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La costumbre de hacer altares humanos

Hay algo en mí que detecta personas y no las suelta. No necesariamente de manera romántica. Más bien como cuando una melodía se instala en…

Natalia Antonoff · 2026-05-21 13:37 · 0 claps · 2.5 min read paywalled
#hiperfijación #neurodivergencia #idealización #jerarquías-sociales #personas-aspiracionales
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La costumbre de hacer altares humanos

Hay algo en mí que detecta personas y no las suelta. No necesariamente de manera romántica. Más bien como cuando una melodía se instala en la cabeza y empieza a repetirse sola, excepto que aquí no es una canción: es una persona, una presencia, una arquitectura social entera condensada en alguien.

Me cuesta admitirlo porque, dicho en crudo, podría parecer simple lambisconería. Pero tampoco se siente así. Hay algo menos calculado y más involuntario. Más instintivo. Mi cerebro detecta ciertas configuraciones humanas con una intensidad desproporcionada: carisma, estética, influencia, presencia, capacidad de alterar una habitación sin siquiera levantar la voz.

Es como si alguna parte primitiva de mí siguiera escaneando jerarquías tribales. Quién mueve cosas. Quién tiene acceso. Quién genera gravedad social. Quién parece protegido por el mundo.

Con algunas personas me pasa eso. Pienso mucho en ellas. No porque quiera algo concreto de ellas, sino porque mi mente las convierte en acertijos simbólicos.

Me pasó hace años con una niña del Kipling. Tenía fama de ser guapísima y absorbí alrededor suyo toda una mitología social. Quién quería con ella. Qué traía puesto. Su último corte de pelo. La forma en que la gente hablaba de ella. Como si, al descifrar exactamente qué poseía, pudiera desbloquear algún secreto sobre pertenencia, validación o magnetismo humano.

No era ella únicamente. Era el arquetipo entero: la niña popular, deseada, socialmente luminosa. Y mi cabeza se quedó intentando entender qué producía semejante efecto colectivo.

Creo que eso me pasa seguido: no veo solamente personas. Veo símbolos comprimidos. Estatus. Estética. Seguridad. Influencia. Narrativa. Branding humano. Y cuando alguien está particularmente “armado” en esos códigos, mi atención se hiperfija.

A mí sí me impresiona la construcción estética. Nunca he comprado del todo la fantasía romántica de la belleza “natural” como única belleza válida. Me impacta igual la gente que toma lo que tiene y lo eleva deliberadamente. Hay algo ahí que leo como inteligencia social, sensibilidad estética y voluntad.

Y también detecto poder local. Influencia. Gente que sabe moverse. Que entiende sistemas. Que tiene conexiones. Hay una parte muy poco elegante de admitir, pero profundamente humana, en reconocer que eso también produce sensación de seguridad.

El problema quizá no es admirar. El problema es la velocidad con la que mi cabeza convierte admiración en jerarquía. Les asigno un peso simbólico enorme y automáticamente me reduzco frente a ellas. No racionalmente: nerviosamente.

Tal vez ahí entra también mi neurodivergencia. Mi mente hiperfija. Lo hace con ideas, conceptos, proyectos y personas. Encuentra algo estimulante y empieza a masticarlo compulsivamente durante semanas, meses o años. Y cuando esa hiperfijación se cruza con figuras aspiracionales o magnéticas, se vuelve todavía más absorbente.

Lo veo también en mi hermano. Y eso me confronta porque venimos del mismo lugar, aunque la gente diga que cada hijo tiene padres distintos. Hay estructuras mentales que compartimos clarísimo.

Él también se hiperfija, solo que sin conciencia de ello. Se queda atrapado en temas como un perro mordiendo algo que no sabe soltar. Si antes era la herencia, luego es la alimentación de Mila, luego cualquier otra cosa. Se le instala entre ceja y ceja y gira alrededor de eso hasta desgastar a todos alrededor.

Y me da tristeza porque nadie le enseñó jamás cómo funciona su cerebro. Nadie le enseñó a observarse sin vergüenza. A entender que obsesionarse no necesariamente te vuelve loco ni malo, pero sí puede aislarte si no desarrollas autoconocimiento, autocompasión y herramientas para modular esa intensidad.

Porque un cerebro así puede ser brillante. Puede detectar patrones, profundizar, conectar puntos que otros no ven. Pero también puede convertirse en un disco rayado con patas y terminar expulsando a los demás por agotamiento.

Tal vez por eso me obsesiona tanto la presencia humana. Porque para mí la gente rara vez es solamente gente. Es símbolo. Es energía. Es narrativa. Es arquitectura social. Y mi cabeza no sabe mirar eso superficialmente.


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