Un futuro trans
Sobre la esperanza y devenir mutantes
Un futuro trans
Sobre la esperanza y devenir mutantes

Arca — “kick iiii”
La pregunta ya no es quiénes somos, sino en qué vamos a convertirnos Paul Preciado
En la novela “Altar” de Catherine Lacey (Alfaguara, 2022), un personaje sin nombre, origen concreto ni atributos definidos aparece en una iglesia de una población ficticia del Midwest estadounidense. La llegada del ¿humano? causa un gran revuelo en la comunidad. Altar, el nombre que le pondrá el párroco del pueblo a falta de ninguna otra señal identificativa, no habla, ni tiene memoria. Su silencio voluntario perturba a sus anfitriones (blancos y conservadores), que al principio le invitan a sus casa, pero que poco a poco se van sintiendo más y más incómodos en su presencia.
Lo que más parece enervar a la mayoría de gente con la que se cruza, es no saber si el personaje protagonista es “chico o chica”. En una de las escenas más incómodas de la novela, llevan Altar a hacerse un reconocimiento médico para “ver que todo está en su sitio”. Una vez en la consulta le piden que se se desnude. Aunque lo tratan de esconder usando diversos eufemismos, en el fondo queda claro que lo que necesitan es ver su cuerpo, y concretamente su genitalidad, para poder estar tranquilos. Altar se niega, o más bien no actúa, con la pasividad que muestra todo el tiempo, como si de un Bartleby contemporáneo y mudo se tratase. La imposibilidad de categorizar al personaje en ningún grupo humano, pero sobre todo no poder dotarle de sexo ni género, es lo que le acaba convirtiendo en una amenaza para la comunidad.
En tiempos de incertidumbre, tendemos a buscar certezas, respuestas que entendemos como sólidas, inamovibles. Dios, la Familia, el Capital, el género asignado. Tendemos a refugiarnos en lo conocido y rechazar lo diferente. Es obvio que hoy vivimos en esos tiempos. El relato neoliberal está cayendo, dado que su naturaleza antisocial y ecocida no ha sido capaz de asegurar la prosperidad que alguna vez prometió. En el vacío que deja, aparecen los monstruos. Una contrarrevolución puritana y al mismo tiempo ultraliberal está barriendo el mundo, segando vidas y pueblos, y destrozando consensos sociales precariamente establecidos, duramente luchados.
Las izquierdas viven momentos bajos, de repliegue y confusión. Los ánimos escasean. Muchas de las esperanzas depositadas en el cambio social durante la última década y pico, se han dado de bruces contra el muro de la incomprensión ciudadana, y de una maquinaria capitalista despiadada que quizás en su momento estimamos más humana y moldeable. También nos hemos encontrado con nuestras propias limitaciones como humanos y seres políticos. Nos hemos hecho mayores y ahora batallamos con nosotros mismos sobre el camino a seguir cuando no hay camino.
En el aire, en mi entorno cercano, se respira una cierta resignación, un gran cansancio. Sobre nuestras cabezas, la tentación de entregarse a la deriva nihilista. Yo me pregunto una y otra vez, de dónde sacar fuerzas, a dónde agarrarse. La intuición me dice que si aferrarnos a lo ya conocido nos lleva a la violencia, a la desintegración brutal de vínculos y a justificar lo injustificable, el camino tiene que ser necesariamente otro: la hibridación, la renuncia a la claridad, el abrazo de lo inquietante e incómodo. Aquello que en su momento se llamó desborde, pero aplicado no sólo a categorías políticas, sino a nuestras propias identidades en tránsito. Si el sistema neoliberal se ha apoyado para consolidarse en una idea muy concreta, individualista y sexualmente binaria de organizarnos, la mutación que construya un nuevo sentido social tendría que pasar necesariamente por el desmontaje de aquello que llamamos género y, especialmente, con urgencia, de esa perversa idea que tenemos sobre qué significa ser “hombre”.

fotograma de “Orlando, mi biografía política”
Hace no demasiado leí “Dysphoria Mundi” (Anagrama, 2022), el último ensayo de Paul B. Preciado. De él había leído antes su compilación de artículos “Un apartamento en Urano” (Anagrama, 2019). Los temas de ambos son relativamente similares, reflexiones en primera persona sobre la condición trans, el yugo del sistema heteropatriarcal, la vida, el dolor y los afectos cuando une es disidente de género en el descalabro social y ecológico conocido como capitalismo tardío.
“Dysphoria”, escrito en buena parte durante los meses más duros de la Covid 19, es un relato atravesado por el miedo, la muerte y la enfermedad. También por la esperanza. Una crónica política, íntima y lúcida, el retrato de un mundo fuera de eje, y una reivindicación de todos los pequeños mundos que en él ya existen y que siguen empeñados en sostener y reproducir vidas fuera del sistema, que valgan la pena ser vividas. La condición trans de su autor permea el texto, pero las ideas que plantea y trabaja van mucho más allá de ella.
“Orlando: una biografía política” (2023), que desde hace unos días puede verse en **Filmin**, parece una continuación cinematográfica de algunas de las tesis del ensayo. Mejor un trabajo en paralelo, ya que el rodaje duró 3 años y su creación tuvo que solaparse forzosamente con la escritura del libro. En ella, Preciado se basa en la novela de Virginia Woolf para ir trazando una especie de autobiografía colectiva sobre el sentir trans, que es en última instancia una bomba de racimo lanzada contra los cimientos del sistema binario.
La película no me pareció gran cosa como tal. Aún así, la encontré muy necesaria como herramienta de reflexión para los tiempos extraños que vivimos. Es tal el talento de Preciado para ir hilando pensamientos, que escucharle es dejarse enredar en una fascinante e inescapable tela de araña. Es permitir que lo que piensas del mundo y tu vida sea una y otra vez reformulado. Me dejo llevar por su pausada voz en off, y me parece estar ante un ser del futuro, un humano hiperevolucionado que ha ido mucho más lejos que la mayoría de nosotros, simples mortales, y ha vuelto para relatar cómo será el mundo que viene. Un mundo en el que las categorías que hoy rigen nuestras vidas ya no valen. En el que ser hombre, en masculino, ya no tiene importancia, y en cualquier caso, no tendría nada que ver con ser violento, despiadado, competitivo, impermeable a la empatía.
En “El Deseo de Cambiar” (Bellaterra, 2021), bell hooks dice: “sólo hay una emoción que el patriarcado valora cuando la expresan los hombres; esta emoción es la ira. Los hombres de verdad se enfadan. Y su furia, por violenta o violadora que sea se considera natural […] La ira es el mejor escondite para quien quiera esconder el dolor o la angustia espiritual”.
La barbarie a la que asistimos hoy, con el corazón en un puño cada vez que miramos las noticias, no es sino el despliegue en tiempo real de una cierta manera de entender el mundo y nuestros roles en él. Un despliegue terrible liderado por la ultraderecha más recalcitrante, pero sobre todo por líderes brutales que, ante el colapso de una cierta manera de entender la civilización, han optado por la vía de la violencia. No sólo ejerciéndola contra los más vulnerables, sino manipulando a su favor a hordas de señores frustrados y furiosos, llenos de esa “angustia espiritual” de la que habla hooks. Hombres que no saben qué hacer con sus vidas ahora que los relatos sobre el “macho proveedor” están colapsando, igual que todos los demás, y que ante cualquier emoción que les supere, sólo ven una salida: la vuelta al viejo orden. Aunque esto suponga aplastar a quien no es como ellos. Que es casi todo el mundo.

Matthew Barney en “Cremaster 5”
En una de mis sesiones de los últimos meses, comentaba con mi terapeuta que ha llegado un punto en que me veo repitiendo una y otra vez el mismo rol en lo que se refiere a relaciones de pareja. En que, cuando conozco a una mujer, despliego una serie de automatismos que me llevan a recorrer una y otra vez los mismos caminos. Una sola idea del placer, de la seducción, de la conexión. De mi papel dentro de una relación, de mi rol en la conquista, siempre hasta cierto punto unilateral y violenta, de la persona que tengo enfrente.
De pronto, mi terapeuta (mujer) me dice que mi actitud, aparte de estar basada en una ficción, es claramente patriarcal. Que quién soy yo para creer que sé lo que la mujer con la que me acuesto quiere o no, sin preguntar siquiera. Algo da un vuelco en mi interior. Me pregunto si, durante mi vida adulta, no habré estado buscando la aprobación de mis parejas a base de representar un papel que en realidad no acaba de casar con mi verdadero yo. Si no habré estado intentando encajar, sin pensarlo demasiado, en unas categorías que me venían dadas. Una norma que me conduce a la presunción de saber lo que deseo y sobre todo, por alguna magia arcana, lo que desea la otra persona. ¿De dónde habré sacado yo esa idea?*
Seguramente del hecho de ser un hombre CIS heterosexual, o de haber sido socializado como tal. Una categoría que no pienso que tenga nada de malo per se (no creo en ningún esencialismo de “lo masculino”), pero que hoy se me hace extremadamente limitada. Asfixiante. No me incomoda mi género asignado, ni he tenido nunca dudas de mi deseo hacia las mujeres. He encajado más o menos en lo que se esperaba de mí por ser, a ojos de los demás, un hombre normativo. Pero hace años que me pregunto qué clase de persona sería hoy si hubiera sido educado bajo un mandato de género más fluido.
Hace un tiempo que noto sobre mi espalda las obligaciones aparejadas con mi condición. Por suerte no de una forma exagerada. Mi entorno es flexible y bastante liberal en lo que se refiere a roles de género… Al menos en apariencia. En realidad, dichos roles son muy difíciles de evitar. La gente te mira, ve tu rostro, tu barba, tu piel blanca, tu cuerpo, e inmediatamente te mete en una y otra categoría. Asume cosas sobre tu identidad y tu manera de estar en el mundo. Y tú, sin pensarlo mucho, les das la razón y tiras millas.
Te encuentras entonces atrapado en una idea de ti mismo como hombre. Puede que más suave, menos violenta, más abierta que la tradicional, pero que levanta límites y dibuja patrones. Que te hace vivir la vida sobre raíles. Querer, odiar, reír, llorar (o no) disfrutar, imaginar, follar, construir discurso, desde un lugar del que es difícil alejarse sin perder privilegios por el camino. Sin sentir el miedo a no ser aceptado, a no ser deseado. Reaccionas a este miedo con gran ansiedad. ¿Qué pasa si no consigo llevar esa vida que se me ha asignado?, ¿Cuál si no sería la alternativa?

Sophie (D.E.P.)
El ansia de ser alguna otra cosa, de ver con otros ojos, lleva tiempo haciéndose fuerte en mí, por encima de todos estos mandatos que menciono. Es algo que puedo sentir en mi interior, latiendo. La construcción de género es sólo uno de los aspectos que determinan mi manera de estar en el mundo, pero es uno muy importante, que atraviesa toda mi existencia. Lo relaciono, por tanto, yendo de lo personal a lo estructural, con la necesaria reconstrucción política que mencionaba más arriba. Por ello discursos como el de Preciado, rupturista, radical y profundamente tierno en el fondo, resuenan en mí con fuerza.
Hablo de ternura, porque es lo que percibo en su descripción del fenómeno trans. Porque gracias a sus palabras entiendo que éste va más allá del hecho de que una persona cambie su sexo, o se reasigne el género o se haga llamar con un nombre nuevo. Para mí representa la generosidad de aceptar el cambio, de abrazar lo multiple. Es la idea de anidar la metamorfosis en tu propio ser, comprender el cuerpo como algo plástico y la identidad como un constructo político. Es aceptar que somos un devenir, que nuestra identidad apenas es un reflejo fugaz, un ente en perpetua transformación.
Como dice el autor, no existe “lo trans”, existen las personas trans. Existen las prácticas trans. Existe la metamorfósis de los cuerpos. Existe la valentía de plantar cara a un sistema que se empeña en meternos en cajas demasiado estrechas para cualquiera. En ese sentido, los Orlandos del mundo representan una clara idea de futuro revolucionario. De la misma manera en que lo hacen los discursos multiespecie de Donna Haraway, las cibermazmorras de ¥€$si Perse, o las utopías rebeldes de Ursula Le Guin. Señalando un camino, poniendo luz en nuestra oscuridad. Una revolución distinta a la que hemos conocido hasta hoy, violenta, hosca, masculina, basada en la toma del poder.
No habrá cambio posible si los hombres seguimos empeñados en ser lo que siempre hemos sido. Por muy complicado que sea imaginar un futuro trans, en el que los binarismos y las estrecheces de nuestro pensamiento hayan sido abolidos, me parece que no debemos, no podemos, rechazar la potencia que la idea desprende. Vienen tiempos oscuros, y necesitaremos toda la ayuda posible, no sólo para resistir, sino para seguir construyendo. Para entender todo lo bueno que le puede pasar a nuestras vidas si dejamos que entren aires nuevos. Porque el primer cambio viene de uno mismo en su infinita mutabilidad. Observemos entonces nuestros dolores y ansias, nuestras grietas. Como decía aquel, es por donde siempre se cuela la luz.
*Para seguir explorando este interesantísimo tema del deseo, su forma, sus límites y potencias, recomiendo el recientemente publicado “El Sentido de Consentir”, de Clara Serra (Anagrama, 2024)
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- 2026-07-24 10:50:06