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Contra el cierre de la lectura

Formas que resisten, lecturas que acompañan

Alexis Iparraguirre · 2025-07-21 11:27 · 3 claps · 4.1 min read
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Contra el cierre de la lectura

Formas que resisten, lecturas que acompañan

En una época que le exige a la literatura síntesis, mensajes y resolución, la lectura literaria apunta a formas que rehúyen el cierre, escrituras que insisten sin resolverse, y prácticas críticas que acompañan y no domestican.

Durante mi pregrado, me acercaba al texto como si fuera un enigma: un problema a resolver, una estructura a descifrar, una clave que, una vez revelada, otorgaba al crítico una forma de autoridad. Leer era conquistar el sentido. Y esa conquista, aunque intelectual, tenía algo de territorial: delimitar, nombrar, cerrar. La lectura se volvía entonces una operación de clausura, una forma de control sobre lo que el texto debía significar. Como si el gesto del texto tuviera que ser traducido, domesticado, resuelto; como si la crítica no interpretara, sino decidiera qué debía persistir y qué debía cesar.

Durante algunos años practiqué lecturas críticas que operaban por resolución: traducían el texto a una clave única — política, psicológica, biográfica — y reducían lo estético a alegoría, lo ambiguo a transparencia, lo persistente a cierre. Eran útiles en ciertos contextos, especialmente cuando el texto exigía justicia o denuncia, pero también podían volverse reductoras: neutralizaban el gesto, convertían la crítica en dictamen.

Con el tiempo, empecé a leer de otro modo. No como quien establece, sino como quien acompaña. Se me hizo más lógico y desafiante no buscar dominar el texto, sino acompañarlo mientras pudiera seguir vinculándolo con más ideas interesantes. Entendí que la lectura que deriva tras la persistencia de un libro resulta más rigurosa y tensa que la se plantea como la definitiva, la que no deja cabo suelto. Es lectura que quiere afectar la libro, pero que no se deja afectar por su vector de fuga.

Podría pensarse que tal aproximación relativiza o pierde de vista el sentido, pero actúa en dirección opuesta. Es una forma de crítica mucho más atenta a los muchos dispositivos que una forma determinada puede activar y por la que siempre tiene “algo más que decir”: narrativos, genéricos, rítmicos, editoriales, institucionales, afectivos, históricos. Dispositivos que, simultáneamente, configuran el tiempo del relato, tensionan el género, negocian con el mercado, inscriben el texto en regímenes de legitimación, afectan al lector sin disolverse en el proceso, y dialogan — o interrumpen — tradiciones críticas.

Es una crítica que tiene por premisa que el sentido resulta de muchas interacciones, y que su comportamiento en la literatura más viva es abierto, tenso, inacabado. Porque incluso cuando la lectura se aproxima, el texto no se entrega: persiste en su ademán, en su ritmo, en su fuga. Hay escrituras que hoy la encarnan, que sublevan el cierre desde la forma.

Así, Mariana Enríquez no escribe solo terror que denuncia la violencia de Estado; reducir su obra a esa clave es clausurarla. Su escritura es también terror en sí: ritmo, atmósfera, insistencia. Funciona como pliegue editorial, como gesto que circula y consagra el terror en tensión con regímenes de legitimación más prestigiosos. Y César Aira subvierte el cierre narrativo desde la proliferación, el absurdo, la fuga; su escritura deriva como exceso, como interrupción. O Claudia Salazar, en La sangre de la aurora, articula el horror político con una estética fragmentaria que impide la clausura testimonial: su texto vibra, se corta, se descompone. Y Mónica Ojeda, en Las voladoras trabaja el terror desde lo corporal, lo gótico, lo ritual; su escritura se pliega y tensiona entre lo íntimo y lo institucional, entre lo femenino y lo monstruoso.

Estas escrituras no comparten una estética ni una posición en el campo. Lo que comparten es una forma que instala múltiples dispositivos sin someterse a una clave de lectura única. Una forma que persiste en su fuga. En algunos de esos casos hay gestos nuevos, pero lo decisivo no es la novedad, sino la persistencia en la dificultad. En una época que exige resúmenes, enseñanzas, mensajes, insisten en una forma que se rehúsa ser atrapada. No ofrecen lecciones, sino táctica. Prosiguen con el arte que hizo Borges o Rulfo: una escritura que no se deja reducir hacia una sola dirección. Por ello, ninguna síntesis puede capturar la experiencia de lectura del Aleph sin traicionar su exceso; y aunque se ordenen los fragmentos de Pedro Páramo cronológicamente para razonarlos mejor, es del delirio del desorden que emerge el efecto persecutorio, fantasmal, de la amargura en la hacienda Media Luna.

Persistir en esa dificultad — en esa forma que rehúsa moverse de un solo modo— no es solo una elección estética. Es una forma de resistencia: no contra el sentido, sino contra su domesticación. Y esa resistencia no se juega solo en la escritura, sino también en la lectura.

Leer implica decidir sobre el sentido en el espacio público; cómo debe circular, si debe persistir o interrumpirse. Y sabemos que hay lecturas que reducen el texto a mensaje, que obedecen al régimen de utilidad. Pero hay otras que distinguen y que reconocen en la forma una arquitectura de operaciones, una movimiento que persiste.

Leer, entonces, es un acto de decisión: no solo sobre lo que el texto significa, sino sobre cómo se procede con el significado. Y esas decisiones — cerrar, derivar, acompañar, resolver — no son neutras: están atravesadas por regímenes de lectura, por formas de consagración, por modos de circulación. Están, en última instancia, bajo el signo de lo político. Determinar puede ser necesario; pero distinguir y acompañar puede ser justo. En los textos que resisten, que se niegan a ser explicados, que insisten sin estabilizarse, quizás lo más político sea no decidir por ellos. Quizás lo más pluralista sea sostener la tensión, dejar que el sentido se desplace, que el vector de la forma no se resuelva en una sola dirección.


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