No
―”No.”
No
―”No.”
Él se estremece porque jamás se lo dije así, con tanta firmeza y convicción. Hay algo que lo mantiene magnetizado a mí y a la forma en la que lo miro desde la puerta de la habitación. Agarro la tanga, pero antes de ponérmela sus manos toman mis muñecas con fuerza y las pone tras mi espalda. Siento su aliento en mi cuello.
Entonces llega la reprimenda que había estado esperando desde que agarré la prenda, desafiante. Y lo quiero, me muero por que lo haga. Gimo al recibir la palmada, que hace eco en la habitación. Mi corazón se desboca y dejo caer mi cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro. Arrastra los dedos por uno de mis costados, en sentido ascendente, hasta posarse en mi pecho.
Cierro los ojos, sé perfectamente lo que va a ocurrir y permito que la excitación recorra mi cuerpo por completo. Como si se tratara de una coreografía ensayada mil veces, me adelanto a los acontecimientos y arqueo la espalda, ofreciéndome a él. Lo oigo suspirar, consciente de que también le gusta que conozca sus movimientos. Pero justamente por eso, se detiene y alarga la espera. El tiempo se dilata, hace que lo sienta en cada centímetro de mi piel.
Por fin.
Arrastra las manos por mi pecho y acaricia mi pezón. Juega con él, presionándolo entre sus dedos. Aprovecha la posición para empujarme hacia la pared. Ahogo un quejido cuando la parte delantera de mi cuerpo toca esa superficie helada. Él sigue ahí y disfruta al notar cómo mi piel se eriza. Me toma de los hombros, obligándome a darme la vuelta y siento el frío otra vez. Ahora conecta sus ojos con los míos y me cuenta en su mirada intensa qué viene ahora.
―Te dije que no te vistas ―me susurra al oído―. No hemos terminado.
Se hundió entre mis muslos hasta que la tela de mi ropa interior se empapó de su saliva y mi deseo. Me despojé de la tanga, lo empujé hasta casi hacerlo caer, y me acuclillé a milímetros de su lengua que culebreaba en el aire. Su mirada ordenó que bajara, y descendí, me aferré a sus brazos para tomar impulso, para cojerme su cara, para frotarme contra su pera, sus labios, su nariz, mientras su lengua me penetraba cada vez más fuerte, más hondo, más rápido. El placer me enloqueció, y lo enloqueció a él, y lo agarré de la nuca para marcar el ritmo, sin importarme su asfixia, sin que a él tampoco le importara, mientras me lamía, mientras bebía mi humedad como si fuera aire, acabé.
Mis piernas flaquearon, pero no mi deseo, y él lo supo, como siempre. Me tomó de la cintura, me giró sobre el piso y siguió chupando, cojiendo mi sexo con la lengua, el culo con el dedo, y lo miraba a los ojos moviendo la cadera.
El deseo se volvió irrefrenable para él. Reptó subiendo lento hasta dejar su erección casi rozando mi boca. Levanté una ceja indagando si era eso lo que me demandaba, y contestó apoyando en mis labios la cabeza rosada e inflamada de deseo de su miembro. Hice una cuna con mi lengua y lo arrullé lamiéndolo por debajo del glande, yendo de un lado al otro. Se volvió salvaje de deseo, se volvió más erecto cada vez y comenzó a darme pequeños golpecitos contra la boca. Lo engullí entonces en un solo movimiento, todo lo que pude, y ahí me quedé hasta que lo escuché gemir y empezó a moverse.
Justo cuando estaba al borde de explotar en convulsiones su líquido espeso, busqué zafarme y poniéndome de pie le dije:
―”No.”
Esta vez sentí todo su cuerpo contra mi espalda, empujándome otra vez contra la misma pared. Tomo con sus dos manos mi cadera, la alejó un poco de la pared obligándome a separar las piernas, se arrodilló y buscó desesperadamente la humedad de mi sexo. La delicia del momento era extrema y solo atiné a decir una cosa:
―”Si.”
Subió sin dejar de apoyar la lengua en mi espalda y cuándo llegó a mi cuello, gimió al mimso tiempo que entraba por fin en mi.
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