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A Malta, a Inglaterra, a mí

Por: Dave Jiménez

Where We Belong by Dave Jiménez-Delgado · 2026-05-15 18:32 · 0 claps · 3.9 min read
#migrants #love #love-myself #life
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Wiki topics: 💑 · Relationships

A Malta, a Inglaterra, a mí

Por: Dave Jiménez

¿No puedo creer que esté aquí? ¿En qué momento? ¿Es real esto?

Esas preguntas llegaban siempre que la vida me ponía frente a algo nuevo, algo que el muchacho miedoso que fuí, nunca creyó posible. Y sin embargo, ese mismo muchacho empacó su ropa, se despidió de su familia y de sus amigos en Bogotá, y cruzó el mundo. No para escapar, sino para algo mucho más urgente: vivir. Porque vivir, en ese entonces, no era lo que estaba haciendo.

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I. La isla que me abrió

Llegué a Malta con lo justo: el dinero del primer mes de renta y unas ganas enormes de no desperdiciar lo que fuera que estaba a punto de pasarme. Al principio todo pesa doble cuando no conoces a nadie, cuando el idioma suena distinto y el barrio huele diferente. Pero hay algo que tiene el extranjero que no tiene la casa: la obligación de abrirse.

Trabajé en ZARA. Aprendí de mis jefes con una dedicación que, en otro contexto, quizás nunca habría tenido. Aún tengo pesadillas con los días de rebajas, con los percheros llenos y el tiempo que nunca alcanza, pero fue ahí, en medio de ese caos hermoso, donde conocí a personas que hoy son parte de lo que soy. Sin esa oportunidad, sin ese trabajo que algunos mirarían por encima del hombro, quizás no habría encontrado la puerta.

Mis amigos, llegados de todas partes del mundo, crecieron conmigo, a la par, como árboles que se tuercen juntos hacia la misma luz. Me ayudaron a salir del cascarón, a arriesgar, a conocerme en esos momentos en que uno no sabe muy bien quién es todavía. Hubo citas que fallaron de maneras casi cómicas, y amores de verano que duraron lo que tenían que durar y me dejaron algo sin precio: la certeza de que yo valía. Valía como hombre, como persona, como ser humano.

Y mis compañeros de apartamento; ese par de italianos que le abrió la puerta a un colombiano sin preguntar demasiado , me enseñaron sobre pastas y groserías en italiano, pero también algo más difícil de poner en receta: que el hogar no es un lugar, sino una mesa donde te esperan. Las fiestas que se salieron de control, los hombres que apostaron por mí a pesar de dudar, los que creyeron y los que no: todos me construyeron.

II. Por qué me fui

Migrar, para mí, no fue una cuestión de dinero ni de oportunidades sobre el papel. Fue una cuestión de aire. En Bogotá sentía que respiraba a medias, que cargaba cosas que no eran mías pero que igual pesaban: el ruido, el caos, los miedos ajenos que uno termina adoptando sin darse cuenta. Socialmente seguía funcionando, pero por dentro algo no cerraba, algo no encontraba su lugar.

Malta, pequeña y a veces agobiante como solo pueden serlo las islas, me devolvió algo que creía haber perdido: la capacidad de disfrutar sin culpa, de soltar, de ser liviano. No todo fue fácil. Hubo momentos oscuros que aún no sé bien cómo nombrar. Pero sin la fortaleza construida en esos dos años, sin los amigos que estuvieron cuando el suelo se movió, el peso habría sido otro. Un peso que no sé si habría podido cargar solo.

III. Lo que el cemento me enseñó

Luego vino Londres. Y Londres no te recibe con los brazos abiertos porque es una ciudad demasiado ocupada para eso. Pero si te quedas, si aguantas el frío y el ruido y la soledad que tiene toda ciudad grande, algo ocurre: la ciudad cede. Te abre un espacio. Y en ese espacio, entre el cemento y el metro y la lluvia que nunca avisa, aprendí que también se puede crecer ahí, que también se puede amar ahí.

El mundo es cruel. Eso no lo aprendí en un libro: lo sentí en el cuerpo. Pero descubrí también, casi al mismo tiempo, que hay miles de personas dispuestas a encontrarte , desde lugares distintos, con historias distintas y que entre todas esas diferencias puede nacer algo real. Algo que vale la pena.

Londres me enseñó que soy arte. Que soy sueños. Que soy luz. Y estando solo, sin nadie que me definiera, pude ver con una claridad que antes no tenía: soy un ser humano migrante. Y nadie en el mundo será exactamente como yo.

IV. El alma que encontré

Me gusta decirlo así: Londres fue el alma que encontré, el lugar donde cobró sentido estar. Me sentí a gusto, pero el tiempo no fue suficiente. Porque después necesitaba sanar de nuevas heridas, y para eso necesitaba volver a casa.

V. Volver a Bogotá, el hogar que espera

Y mi hogar era Bogotá: mi familia, mis amigos de infancia, las calles conocidas.

Volver se siente diferente ahora. Vivo diferente. Comparto más con mi familia. Dejé atrás algunas amistades. Hay cosas con las que ya no conecto, porque esta nueva versión de mí busca vínculos más sanos, más genuinos. No puedo creer que esté aquí de nuevo, pero estoy listo para encontrar mis próximos pasos,esta vez con más claridad.

Por ahora esperaré a que llegue el momento de volver a salir, de emerger de nuevo. Pero algo aprendimos: el tiempo es perfecto. Y espero, con paciencia, que algún lugar me aguarde para una nueva aventura, cargada de todo lo que ya sé.

Gracias, Malta. Gracias, Londres. Gracias, vida, por enseñarme, por hacer de mí lo que soy, y gracias a todos los que me acompañaron en este proceso de descubrirme. Seguiré descubriéndome. Seguiré cometiendo errores, pero ahora entiendo el propósito de sentir, de dejar fluir y de encontrar ese lugar correcto que siempre será el aquí y el ahora.

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