← Back to list

Tríptico sobre la neutralidad

Tres micro-ensayos sobre técnica, ideología y la posibilidad de ver el propio ver

Gustavo Muñoz · 2026-05-21 19:49 · 0 claps · 8.0 min read
#neutralidad #economia #ideologia #madhyamaka #técnica
Open on Medium ↗

Tríptico sobre la neutralidad

Tres micro-ensayos sobre técnica, ideología y la posibilidad de ver el propio ver

I. La ilusión de neutralidad

Una de las convicciones más arraigadas en la economía académica contemporánea — y más sólidamente en sus escuelas de élite — es que el rigor técnico ha desplazado a la ideología. En los seminarios, se nos dice, no se discuten posturas políticas ni grandes marcos normativos: se habla de identificación causal, de validez externa, de robustez, de endogeneidad. La ideología, si acaso existe, habría quedado fuera de la sala.

La descripción es, en lo esencial, correcta. Quien ha pisado esos espacios sabe que el noventa y cinco por ciento de la conversación es técnica y que la sospecha contra las etiquetas grandilocuentes — “neoliberal”, “utilitarista”, “tecno-determinista” — suele estar justificada: con demasiada frecuencia esas etiquetas las reparte quien no entendería una función de producción ni aunque se la explicaran dos veces. Conviene conceder esto sin regateos, porque la fuerza del argumento que sigue depende de no caricaturizar al adversario. El economista empírico tiene razón en una cosa importante: nombrar una ideología no es lo mismo que comprender lo que se critica, y la crítica humanística a la economía está plagada de gente que confunde lo uno con lo otro.

Pero de que los seminarios no hablen de ideología no se sigue que no operen dentro de una. El error no está en la práctica empírica, sino en una definición tácita: reducir ideología a discurso normativo explícito. Bajo esa definición estrecha, allí donde solo hay técnica no hay ideología. Y, sin embargo, esa concepción pasa por alto la forma más eficaz de ideología: la que no se discute porque funciona como marco por defecto, como infraestructura cognitiva, como sentido común.

Antes de que comience cualquier análisis se han tomado decisiones que ningún dato podrá ya revisar. Medir el bienestar por el ingreso o la productividad presupone que lo cuantificable es lo relevante y que las dimensiones no medibles — sentido, autonomía, dignidad, arraigo — son externalidades conceptuales. Modelar el trabajo como insumo, como horas por productividad, lo despoja de su función constitutiva en la identidad de quien lo realiza. Tratar la tecnología como shock exógeno naturaliza su aparición: la vuelve inevitable, neutral, independiente de quién decide qué se desarrolla y a quién beneficia. Analizar la desigualdad post hoc acepta como dado el diseño que la produce y desplaza la pregunta de “cómo construimos el sistema” a “cómo mitigamos sus efectos”.

Conviene ser preciso aquí, porque hay una objeción legítima que la versión perezosa de esta crítica nunca enfrenta. Modelar el trabajo como insumo no implica creer que el trabajo sea solo eso. Un economista puede tener una vida interior riquísima sobre el significado del trabajo y, aun así, en el modelo, tratarlo como horas por productividad, porque el modelo no pretende ser una antropología completa. La diferencia entre un supuesto de modelado y un compromiso ontológico es real, y la crítica que la ignora confunde el mapa con quien lo dibuja. La carga ideológica no entra, entonces, en el acto de abstraer. Entra después: cuando los resultados del modelo se leen, institucionalmente, como si fueran la realidad completa; cuando la abstracción olvida que era una abstracción y se instala como descripción.

Ahí, y solo ahí, la técnica deja de ser inocente. No porque mienta, sino porque, al presentarse como puramente metodológica, deja de percibirse como una elección entre varias posibles y empieza a experimentarse como el contorno mismo de lo real. Esa naturalización es precisamente la fuente de su enorme poder explicativo e institucional: sus supuestos no se imponen como doctrina, sino como el horizonte: aquello que permite ver y que por eso mismo no se ve.

Reconocer esto no descalifica el trabajo empírico ni conduce al relativismo. Lo sitúa. Toda técnica rigurosa presupone una filosofía, incluso — sobre todo — cuando no la nombra. La cuestión no es si la economía opera dentro de un marco, sino si ese marco puede hacerse explícito, examinarse y compararse con otros. La verdadera neutralidad no consiste en negar que hay supuestos, sino en la capacidad de verlos.

II. La ilusión de la lucidez

El micro-ensayo anterior es persuasivo. Demasiado. Y conviene desconfiar de los argumentos que nos dejan exactamente donde queríamos estar, sintiéndonos más inteligentes que el interlocutor. Apliquemos, pues, el mismo bisturí a la mano que lo sostiene.

El argumento central de la crítica tiene esta forma: todo marco descansa sobre supuestos no examinados; luego ningún marco es neutral. El problema es que el argumento demuestra demasiado. Si es verdad universal que todo marco arrastra una ontología tácita, entonces el marco crítico — ese desde el cual se denuncia la falsa neutralidad de la economía — no es ninguna excepción. También él decide de antemano qué cuenta como relevante, qué preguntas son legítimas y qué queda fuera. La crítica que disuelve la neutralidad ajena disuelve, con el mismo gesto, su propio suelo. No puede serrar la rama del economista sin estar sentada en ella.

Y aquí aparece lo que la conversación original nunca confesó: los marcos alternativos no cargan menos equipaje filosófico que la economía mainstream, sino más. El enfoque de capacidades de Sen y Nussbaum no es una mirada más libre de supuestos; presupone una teoría sustantiva del florecimiento humano — qué es una vida valiosa, cuáles capacidades importan — infinitamente más comprometida que la modesta decisión de medir el ingreso. Los estudios críticos de la tecnología presuponen que el poder es la lente analítica primaria, lo cual es una apuesta ontológica fortísima, no una observación inocente. La economía política presupone que la estructura precede y determina al fenómeno. Presentar estos marcos como si simplemente vieran lo que la economía no ve es el truco más viejo del oficio: hacer pasar la propia carga por agudeza visual.

Hay además una trampa metodológica en el corazón de la crítica de ideologías, la que Ricoeur llamó la hermenéutica de la sospecha. Su estructura es la de un argumento que no puede perder. Si el economista admite tener supuestos ocultos, la sospecha se confirma. Si los niega, la negación se lee como prueba de cuán profundo es su sometimiento al marco: justamente porque no ve la prisión, está preso. Pero un argumento que interpreta tanto la confesión como la negación como evidencia a su favor ha dejado de ser un argumento y se ha convertido en una profecía autovalidante. Es la misma estructura del psicoanálisis silvestre y de la teoría conspirativa: lo irrefutable no es lo más fuerte, sino lo que ha renunciado a poder equivocarse.

La frase de Dostoyevski corta, entonces, en ambas direcciones. La mejor prisión es aquella en la que el preso no se sabe preso. De acuerdo. ¿Pero qué garantiza que el crítico no esté en otra celda — la del que goza viéndose lúcido — felicitándose por una libertad que no ha demostrado tener? La pretensión de ver el marco de todos los demás desde ningún marco es, ella misma, la fantasía de neutralidad que el ensayo anterior denunciaba, ahora vestida de izquierda. Habermas se lo objetó a Foucault hace décadas: una crítica que totaliza la sospecha — que declara que todo es poder, que toda razón es interés disfrazado — no puede explicar desde qué lugar habla sin contradecirse, porque su propio enunciado tendría que ser también poder disfrazado.

Y conviene nombrar, por último, la comodidad social del gesto. La crítica de la ideología halaga a quien la ejerce. Concede el placer de ver a través de las cosas, de estar un piso por encima del técnico que solo sabe calcular. Es una posición que casi nunca exige aprender la matemática que se critica, y esa exención debería darnos vergüenza antes que orgullo. Hay una soberbia específica del humanista que confunde no haber entendido el modelo con haberlo trascendido.

Nada de esto restaura la neutralidad de la economía. Pero retira al crítico el trono desde el cual la juzgaba. Ya no quedan una posición presa y otra libre, sino dos posiciones situadas — y una de ellas que se creía exenta.

III. Síntesis: la neutralidad como tarea, no como propiedad

Tenemos dos micro-ensayos que parecen anularse. El primero muestra que ningún marco es neutral. El segundo muestra que el marco que lo demuestra tampoco lo es, y que su pretensión de lucidez es una neutralidad encubierta. Si nos detenemos aquí, el resultado es el peor de los relativismos: todos están sesgados, luego da igual, luego nada puede decirse. Pero esa parálisis sería una pereza, no una conclusión. La salida no consiste en elegir un ensayo sobre el otro, sino en advertir que ambos atacan la misma idea equivocada de neutralidad.

Los dos discuten la neutralidad como si fuera una propiedad: algo que un marco tiene o no tiene, un lugar limpio desde el cual mirar sin presupuestos. Y tienen razón en que ese lugar no existe: ni la economía lo ocupa, ni lo ocupa quien la critica. Pero de la inexistencia de un punto de vista absoluto no se sigue que todos los puntos de vista valgan igual. Se sigue, más modestamente, que la neutralidad hay que dejar de buscarla como posición y empezar a practicarla como disciplina. No es un sitio donde uno se para; es algo que uno hace.

¿Qué se hace, concretamente? Se vuelven explícitos los propios supuestos en lugar de naturalizarlos. Se los sostiene como revisables y no como evidentes. Se los expone al choque con marcos rivales y con la evidencia que podría refutarlos. Bajo este criterio, la pregunta deja de ser “¿es neutral tu marco?” — que nadie puede responder con un sí honesto — y pasa a ser “¿puede tu marco verse a sí mismo, declarar sus compromisos y ponerlos en juego?”. Y bajo ese criterio, la virtud del economista empírico y la virtud del crítico dejan de oponerse: la primera es la disciplina de medir; la segunda, la disciplina de examinar qué presupone la medición. La madurez intelectual no consiste en elegir una, sino en soportar las dos a la vez — medir con rigor y, simultáneamente, recordar que toda medición ya decidió qué era digno de medirse.

Es difícil no oír aquí el eco de la filosofía Madhyamaka, y vale la pena seguirlo porque ilumina con precisión lo que está en juego. La economía corre el riesgo de la reificación clásica: tomar la eficacia convencional de su modelo — que predice, que funciona, que ordena el mundo de forma útil — por una verdad última, por una descripción del ser mismo de las cosas. Atribuye al modelo un svabhāva, una esencia propia, cuando el modelo solo tiene existencia dependiente de las decisiones que lo construyeron. Pero el crítico corre un riesgo más sutil y por eso más peligroso: creer que, al haber visto la vacuidad de todos los marcos, ha alcanzado un lugar fuera de los marcos. Y eso es olvidar que la vacuidad también es vacía — śūnyatā-śūnyatā — . La crítica que disuelve toda esencia debe disolver también su propia pretensión de mirada privilegiada, o se convierte en lo que combate: una posición que se cree última.

Las dos verdades no compiten. Convencionalmente, el modelo del economista funciona, y negarlo sería necio; últimamente, carece de esencia propia, y olvidarlo sería reificarlo. El error del economista es confundir el primer plano con el segundo. El error del crítico es creer que, por conocer el segundo, ya no habita el primero. El camino medio no es un punto intermedio tibio entre ambos, sino la capacidad de usar el marco sabiéndolo vacío: emplearlo sin aferrarse, medir sin idolatrar lo medido, criticar sin coronarse.

De modo que la conversación que vale la pena tener con un PhD en Economía de Stanford nunca es “ustedes son ideológicos y no lo saben”. Es esta otra, mucho más exigente y mucho menos cómoda para todos: ningún marco — ni el suyo ni el mío — posee neutralidad, y por eso la única neutralidad disponible es el trabajo continuo de hacer visibles los propios supuestos y mantenerlos a la intemperie. La neutralidad no es un don que se tiene. Es una vigilancia que se ejerce, y que se pierde en el instante en que uno se cree exento de ejercerla. La frase de Dostoyevski, al final, no describe al otro. Describe la condición de cualquiera que deje de mirar su propio mirar.


메타데이터
post_id
b3986fa554ca
slug
tríptico-sobre-la-neutralidad-b3986fa554ca
url
https://medium.com/@justavo/tr%C3%ADptico-sobre-la-neutralidad-b3986fa554ca
canonical_url
https://medium.com/@justavo/tr%C3%ADptico-sobre-la-neutralidad-b3986fa554ca
author_url
https://medium.com/@justavo
status
ok
fetched_at
2026-07-10 13:01:02