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Viaje al Cocuy

Cuando la alarma sonó, ya estaban despiertos. Sabrina pidió el turno del baño. Julián se volvió a tapar y pidió cinco minutos más de…

Edgar Vergara · 2025-02-18 13:45 · 0 claps · 5.2 min read
#cuento #viajes #paseos #perdido
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Viaje al Cocuy

Cuando la alarma sonó, ya estaban despiertos. Sabrina pidió el turno del baño. Julián se volvió a tapar y pidió cinco minutos más de pereza.

Habían dejado las maletas listas de la noche anterior. En menos de una hora estarían tomando la carretera y disfrutando las vacaciones que tanto habían planeado.

— Juli, ¿te volviste a dormir?

— ¡Cinco minutos más porfis! — respondió entredormido.

Subieron los morrales al carro. Julián encendió la calefacción. Sabrina cerró los ojos, hizo una oración e intentó agarrar la mano a Julián, pero él se soltó y aprovechó para prender la radio. Pararon en una estación para tanquear y retirar algo de efectivo para los peajes y el almuerzo. Sabrina compró un par de sánduches, media de aguardiente, bocadillos veleños y un paquete de papitas para el camino.

El viaje lo venían planeando animados por unos amigos que ya habían ido y les había encantado la imponencia del nevado. Un letrero castigado por el sol y la lluvia mostraba que el destino estaba a 5 km.

En la plaza principal, se bajaron del carro y estiraron el esqueleto con leves movimientos. Piernas y brazos comenzaron a recuperar su forma. Habían dejado trecientos ochenta y siete kilómetros. Por fin estaban en Güicán de la Sierra, un municipio de la Provincia de Gutiérrez, en el departamento de Boyacá.

Un hombre alto, extremadamente alto los miraba desde lejos. Llevaba dos cabras negras del mismo color de su ropa. Al verlo, Sabrina se le acercó para preguntarle donde podrían almorzar. El viejo, con sus manos huesudas se acomodó el sombrero, mirándolos a los ojos les dijo con una voz seca y con falta de aire.

–Síganme.

La pareja de turistas obedeció. Julián aprovechó el recorrido para tomar varias fotos. Registró la iglesia, la fuente, un par de viejos jugando cartas, algunas flores amarillas y la copa del nevado del Pulpito del Diablo.

El hombre de negro los dejó cerca del restaurante y siguió su camino. Sabrina quiso ofrecerle algo de comer, pero él se tocó levemente la punta del sombrero en señal de despedida y siguió avanzando son sus cabras que no dejaban de sonar las campanas que colgaban de sus cuellos. Con la voz partida y árida, les dijo.

— Nos vemos pronto.

En el restaurante, Julián agitó la mano y pidió la cuenta. Cuando el mesero llegó, aprovechó y le preguntó cómo podrían llegar al Parque Nacional del Cocuy. El hombre, de cara oscura quemada por el sol y el viento, recogió los platos y segundos después regresó con una cartilla donde estaba el paso a paso de la excursión, incluso el hotel más cercano.

— Ahí está todo — les dijo con una sonrisa.

Caminaron hasta el hotel. Sabrina lo aprobó, fueron hasta el carro por las maletas y volvieron para registrarse. Encendieron el televisor, pero a los cinco minutos ya estaban profundamente dormidos. El aleteo escandaloso de un gallo inoportuno los despertó. Se levantaron y alistaron lo necesario para la salida. Antes de dejar el hotel, tomaron agua de panela caliente por cortesía de la casa.

Sabrina en el morral más pequeño empacó la comida para la caminata: bocadillos, agua y chocolatinas. Julián empacó las chompas, el bloqueador y media de aguardiente.

Salieron del hotel con sus morrales al hombro. Aunque estaban cortos de plata, Sabrina propuso que pagaran un guía.

— ¿Cien mil pesos por acompañarnos? Las guevas, con eso pagamos el hotel. Con el mapa y el celular, para qué más — le respondió Julián y siguió avanzando mientras extendía el mapa y revisaba la ruta.

Comenzaron el recorrido por la montaña pelada. La mañana estaba azul, sin rastro de nubes. En el cielo se vislumbraba el pronunciado ascenso hacia el Púlpito del Diablo.

La caminata comenzó con paso decidido y firme. Julián le tomaba foto a todo lo que se movía. Grabó un par de cuervos que posaban en un palo seco y largo. Comenzaron a alejarse del pueblo y cada vez lo veían como una hormiguita. El viento comenzó a manifestarse moviendo algunas nubes.

Ya habían avanzado la mitad del camino. De repente, Julián sintió que algo le pasaban a sus tenis. Buscó la piedra más alta para sentarse, revisó la suela del zapato y notó que una de ellas se estaba desprendiendo. Buscó algo para amarrarla pero solo encontró piedras y chamizos secos. Revió el morral pero no encontró nada que le sirviera. Le quitó el cordón a la chompa y, dándole vueltas, sujeto la suela al zapato.

— ¿Por dónde agarramos? — dijo Sabrina, parada en una bifurcación del camino.

Julián revisó el celular, pero lo vio sin señal y con dos rayitas de batería. Sacó el mapa del morral, lo ojeo y logró tranquilizar a Sabrina.

— Ya estamos llegando — respondió Julián para no alarmarla — . Falta poco hermosa, ya casi. Nos tomamos una foto y nos devolvemos de una, porque este frío no se lo aguanta ni el putas — le dijo, agarrando el mapa en la mano.

Siguieron avanzando. La suela de Julián se volvió a desprender; Sabrina fue quién lo notó. Le quitó el cordón al pantalón de la sudadera y con destreza le hizo un par de nudos para conservar la suela y evitar que caminara en medias si seguían así.

De repente, el cielo azul se fue transformando en gris oscuro. La neblina comenzó a cerrar el paisaje. El fuerte viento le rapó el mapa a Julián de las manos. Trato de ir tras él, pero al correr se dobló el tobillo.

Acurrucados contra la roca, se protegieron del viento que era tan fuerte que se les llevaba las palabras. Aprovecharon la parada para recuperarse, decidieron comer lo que tenían para mantener sus energías y seguir su viaje.

Pasaron diez minutos y decidieron que lo mejor era devolverse. El tobillo y la suela del zapato era una advertencia. El frío los estaba haciendo temblar.

Sabrina se percató que llevaban media hora caminando por el mismo lugar y, a medida que avanzaban, todo le parecía igual: piedras de cuarzo en el piso, pequeños árboles y hojas secas. Nada que les devolviera la tranquilidad.

Volvieron a sentarse. La suela del zapato se había desprendido por completo y las cuerdas improvisadas se habían desgastado. La espesa neblina y el fuerte viento les impedía avanzar.

— Yo creo que es por acá — decía Sabrina.

— Yo creo que es por allá — respondía Julián.

— …

Caminaron a paso lento durante varias horas. Se alimentaron con lo poco que les quedaba en los morrales. Perdieron la noción del tiempo.

Julián escuchó un sonido, un tintineo, una campana que le hizo pensar que el frío lo había matado y estaba entrando a las puertas del cielo. Sabrina le dijo que si estaba borracho, que estaba alucinando, que se callara.

— Deja la hijuepueta paranoia que me estás asustando.

— Por Dios bendito que escuché una campana — le dijo Julián irritado.

Julián avanzaba y a cada paso se lamentaba de su pie. Le dolía al apoyar. La media empezaba a sangrar por las piedras y palos que pisó durante casi todo el recorrido.

Se miraron. Ahora fueron los dos quienes escucharon un leve tintineo como de campanas. El viento no los dejaba descubrir de dónde venía. Sabrina puteaba a Julián cada vez que pensaba en el guía.

— Por tacaño, por querer ahorrarse unos pesos, vea donde estamos, en la mierda, en el culo del mundo.

El tintineo se intensificaba y el frío se volvía más inclemente. La neblina no les permitía ver más allá de un metro. Agarrados de la mano y temblando, se acercaron despacio para descubrir el origen. Una cabra negra, atada a un árbol, los miró, y ellos la miraron. Siguieron el recorrido de la larga cuerda, y al final se encontraron con unas manos huesudas. Un hombre, extremadamente alto y vestido de negro, la sostenía.


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