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MÁS ALLÁ DE LA TÉCNICA

Con dedicatoria especial para l@s paramédic@s, enfermer@s y bomber@s de nuestro país: héroes anónimos que reconocen al desconocido.

Cris Rodriguez · 2018-03-23 21:13 · 33 claps · 20.0 min read
#paramedicos #enfermero #humanization #ambulancia #servicio-medico
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MÁS ALLÁ DE LA TÉCNICA

Con dedicatoria especial para l@s paramédic@s, enfermer@s y bomber@s de nuestro país: héroes anónimos que reconocen al desconocido.

Anécdotas en la Cruz Roja Mexicana (2010)

Terminé la carrera en la Ibero (cdmx), me casé y nos fuimos a vivir a Xalapa.

Mientras estudiaba prepa, fui parte de Iberomed (el servicio de atención pre-hospitalaria de la UIA) y luego de cinco años, quise retomarlo en la Cruz Roja.

En agosto del 2010 pedí informes para entrar a la Escuela de Técnicos en Urgencias Médicas nivel básico. Lo que sigue lo escribí durante aquellos años.

‘La delegación es un edificio viejo, con paredes leprosas y pisos desteñidos, pero la reconocida cruz roja en la fachada lo hace ver legendario’.

Me dieron una hoja con los requisitos que debía tener: fotografías tamaño infantil, exámenes médicos, certificado de estudio o de trabajo.

Me pidieron el exámen médico pues a lo largo de la capacitación, tendríamos un entrenamiento físico intenso (corríamos, sin calentamiento previo, antes o después de comer. Si ibas con el estómago vacío, el sol y las subidas de las calles céntricas de Xalapa terminaban por tumbarte; en cambio con el estómago lleno, varios terminábamos vaciándolo).

Junté todos los documentos y me preparé para los exámenes de ingreso. Los dos primeros resultaron muy fáciles pero la amenaza del exámen físico me ponía nerviosa. Sabía que habrían pruebas de velocidad, salto y resistencia. Nos citaron en Los Lagos. Me puse los pants más ligeros que encontré y unos tennis con suela de aire esperando que hicieran el trabajo pesado por mí.

Primero hicimos la prueba de velocidad: salir de reposo y correr 100 metros en el menor número de segundos. Con el corazón exaltado, hice la prueba de saltos. Y por último, la prueba de resistencia. Salí con mucha energía dentro de las primeras filas y cada vuelta veía como los demás me rebasaban. Al final, llegué en los últimos cuatro lugares, junto a tres gordos y una niña con asma.

Este exámen físico se repitió durante varios sábados como parte del entrenamiento militar, aunque cuentan los veteranos que antes sí era militarizado. Llamaban Comandante al instructor y tenían una tabla de madera para sonarse a quien no cumpliera. Pero desde hace unas cuantas generaciones para acá, la instrucción militar dejó de usarse. En mi generación ya no se permitía usar el término militar o comandante, por ejemplo, para prevenir confusiones por la violencia en el país.

También el uniforme cambió. Por ejemplo, el uso de la faja negra con el Hollster no es recomendable pues pueden confundirlo con una funda para pistola; el pantalón no debe ser negro pues pueden confundirnos con policías. Debimos aprendernos de memoria el Himno de la Cruz Roja, no tanto por pertenecer a la organización sino por una anécdota que nos contaron cuando empezamos.

Cuentan que durante la guerrilla del 94', voluntarios de la Cruz Roja Mexicana fueron secuestrados por confundirse con elementos paramilitares. Lo que les salvó la vida fue haber cantado el Himno de la Cruz Roja y con eso demostrar que eran voluntarios. Así que nos aprendimos el himno y todos los días de entrenamiento, antes de iniciar la actividad física, lo cantábamos mientras hacíamos lagartijas. Si alguien no se lo sabía, empezábamos otra vez desde cero. Así nos podíamos estar hasta que las manos se llenaran de diminutos cráteres fugaces por las piedritas del concreto.

La empinada calle Clavijero la subíamos una y otra vez, corriendo, de patos o de elefantes. Si alguna vez alguien ha subido una pendiente de patitos sabe que las pantorrillas se acalambran. Y sólo diré algo más: este ejercicio cargando en cada pie una bota militar puede ser muy doloroso. Un TUM debe entrenarse para cargar pacientes de todo tipo de complexión y subirlos o bajarlos en camilla. Aunque tampoco voy a llorar demás, después de una experiencia con los bomberos, el ejercicio que hacíamos me pareció el más aletargado sedentarismo.

Los bomberos son mis máximos héroes. Son personas excepcionales, sumamente generosas. Si alguien te pregunta, ¿darías tu vida por tu hijo o tu pareja? Tal vez dirías que sí.

Pero, ¿por cualquier desconocido?

Los bomberos de Coatepec son, o muy flacos o algo gordillos, hay muchos menores de edad entre ellos y cuando los ves piensas que no aguantarían ni la manguera para jardines. Se prestan entre todos los cascos, los uniformes, los guantes y las botas. Tienen recursos limitados así que se ponen de vez en cuando en los cruceros a pedir dinero para comprar equipo, arreglar trajes o meterle mano a las ‘unidades’.

Los instructores nos llevaron un sábado a la estación de bomberos para conocer su trabajo. Una vez formados, de cinco en cinco nos echamos del tubo de bomberos, nos vestimos con sus uniformes y nos preparamos para desenrollar las mangueras.

El traje que usan pesa entre diez y quince kilos, dependiendo de qué más equipo traigan encima. Con este peso suben edificios de 20 pisos o más y bajan sumándole el peso del rescatado. Me gustó la camaradería que sentí entre paramédicos y bomberos. Aunque no había cubierto ningún servicio en el que coincidiéramos con ellos, había un lazo de compañerismo por trabajar en un ambiente de vulnerabilidad y adrenalina.

Son trabajos difíciles en muchos sentidos: el oído aguanta sirenas, escándalo, vecinos solidarios o chismosos, gritos y llantos. Los ojos ven caras transfiguradas de preocupación y desolación, ven escenas sacadas de películas gore; la naríz resiente los olores de la sangre fresca, orines, flujos, vómitos y sudores; el tacto se acerca a los rescatados con cautela y miedo a través de guantes y aún así las sensaciones suelen ser de pieles lastimadas, desprendidas o enrolladas. En cuanto al gusto, a veces es posible saborear la ansiedad y el estrés hasta un ligero sabor a muerte. Son momentos profundos que nos aterrizan en la vulnerabilidad y nos hacen sentir la vida.

LAS PRIMERAS CLASES

Las primeras clases en la delegación fueron de introducción. Me presenté diciendo: me llamo Cristina y estoy casada. Así que por mis referencias me apodaron La Doña. ¿Por qué no dije mi nombre y mi edad? Tal vez me hubieran dicho Cris. Éramos alrededor de cuarenta. A la siguiente sesión como treinta, a la siguiente como veinte y finalmente nos certificamos ocho.

Cada persona somos un mundo interior complejo y dinámico. Nos transformamos y vivimos constantemente procesos y cambios, desde el nivel biológico-celular hasta el psíquico. Y luego convivimos con otros y formamos comunidades, desde nuestra familia hasta cada grupo con el cual tenemos cosas en común. A lo largo de nuestra vida hemos de formar miles de comunidades. Unas más duraderas y resistentes que otras dependiendo de la transformación de intereses y el espacio geográfico.

Los cambios tempo-espaciales modifican la consistencia de la comunidad, la solidifican o la diluyen. Pero toda comunidad, por más efímera que parezca (como un traslado de diez minutos en el metro de una ciudad o en una ambulancia) contiene momentos de grandeza y aprendizaje si estamos abiertos a ellos.

En la delegación hubo un momento particular que agradezco infinitamente. Fue el sábado 4 de junio del 2011.

Después de largos y cansados diez meses, tuvimos nuestra primera evaluación práctica. Vinieron del puerto de Veracruz instructores certificados y evaluadores nacionales. También hubo un evaluador internacional que nos puso a todos nerviosos antes del exámen. Nos pidieron que estuviéramos una hora sentados en el salón de clases en lo que terminaban la logística de los 6 casos que habríamos de atender en el Parque Juárez. Todos muy nerviosos hablábamos al mismo tiempo y repasábamos en voz alta los protocolos de atención pero con los nervios propios de un exámen que iba a durar de las diez de la noche a las cuatro de la mañana.

De repente Jhon propuso apagar la luz para relajarnos. Alguien más propuso cantar una canción para soltar los nervios, otro sugirió que la cantáramos sentados en un círculo. Nos tomamos de las manos.

Silver tomó la palabra. Las ideas empezaron a ser más profundas cada vez y de pronto términos como “hermandad” y “logro” sonaron en el espacio vuelto tranquilo y oscuro. Silver terminó su intervención y dio paso a quien estaba a su lado derecho. Uno por uno hablamos de amor, de cariño, de familia, de esperanza, de Dios, de religión. Varios niveles de realidad juegan en un círculo donde las palabras emergen para formar un ‘algo’ que crea y que sacude polvos de prejuicios. Nos permite traspasar los roles para encontrarnos como humanos.

Agradecí mucho este momento porque limó los prejuicios que de alguna manera bloqueaban nuestros intentos por aceptarnos. Y el ambiente se volvió más solidario y afectivo.

DE TUM

Estuve en pocas prácticas de ambulancia durante los meses antes de mi embarazo. Intensos en el plano emocional más que en el físico. Partiendo del vestuario, como en toda obra escénica, quitarme la playera blanca, marca Yazbek, totalmente genérica e impersonal — la que compras en el centro de la cdmx al mayoreo- por la playera de alumno que ya tenía un sector de la Cruz Roja, me hizo sentir orgullosa. Significaba el paso de la tortura. No más lagartijas ni “malos tratos” por parte de los instructores. Además proyectaba la imagen de que empezábamos a saber lo que hacíamos.

El sector de alumno seguía protegiéndome de parecer inútil o de tener errores. Ser alumno es tan relajante porque el alumno aprende, y en la base del aprender está el equivocarse. Como alumno podía confundir diagnósticos y tratamientos.

Después del Exámen Nacional, nos quitamos la playera de alumno y nos pusimos la camisola de Técnico en Urgencias Médicas. Cuando me vi por primera vez en el espejo pensé que me veía un poco más capacitada. Pero no preví la fuerza que un cambio de ropa puede hacer. Ponerme la camisola, ese hecho tan rápido de levantar los brazos, desenfundarte y fundarte con otro cacho de tela, me dio autoridad para viajar en el lugar de copiloto de la ambulancia.

No queda más que estar seguro de que sabes lo que leíste en el manual y que puedes realizar maniobras básicas para estabilizar a un paciente.

Como alumnos podemos cubrir servicios sólo en compañía y bajo la supervisión de nuestros instructores.

Las primeras salidas en ambulancia son muy estresantes. Tienes que revisar que lleves todo el material que podrías necesitar: gasas, apósitos, alcohol, isodine, tijeras de uso rudo, cintas adhesivas, bolsa válvula mascarilla para adulto, bolsa válvula mascarilla para pediátricos, baumanómetro para adulto, baumanómetro para pediátricos, mascarillas no recirculantes, tanque de oxígeno bien calibrado y lleno, sábana térmica, bata quirúrgica estéril, campos estériles, pinzas Kelly (por si toca un parto de emergencia), succionador portátil (checar que la batería funcione), soluciones salinas y soluciones de glucosa (checar fechas de caducidad), equipo para canalizaciones (venoclisis, soluciones, punzos), collarines para adulto y para pediátrico, camillas rígidas, camillas marinas, chalecos de extracción, estetoscopios, glucómetro, oxímetro, pera de succión, cobijas, bolsas rojas, amarillas y negras para los distintos tipos de residuos (sangre, órganos o basura) araña, inmovilizadores cervicales, straps, cánulas orofaríngeas, cánulas nasofaríngeas, lubricante para insertar las nasofaríngeas (tamaño adulto y pediátrico), desfribilador automático externo, vendas, férulas y puntas nasales.

Después en cualquier minuto suena dos veces el timbre en el CECOM (Centro de Comunicaciones) y sabes que es momento de salir. Suena la sirena y empiezas el viaje para encontrarte con la incertidumbre. Si acaso el operador de la ambulancia puede decirte a dónde van y qué reportan, en clave.

Un 5 COCA (lesión por caída), un 5 ECO (por electrocución), un 5 M (por amputación), un 5 (lesionado), es todo lo que sabes. Luego para estar preparado te pones los guantes de látex apenas sales de la delegación y llevas las manos sudando todo el camino. Revisas que traigas el estetoscopio, todo el equipo, el maletín, las camillas, los collarines, repasas una y otra vez todo lo que podrías usar. Palpas tus bolsas para asegurarte de traer una libreta y pluma y poder tomar el SAMPLE y el OPQRST (nemotecnias para el diagnóstico) y tratas de imaginar la escena.

A veces al llegar, cuadras antes de donde es el accidente, los vecinos salen de sus casas y te hacen señales. Es una logística que sucede en minutos, que se muestra espontánea y cooperativa. Cuando el radio operador estaciona la camioneta, sientes encima a los inevitables “mirones” que en realidad son testigos invaluables. Me bajo, casi siempre hay mirones. — Ojalá no noten que soy novata-. Pero se dan cuenta cuando no puedo bajar el carro camilla porque hay un fierrito por ahí que en ninguna clase teórica me enseñaron a destrabar. Te presentas y entonces, comprendes tu presencia en el lugar.

Te voltean a ver, te escuchan atentos, se quitan de la escena, se alejan, se abrazan y a lo lejos los oyes llorar. De alguna manera ceden. Y tu al contrario, entras en la escena y te vuelves necesario, del verbo necessere, es decir, que no puede ceder. No puedes ceder aún no sepas qué hacer. La impotencia del familiar queda resuelta cediéndote el espacio y la energía. Entonces quedas a cargo.

Como dijo el Dr. Robinson Talavera, ex Director de Cruz Roja Chilena en un Congreso de Guadalajara: “Hay que tomar la decisión de levantarse y decir síganme, sé lo que hago”.

VA EJERCICIO DE IMAGINACIÓN : UN VIAJE EN AMBULANCIA

No recuerda nada. Sólo sabe que está sobre el piso. No puede abrir los ojos porque abrirlos significa un esfuerzo que no logra. Se siente débil y adolorido. No sabe exactamente qué le duele, es todo el cuerpo. Escucha gente alarmada alrededor, quizá algunas personas lloran o gritan. La debilidad es inmensa. Comienza a pensar ¿qué me pasó?, ¿porqué la gente grita? ¿o llora? ¿estaré muriendo? ¿estaré grave? ¿qué pasa? ¿y los demás? ¿y mi familia? Muchas preguntas comienzan a revolverle el estómago por la angustia. Escucha ruido, escucha una sirena. Reconoce una ambulancia — vienen por mí- sospecha.

Siente en el cuerpo las vibraciones de botas corriendo alrededor. Unas manos desconocidas le toman la cara de manera brusca con dos dedos pulgares en la frente y tres sujetándole la mandíbula hacia adelante. Duele. Escucha indicaciones entre ellos :— Pásame el collarín- corta la ropa- haz una exploración de cabeza a pies- controla la hemorragia- inmoviliza la pierna- inmoviliza la cadera- paciente de carga y lleva-.

No sabe lo que encuentran, pero lo que están buscando suena aterrador.

Siente cómo le meten por la nuca un collarín rígido, el velcro le jala los pelos de la cabeza y por delante, le suben el collarín hasta quedar armado a su barbilla. Siente cómo le tiran encima pedazos de algo, es la araña. Le ajustan las tiras en el pecho, a la altura de los brazos, a la altura de la cadera, de los muslos, de las pantorrillas y de los talones.

A la cuenta de tres le jalan de ambos lados las tiras y lo dejan completamente inmóvil. Viene una sensación de vacío cuando lo levantan del piso, idealmente 5 personas, aunque generalmente son 2. Y debe confiar en las manos de dos extraños que lo llevan a prisa por la calle, que lo giran para esquivar paredes; bajan unas escaleras, suben otras, usted va ahí, sintiéndose como en montaña rusa. Lo suben a la ambulancia.

Las puertas cierran con mucha fuerza y entonces, se siente como un pan amasado. Unas manos le abren los ojos y le encienden una luz a las pupilas. Le abren la boca, le tocan los huesos de la cara. Otras manos le tocan los huesos de todo el cuerpo sin mucha precaución con el dolor porque están buscando “crepitación” para ver qué hueso está roto.

Otras manos le suben la manga, le miden la presión, le toman el pulso con dos dedos en la carótida o en la muñeca, le tocan la temperatura del estómago, le quitan los zapatos y los calcetines, le ponen una mascarilla (si es que hay en la ambulancia) y le ponen oxígeno (si es que tiene suerte).

El ruido de la sirena es penetrante, alarmante. Está inmovilizado, se mueve con todo y la tabla rígida sobre la que va por los baches y topes que la ambulancia no logra esquivar. Siente la velocidad de una ambulancia que va manejada por otro extraño. Si algún familiar va con usted, probablemente escuche que llora, que está angustiado o angustiada. Eso es suficiente para angustiarlo. Logra abrir los ojos de manera espontánea y ve encima de usted a técnicos uniformados, haciendo quién sabe qué maniobras y protegiéndose de los rebotes de la ambulancia, cogidos del techo con una mano.

Cuando se sueltan para intervenirlo, puede sentirlos encima de usted por el movimiento brusco de la ambulancia. Ahora permanezca con estas sensaciones y con el sonido de la ambulancia durante veinte minutos que es lo que suele durar un traslado. No se mueva, recuerde que está inmovilizado.

ALGUNAS HISTORIAS

GATORADE

En un cuarto con olor fétido, estaba un señor de 75 años en su cama. Junto a él, un cuarentón se encontraba de pie con los brazos cruzados, su sobrino.

Nos cuenta que el señor se cayó de su propia altura y se lastimó la cadera y las rodillas. Lo único que pudo hacer fue recostarse en su cama y tomar una botella de Gatorade rellena de agua. No podía hablar y al parecer tampoco escuchaba. Como vivía solo, estuvo cuatro días en esa cama, sin poder avisar a nadie de su estado, orinando y defecando ahí, y sosteniendo la botella de Gatorade entre sus manos. Su sobrino lo visitó y fue cuando pidió una ambulancia.

El señor estaba deshidratado y en muy mal estado. Pude imaginarme su angustia y aún hoy, mientras escribo esto, siento un dolor en el pecho por aquel solitario señor y nuestra atención tan brusca, tan técnica. Nos acercamos a él con cubrebocas y goggles, lo manipulamos para tomarle los signos vitales. El señor tenía úlceras en la espalda y cuando lo deslizamos a la tabla, con el torso desnudo, algunas sangraron sobre ella. Lo bajamos por unas escaleras empinadas con ayuda de los vecinos, mientras todos los demás lo miraban. En la ambulancia sonó la sirena mientras movimientos bruscos nos hacían ir y venir sobre el señor que movía la cabeza de un lado a otro sin saber qué ocurría. Sólo veía los estetoscopios pendiendo de nuestros cuellos en un vertiginoso espectáculo de miedo.

Mientras intentábamos tomarle los signos vitales, el señor movía la cabeza hacia el otro lado, como cuando un niño pequeño voltea la cara para no ver la inyección. Tuve una sensación terrible de que no estábamos ayudando a este señor. No estábamos haciéndolo sentir mejor.

Lo único que pude hacer fue darle la mano durante el trayecto. Y seguí dándole la mano mientras alguien en el hospital lo recibía. Tardaron mucho tiempo en atenderlo, quizá unos veinte minutos. Afortunadamente el radio de nuestro operador no sonó y pude sostenerle la mano hasta que el médico en turno lo recibió. Pensaba en cualquier pariente al que alguna vez le hubiera dado la mano en una situación difícil. Aún hoy tengo en mente la expresión de su cara.

UN LUGAR LLENO DE GATOS

Esta historia fue la más triste para mí. Sentí remordimiento por varios días y aún hoy, luego casi de un año, me siento con una deuda importante. Nos llamaron para recoger a “un indigente”. Cuando encontramos el lugar, después de muchas perdidas, dimos con una “casa” de lámina y cartón en el inicio de un barranco.

Íbamos tres en la parte de atrás de la ambulancia, el radio operador y el jefe de servicio que en ese entonces era nuestro instructor. Nos dijo que permaneciéramos en la ambulancia hasta verificar que fuera un lugar seguro. La amenaza era por los perros callejeros que rodeaban la casa y nos ladraban. Finalmente nos dio luz verde el jefe de servicio y bajamos.

Abrimos la puerta y los olores eran muy penetrantes, de nuevo, orines, caca, olor a podrido. Tuvimos que ponernos el cubrebocas y aguantar la respiración para entrar con la paciente. El primer espacio de la casa estaba lleno de muebles amontonados, muebles viejos que habían sido pepenados. En todas las orillas, había latas o botes de comida que suponemos había recolectado también. Eran latas abolladas, botes oxidados con fechas de caducidad de hacía diez o más años.

No había mucho espacio por donde caminar. El jefe de servicio quitó algunas sillas y nos abrió paso a la segunda estancia. Había unos tres colchones viejos encimados. No había nada más. Sobre los colchones rotos, unos diez gatos reposaban y en una esquina estaba ella. Una mujer de aproximadamente ochenta años. Muy flaca, con ropa desgastada. Parecía que tenía telarañas en la cabeza, pero eran nudos del pelo blanco combinados con mechas del colchón. Tenía las uñas de las manos y de los pies muy largas, color gris. No hablaba, tenía la mirada perdida. Parecía que hacía tiempo había escapado a otros mundos. La vecina que dio aviso nos dijo que le dejaba comida pero la señora no la tocaba. Nos dijo también que la señora tenía un hijo pero la paciente no contestaba preguntas, no quería darnos información, no quería hablar con nosotros, no dejaba que nos acercáramos para atenderla.

Uno de nosotros pudo tomarle los signos vitales y parecían estables. El jefe de servicio determinó que no era una urgencia médica y recomendó a la vecina que llamara al DIF.

No corresponía a la Cruz Roja trasladar a la señora si no tenía una urgencia médica. Corresponde al DIF recoger a los indigentes.

Nos subimos a la ambulancia y nos fuimos, confiando en que la vecina llamaría al DIF y que el DIF recogería a la señora. No era una urgencia médica según el protocolo pero para el sentido común, era una urgencia médica y social.

PACIENTE PH

Esta historia es sobre Doña Antonia que vivía con su esposo, un jubilado que trabajó de conserje durante más de veinte años en la Universidad Veracruzana. Nos llamaron porque la mujer tenía un temblor generalizado. Estaba recostada en su cama y su esposo no dejaba la silla junto a ella.

Cuando llegamos, comencé con algunas preguntas de rutina sobre antecedentes, eventos recientes, alimentos ingeridos, medicamentos administrados… Él me enseñó todas las medicinas que tomaba su esposa para el control de la diabetes y la hipertensión. Tenía algo de fiebre.

Algunos técnicos califican de PH (pacientes histéricos) a los pacientes que aparentemente no tienen nada.

A pesar de la fiebre de Doña Antonia, de su temblor generalizado y de su condición previa de diabetes e hipertensión, el radio operador y el jefe de servicio no lo consideraron una urgencia.

  • Es una PH-, dijo el jefe de servicio, y le recomendó al esposo de la señora, que la llevara por sus propios medios al hospital. El señor dijo, con mucha amabilidad a pesar de su angustia, que no tenía coche y que no podía cargar a su esposa para subirla a un taxi porque pesaba mucho.

El jefe de servicio le contestó: -Si se pone peor, nos llama otra vez-.

La amabilidad le impidió imponerse. Así que nos fuimos y a los diez minutos nos hablaron de nuevo.

La mujer no respondía.

La hora dorada

“La hora dorada” es el tiempo máximo entre recoger a un paciente y llegar al hospital. Son minutos de una intensidad tan fuerte, que se puede aceptar o negar la humanidad. Se puede vivir una experiencia como ninguna, o dejarla pasar.

El trabajo adquiere las cualidades de quien lo realiza, de tal forma que los humanos podemos ser capaces de dominar nuestro quehacer y no a la inversa. Podemos mantener el sentido común y la empatía como base y a partir de ella construir la ciencia, la técnica y los protocolos.

Había que generar un espacio para socializar cualidades y virtudes humanas que generalmente permanecen ocultas o alejadas de la técnica. Si cada TUM nos mostrábamos frente al grupo desde otro lugar que no fuera el de /TUM/ podríamos compartir procesos para refrescar las relaciones sociales. Esto nos pondría en condiciones para comunicarnos y evitar esas esferas privadas de significados que no podemos compartir y que nos hacen sentir solos.

Socializar los procesos de cada uno generaría creatividad, unión y reflexión en torno a la relación con el otro, incluyendo al paciente.

HABLANDO DE PROCESOS

Los procesos suceden sin parar, en un eterno desenvolvimiento de sensaciones y aconteceres desde que nos conciben hasta que morimos y tal vez, más allá. Los procesos no tienen conclusión, no caben en textos, ni siquiera en la oralidad.

Los procesos los vivimos solos pero se enriquecen con los procesos del otro. Cada interacción con el mundo nos transforma y nos construye. Así, los procesos individuales, aunque no se compartan en su totalidad, se comparten en alguna medida. Sucede un mestizaje. Ya no somos lo que éramos antes de interactuar con alguien (o algo). Somos, en cada intercambio, alguien nuevo, pero no por mucho tiempo puesto que volveremos a ser otro enseguida.

Esto no lo enseña solamente la experiencia, sino la biología. Nuestro cerebro empieza a desarrollarse y las neuronas crean una conexión seguida de otra para dar forma a una realidad.

Cuando convivimos con el otro estamos conviviendo con un mundo de personas y de procesos, y a su vez ese “mundo de personas y procesos” está conviviendo con nosotros como un “mundo de personas y procesos”.

Con esto en mente, el espacio de socialización a través del diálogo con los TUM cobra mucho sentido para fortalecer a la comunidad.

Dice Edgar Morin en La Ética de la Ética que “la fuente comunitaria está deshidratada por la degradación de las solidaridades ; la fuente social está alterada por las atomizaciones de la realidad social”.

Entonces hay que trabajar en hidratar las solidaridades. Compartir en lugar de atomizar.

TRANSFORMAR UN ESPACIO

Después de hacer algunos ejercicios de diálogo en la delegación comprobé:

  1. Que un espacio tiene en sí mismo miles de espacios posibles. Que nuestra humanidad siempre está presente, aunque sea detrás del telón. Es necesario darnos la oportunidad de indagar y de ver dos, tres, cuatro, cien… las veces que sean necesarias un mismo espacio. Finalmente encontraremos que cada vez es distinto y tiene posibilidades infinitas.
  2. Que la innovación es la capacidad para recrear el espacio.

¿Cómo afecta la iluminación y los sonidos de una ambulancia al bienestar emocional del paciente y del TUM durante un traslado? ¿cómo sería integrar en los traslados musicoterapia o aromaterapia?¿podríamos hacer más holístico un traslado en ambulancia? ¿podría una canción tener impacto en el ánimo de un paciente? ¿podríamos atender otras dimensiones además de la dimensión física en la atención prehospitalaria?

En la plática que dio el Ing. Robinson Talavera, Director Nacional de Salud de Cruz Roja Chilena en el Congreso de Urgencias al que asistí, contó que cuando quedaron atrapados los mineros en Chile, parte del rescate consistió en introducir cables de teléfono con tubos de ensayo llenos de glucosa y comida.

Pero otra parte vital del rescate fue el sentido del humor y la comunicación. “Empezamos a hablar con ellos. Pero lo importante no es lo que hacíamos arriba. Lo importante es lo que hicieron ellos abajo para sobrevivir. Bromeaban con nosotros, se reían de nosotros y nosotros de ellos. ¿Qué logramos? Esperanza y con ella, sobrevivencia”.

El rescate para la sobrevivencia es algo comunitario, que nos pertenece a todos y no podemos deslindarnos de ser rescatadores de nosotros mismos y del otro para sobrevivir. Nos rescatamos constantemente de la soledad, del aislamiento. Alentamos cercanía con los otros, organizamos comidas, cenas, reuniones, fiestas, celebraciones, rituales. Cualquier cantidad de cosas que nos recuerden que somos individuos y al mismo tiempo comunidad.

Cuando hay accidentes, desastres naturales o momentos de vulnerabilidad también nos convertimos en rescatadores. Se difuminan las barreras de “expertos” y “especialistas”.

Los vecinos que nos indican por dónde llegar al paciente lastimado son rescatadores. El amigo que sostiene al familiar en el traslado es rescatador.

“Tengo que disentir de algunos colegas que ven como un peligro a los rescatadores improvisados y a todos estos héroes porque quiero recordarles a todos ellos, que los primeros en responder son los testigos. Los testigos son los primeros rescatistas. América Latina es una riqueza extrema de solidaridad”- Ing Robinson Talavera, Director Nacional de Salud de Cruz Roja Chilena (2010)-.

BREVE PROSA DEDICADA A LOS RESCATADORES ANÓNIMOS

La parte salvaje de mantener la vida de uno como uno, de mi especie. La adrenalina imperiosa cuando la muerte ronda. La proyección de mí en el herido. Las manos que se transforman en corazón ajeno, la boca y el aire propio que se transforman en pulmón del otro. Mi ser transformado en bestia escénica, instintiva y feroz, recreándose junto al otro que mediante su pulso escucha el suyo y mediante su respiración redescubre la propia. El interés genuino de quienes van en la ambulancia. El olvido de todo menos de preservar la vida.

TODOS SOMOS RESCATADORES

Son los espacios de interacción los que nos obligan a pensar en escenas compartidas. Vivimos entre cuerpos, con ellos y entre ellos nos movemos. Pero algo más grande los anima, y cuando compartimos espacios debemos pensar en eso.

1. El rescate va más allá de la técnica.

Por un lado, el rescate como técnica (que es el caso del TUM) debe considerar otros niveles de realidad que suceden en una ambulancia y plantear la posibilidad de traslados más humanos y holísticos que tomen en cuenta el ánimo del paciente y del TUM.

Por otro lado, el rescate “no técnico” (quienes no conocen protocolos técnicos), debe considerarse una cualidad intrínseca a toda comunidad y debe fortalecerse. Además, sería conveniente abrir el diálogo para resignificar el verbo rescatar y así, devolver el poder de rescate a la comunidad.

  1. Hay que develar y socializar nuestra humanidad.

Es necesario crear espacios para socializar nuestra humanidad, nuestras sensaciones e ideas. Cualquier espacio puede transformarse. Como dijo Victor Frankl. Como han dicho los meditadores vipassana en las cárceles: puede haber libertad en una celda; amor en un campo de concentración; serenidad en una ambulancia.

  1. Demos rienda suelta a nuestra bestia escénica.

Es la bestia que sale cuando hay una emergencia, cuando alguien nos necesita, cuando sentimos que el otro está triste o desconsolado. Es la bestia que sale a escena, con un sentido común agudísimo y con una fuerza animal que consuela y rescata.

  1. Pensemos en el prójimo como una necesidad vital.

Es el prójimo nuestro reflejo y quien al mirarnos a los ojos certifica nuestra existencia.

Seamos todos hermanos “TUTTI FRATTELLI”


메타데이터
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