Aquellos Años: lecturas conversadas
*Diálogos interrumpidos, en conversación silenciosa con el dogma de dogmas…
Aquellos Años: lecturas conversadas
*Diálogos interrumpidos, en conversación silenciosa con el dogma de dogmas…
Por Humberto Santos Bautista

Mural en la Secretaría de Educación Pública. Obra de Diego Rivera.
La lectura es un acto de rebelión silenciosa y, consecuentemente, es un acto de poder porque, en esencia, la lectura es una forma distinta de comprender el mundo, de interpretarlo y también de vivirlo. Por ello, la lectura ha ganado espacios que van más allá de los que tradicionalmente tenía reservados y que casi siempre estaban acotados a las bibliotecas.
La promoción de la actividad de la lectura, reivindicando el papel esencial del libro, ha sido una forma de responder al contexto actual, donde se ha instalado una especie de dictadura mediática, que ha invadido todos los espacios, incluyendo los de la educación, caracterizada por la difusión de una cantidad impresionante de información que es imposible de poder seleccionar para efectos de saber con precisión que debiera incluirse en los currículums escolares, sobre todo, en el campo de la educación básica.
En esas circunstancias, es que se hace imprescindible recuperar el potencial de la lectura y el papel que tiene en los procesos de formación del sujeto pedagógico.
La organización cada vez más numerosas de las Ferias del Libro en México –se dice que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, está sólo precedida por la Feria del Libro de Frankfurt-, los programas de lectura instrumentados desde la propia Secretaría de Educación Pública, son la expresión de la necesidad de generar respuestas a un contexto cada vez más invadido por esa realidad mediática que responde fundamentalmente a la lógica del mercado mundial, dada la pretensión implícita de uniformar el pensamiento. En ese sentido, la lectura es también una forma de despertar la conciencia, si por tal cosa se entiende la capacidad de comprensión de la realidad que se vive.
Si la tarea de leer el mundo supone una forma diferente de crear conciencia -en el sentido de Paulo Freire-, porque solo de esta forma es posible pensar en la transformación de la realidad, a partir de la reflexión sobre cómo aprender a ser libres estudiando nuestra falta de libertad, entonces, la lectura –y también el libro- es un espacio de libertad que al mediar un diálogo crítico con la realidad que se vive, hace posible la concienciación.
Ese proceso de concienciación es lo que posibilita el vínculo entre el sujeto y la realidad histórica, porque los libros al permitirnos un diálogo abierto con otras formas de pensamiento, nos posibilitan un viaje inédito a distintos tiempos y lugares.
La lectura es una mirada que nos trasciende en el tiempo y en el espacio.
Es precisamente en este contexto que la lectura se convierte también en un espacio de ruptura con el statu quo vigente, pues el acto de leer es también un acto de rebeldía, porque a través de la lectura se aprenden los caminos inéditos de la liberación. Si leer es aprender a vivir en libertad, entonces la lectura potencia toda nuestra imaginación pedagógica, y con ello, nuestra interpretación del mundo es cada vez más distante de los dogmas que se nos imponen por los cánones sociales que se pretenden inmutables.
Tal vez por ello, Borges decía que “el libro es el objeto infinito” y, en esa misma tesitura, Franz Kafka afirmaba que “Uno lee para hacer preguntas…”.
La lectura al ser un espacio de diálogo, nos permite formarnos y educarnos como sujetos autónomos, con una visión crítica de la realidad, y la particularidad de la lectura, es que el espacio de diálogo que crea, está mediado por el libro, y aun cuando esencialmente sea un ejercicio solitario del lector, la verdad es que ese lector dialoga no sólo con el autor del libro, sino con toda la realidad que el autor se permite contar desde su muy particular interpretación. Ese ejercicio permite pasar de la interpretación a la comprensión del mundo, y es en este tránsito que aprendemos que sólo se lee por placer.
Leer, entonces, es un placer lúdico y el libro es una puerta abierta a la imaginación, y tal vez por eso Borges, decía que “un clásico es un libro que los hombres no han dejado morir”, porque cada que abrimos las páginas de un libro, dialogamos con el autor y compartimos el mundo que nos cuenta y, al mismo tiempo, lo contrastamos con el mundo en que vivimos; y de ese contraste se fortalece nuestra propia cosmovisión y el entendimiento de nuestra vida, porque compartimos las experiencias vivenciales de diferentes épocas. Esto nos permite romper nuestros marcos estrechos a través de los cuales pretendemos entender la realidad.
En esta perspectiva, la lectura no puede ser sólo un ejercicio mecánico, aun cuando en la escuela, la mayoría de los ejercicios de lectura que hacemos sea sólo para cubrir la obligatoriedad de un currículum que uniforma los aprendizajes como si los niños fueran también homogéneos y las escuelas tuvieran todas las mismas condiciones tanto de infraestructura como culturales, y me parece que ahí radican las limitaciones del proceso educativo, porque se deja de lado la diversidad cultural, y en esa negación, el aprendizaje se vuelve una tarea rutinaria y tediosa.
En esta misma tesitura, no es fácil teorizar sobre la lectura, porque hay muchas formas de acercarse a los libros y volverse lector, lo cual depende del contexto, si bien, con los niños, las primeras referencias son a través de la tradición oral, escuchando de sus mayores o de sus amigos cuentos o historias, cantos infantiles o adivinanzas, es decir, es desde ese concierto de voces aprendidos en los juegos y en las conversaciones con los niños de su edad o en los espacios familiares, desde donde se aprende a potenciar la imaginación prodigiosa de los niños, su curiosidad inagotable y su creatividad infinita que se expresa en los juegos que inventa y en los mundos que recrea.
Esas potencialidades innatas casi siempre son canceladas cuando llegan a la escuela, porque la escuela se organiza dogmáticamente alrededor de un currículum descontextualizado, que en lugar de facilitar el aprendizaje, despertando la curiosidad innata de los niños, les cierra las puertas de su imaginación al solo darles insumos de información para responder a pruebas estandarizadas: “…los exámenes de ciertos profesores inhábiles que, en vez de dejar hablar al alumno, lo interrumpen descortésmente con nimiedades bibliográficas y exigencias de fechas”.
Por eso, la lectura es una especie de terapia que sirve para serenar el espíritu cuando éste es tentado por los demonios de la adversidad.
La lectura es un ejercicio lúdico.
Por eso, cada que me pasa por la mente el único dogma en el que, sí creo, me recuerda que los libros han sido una especie de medición para compartir una pasión libertaria, porque nos recuerda que, en esencia, uno siempre seguirá siendo niño.
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Va pues, en el recuerdo y en la presencia, por ese dogma que permanecerá hasta el fin de los tiempos…
Desde algún lugar de la Sierra de Guerrero.
30 de abril de 2026
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