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DE CÓMO LA INDUSTRIA DEL PLÁSTICO NOS HACE CREER QUE DEBEMOS RECICLARLO EN LUGAR DE DEJAR DE USARLO

Michelle Todd Uribe

Michelle Todd Uribe · 2025-09-09 02:38 · 0 claps · 4.2 min read
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DE CÓMO LA INDUSTRIA DEL PLÁSTICO NOS HACE CREER QUE DEBEMOS RECICLARLO EN LUGAR DE DEJAR DE USARLO

Michelle Todd Uribe

A mediados del siglo XX, el plástico, un material utilitario de gran potencial, pasó a ser un símbolo de la cultura de lo desechable. Esta fue la idea que permitiría a la industria petrolera, gasífera y petroquímica diversificar el uso de los combustibles fósiles, y garantizar su permanencia en el mercado.

Ya a finales de los ´60, los plásticos desechados se habían convertido en un gran problema. Los vertederos y la incineración fueron la respuesta inmediata. Pero en los años ´80, ante la presión pública y política, la industria recurrió a una nueva estrategia: promover el reciclaje. Y dado que éste no era técnica ni económicamente viable, trasladó la responsabilidad a las municipalidades y sus contribuyentes.

Esta campaña fue respaldada a través de alianzas con asociaciones comerciales y grupos de fachada. Fue entonces cuando se indujo el establecimiento del etiquetado obligatorio de los plásticos con el conocido símbolo del reciclaje, lo que, además de confundir al consumidor, provocó que los centros de recuperación de residuos se vieran colmados de plásticos que no podían procesarse.

Además, las empresas presentaban las tasas de reciclaje de los dos únicos tipos de plástico que se estaban recuperando medianamente, como si englobara a todas las resinas. Y anunciaban grandes inversiones en proyectos que, poco después, abandonarían silenciosamente.

Una vez que la idea del reciclaje como solución había calado, disminuyó la preocupación por la contaminación, y el uso de los plásticos aumentó. El siguiente paso sería convencer al público de que la incineración para la obtención de energía era una forma de reciclaje, pero, dadas las evidencias técnicas, las agencias reguladoras lo impidieron.

A partir de 2015, la visibilización del problema de la basura oceánica y los microplásticos motivó la reaparición de propuestas regulatorias sobre la producción y uso del plástico. Entonces la industria intentó promover el “reciclaje avanzado” o “químico” como la mejor opción para resolverlo, a pesar de que posee las mismas limitaciones técnicas y económicas del reciclaje mecánico.

El primer obstáculo es la diversidad de resinas existentes, cada una con sus propios requerimientos, lo que hace que su clasificación sea compleja y costosa. Además, las resinas suelen combinarse entre sí o con otros materiales. El reciclaje mecánico sólo se aplica a dos tipos de resinas, el PET y el HDPE, y bajo ciertas limitaciones.

Segundo, el plástico se deteriora con el tiempo. Por ende, cuando su reciclaje es viable, sólo permite un ciclo, o tal vez dos, resultando siempre un producto de menor calidad que el inicial. Y en el proceso, se van desprendiendo microplásticos y aditivos tóxicos.

Tercero, resulta más barato y con mayor calidad producir las resinas vírgenes a partir de combustibles fósiles. De hecho, sólo los envases desechados de PET y HDPE cuentan con un mercado final.

El reciclaje conlleva esfuerzo, tiempo, mano de obra y equipamiento, con un resultado poco eficiente y un beneficio ambiental limitado. Sobre todo el “reciclaje químico”, pues implica tratamientos adicionales, y es aún más ineficiente: sólo del 1% al 14% del material procesado puede utilizarse para fabricar nuevos productos plásticos, mientras el resto se convierte en un subproducto que no puede ser reconvertido en plástico, por lo que ni siquiera se cataloga como reciclaje.

Bajo la excusa del reciclaje, muchos países desarrollados exportan su basura plástica a destinos como Malasia, Indonesia, Turquía, Bulgaria, donde se trafica el “plástico sucio”, que terminará en vertederos ilegales o en incineradoras precarias, operados con mano de obra subpagada. Así, este negocio resulta casi tan lucrativo como el tráfico de personas.

Los incentivos económicos otorgados a la industria petrolera y gasífera, hacen que la producción de plásticos sea altamente rentable. Con ella, ganan más de 400 mil millones de dólares al año. Y mientras invierten 334 billones en el desarrollo petroquímico, destinan sólo 1,5 billones a pequeñas acciones de saneamiento ambiental, que dotan de gran publicidad.

Hoy día, se fabrican más de 300 millones de toneladas de nuevo plástico cada año, y se espera que esta cifra se triplique para 2050. A este ritmo, aunque se cumplieran todos los acuerdos internacionales, apenas se lograría, para el 2040, una reducción del 7% del volumen anual vertido al mar.

En 2022, iniciaron las negociaciones para una importante resolución llamada “Fin de la contaminación por plásticos: hacia un instrumento internacional jurídicamente vinculante”. El tratado debía ser concluido a finales de 2024, pero en la 5ª Sesión del Comité Intergubernamental de Negociación (conocida como INC-5), celebrada en Busan a finales de ese año, no se llegó a un acuerdo definitivo, por lo que fue convocada una nueva reunión para 2025.

Según reportan importantes organizaciones como Unearthed, Source Material, y el Centro de Derecho Ambiental Internacional (CIEL, por sus siglas en inglés), las negociaciones han venido siendo objeto de diversas irregularidades, mientras este modus operandi de la industria se mantiene más allá de los espacios de las convenciones:

· La exclusión de los observadores.

· El conflicto de intereses: los grupos de presión de la industria química y de los combustibles fósiles superaron a la Coalición de Científicos en una proporción de tres a uno.

· La intimidación a las delegaciones y expertos.

· La siembra de dudas mediante la ciencia fabricada, es decir, alegando que hace falta investigar más para llegar a conclusiones firmes.

· El autofinanciamiento de investigaciones para influir en el debate académico.

· La obstaculización de la prohibición de “familias” enteras de productos químicos plásticos.

Nuevamente, las negociaciones del INC-5.2, llevado a cabo en Ginebra en agosto de 2025, terminaron sin consenso. El encuentro fue calificado como “profundamente defectuoso”, influenciado por 234 cabilderos de la petroquímica.

La industria pretende que el tratado internacional se centre en la limpieza de los residuos plásticos, alegando que se trata de una meta mucho más realista e inmediata que crear nuevas estructuras de gobernanza global para frenar la creciente producción de plástico y regular los productos químicos potencialmente peligrosos.

Para defender tal posición, las mayores empresas petroleras y químicas del mundo conformaron la Alianza para Acabar con los Residuos Plásticos, pero ésta ha tardado cinco años en limpiar la cantidad de plástico que sus principales miembros producen en menos de dos días: es decir, que generan mil veces más plástico del que recogen.

En definitiva, no se trata simplemente de un problema de residuos. Su abordaje amerita intervenciones políticas en todo el ciclo de vida de los plásticos, partiendo de una reducción sustancial inmediata de su uso y su producción. Y más de cien naciones están de acuerdo en ello. Pero hay muchos intereses en juego.


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