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A treinta metros bajo el suelo de Paris

Una noche recorriendo las catacumbas ilegales junto a los cataphiles, habitantes del subsuelto.

Amargo de Angostura · 2026-06-21 15:40 · 0 claps · 6.9 min read
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A treinta metros bajo el suelo de Paris

Una noche recorriendo las catacumbas ilegales junto a los cataphiles, habitantes del subsuelto.

Paco lleva una barra de metal en la mano. Un par de minutos de cháchara para romper el hielo y entonces abren una alcantarilla como quien abre la puerta de su casa. Paco empieza a bajar y Manolo, de pocas palabras, me mira cómo diciendo “pa’ dentro”. Me asomo, no se ve el fondo, de puta madre, cuerpo a tierra y empiezo a bajar por la escalera del hueco. Bajo, sigo bajando, me acuerdo de que no me gustan los espacios cerrados, bajo un poco más, me cago en mi puta estampa, veo el fondo y toco suelo. Al mirar hacia arriba solo se ve la silueta del andaluz recortada sobre un haz de luz pequeño, muy pequeño. El atardecer a través de la alcantarilla. Hasta luego París.

Bohemia, multicultural, histórica, romántica, masiva, cara hasta la obscenidad. Fundada por galos y tomada por romanos. Lutecia primero, París después. A hostias en las Bastilla, Revolución e Imperio. Lautrec hasta las cejas de vino por Montmartre, Hitler de paseo por les Champs Elysées, adoquines por los aires, Ginsburg persiguiendo chavalitas por Saint-Germain… y bajo ese trasiego histórico, político y cultural existe otra ciudad. Justo debajo, en el subsuelo.

Conocidas como les Carrières o Catacombes, de estas canteras de piedra caliza se extrajo el material para construir las edificaciones que se erigieron durante la época romana. Unos siglos después — unos 12 — se les dio un nuevo uso. Eran los tiempos del absolutismo. Luis XVI conservaba su real testa pero los cadáveres de miles de parisinos se le amontonaban en las calles y cementerios de la ciudad. En el distrito de les Halles ya se había desatado una epidemia así que en 1786, Monsieur Tiroux de Crosne, teniente general de la policía, decidió esconder la mierda bajo la alfombra y trasladar millones de restos humanos a estos túneles.

Hoy se pueden visitar 6 millones de esqueletos por 8 euros en el decimocuarto arrondissement. Sale a 7.500 cadáveres por céntimo de euro. Bon marché. Pero esto son sólo los 2 kilómetros abiertos al público de los más de 300 que componen las catacumbas, y no, no pagamos los 8 euros ni vimos un sólo cadáver.

La humedad y el frío te calan al instante. Estamos a unos 10 metros de profundidad en una pequeña sala conectada con dos pasillos a cada lado. No se ve el final de uno ni de otro, y hay una especie de pozo a mis pies. Apunto mi linterna y su profundidad parece la misma que la que acabamos de bajar, y lleva a vete-tú-a-saber-dónde-coño.

Unos meses antes, asistí al estreno de un documental sobre las Catacumbas. Pude hablar con el guía, a quien llamaremos Paco, por aquello de preservar su identidad, y tras varias semanas de incertidumbre y negociaciones por WhatsApp nos dice por fin que sí, que bajamos. Nos pilla por sorpresa, hacia las 7 de la tarde bebiendo cerveza en el parque de la Tour Eiffel porque no hay pasta para subir al topicazo de acero. Afortunadamente, no hay que pagar para bajar al subsuelo, así que nos ponemos en marcha.

Compramos merendola y un par de linternas de cinco euros y nos encontramos con Paco y su viejo compañero de escapadas subterráneas, Manolo. Y un andaluz que conocieron la noche anterior y se apuntó de última hora. Al llegar nos miran medio divertidos con sus mochilas de montaña, botas y linternas de cabeza. Nosotros llevamos bolsas de plástico y zapatillas…novatos.

Ya en el subsuelo comenzamos a andar y no tardo en entender la necesidad de unas botas pues la mitad de los pasillos están anegados de barro y agua. Paco comenta que si lloviera lo suficiente, estos túneles se inundarían. Estupendo. Atento a los charcos, para no mojarme demasiado me doy un cabezazo contra el techo. El primero de muchos pues los túneles van variando de tamaño, altura y anchura, debido a los años de sedimentación. Los guías nos enseñan las marcas en la pared que ha dejado el agua y llegan hasta el techo.

Pasillos y más pasillos, un giro aquí y otro allá, y mi sentido de la orientación está llorando en un rincón. Podríamos estar en Marte y me daría lo mismo así que empiezo a ver a los guías como a papá y mamá.

Ellos mismos se pierden un par de veces pero dicen que es parte de la magia de las catacumbas. Que no importa cuánto tiempo lleves bajando.

Deciden tomar un atajo que es básicamente un agujero en la pared que conecta con otro túnel. No es largo, pero es pequeño y claustrofóbico. Aunque ellos son bastante más robustos que yo. Especialmente Manolo, y él va primero, así que hay que hacer de tripas. Me quito la mochila, la cuelo por el susodicho y repto hasta llegar al otro lado.

Llegamos a una primera sala que parece una cueva excavada en la roca. No puedes estar de pie pero podemos sentarnos. Abrimos unas papas y una litrona mientras Manolo nos cuenta que es uno de sus refugios de adolescencia pues hace años que no venía a esta parte de las catacumbas. Que aquí venían a echarse una siestecita y bajar el ciego tras una juerga subterránea.

Paco es un parisino que lleva desde los 15 años escapando de la urbe por les Carrières. Es como llevar una doble vida. Estudiante de día, cataphile de noche.

Allí no hay porteros 4x4 que te impidan bajar por llevar zapatillas, ni tienes que pagar 6 euros por una caña. Abajo puedes hacer lo-que-quieras.

Nos cuentan sobre el lugar. Bajo los sótanos, bajo el alcantarillado, bajo la línea de metro, ahí estamos nosotros, a unos 30 metros de profundidad. La compañía es agradable pero el ambiente es bastante siniestro. Velas, sombras, silencio, pintadas, y además, del techo cuelga una muñeca que parece sacada de La Matanza de Texas así que no me imagino bajando aquí solo. Paco y Manolo dicen que lo han hecho en contadas ocasiones y sólo para probarse a sí mismos como auténticos cataphiles.

la muñeca en cuestión

la muñeca en cuestión

Más cabezazos, resbalones, ecos en la oscuridad, túneles, algunos hacia arriba, otros hacia abajo.

Llegamos a una segunda sala. Mucho más grande que la anterior y que cuenta con una serie de bancos y mesas excavadas en el suelo por los propios cataphiles. El lugar tiene su encanto. Ideal para una cena romántica como la fondu au chocolat que se han montado un grupo de 4 franceses allí mismo. Con sus pinchos, fruta fresca y un par de hoyas de chocolat fondant. Surrealista. Son buena gente pero no nos invitan a unirnos, así que al rato de ponernos los dientes largos continuamos.

Durante la travesía, Paco y Manolo, uno a la cabeza y otro a la cola, no dejan de gritar y emitir ruidos guturales en una especie de diálogo, deteniendo su frenesí onomatopéyico solo para darnos alguna información con el tono más académico. “Esta placa data de la época napoleónica” .No sé si se trataba de una excentricidad de los cataphiles, o era, en cierto sentido, una necesidad, una forma de mantener contacto con tu compañero. A mí me recordaba a cuando bajas al sótano de tu casa y haces ruido para romper el silencio.

La siguiente sala fue en su día un área de descanso para los trabajadores del metro de París. Rectangular, con bancos bordeando la pared y un panel que reza: 1910. Perfecto para comerte un bocata después de una jornada de 12 horas excavando pura roca o para sacrificar un par de carneros e invocar al diablo.

Me aprieta la vejiga y ya llevamos varias horas en los túneles así que me atrevo a salir solo y separarme del grupo.

Decido hacer un pequeño experimento y apago la linterna. Allí de pie, la oscuridad y el silencio son tan intensos que es como estar muerto.

Perderse aquí debe de ser la peor de las pesadillas, y es fácil, demasiado fácil. Andas por un túnel, ese túnel se junta con otro, das media vuelta y tomas la boca equivocada sin darte ni cuenta. Ya está.

Es lo que les ocurrió a tres jóvenes en 2011. Dos días perdidos hasta que un equipo de rescate los encontró medio deshidratados.

La última parada parece el interior de una antigua fábrica. Grande y espacioso, el techo abovedado y las paredes de ladrillo. Abrimos una verja y recorremos un pasillo hasta el habitáculo. El lado opuesto conecta con otras salas que van disminuyendo de tamaño y de altura hasta que en la última tienes que ir casi a gatas. Es como la pesadilla de un arquitecto o el sueño de cualquier logia francmasónica.

Pero el podio para el DJ en mitad de la sala deja claro que los tiempos de la masonería han quedado atrás. Los masones al Ritz y la juventud más underground, ha tomado les carrières y se dedica a celebrar raves y fiestas de toda índole. Me quedo con ganas de participar en les cataputes, que viene a ser cataputas. Según Paco, la única premisa es venir vestido de prostituta.

Nos sentamos a compartir un pequeño fuego con otro grupo. Es la norma y es que las catacumbas tienen su propia idiosincrasia, sus propias normas y leyes. Si te encuentras a alguien, charláis; si ensucias algo, lo limpias; si alguien se pierde, te das una vuelta a buscarle. Los cataphiles tienen incluso su propio humor. Para que te dé un infarto si es tu primera bajada. Al salir, nuestros compañeros de fogata habían puesto un reluciente candado a la verja que había en la salida.

A mí se me crispó el espinazo pero Paco y Manolo soltaron un par de biensonantes maldiciones en francés. Ríen. Es un reto. Busca otra salida. Paco y Manolo la encuentran.

Nos encaminamos a la salida. Escaleras tipo submarino en la pared, recorres unos metros y otra escalera. Así hasta 3 niveles. Esta vez voy el último y aunque ya me he hecho al ambiente no me quito esa sensación de que alguien me va a agarrar del pie mientras trepo. Así que me pego a las suelas de Paco y trepo deprisa. Una foto de grupo de recuerdo, una última escalera, se abre la alcantarilla y respiramos el aire de la madrugada. Han pasado 6 horas. Buenos días, Paris.

La experiencia ha sido tan excitante como asfixiante, quizá para otros, como Paco, Manolo o los tacaños de la fondu, lo asfixiante es la vida en la superficie.


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