 590–591).
2.1. ¿Por qué es importante Florita Almada? Porque en esta presentación que hace Roberto de ella emergen casi todas las palabras que componen el epígrafe. Allí, en la descripción de su primera aparición en televisión, Florita pronuncia las palabras «desierto» y «oasis», las pronuncia una seguida de la otra, dice, textualmente: «Un desierto. Un oasis» (Ibíd., p. 589). Pero antes, cuando Roberto le quiere mostrar al lector el tamaño del corazón de Florita, es decir, la sabiduría de Florita, todo lo que Florita ha vivido y conoce y por eso sabe — un pasaje arrebatado, un pasaje en donde Roberto, en realidad, está parafraseando un poema de Giacomo Leopardi, un poema que dice «¿Qué haces, luna, en el cielo? Dime, ¿qué haces/ silenciosa luna? […] Dime, oh luna, ¿de qué le sirve/ su vida al pastor,/ y a ti la tuya? Dime, ¿adónde tiende/ este vagar mío, tan breve,/ y tu curso inmortal?» — , Florita también pronuncia las palabras «horror» y «aburrimiento», más específicamente, Florita dice: «mirar cara a cara al aburrimiento era una acción que requería valor […] y que ella también lo había hecho y que ambos habían visto en el rostro del aburrimiento cosas horribles que prefería no decir» (Bolaño, 2016, p. 585).
- De nuevo: «Un oasis de horror en un desierto de aburrimiento». De nuevo, Florita dice desierto, dice oasis, dice aburrimiento, dice horror. Florita dice que el aburrimiento es un rostro y que, como todo rostro, el aburrimiento es una especie de marea, porque los rostros son una marea, y a veces se distienden y a veces se contraen y a veces, debajo de ciertas luces, atravesados por ciertas sombras, son irreconocibles, es decir, pareciera que la marea que los barre, la luz o la sombra que los barre, los reconfigurara, y los ojos del rostro del aburrimiento pasaran a ser los ojos del rostro de la desgracia, o los ojos del rostro de la dicha, y la boca del rostro del aburrimiento se convirtiera en la boca del rostro del asco o la boca del rostro de la angustia, y así sucesivamente con las cejas, con la nariz, con las orejas, con las inclinaciones de la cabeza del rostro del aburrimiento, como si el rostro del aburrimiento en particular y cualquier rostro en general fuera una especie de moneda girando sobre una mesa y al desacelerar o acelerar mutara su contorno, sus límites, sus detalles.
¿Y por qué es importante el rostro del aburrimiento? Porque el rostro del aburrimiento es un desierto, es el desierto; mejor, porque el rostro del aburrimiento es la aridez de un desierto, como un lienzo en blanco. Y digo lienzo en blanco porque también el hielo es un desierto, es otro tipo de desierto, y así la Antártida es un desierto, Alaska es un desierto, los osos polares son beduinos, son los beduinos de los desiertos helados.
3.1. Ahora el horror, ahora el oasis y el horror. Pues bien, si el rostro del aburrimiento es el desierto, y como desierto lo recorren vientos, tormentas, luces y sombras, entonces el horror es otro de los rictus del desierto que es el rostro del aburrimiento. Pero según Florita Almada y según Roberto y según la manera en la que Roberto entiende la cita de Baudelaire, el horror es el personaje principal, el rictus principal, del desierto del rostro del aburrimiento, como si el rostro del aburrimiento tendiera, naturalmente, como tiende una planta hacia el sol, a ser invadido por el rictus del horror. Sin embargo, hay que tener cuidado, no hay que precipitarse: que el desierto del rostro del aburrimiento tienda hacia el rictus del horror no implica que tienda en su totalidad hacia el rictus del horror, o que el rictus del horror sea capaz de invadir en su totalidad el desierto del rostro del aburrimiento, como si se hiciera sombra en la totalidad del planeta. Por eso, precisamente por eso, es que el rictus del horror es tan solo un oasis, o que la manera en la que opera el horror en el desierto es a la manera de un oasis; en otras palabras, los oasis del desierto del rostro del aburrimiento son rictus de horror; en otras palabras, donde se puede acampar, donde se puede descansar de la desidia, de la pereza, de la desgana, de la inapetencia, de la esterilidad, de la impotencia, de la inercia, del letargo, de lo desabrido del desierto del rostro del aburrimiento, es en el horror; en otras palabras, lo que nos permite continuar transitando, lo que nos da energía, lo que nos repone, lo que nos renueva, lo que nos sacia, lo que nos revitaliza en el desierto del rostro del aburrimiento, es el horror; en otras palabras, el horror es para nosotros, osos polares del desierto del aburrimiento, nuestro alimento principal, nuestro nutriente predilecto; en otras palabras, es en el horror donde nos juntamos, donde nos quedamos a vivir, donde nos abrigamos, donde batimos ciudades; en otras palabras, es el horror nuestro remedio, es el horror nuestra medicina, es el horror lo que perseguimos enceguecidos cada vez que nuestro rostro se convierte en el desierto del rostro del aburrimiento.
- 2666 es, entonces, un compendio de oasis de horror en un desierto de aburrimiento. Sí, 2666 consiste, principalmente, en un inventario de oasis de horror con los que se topan, o que provocan, personajes sumidos en el aburrimiento. 2666 es un retrato de diversos rostros inquilinos del desierto del aburrimiento, inmersos en el desierto del aburrimiento, en el instante del horror. Roberto, en 2666, deambula por las arrugas, por las comisuras, por los músculos tensos, por la palidez y el enrojecimiento, que inunda a los rostros aburridos, el desierto de los rostros aburridos, enfrentados al horror, cara a cara con el horror. Sí, chispazos de horror en medio de vidas tremendamente aletargadas, chispazos de horror que el mismo letargo provoca, atrae, pero, al tiempo, chispazos de horror que muy rápidamente son de nuevo devorados, envueltos, por la niebla del aburrimiento sin que nadie se escandalice, de la nada a la nada, del aburrimiento al aburrimiento, y el horror como puente de hojas.
4.1. Si el desierto del aburrimiento es una planicie, es una superficie que tiende hacia la planitud, es una superficie que, como Nietzsche, crece horizontalmente, entonces los oasis de horror son respingos, saltos, grietas. A lo que me refiero es a que La parte de los crímenes, punto de fuga de 2666, opera a través de saltos y grietas en medio de la planitud de las descripciones frías, áridas y distantes, de los asesinatos y de las vidas de los policías, familiares, periodistas, que giran o que son imantados por los asesinatos. A lo que me refiero es que en La parte de los crímenes hay una especie de detector de metales que se pasea a través del rostro desértico del aburrimiento, y que a veces ese detector de metales chilla, y chilla cuando encuentra horror, un trozo de horror que es «como una pepita de oro en una montaña de basura» (Bolaño, 2016, p. 582). A continuación consigno alguna de esas grietas por donde se cuela lo atroz, algunas de esas pepitas de oro del horror:
- «En marzo, la locutora de la radio El Heraldo del Norte […] salió a las diez de la noche de los estudios de la emisora en compañía del otro locutor y del técnico de sonido […] El técnico de sonido no tenía coche, por lo que Isabel Urrea se ofreció a llevarlo hasta su casa. No era necesario, dijo el técnico […] Mientras el técnico se perdía calle abajo Isabel se dirigió hacia donde estaba su coche. Al sacar las llaves para abrirlo una sombra cruzó la acera y le disparó tres veces. Las llaves se le cayeron» (Ibíd., pp. 480, 481).
- «A eso de las tres de la mañana dos balazos despertaron a los vecinos […] Luego siguieron otros dos balazos y oyeron a alguien que lanzó un grito. Al cabo de unos minutos vieron salir a un hombre, subirse a un coche aparcado delante de la casa y desaparecer […] La puerta de la casa estaba abierta de par en par y los policías no dudaron en penetrar en su interior. En el dormitorio más grande encontraron el cuerpo de Ema Contreras, atado de pies y manos, y con cuatro balazos, dos de los cuales le destrozaron el rostro. El caso lo llevó el judicial Juan de Dios Martínez, quien […] no tardó en llegar a la conclusión de que el asesino era el conviviente (o amasio) de la víctima, el policía Jaime Sánchez […] A las seis de la mañana lo encontraron en el bar Serafino’s […] Jaime Sánchez se entregó sin oponer resistencia. Juan de Dios buscó debajo de su chaqueta hasta dar con la sobaquera y la Magnum Taurus. ¿Con ésta la mataste?, le preguntó. Me azoté y perdí el control, dijo Sanchez. No me humilles delante de mis amigos, añadió. Me pelan los dientes tus amigos, dijo Juan de Dios mientras le ponía las esposas. Cuando abandonaron el local la partida de póquer se reanudó como si nada» (Ibíd., pp. 675–677).
- «El uno de junio Sabrina Gómez Demetrio, de quince años de edad, llegó a pie al hospital del IMSS Gerardo Regueira, con heridas múltiples de arma blanca y dos balazos en la espalda. Fue ingresada de inmediato en la unidad de urgencias, en donde al cabo de pocos minutos falleció. Pronunció pocas palabras antes de morir. Dijo su nombre y mencionó la calle donde vivía con sus hermanas y hermanos […] Dijo algo sobre un hombre que tenía cara de cerdo. Una de las enfermeras que intentaba pararle la hemorragia le preguntó si ese hombre la había secuestrado. Sabrina Gómez dijo que lamentaba no ver nunca más a sus hermanos» (Ibíd., pp. 776–777).
- «El siete de octubre fue hallado a treinta metros de las vías del tren, en unos matorrales lindantes con unos campos de béisbol, el cuerpo de una mujer de edad comprendida entre los catorce y los diecisiete años. El cuerpo presentaba señales claras de tortura, con múltiples hematomas en brazos, tórax y piernas, así como heridas punzantes de arma blanca (un policía se entretuvo en contarlas y se aburrió al llegar a la herida número treintaicinco)» (Ibíd., pp. 785–786).
- Pero al desierto del aburrimiento poblado de oasis de horror también lo recorre una serie de preguntas, una serie de señales, ciertos arremolinamientos, arremolinamientos del estilo: ¿Quién se resiste al horror?, ¿quién, en medio del desierto del aburrimiento, se resiste al horror?, ¿quién es capaz, en medio del desierto del aburrimiento, convertido su rostro en otra de las parcelas del desierto del aburrimiento, no caer en la tentación del horror, no descansar en los oasis de horror sino pasar de largo, o incluso denunciarlos, así tenga que pasar largas temporadas en las condiciones más extremas, así tenga que enfrentarse a las bestias, a los venenos, que pueblan el desierto del aburrimiento, que pueblan su rostro convertido en otro barrio del desierto del aburrimiento?, ¿quién es capaz, con su rostro sumido en el desierto del aburrimiento, sus labios cuarteados por el calor extremo, por la falta de agua, de amigos, de caricias, de comida, de sosiego, preferir continuar atravesando el desierto del aburrimiento sin llenarse las tripas de horror? ¿Y escribir?, ¿no es tal vez escribir una cantimplora, una cantimplora vacía, con la que se atraviesa el desierto del aburrimiento?, ¿no es escribir una cantimplora que, aunque vacía, aunque caliente, aunque también queme, es algo de lo que agarrarse en medio de la travesía por el desierto del aburrimiento, algo de lo que sostenerse para no ser seducido por las redes de los oasis de horror? Escribir, sí, al menos para esquivar el horror.
posdata:
Curiosamente, este texto se terminó de escribir un día antes de la invasión de Trump a Venezuela. Es curioso porque escribiéndolo pensé en que Roberto fue una suerte de vidente y supo ver con qué facilidad nos acostumbramos al horror, con qué facilidad bebemos horror, bebemos en el oasis del horror, y podemos seguir deambulando por el desierto del aburrimiento como si nada. Pensé en Colombia, en cómo el horror en Colombia necesita ser casi del tamaño del desierto del aburrimiento para destacarse; pensé en Ucrania, pensé en que Ucrania fue un oasis de horror y ahora es otro barrio del desierto del aburrimiento; pensé, sobre todo, en Gaza, en cómo todo lo relacionado con Gaza opera por picos de horror, como picos de insulina, y luego vuelve a ser devorada por el desierto del aburrimiento.
Y sí, ahora es el turno de Venezuela, ahora es otra vez el turno de Venezuela. Y digo otra vez porque Maduro también supo ser un oasis de horror. Ojalá que en esta nueva temporada sean pocos, o mejor, ninguno, los que se regocijen en ese oasis.
referencias
Bolaño, R. (2009). Amuleto. Editorial Anagrama.
Bolaño, R. (2016). 2666. Penguin Random House.
https://revistahumanum.com/2019/07/04/leopardi-canto-nocturno-de-un-pastor-errante-de-asia/
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