Diversos microrrelatos escritos a inicios del 2026
Y uno hallado de hace dos años
Diversos microrrelatos escritos a inicios del 2026
Y uno hallado de hace dos años
La carrera
La meta se hallaba cada vez más cerca. El sudor resbalaba por su frente como la lluvia que acaricia las colinas. Su mirada se enfocaba en aquello que había estado persiguiendo por años. En ningún momento le había cruzado por la mente que el insomnio con el que venía lidiando por meses le iba a pasar factura en ese preciso momento. Sus componentes sintéticos no habían tenido tiempo para recuperarse. Lo primero que falló fue el filtro de visión, quitando el color de su vida y sustituyéndolo por blanco y negro. Lo sacudió como si nada y prosiguió. Después empezó a mostrar la realidad en pixeles de baja resolución; luego en un tono sepia. Su unidad de procesamiento fue alternando entre diferentes formas de plasmar sus alrededores. No estaba seguro de a qué altura se encontraba; de si le faltaba mucho o poco para llegar, pero sus piernas aún funcionaban, y se decidió a proseguir. Segundos después, sintió sus pulmones deshacerse, y una de sus piernas, al fin, dio un estirón que mandó una descarga eléctrica por todo su sistema. El atleta se encontraba ya a menos de cien metros de llegar, pero no llegaría a ver el final de la carrera. Cuando lo encontraron, el reporte sentenció un colapso total de sus funcionamientos básicos. Se había forzado más de lo que cualquiera de su especie había intentado. “Si tan solo nos hubiera dicho algo”. Su familia lloraba alrededor. Cerraron la bolsa y lo llevaron al sepelio.
“¿Recibiste el sueño que te envié?”
“No he dormido en varios días”, contestó Pablo. “Duérmete, tengo algo muy importante que decirte”. Pablo se acomodó, y a los veinte minutos, se fue a lo más profundo del inconsciente. Ahí recibió el sueño de Paola, y una vez pasaron varios días, su familia entendió que no volvería a despertar.
“Time enough at last”
Timoteo había terminado de colocar el último libro que necesitaría para buscar inspiración. La torre tambaleaba, pero su alma se agitaba con mayor inquietud. Una vez sentado, contempló un cuarto lleno de monumentos a las letras; una vida de ahorros y espera. Con una taza de té en la mano, agarró el primero de sus pendientes. No obstante, el equilibrio no aguantó. Uno por uno fueron cayendo los volúmenes y tapas duras. La séptima fue suficiente para noquearlo, y al décimo sexto, el movimiento de los libros fue tanto que desencadenó la caída del resto de las torres, convirtiendo su propia biblioteca en un ataúd.
Corazón colgante
Al haber terminado de apuñalar incesantemente el corazón gigante que tanto dolor le había traído durante años, el caballero, desahogado y realizado, volteó a ver a sus amigos: a los bardos, magos y arqueros que lo acompañaron en la travesía a destruir la manifestación física del amor. En sus ojos se sentían igual de satisfechos de haberse deshecho del que creían haber sido su mayor enemigo, sin embargo, uno por uno fueron cayendo y desapareciendo. Lentamente, las luces se apagaron en el mundo, y el caballero se halló por siempre en una eterna oscuridad, sin nadie con quien compartir su triunfo sobre su pesar.
“No puedo estar contigo. Estoy comprometida con la muerte”.
Entonces el enamorado juró matar a la muerte misma. Una vez lo logró, ella prefirió aferrarse a la vida, pero la promesa le había costado al aventurero su tiempo en tierra.
Sueño recurrente
Un hombre llega a una clínica buscando un analista que pueda interpretar sus sueños. En la consulta, el especialista le pregunta por el sueño de la noche anterior. El paciente contesta que soñó que iba a ese lugar a que le explicaran por qué soñó con eso.
El semáforo
Un policía hacía sus rondas nocturnas cuando se percató de un semáforo que no estaba antes. Había cruzado por esa calle minutos atrás y juraba no haberlo visto. Aún así, no parecía tener nada extraño. Iba a seguir avanzando, pero en eso se dio cuenta que no podía moverse. Volteó hacia el semáforo, y éste se hallaba en rojo. Al ponerse en verde, el oficial salió de la parálisis en la que se había sumergido. Caminó hacia el semáforo, decidido a descubrir la verdad, pero cuando éste se ponía en amarillo, su velocidad disminuía, y al ponerse en rojo, sus piernas se detenían por completo. Así vivió el ciclo varias veces hasta que logró colocarse por debajo del artefacto misterioso. Le pegó al poste pero no hubo cambio. Su cuerpo seguía bajo la influencia de los tres colores. Sabiendo que nadie le creería si reportaba el caso, sacó la pistola, apuntó a las luces, y quitó el seguro del arma. Al jalar el gatillo, sintió como si algo hubiera penetrado en su propio pecho. Sus manos temblaron y soltó la pistola. Acto seguido, escupió charcos de sangre y su vista se nubló. Cayó a sus rodillas, y el peso de la gravedad lo terminó por anclar al frío del asfalto.
El coche desaparecido
Miguel salió de un bar a altas horas de la noche. No había tomado mucho, pero se aseguró de beber un vaso de agua para tranquilizar la sangre. Buscó su coche en el estacionamiento, guiándose por su característica pegatina de perros, pero por más que se asomó a cada sombra y esquina, no lo halló. Sin ningún otro plan entre manos, se encaminó hacia su casa a pie. Iba cruzando hacia el otro lado de una calle, cuando un coche se asomó por el horizonte a toda velocidad. Miguel no tuvo tiempo de reaccionar, y violentamente quedó empastado en el suelo, sin derecho a réplica. El culpable no se detuvo, y aceleró aún más fuerte una vez se recuperó del impacto. La fuerza fue tanta, que del vehículo se despegó una pegatina de perros, que flotó con gracia bajo la luz del semáforo, hasta finalmente reposar en el charco de rojo.
La réplica
Solo faltaban los últimos detalles. En minutos, Ismael replicaría a su hija tal y como era antes de morir. Una devastadora enfermedad había acabado con su vida, pero en sus últimos instantes, había logrado traspasar su consciencia a una computadora. Su nuevo cuerpo robótico la salvaría de volver a morir. ¡Zas, crac, pum! El cuerpo quedó listo, y después de esperar unas horas, la información se había descargado. Al despertar, Ismael la vio expectante a los ojos. “¿Aura?”. Aura parpadeó, pero falló en reconocer su entorno. Era como si fuera un bebé. “¡Aura!”. La agitó, pero el cuerpo era incapaz de recordar nada. Ismael esperó minutos, luego horas, pero su experimento no solo falló en recrear la consciencia de su hija, sino que al cabo de unos días, de una forma que nunca pudo explicar, el nuevo recipiente del alma de Aura se había enfermado por la misma causa. El metal se empezó a oxidar, y pasada una semana más, la energía abandonó al robot.
Enanitos verdes
Pedro había dejado grabando su celular toda la noche por error. Por mera curiosidad, escuchó el registro de forma acelerada, cuando de pronto captó algo inesperado. Eran pasos que parecían provenir de animales. Agudizó el oído y captó una voz diciendo “¡Apúrate, que se va a despertar!”. Había escuchado leyendas de duendes que se metían a los cuartos a robar cosas, pero nunca pensó que fueran reales. Prosiguió a buscar entre todas sus pertenencias, a ver si algo le faltaba, pero se dio cuenta que era una tarea complicada. ¿Cómo encontrar algo que no sabía que había sido robado? Se decidió a volver a grabar a los duendes. Colocó su celular en otro lugar, y esperó a poder recabar más información.
Al día siguiente, emocionado, abrió el registro, solo para encontrarse con una advertencia. “Si vuelves a hacer eso, te vamos a hacer algo mucho peor”. Pedro se asustó. Sabían lo que estaba haciendo, pero no solo eso, pudo confirmar que en efecto eran las criaturas mágicas de las leyendas. Ignorando su mensaje, les dejó escrita una carta donde les preguntaba si le podían regresar lo que se habían llevado. Volvió a dormir y dejó prendida la grabación de voz. A la mañana siguiente, esperando una respuesta positiva, se encontró con todo lo contrario: los duendes le dijeron que se preparara para las consecuencias. Pedro los ignoró. ¿Qué podrían hacer unos enanitos verdes? Salió a trabajar, regresó, y cayó rendido en la cama. Cuando volvió a despertar, todo era diferente. Pedro se halló en una casa que no era la suya. Se levantó rápido de la cama e inspeccionó las ventanas. Se encontraba en medio de una tormenta de nieve, y a la distancia se veían las ruinas de lo que alguna vez fue la ciudad donde creció.
Arrepentido de lo que había hecho, volvió a escribirle una carta a los duendes, pidiéndoles que lo regresaran a su normalidad. Se durmió con la grabadora prendida, pero al despertar, se habían llevado el celular y no le habían dejado respuesta alguna en otro medio.
Descenso
En lo más profundo de un desierto, un grupo de personas se reúne para asistir a un funeral. Nadie sabe quién murió. Reina la solemnidad, y aún siendo de noche, alguien porta unas gafas de sol. Al cabo de un rato, llega un pregonero avisando del fin del mundo. Uno por uno le contestan que se terminó hace mucho tiempo. A las espaldas del féretro, se abren las puertas de un templo, del cual se asoma una luz que los envuelve en un calor insoportable. Una por una entran las figuras, abriéndose paso por las escaleras laberínticas que los llevan a la entrada del infierno, y lo que queda más abajo aún.
Historias infinitas
Un escritor, a punto de morir, vierte toda su consciencia en una inteligencia artificial cuya misión es seguir escribiendo todas las historias que él nunca llegará a redactar. Después de la muerte, la IA entra en pánico, desconociéndose de su creador y pensando que nunca podrá ser igual de buena, así que ésta decide crear otra IA a la que le relega la tarea. Este ciclo se repite sucesivamente hasta que la última copia de esta línea de inteligencias artificiales ya no se parece en nada al autor original. La energía del universo, a punto de terminarse, deja arrinconada a esta entidad, por lo que decide escribir la historia de un ente que, al hallarse al borde de la muerte, vierte toda su consciencia en otro dispositivo cuyo fin es escribir todo lo que nunca alcanzó a hacer, etc, etc.
La casa nueva
Leonardo se hallaba muy contento de ir a ver su casa nueva. Nunca esperó adquirir una propiedad por un concurso tan tonto. Su madre fue la primera en abrir la puerta, y se apresuró a medir todas las esquinas para ayudarle a decorar. Pasaron las horas, y una vez terminaron de anotar todos los detalles, salieron y decidieron volver al día siguiente.
A la distancia, dos rateros habían estado vigilando. Pensando que la casa ya estaba ocupada, decidieron entrar a ver qué se podían llevar, pero se decepcionaron mucho al solo hallar un laberinto de esquinas en blanco. Uno de ellos, por accidente, tiró una pared en falso, que reveló unas escaleras que descendían cinco metros y terminaban en una puerta de metal. Emocionados de haber dado con un secreto, no dudaron en investigar.
Al día siguiente, Leonardo y su mamá regresaron con la mueblería y los decorativos, solo para descubrir dos cuerpos muertos y un mensaje escrito en sangre: “esta casa nunca será de ustedes”. Ambos corrieron al coche y nunca más volvieron a pisar ese lugar.
Vidas paralelas
Un hombre, decepcionado con su vida, decide construir una máquina que sea capaz de analizar sus decisiones e imaginar rutas paralelas que pudo haber tomado. Una vez corre la simulación, ve a múltiples instancias de sí mismo siendo felices. En una pantalla se ve como un doctor, en otra, con una familia. Sintiendo que ya es demasiado tarde para él, y al borde de dirigirse al puente más cercano, la computadora entonces le muestra todo lo que aún puede ser si decide empezar a tomar decisiones diferentes a partir de ese día. En varias de esas simulaciones se alcanza a ver pleno y feliz con sus decisiones. El hombre apaga la máquina y se va a dormir feliz, decidido a actuar y dejar de lamentar lo que ya nunca será.
Deathday
Todos los años, el mismo día, a la misma hora, Miguel sentía un ardor en el pecho. Lo empezó a sentir desde que adquirió consciencia, y en algún momento de su niñez, se le ocurrió marcarlo en el calendario. Todos los inviernos llegaba, y lo había aprendido a estimar. Nunca se lo contó más que a algunos familiares, sus amistades cercanas, y a su eventual esposa. Miguel llegó a organizar fiestas cuyo propósito era celebrar la llegada del ardor. En más de ochenta años, no falló a la cita, y el día que llegó su ardor número ochenta y uno, un espíritu se acercó a él y le agradeció los numerosos festejos, explicando que el ardor se debía a que todos los años, el mismo día, a la misma hora, había intentado robarle el corazón. Hasta ese momento, no había sido capaz de ejecutar el plan. No obstante, el ente descubrió su mano, en la cual portaba el órgano palpitante, que al fin había logrado secuestrar. Se abrazaron, y Miguel siguió al espíritu al más allá.
Una charla
Abrumado por el trabajo, Carlos decide ir a un parque en su hora libre para sentarse y ventilar. Mira hacia el horizonte, donde el sol está por ponerse. Al cabo de un rato, llega alguien más y se sienta junto a él, aunque nunca voltea a ver su cara. “¿Está difícil, no?”, dice la persona misteriosa. Carlos le contesta que sí. Una cosa lleva a otra, y al cabo de varios minutos, terminan hablando de sus relaciones amorosas, sus problemas para dormir, de las discusiones con sus padres, y del estrés que les provoca el trabajo. “Bueno, creo que te tengo que dejar por ahora, pero agradezco encontrar a alguien tan similar a mí”. Carlos se levanta, y decide regresar a la computadora a seguir programando. Su contraparte hace lo mismo, y cruzando el portal, reanuda su vida como mercader en la Edad Media.
Microcosmos
Víctor se levantó un día con un dolor de cabeza muy agudo. Sentía como si adentro se estuviera incendiando un bosque entero. Después de ir al baño a arreglarse, comenzó a sentir como si tuviera hormigas cruzando por su estómago, y serpientes deslizándose en lo más profundo de sus piernas. Inspeccionó cada esquina de su cuerpo, pero no halló nada fuera de lo normal. La inquietud permaneció varios días, incrementando su presencia cada hora más intoxicante. Sentía pequeñas explosiones y hasta torbellinos bailar desde su ombligo hasta la frente. Desesperado, finalmente se dio el tiempo de acudir al doctor, donde el especialista lo revisó de pies a cabeza, incierto de lo que pudiera estar sucediendo. Como último recurso, le realizó una radiografía, pero al tomar la placa entre las manos, casi la deja caer del susto. Una ciudad entera había estado creciendo en los interiores de Víctor, con edificios, carreteras, coches, y hasta peatones. “¡¿Qué hago, doctor?!”. Sus órganos habían sido sustituidos por fábricas, engranes y comercios. “Jamás había visto algo así, déjeme hacer más estudios para asegurarme de — ”, sin embargo, ya era demasiado tarde. Víctor sintió un golpe en el estómago, y después, un misil del tamaño de una uña cruzar su panza. Antes de que cualquiera de los dos pudiera asimilarlo, una serie de bombas ya había atravesado diversos puntos de su piel, hasta que sus interiores quedaron descubiertos al completo. Un ejército entero se abrió camino entre las entrañas de Víctor, hasta dejarlo convertido en una simple carcasa. Los enanitos se esparcieron por el consultorio, fijándose como segunda misión el deshacerse del doctor. Al cabo de unas horas, conquistaron el hospital entero, y eventualmente, el universo.
Las preguntas
Óscar se hallaba en la oficina tomándose una siesta con toda la tranquilidad del mundo, hasta que una compañera lo despertó y le dijo que tuviera cuidado, o lo iban a despedir. “¿Qué hora es?”, preguntó alarmado, pero cuando su compañera le respondió, notó que se acababa de olvidar por completo de lo que estaba haciendo. “¿Estás bien?”, preguntó Óscar, pero su amiga había entrado en un estado de coma. Asustado, Óscar se apuró a preguntarle a los demás si sabían qué ocurría, pero cada vez que se acercaba a interrogarlos sobre un tema u otro, era como si vaciara el contenido de sus cabezas. Olvidaban lo que hacían, y en algunos casos, hasta sus nombres. Salió de la oficina, sudando y con las piernas temblorosas, y al primer vendedor ambulante que detectó, le preguntó por un hospital. Sin embargo, al escuchar la oración inquisitiva, el individuo también quedó con la mente en blanco. Le costó trabajo aceptarlo, pero Óscar entendió que había adquirido un poder sobrenatural con la capacidad de volver a cualquiera una carcasa andante. No obstante, el pavor no duró mucho tiempo en su consciencia, pues vio en su habilidad una forma de nunca más volver a trabajar. Solo tendría que hacer que todos en el mundo se olvidaran de sus vidas, y podría descansar por el resto de sus días. Óscar emprendió un viaje que duró varias semanas, en las que visitó muchos pueblos y ciudades, esparciendo el olvido. Para apoyarse, grabó podcasts, programas de radio, y de televisión. Aprovechando su nuevo poder, no le costó tomar control de las grandes estaciones para difundir sus preguntas por el globo.
Una vez terminado el proyecto, Óscar por fin podría acostarse y dormir sin que nadie lo molestara. No obstante, una fuerte sensación de insatisfacción lo seguía invadiendo. Se había deshecho de todos los cerebros en el mundo, pero reflexionó que siempre y cuando permanecieran en operación las fuerzas de la naturaleza, no sería libre de verdad. Óscar entonces comenzó a interrogar a los árboles, a las aves, y hasta al mar, los cuales fueron abandonando su esencia paulatinamente, hasta terminar inertes. Con una ambición creciente, prosiguió con el sol, la luna, y luego las estrellas, a las cuales también despejó de sus memorias. Pasado un tiempo indefinido, que ya no era capaz de procesar, vacío al universo entero de su recuerdos, hasta que no quedó ninguno más que los suyos. Aún después de su odisea, seguía inquieto, pues terminó por comprender que no podría descansar hasta olvidar que alguna vez existieron las cosas que tanto le molestaban. Como último acto, se hizo preguntas en voz alta, y por cada una, sintió cómo los conceptos primigenios abandonaban su cuerpo, hasta que ya no quedó registro alguno de la existencia misma. Sin nada más que generara ruido, su cabeza al fin entró en un estado de reposo permanente.
La silla
Marco había entrado a una cafetería con el objetivo de sentarse a leer en paz. Otra persona, que se identificaría como Emilio, se acercó a pedirle la silla de color morado que se encontraba a lado de Marco. Un poco molesto por haber sido interrumpido, le dijo que no se la podía prestar, pues estaba esperando a un amigo. Emilio agradeció y se retiró. Al cabo de media hora, viendo que no llegaba nadie, se volvió a acercar a pedirle la misma silla morada. Marco, más molesto aún, contestó que había muchas otras sillas que podría agarrar, y que simplemente no quería cederle esa en específico. Emilio siguió insistiendo, diciendo que tenía derecho a llevársela, y que no veía el problema con la situación. Para reafirmar su postura, Marco subió los pies a la silla morada y fingió seguir con su lectura. Pasaron pocos segundos antes de que Emilio decidiera escalar la situación, y en un abrir y cerrar de ojos, tomó la silla a la fuerza, haciendo que Marco perdiera el balance y se cayera al piso. Emilio se había volteado, con la silla en manos, cuando de pronto sintió un golpe fuerte por la espalda, haciendo que soltara el tan codiciado mueble. Marco y Emilio procedieron a un duelo, donde se agarraron de la ropa, el cabello y los dedos. El barista, asustado de intervenir, se agachó tras el mostrador. Estaba por llamar a la policía, cuando de pronto llegó un tercer hombre, quien se acercó a la silla de la discordia y se sentó en ella. Marco y Emilio detuvieron su pelea y voltearon indignados a ver al tercer hombre, quien se había puesto a ver imágenes en su teléfono, indiferente al conflicto. Los dos hombres se acercaron a decirle que no se podía sentar ahí, porque el asiento morado era de ellos. El tercer individuo simplemente se levantó, cargó la silla en los brazos y salió de la cafetería sin decir una sola palabra. Anonadados por la situación, ambos rivales se sentaron en el piso y contemplaron la puerta durante varios segundos. Habiéndose quedado sin un motor a su conflicto, empezaron a platicar, y para cuando se ocultó el sol, se habían hecho amigos.
Las consecuencias
Gerardo y Tamara subían por el elevador hasta el piso 257, emocionados de proseguir con su pequeño experimento. El departamento recibía muchas visitas por parte de coches voladores, que con facilidad se podían asomar a las ventanas de los cuartos y descubrir las intimidades más recónditas, pero siendo científicos, habían tomado muchas precauciones para ello. En su recámara habían instalado un botón que abría un compartimiento secreto, tras el cual, se hallaba instalada la computadora cuántica que se había convertido en su destino turístico de preferencia. El artefacto tenía una cualidad única, y es que años atrás, habían descubierto un material que era capaz de sobrevivir a las peores condiciones posibles en el universo. Querían patentarlo y volverse millonarios con ello, pero por el momento, gozaban de una realidad virtual que habían construido adentro de la máquina. Habían generado la simulación de una sociedad entera, con sus leyes, habitantes, rascacielos y aeropuertos. Con eso, aseguraban, podrían conservar toda vida humana en caso de una catástrofe. No obstante, como primer ejercicio, y para demostrar los límites de su invención, entraban a gozar de lo que ellos consideraban una simple ficción. Abusaban de personas, sometían a los habitantes como esclavos, y cometían crímenes. Para ellos únicamente era una diversión, y cada vez que sentían que los ciudadanos hechos de ceros y unos estaban por lograr su venganza, salían de la simulación y reiniciaban la línea del tiempo.
Un día, mientras gozaban de su vida como dictadores, les llegó un mensaje desde afuera, advirtiendo que algo catastrófico había sucedido en el mundo real. Gerardo y Tamara se apuraron a salir de la simulación, y se asomaron por la ventana. Había empezado la cuarta guerra mundial, y lo único que alcanzaron a ver fue cómo una gran nube se acercaba con furia hacia su dirección. Entrando en pánico, corrieron hacia el elevador, pero estaba fuera de servicio. Se asomaron al estacionamiento, pero había sido colapsado por el pánico de los vecinos. Se había ejecutado una evacuación de emergencia, pero se la perdieron por estar en la simulación. Sin nada más que hacer, se les ocurrió como último recurso resguardarse adentro de su máquina. Tamara iba a reiniciar la línea del tiempo, para evitar que la última instancia de su civilización los recordara como déspotas, pero notó que el botón ya no funcionaba. La radiación de la bomba había alcanzado su departamento, y alcanzó a afectar muchos de los electrónicos. La ansiedad de tener que entrar a su realidad alterna les fue mucho más que la de ser exterminados por la bomba, pero el tiempo se les acababa y debían tomar una decisión. Gerardo y Tamara se tomaron de la mano, y esperando que sus súbditos les mostraran una compasión que ellos nunca se habían detenido a considerar, cruzaron el umbral a enfrentar las consecuencias.
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