CARTA ABIERTA AL COMITÉ EDITORIAL DEL DSM Y A LAS INSTITUCIONES DE LA SALUD MENTAL
A quienes imprimen, editan y distribuyen los manuales de salud mental:
CARTA ABIERTA AL COMITÉ EDITORIAL DEL DSM Y A LAS INSTITUCIONES DE LA SALUD MENTAL
A quienes imprimen, editan y distribuyen los manuales de salud mental:
Nosotras no recibimos una carta de disculpa. Tampoco necesitamos que las instituciones nos concedan permiso para existir.
Cuando teníamos diez o doce años y nos formaban en la escuela en una fila de niños y otra de niñas, muchas ya sabíamos — incluso antes de tener palabras para explicarlo — que el lugar donde nos habían puesto no se sentía completamente nuestro. Las instituciones sí tenían el lenguaje, la autoridad y los manuales. Y aun así decidieron patologizar esa diferencia.
Cambiaron las palabras. Pasaron de la patologización flagrante a los eufemismos técnicos y las actualizaciones editoriales, como si un ajuste terminológico pudiera borrar décadas enteras de consecuencias materiales. Pero el ciudadano promedio, el agresor y el policía en la calle no leen los anexos corregidos del DSM-5.
La sociedad heredó el veneno discursivo que legitimaron con el sello de la ciencia durante el siglo pasado, y ahora pretenden esconder la mano después de haber lanzado la piedra.
Los profesionales que presumen analizar sistemas, discursos y estructuras sociales han demostrado una cobardía institucional monumental al negarse a asumir la reparación del daño. Una ética científica real habría exigido campañas públicas de contrarréplica, formación obligatoria y un esfuerzo sostenido para desmontar el estigma que ayudaron a construir.
En cambio, nos dejaron pagando las consecuencias de sus libros con nuestros propios cuerpos y recursos: en años de terapia, en exclusión sistémica, en desgaste cotidiano y en el trabajo permanente de adaptarnos a un mundo diseñado pensando en otras personas.
No hablamos de un daño histórico ya resuelto. Sus categorías siguen teniendo consecuencias materiales en el presente: en tecnologías que corrigen nuestros cuerpos hacia versiones “legibles”, en industrias incapaces de contemplar corporalidades fuera del molde y en la carga cotidiana de modificar manualmente aquello que el mundo diseñó para otros cuerpos.
Las consecuencias de ese legado tampoco son abstractas. También habitan en el cálculo cotidiano del riesgo: en aprender que muchas veces pedir ayuda puede convertirse en una segunda evaluación de nuestra humanidad, de nuestra credibilidad o incluso de nuestra condición de víctimas.
Hay violencias cuya marca principal no queda en el cuerpo, sino en la estadística íntima con la que una persona aprende a sobrevivir.
Hicimos las cuentas bioestadísticas a ras de suelo, y los números no mienten: hay generaciones enteras de amigas que no llegaron a las aulas porque el sistema las expulsó antes. Y todavía existen estados que intentan borrarnos con un plumazo legal, demostrando que para el oficialismo la realidad es “objetiva” solo cuando les conviene administrarla.
No les debemos gratitud por mover un diagnóstico de sección. Nuestra existencia no es un debate teórico, un render editable ni una categoría provisional en sus manuales.
Nos construimos a nosotras mismas a pesar de su omisión.
Quédense con sus libros actualizados.
Nosotras nos quedamos con la soberanía de una vida que a su rigidez institucional siempre le quedó demasiado grande. Y esa soberanía no se negocia.
Atentamente,
Su colega trans
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