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«Los domingos», «Tardes de soledad» y «Romería»: la mirada indiscreta.

Me gusta el cine que es espejo. Espejo que es frío y, a la vez, un verbo tierno. Espejo que es de todos y tal vez de nadie: sólo tuyo.

Francisco Vicent Escobar · 2026-02-28 10:20 · 0 claps · 3.4 min read
#cine #goya #los-domingos #tardes-de-soledad #romería
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«Los domingos», «Tardes de soledad» y «Romería»: la mirada indiscreta.

Me gusta el cine que es espejo. Espejo que es frío y, a la vez, un verbo tierno. Espejo que es de todos y tal vez de nadie: sólo tuyo. La frialdad de saberse dueño de uno mismo, de tus pensamientos (palabra), tus acciones (y obra), tus opiniones. Un cine que no aleccione ni moralice, que muestre y despliegue: que no te diga qué o cómo pensar, que no me trate de imbécil. Un cine que acalle el murmullo interior y altere con violencia ansiada el interior, que haga desaparecer a todos los que en la sala te acompañan, que saque el dedo de la pantalla y te hable a ti, sólo a ti. Abrumarse de cómo te han sabido ver, ver y ver venir. Una persona quiso hablar de tus problemas, tus inquietudes particulares; no sólo eso, sino que lo hizo con un vocabulario, verbal y visual, que se dio en forma de tu ranura propia, giró la muñeca y te abrió por entero.

«Los Domingos», Alauda Ruiz de Azúa.

«Los Domingos», Alauda Ruiz de Azúa.

«Los domingos» es una película, ya harto dicho, escrita desde la distancia que otorga el respeto, desde el respeto que habita en la distancia. Es una película que consigue involucrar emocionalmente al espectador con sus personajes y narrativa a pesar, y gracias, de/a esa distancia que hace del susurro invasivo algo lejos de la proclama, del discurso. Dice Carl G. Jung:

«Es como si cada uno mantuviera con su mundo interior las relaciones más inmediatas, íntimas y pertinentes, y como si el alma personal representara el alma de toda la humanidad […]. El sujeto es presa de un asombro sin límites, se siente entristecido, asustado e incluso exasperado cada vez que esta regla no se confirma manifiestamente, es decir, cada vez que descubre que otro ser es realmente otro».

Leía de Lorena G. Maldonado (una de las mejores escritoras en la prensa de este país) que ella no sabía si Dios realmente había telefoneado a la muchacha, pero se mantenía en esa distancia con la que por fuerza ha de codearse la duda. Al final el espejo siempre aparece, la misma escena que le hizo a ella ver que la llamada no era más que doctrina, que no había búsqueda sino imposición, a mí me abrió, me reflejó en las súplicas del personaje rezando y me reafirmó en mi fe. Que una escena me emocione no convierte mi posición en verdadera, sólo me demuestra y recuerda que soy humano. Ese sea tal vez el milagro de «Los Domingos», ofrecer un espacio común, en el que todos nos sintamos a gusto, para partir desde ahí hacia donde cada uno sienta la llamada.

«Tardes de soledad», Albert Serra.

«Tardes de soledad», Albert Serra.

«Tardes de soledad», de Albert Serra, no ofrece espacio ni llamada. Es un espejo que es más bien placa de hierro, reflejo esperpéntico, y por eso mismo, de lo verídico. «Tardes de soledad» es ese tío chulo y pasota, algo misántropo, que te dice: «allá tú»; y a otra cosa. Es fenómeno curiosísimo la relación de su contenido, condenado a la polémica, con el espectador. Son muchos los taurinos avergonzados de su tauromaquia y otros tantos los antitaurinos deslumbrados por la belleza de la lidia tras ver la película. Existe una reconciliación extraña con la «sombra», se reconoce la ambigüedad del mal y de la belleza. En este caso lo que ofrece la distancia es la capacidad de observar, lanzar una mirada sin juicio. El documental traza una línea sobre tierra batida y ya tú decides si cruzarla.

El coraje necesario para cruzar la línea se atreve a darlo Carla Simón en «Romería», en donde apuesta por ensanchar los límites del lenguaje en el que hasta entonces se le había visto, en largometraje al menos, pues se puede apreciar algo de ese pasaje onírico en «Carta a mi madre para mi hijo». De esta película llega como un ardor visceral, un resentimiento que sólo por ser genuino puede involucrar al espectador. Salpica aún así a sus personajes, haciéndolos distantes, ajenos, difíciles de empatizar.

En «Romería» hay un conflicto interno no resuelto, un algo suelto y desbocado en los adentros, una rabia que flota y quema al tocado y al que toca. En «Los Domingos» emerge un llamamiento, un reclamo, un volantazo tremendo sobre el punto de inflexión. El camino yermo y sinuoso ha tomado dirección ahora. Se ha cambiado el asfalto por la vereda. En «Tardes de soledad» no hay camino ni sendero, es un descampado raso, un paisaje sin distracción. El aire levanta una reverberación que refleja lo que verdaderamente se es. El cine es sólo un estado.

«Romería», Carla Simón

«Romería», Carla Simón


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