Un bocado del Levante en Guayaquil
Un bocado del Levante en Guayaquil

Mi apellido es Layana. Aunque para la mayoría suena como cualquier apellido criollo más, detrás de esas letras hay una historia mucho más vieja. Una historia que comenzó en otra tierra, bajo otro cielo, entre las piedras sagradas de una Siria cristiana que hoy muchos no recuerdan, pero que sigue viva — aunque callada — en quienes descendemos de quienes se marcharon.
Durante finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, miles de cristianos sirios — en su mayoría melquitas, ortodoxos y maronitas — huyeron de la persecución religiosa, del desmoronamiento del Imperio Otomano y del creciente colapso social y económico de la región. Algunos escapaban de las matanzas; otros, del hambre o del servicio militar obligatorio bajo una autoridad que ya no los representaba.
Traían su fe, sus manos curtidas, su dignidad, y un idioma que aquí se perdió entre registros civiles, escuelas hispanas y la urgencia de adaptarse. Con el tiempo, casi todo se borró. Solo quedó una estela, como un aroma antiguo que de pronto reconoces en una calle que no habías caminado nunca.
Muchos pasaron primero por España, donde buscaron refugio y comenzaron a castellanizar sus nombres y costumbres para adaptarse. Fue un tránsito breve para algunos, más largo para otros. Desde allí, tomaron rumbo a Argentina, Colombia, Venezuela, Chile, Ecuador… países jóvenes que abrían sus puertas a comerciantes, artesanos, trabajadores. Así llegaron mis antepasados. Con sus santos escondidos, su lengua árabe cada vez menos pronunciada, sus recetas envueltas en silencio.
Y con ellos llegó también el apellido — probablemente escrito en árabe como “ليانة” (Layyāna) — que más tarde tomaría la forma actual: Layana.
Aquí, en Ecuador, como en muchos otros países latinoamericanos, comenzamos desde cero. Para sobrevivir, tuvimos que volvernos “de aquí”: hablar español, vestirnos como mestizos, bautizar a los hijos sin preguntas. Y poco a poco, fuimos perdiendo todo: idioma, recetas, símbolos, incluso la religión original, que era el núcleo mismo de nuestra identidad.
Hoy somos pocos los Layana que quedamos, desperdigados por todo el continente. Pero la sangre sigue latiendo. A veces débil, a veces confusa, pero nunca del todo extinguida. Dicen que hay incluso una ciudad llamada Layana en España, lo que podría ser una pista, un eco, o simplemente una coincidencia. No lo sé. Pero me basta con saber que el apellido no se rindió, y que al menos alguno de nosotros todavía lo escucha.
Hace unos días, en Urdesa, en la calle Guayacanes, me senté a comer en un pequeño local de shawarmas. No esperaba mucho. Pero a veces el cuerpo sabe antes que la mente.
Pedí lo que el corazón y el recuerdo — aunque inconsciente — me guiaron a pedir: babaganush, hummus y labni, servidos con pan árabe caliente, suave y aromático. El babaganush tenía ese ahumado profundo de la berenjena bien asada; el hummus, espeso, terroso, con el ajo y el limón en su punto justo; el labni, fresco, ácido, con un hilo de aceite de oliva que parecía hablar en voz baja.
Después pedí un shawarma mixto, como buscando no elegir entre oriente y occidente, entre pasado y presente. Carne de res y pollo, con papa nabo encurtido, cebolla, tomate asado, perejil, crema de ajo y tahini. Todo envuelto en un pan suave que no se rompía ni empapaba, como si supiera guardar el secreto de lo que envolvía.
Pensé: si aquí hubiese carne de cordero, sería el top de tops. Pero aun sin ella, fue lo más cercano a lo original que he probado en Guayaquil. Y eso no es poca cosa.
Y aún quedaba espacio. Pedí una porción de falafel. Perfecto. Crujiente por fuera, suave y especiado por dentro. Nada seco, nada grasoso. Y como toque final, una bebida ácida y fresca: jugo de flor de jamaica. Y para cerrar, té negro con limón. Todo redondo. Todo equilibrado.
¿Fue solo una buena comida? No. Fue más. Fue un eco de sangre antigua. Una herencia dormida volviendo a hablar, aunque no recordara su idioma. Un susurro de los que vinieron antes de mí y que, aunque nunca escuche directamente su voz, hoy me hablaron a través de lo que comí.
Porque Siria también come shawarma. Y no cualquier shawarma. Allá, en las calles de Damasco o Alepo, el trompo gira frente al fuego de la noche, soltando aromas que los niños aprenden a reconocer antes que las letras. La receta no es un lujo, es una costumbre. Es identidad. Y cada ingrediente — el ajo, el cordero, el pan saj, el tahini — es parte de una lengua sin palabras, una que se transmite por el sabor.
Aquí, en este país que fue refugio y olvido, mis tatarabuelos vivieron el peso de dejarlo todo atrás. Pero en mí quedó algo que no murió. Algo que se activa cuando las cosas se hacen con respeto. Porque no busco “la receta perfecta”, busco la verdad de una receta, su alma.
Algún día, quiero ir a Siria. No por nostalgia turística, sino por sentido de pertenencia. Porque yo no nací en Siria, pero Siria sí nació en mí. La llevo en la sangre, en las grietas del apellido, en el silencio cultural que me rodeó desde niño.
No busco certidumbres, ni siquiera apellidos exactos. Solo quiero pisar esa tierra, sentarme en una iglesia vieja, mirar a los ojos a algún anciano y saber — sin necesidad de palabras — que venimos del mismo sitio. Y claro, quiero comer un shawarma en Damasco. No como quien prueba un plato típico, sino como quien comparte un pan con sus ancestros.
Mi apellido es Layana. Aunque pocos saben qué significa, yo lo llevo como un ancla. Aunque hayamos perdido la religión original, las palabras, las costumbres, algo permanece. Y mientras algo permanezca, no todo está perdido.
Epílogo: ¿De dónde viene el apellido Layana?
El apellido Layana ha despertado muchas hipótesis. La más conocida lo relaciona con la localidad de Layana en Zaragoza, España. Esto ha llevado a pensar que quienes llevan ese apellido descienden directamente de ese lugar. Pero en un foro sobre dicha localidad, se compartió una teoría alternativa que ha capturado el interés de muchos descendientes:
«El origen de Layana no se encuentra en España. Habeis buscado equivocadamente. Lahanab, como es su verdadero nombre, es de origen musulmán […] un patriarca llamado Ethanael Lahanab habría entrado en España con su familia durante la invasión musulmana […] con el tiempo, el lugar donde se asentaron tomó el nombre de Layana, castellanizado. Tras la expulsión de los moros, algunos regresaron a su origen y otros permanecieron, conservando ciertas características físicas comunes como piel clara, cejas unidas, nariz recta, y uñas con rayas verticales.»
Esta historia, aunque no está respaldada por fuentes académicas, ha sido compartida entre Layana´s de Ecuador, Chile y Argentina que buscan entender de dónde vienen. Y aunque suene como un mito familiar, también es cierto que en la historia de cada apellido hay más de una verdad posible.
Por otro lado, según el sitio Forebears, Ecuador es el país con mayor número de personas con este apellido, seguido de Chile, Argentina y Estados Unidos. Se desconoce su origen exacto, lo que deja espacio para múltiples interpretaciones: una raíz árabe, una adaptación española, una transformación por supervivencia en tierras latinoamericanas.
Quizás Layana no sea un punto de origen, sino un cruce. Un lugar donde se mezclaron la fe cristiana del Levante, la lengua árabe, la cultura hispana y el silencio migrante. Un apellido que, como el shawarma que lo despertó, sabe a muchas cosas a la vez, pero nunca olvida su centro.
메타데이터
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- 2026-07-19 15:23:35