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Despido con causa

No había ningún fundamento futbolístico para que este equipo volviera a reunirse. Y creo que llamarle equipo a este grupo humano es un…

La Perla de Labuan · 2025-11-12 01:08 · 0 claps · 9.2 min read
#futbol #reseñas #derrota #referees #pelotas
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Despido con causa

No había ningún fundamento futbolístico para que este equipo volviera a reunirse. Y creo que llamarle equipo a este grupo humano es un insulto a la verdadera noción de la palabra: un sacrilegio contra lo que significa el trabajo en conjunto. Porque decirles equipo es profanar el sentido de la cooperación, es tomar prestado un término noble para vestir a un rejunte circunstancial de camisetas sin alma. Sin embargo, los muchachos insistieron en que 11:30 en lo de Walter vuelva a competir en la última división del fútbol 7 de Alto Nono y como consecuencia me veo obligado a documentar uno de los partidos más insolitos alguna vez jugados en el fútbol amateur. Hasta hace un rato estaba negado, no quería volver a escribir. Sin embargo, los constantes pedidos de mis compañeros me pusieron en una situación incómoda. Lo que terminó de convencerme fue presenciar una de las actuaciones arbitrales más tremebundas avistadas en el marco de una disciplina competitiva. En mis 10 años de futbol amateur, nunca vi un referee tan hijo de puta. Por eso en este relato me propongo dejar constancia de su ejercicio con la esperanza de que en un futuro cercano reciba un telegrama de despido fundado en el artículo 242 de la ley de contrato de trabajo y que estas palabras sirvan como material probatorio en un posible proceso laboral.

11 y 30 en lo de Walter y Fratelli se enfrentaron en la cancha 14. La más alejada de todo el predio, donde la organización envía a aquellos equipos marcados por la desgracia para que ,faltos de pavor, desplieguen su torpeza motriz en estado puro. Los de Walter ya estaban mal físicamente hace 4 años cuando escribí la última reseña, imagínese lo mal que están ahora. Algunos mejor conservados que otros , pero todos abrumados por el irremediable paso del tiempo. Los de fratelli eran aproximadamente 24 jugadores. Todos tenían 18 años, todos corrían igual de rápido, todos tenían las mismas ganas. Eran como el ejército de clones de Star Wars, una legión innumera de seres humanos descartables que no sentían fatiga alguna. De lejos se veía bien claro, era la experiencia contra la juventud. El impetu contra la picardía.

La primera interacción entre los jugadores y el árbitro ya auguraba una jornada confusa. El juez citó a los capitanes a la mitad de la cancha y estos se incorporaron rápidamente. Al llegar se produjo un silencio que se prolongó por al menos un minuto. Los jugadores, desconcertados, intercambiaban miradas y dejaban caer la vista al suelo esperando que el árbitro oficiara como mediador en la disputa para determinar el saque. Pero no pasaba nada. Este último permanencia inmutable, empecinado con que aquel silencioso conclave del amateurismo se dilate hasta el fin de los tiempos. Subitamente, la autoridad reaccionó y del bolsillo sacó una goma de borrar. A continuación, con una lapicera practico una cruz de un lado y un círculo del otro. Lanzo el objeto por los aires y lo dejo caer en el suelo. “Elegis vos”, dictaminó indicando al capitán de Fratelli. Secuencia lirgérica que no tenía sentido alguno porque, en primer lugar, nadie había elegido nada. Ni cruz ni cara ni círculo. Y en un orden menor de cosas, como si fuese algo normal, el juez decidió utilizar una goma de borrar para llevar a cabo el sorteo. Ante la protesta de 11:30, la goma giró por los aires nuevamente, pero daba igual cómo cayera. Los giros incongruentes de esa goma de borrar sirvieron como danza inaugural para la desgracia.

El partido comenzó y los de Walter manejaban la pelota. Abrían la cancha de un lado a otro y lo único que hacían los rivales era correr. Promediando los 10 y 15 minutos, los de 11 y 30 ya habían llegado 2 o 3 veces. El arbitro empezaba a dar muestras de que no veia muy bien o que si lo hacia, le valia una miriada de vergas conservar su puesto de trabajo. Los veedores comenzaban a advertir la situación, pero hasta el momento se limitaban a pensar que su accionar se fundaba en un novedoso criterio arbitral y no en la inobservancia de sus funciones. Llegados los 25 bombazo de Blancolara que terminó en gol. Había convicción, criterio. Parecía que volver a jugar al fútbol no era una mala idea. Julian Djelardini, no pensaba en cómo justificarle el sobreprecio de las Powerade a los consumidores de su gimnasio. Martín Bailez, ya no estaba avergonzado por haberse desgarrado ,semanas antes, subiendo al 57. Infante no fantaseaba constantemente con el descanso en el regazo de su novia y Rovelli ya no odiaba a quienes armaron la disposición táctica del equipo por ponerlo en una posición que no le sienta. Hasta Viglierchio, ahora como espectador dedicado al triatlón, consideró la idea de volver a jugar al fútbol. Todos pensaban en ganar y entraron en una especie de trance de conciencia colectiva. 5 minutos después, otro disparo y en el palo. Se venía el segundo, pero no. Porque esto no es una epopeya para resaltar las cualidades de un héroe, sino una tragedia para narrar los infortunios de los desventurados.

Y por eso al poco tiempo los de Walter se cansaron. Dejaron de correr, amparándose en el resultado, y el ejército de clones empezó a generar peligro. A los 30, tras una escapada por la izquierda del extremo rival, llegó el gol de Fratelli luego de un disparo que conectó de lleno con el revestimiento testicular del arquero y luego se perdió en la red. El impacto lo dejó malherido y lo llevó a la reflexión. Si hubiese tenido el miembro más grande, quizás no hubiera sido gol. Entonces pensó en Dios y cómo creó al hombre a su imagen y semejanza. Tras minutos de contemplacion llegó a la angustiante conclusion de que o dios tiene el pito muy chico o que a el lo cagaron en la repartija.

El partido siguió y la avanzada de Fratelli no había terminado. Una vez más, mano a mano. El delantero rival practicó una definición exquisita por encima del arquero, gol. Pero no, atrás había llegado Djelardini a sacar la pelota con la mano sobre la línea. Peor aún, era roja y penal. Tampoco sucedió eso porque Djelardini, con la convicción de alguien que está siendo injustamente sancionado, inventó sobre la marcha una regla: “ Esto es penal y amarilla”, defendió su ocurrencia sin mostrar rasgo alguno de verguenza. Su actuación había sido tan convincente que el árbitro cobró el penal y no lo expulsó. Un papelon, los del otro equipo enloquecieron y llamaron al veedor para que venga a rectificar la situación. El veedor le dio la razón a los chicos de Fratelli, sin embargo, se escuchó un comentario que desacreditó por completo ese argumento: “ que venga a dirigir el veedor entonces”. Otro integrante de Fratelli más ingenuo intentó citar el caso de Luis Suárez en el mundial, pero para su desgracia, al árbitro le chupó un huevo lo que le dijo. Era tajante en su decisión, penal y amarilla.

El central de ellos agarró la pelota y practicó un engaño con la mirada , indicando que su disparo iba cruzado. Gravisimo error de alguien que ignora la moderna teoría de la imposibilidad del penal cruzado. El estudio expone que en un escenario de futbol amateur los pateadores de pierna diestra evitan torcer la trayectoria de la pelota al momento de patear un penal. Entienden que no tienen agencia alguna respecto al rumbo al que quieren orientar el balón y aceptan su limitación escogiendo patear de manera más segura.

Información fundamental consabida por el arquero de 11 y 30 que ayudó en su decisión de tirarse abajo a la izquierda ,desde su perspectiva, para evitar el gol rival. Los de Walter entraron en éxtasis y Fratelli dedicó los restantes minutos del primer tiempo a innovar en el campo léxico del insulto argento usando como sujeto de prueba al árbitro. Uno llegó a desearle que su vida terminara del mismo modo en que desempeñó el arbitraje durante esa primera mitad: sin criterio y a destiempo.

Pero no eran solo los jóvenes quienes estaban enojados. Sin aparente mala intención, uno de los jugadores de Fratelli casualmente profirió un codazo en el rostro de Djelardini. Casi por obra de una fuerza mayor que equilibra los desbalances que ni la justicia ni un reglamento deportivo pueden corregir, la nariz del jugador se rompió en varios pedazos. El referee advirtió todo y, sin amonestar ni sancionar a nadie, decidió dar por finalizado el primer tiempo.

Los de Walter pidieron la expulsión, pero no hubo caso. El juez explicó que fue una acción común de partido. A esta altura toda la cancha sabía que el problema del árbitro no era el desconocimiento del reglamento o la inaptitud fisiológica para advertir acontecimientos de la vida cotidiana. No, el juez tenía un problema lírico genital. No se le cantaban los huevos dirigir como corresponde y en el segundo tiempo empezó a tomar determinaciones totalmente ajenas a la realidad del partido. Se iba al lateral? Cobraba corner. ¿Falta para los de rojo? cobraba para los de azul. Era igual de malo para los dos lados y ya existía cierta complicidad entre los jugadores de ambos equipos. Se veían hermanados por una causa común. El odio irreconciliable hacia una persona , que en nombre de vaya a saber uno qué causa,decidía condenarlos a que su tránsito por la cancha 14 del campeonato de fútbol 7 de Alto Nono rozara lo intolerable.

A los 10 del segundo tiempo mano de Bailez en el área. El referee cobra penal. Bien cobrado. Sin embargo, el malnacido decide además expulsar al jugador. Roja directa. La mano había sido sin intención y no cortaba una ocasión manifiesta de gol. Inaceptable. Ahora son los jugadores de 11 y 30 que convocan al veedor para que enmiende la ininteligible decisión del árbitro. El observador ingresó al campo y le explicó al juez lo ridículo de su resolución. Sin embargo, todo en la vida es ciclico y uno de los muchachos de Fratelli esgrimió como un puñal: “que venga a dirigir el veedor entonces”

Desde los 12 pasos, acomodó la pelota otro muchacho. Era rubio pero bastante parecido al pateador anterior. Para la sorpresa del arquero, este también ensayó una especie de engaño con los ojos. Le dio a entender que estaba dispuesto a cruzarla. Un psicópata sin el mínimo sentido de supervivencia, pensó sbt. Era evidente que quería patear al mismo lugar, utilizando el precario recurso empleado anteriormente por su compañero. El 1, a pesar de los eventos traumatizantes de la jornada, decidió creer en la raza humana. Se aferró a la noble máxima de que el hombre, aun en su miseria, no tropieza dos veces con la misma piedra. Que la experiencia reciente habría servido de lección, y que el muchacho, en un rapto de lucidez, optaría por cambiar el rumbo del disparo. Fue así que, basándose en la prueba y el error, las proyecciones estadísticas y la confianza en el género humano, el arquero decidió cambiar de palo. El disparo, sin embargo, fue idéntico al de su compañero, pero no encontró resistencia y se terminó estrellando en la red.

Bailez, avergonzado no solo por la expulsión sino por una serie trágica de acontecimientos recientes que lo habían marcado como un hombre sumiso y de poco carácter, se deshizo en insultos hacia el árbitro. Fue tan ofensivo lo que dijo que hasta sus propios compañeros lo amonestaron. Pero todos sabían que aquella furia era una fachada, un recurso torpe para desviar la atención de sus propias desgracias: porque se había lastimado subiendo al colectivo, porque había faltado a un partido para quedarse cuidando un perro, porque había sucumbido, una vez más, a los caprichos y placeres de su novia.

Faltaban 20 minutos para que terminara el partido. Desde los 25 del primer tiempo, 11:30 no pateaba al arco. Nadie insinuaba siquiera un pase al pie. 10 años de experiencia de fútbol amateur que no se evidenciaban ni en los jugadores más lucidos. No había talento, ni plan, ni experiencia. Solo había fe y su máximo exponente era Matías Krebs. Algunos dirán que limitado con la pelota, otros que muy voluntarioso. Lo cierto es que empujaba al equipo hacia el campo rival. En una de sus incursiones sacó un zapatazo que se fue apenas por encima del travesaño. El empate estaba cerca. Tiro de esquina, Juancito tuvo en sus pies el gol luego de una carambola. Pero no. La pelota encontró el único camino posible hacia las manos del arquero. Sin jugar al fútbol la igualdad se sentía próxima, casi un hecho. Los centros de blancolara eran nocivos. Los arrebatos de Krebs, aunque expresiones futiles de destreza técnica, infundían coraje en el equipo para que arriesgara y fuera al frente. Lamentablemente, no alcanzo. El árbitro consciente de que este era probablemente su último baile y hinchado los huevos de ser insultado constantemente, decidió expulsar a Blancolara tras lanzar mal un lateral. Nadie podía creer lo que estaba sucediendo. El partido continuó 5 minutos más pero tras un gol de fratelli los jugadores de 11y30 dieron por terminado el partido y salieron de la cancha en señal de protesta. 3–1 abajo.

A lo largo del relato utilicé muchas veces la palabra equipo para referirme a los jugadores de 11y30. No porque lo crea realmente, sino por una limitación impuesta por el español que todavía no ha inventado una palabra para designar a esta congregación lamentable de gaznapiros. De hecho, al finalizar el partido me quedó más claro que nunca: la palabra equipo le queda demasiado grande a este rejunte. Nombrarnos de esa forma no solo resulta excesivo, sino que constituye un agravio contra la propia noción del término. Y, sin embargo, mientras veía arrastrarse a mis compañeros juntos en la desgracia, pensé que tal vez había otra manera de nombrar lo que nos une. Una que no suponga la conquista de un objetivo común ni la obtención compartida de un triunfo, sino algo más simple. Una palabra que explique esa pulsión visceral por seguir practicando un deporte que nos abandonó hace mucho. Un término que no trate de glorias y medallas sino de sobrevivir al ridículo y de convertir cada derrota en una anécdota que merece ser contada. A medida que escribo, se me hace bastante fácil. “Amigos”, se me viene a la mente. Pero no. Ni en pedo. Estos son, y siempre van a ser, la peor manga de hijos de puta que conocí en una cancha de futbol.


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