PRETTY WOMAN
En los páramos de donde ella venía, había una carretera de curvas que parecía sacada de una película de western mezclada con una de terror…
PRETTY WOMAN
En los páramos de donde ella venía, había una carretera de curvas que parecía sacada de una película de western mezclada con una de terror de los años noventa. Una brisa cálida me acariciaba el rostro, mi garganta estaba más seca que un pozo en un desierto, lo sé porque intenté tragar, pero no tenía saliva.
Intenté avanzar por el estrecho camino, no había vuelta atrás. No tenía como volver, ni sabía cómo había llegado ahí, solo sabía que la estaba buscando y que solo quedaba avanzar.
Estaba buscando a una puta, una literal, de la que me había enamorado. Se dedicaba a la prostitución desde hacía años, y yo me dedicaba a consumirla vorazmente desde hacía tiempo también. En mi necesidad de sentir afecto humano. Todos queremos ser amados, aunque sea por unos breves y engañosos minutos. Sabía que ella me quería, pero no podía enamorarse y dejar una prodigiosa carrera, que la había alimentado durante años a ella y a su familia.
Estaba decidido a intentarlo, aunque me dejase el sueldo de cada mes en tan solo dos días. No podía verla más. No aceptaba mis visitas sin dinero. Respetaba eso. Respetaba su decisión.
Hoy es un día especial, había comprado un anillo.
No voy a forzarla a dejar su trabajo, como esos chulitos de las películas románticas rollo Pretty Woman se atrevían a hacer. Ni yo soy un empresario forrado ni ella es tan bonita como Julia Roberts. Aunque ¡venga!, en serio, ¿dónde se pueden ver putas tan bonitas? Solo en las películas. Y todos sabemos que la vida no es una.
Mi madre siempre me había dicho que con la nariz que tengo nunca iba a encontrar una chica que me quisiera lo suficiente como para salvar esa barrera física. Y mira cómo pagando, la he encontrado. Se ha enamorado de mí, a pesar de mi físico y sé que no ha sido solo por el dinero. Noto que le gusta compartir su tiempo conmigo. No siempre follamos, a veces estamos simplemente abrazados en la cama.
La veo. Está intentando engatusar a un tío por la calle. El tío la rechaza con una mueca de asco. Le partiría la boca a ese desgraciado. No lo hago, me comporto. Me arreglo la camisa, metiéndomela en el pantalón lo mejor que puedo y me le acerco. Desprende un olor a sexo, al sexo de no haberse duchado después. No me importa, lo nuestro es verdadero, real, supera cualquier barrera.
Me pone ojos melosos. Me derrito. Me hace un gesto de asentimiento para que la siga. Subo por las estrechas escaleras, mal iluminadas y con olor a algo que se está pudriendo. No sé si es que ha muerto un animal por ahí o es el ambiente pútrido del lugar en sí, que está muerto en vida. La peste del amor romántico marchitándose, las esperanzas rotas, los sueños vacíos…
Cuento los escalones que quedan hasta la habitación, como siempre son veinticuatro. Ni uno más, ni menos.
Se adentra en la habitación y me pide que cierre al entrar. Sabe que lo necesito, que necesito ser yo el que cierre la puerta, lo hago tres veces y me tumbo en la cama a su lado.
Me quita la ropa como a un niño pequeño, pero hoy va a ser diferente.
– Hoy va a ser diferente — le digo.
Le doy un beso en los labios y me pongo de rodillas, abro la cajita de madera desgastada que contiene el anillo, no hace falta que pronuncie la frase.
–¡Ay mi rarito, sí quiero! — me contesta ella un poco conmocionada.
Así que ya somos marido y mujer, un bicho raro y una puta, durante los breves encuentros pagados de dos días al mes, nuestra relación es inmejorable, persiste en el tiempo, nunca se acaba. Ella siempre me complace. Nuestro amor es más profundo que su dilatado coño. Hasta que la muerte o el dinero nos separe.
메타데이터
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