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El día que nació Verónica (+18)

Fue algo que no esperaba. Que no lo vi venir. Pero terminó cimbrando los cimientos de mi vida, y es algo que sigo procesando.

Verónica Grey · 2026-06-09 19:14 · 0 claps · 3.8 min read
#sexualidad #autodescubrimiento #mujer-trans #transgénero #diario
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El día que nació Verónica (+18)

Fue algo que no esperaba. Que no lo vi venir. Pero terminó cimbrando los cimientos de mi vida, y es algo que sigo procesando.

Desde que era pequeño hubo señales. Alguna vez que en el baño me ocultaba los genitales para parecer niña. Las veces que me puse la ropa interior de mi hermana mayor. El gusto que adquirí por masturbarme analmente.

Todas esas cosas cesaron el día que en mi casa me descubrieron y lo confesé todo. Pero la pausa de la masturbación anal sólo duró hasta que se estaba terminando mi adolescencia.

El siguiente paso fue tener encuentros con otros hombres. Al principio no había más que curiosidad por ver otros penes. Tal vez un beso con otro joven. Luego fue cruising en baños públicos, donde llegué a estimular a dos que tres hombres con mi mano. Dejé de ser joven adulto y quedé solamente como lo segundo. Mi experimentación se estancó, hasta que hace 10 años, a mis 36, di dos grandes saltos, me animé por fin a probar cosas que había deseado desde tiempo atrás.

Primero, fui a una casa de transformación. Me maquillaron, me vistieron, me pusieron peluca, me tomaron fotos más trabajadas. En pocas palabras, la experiencia me gustó, pero no me voló la cabeza. Desde entonces no he vuelto a un lugar así, aunque muy de vez en cuando compraba algo de lencería de mujer, y me la ponía en mi intimidad.

Y por otro lado… Empecé a tener encuentros sexuales con otros hombres. A tope. Por primera vez tuve sexo anal como pasivo, y al final del acto, cuando salieron de mí… sentí algo inesperado. Satisfacción conmigo mismo. Paz. Liberación. No sólo había sido el placer físico, sentí que había llegado a un punto donde debía estar. Donde quería estar.

Tuve unos cuantos encuentros más, siempre como pasivo, pero la pandemia cerró las puertas. Desde entonces he estado buscando alguien de confianza, con pareja mujer estable como yo, por discreción y que comparta mi afán de tener sexo seguro; pero no he tenido suerte.

También he probado otras cosas, como tener sexo con una chica trans preop, o he fantaseado con ser activo en un encuentro sexual con un femboy o una travesti. Incluso con otro hombre casado. Pero, en definitiva, lo que más me dejó marcado de ese periodo de liberación sexual fue descubrir que sí, me encanta el sexo anal como pasivo.

Fue así que, en los últimos años, he recurrido ocasionalmente a la masturbación anal. Pero, recientemente, también volví a algo que había dejado un poco de lado: el ponerme lencería de mujer. Y fue así que se gestó la tormenta perfecta.

Lo tengo bien definido: el lunes 1 de junio me quedé solo en casa durante la mañana, pues mi mujer se fue a su trabajo. Sentía mi energía sexual muy alta, así que esta vez quise hacer algo distinto: vestirme con mi lencería, ponerme el vestido y los tacones de mi esposa (cosa que hacía por segunda vez), soltarme mi cabello largo y maquillarme los labios, a pesar de que tenía algo de barba. Empecé a caminar por la casa, con mi paso torpe por inexperiencia en andar con zapatos de tacón; empece a verme en el espejo, con ese vestido largo. Y, en un momento que se volvió el principio de todo, levanté ese vestido, de espaldas al espejo. Volteé la vista y vi unas hermosas piernas enfundadas en unas medias, reveladas de forma sexy. Y lo que pensé fue “wow, me veo muy bien”. No sólo con excitación, como otras veces, sino también con vanidad. Eso me sentaba.

Luego pasé al segundo acto de mi sesión de autoamor. Me acosté en la cama de espaldas, totalmente vestida. Me puse una almohada debajo de la cadera, tomé mi consolador, lo lubriqué y con mis piernas al aire, empecé a masturbar mi ano con él. Pero… a diferencia de otras veces que me enfocaba mucho en penetrarme, esta vez fue diferente. Desabotoné el vestido que cierra de frente y me bajé mi brasiere, liberando mis senos, y empecé a acariciarlos con una mano, mientras con la otra seguía dándome placer allá abajo. Y en un momento de magia, miré mis piernas vestidas con esas medias negras y mis pies con esos tacones plateados… ¡y me sentí sexy! ¡Me sentí fabulosa! ¡Así, en femenino!

Terminé de hacerme el amor a mí misma, y cuando todo acabó, después de reflexionar llegué a la conclusión de que algo en mi ser había cambiado. Me había vestido y me había estimulado de forma pasiva para sentir placer y parecerme a una mujer. Pero, tal vez por primera vez en mi vida (o al menos por primera vez con esa claridad), en esos instantes ME SENTÍ UNA MUJER. Y me encantó. Me sentí realizada como persona.

En los días siguientes seguí pensando en esa revelación. Todas esas piezas sueltas a lo largo de mi vida habían encajado por fin. Esas veces que hablaba o tenía un gesto de forma amanerada. Mi afición a vestirme como mujer. Jugar a que era una niña. Mi fijación por el placer anal y por el pene masculino. Siempre había tenido una mujer dentro de mí, agazapada, reprimida. Pero ya no más.

Ya desde años atrás había pensado en que, si hubiera sido mujer cis, me habría gustado llamarme Verónica. Esa mujer que soy así se llamaba, entonces. Pero necesitaba un apellido. No tuve que buscar mucho, pues desde que me di cuenta de que me hacía falta ese apellido, no pasaron más que unos cuantos minutos para inspirarme en alguien y tomar prestado su “Grey”. Junté una cosa con otra, y mi sensación inmediata fue que me encajaba a la medida. Sonaba fuerte. Sensual. Lindo a los oídos.

Y así fue como por fin nació esa mujer que estuvo aguardando 47 pacientes años. Así nació Verónica Grey. Y el siguiente paso que debía tomar era salir de nuevo a la luz, pero esta vez como debía ser. Sólo tendría que esperar 5 días.


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